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Núm. 112 edil no lleva consigo la obligación de ser inteligente en tauromaquia. Lo que hace falta en la presidencia es una persona entendida en asuntos de lidia, no un representante del pueblo revestido de autoridad oficial, y á quien con frecuencia en Madrid obsequian doce ó catorce mil ciudadanos con la cariñosa y no menos respetuosa frase de ¡bu- rrol ¡bu- rro! Alfinparece que han caido del suyo nuestros ediles, y han pedido aue se les releve de esa misión. ¡Ya era hora! Yo no he visto corridas peores, pero mejor dirigidas que las de Francia; porque en aquellas plazas los toros serán- malos y los diestros torearán en guasa viva, pero presiden buenos aficionados, y la autoridad se limita á asegurar el buen servicio y á prevenir todo desorden. En Madrid hay quienes se hacen elegir concejales sólo por presidir ó asistir á las corridas. En una de las últimas estuvo á punto de ocurrir otro conflicto porque unos señores concejales tuvieron á bien presenciar la corrida desde uno de los burladeros de entre barreras destinados á resguardo y seguridad de toreros y personas del servicio de la Plaza, y el público protestó justamente contra el abuso de quienes están obligados á dar ejemplo. Y es que parece que una vez dentro de la Plaza nos transformamos todos para dejar de ser lo que fuera somos; para gritar, para insultar, para infringir toda regla de corrección y para desconocer toda noción de autoridad. Es verdad también que la autoridad huye de la Plaza de toros y de sus alrededores como un mal diestro de un bicho marrajo, y que la empresa, toda bondad y generosidad en los carteles, se muestra en el ruedo tirana, desdeñosa y burlona con el público. Otra anomalía es la que ocurre á la entrada y salida de la fiesta. Los coches paran en las puertas que quieren y dan vuelta por donde les viene en gana. Los peatones tienen que sortear el peligro de los carruajes entre las ruedas y los pies de los caballos. Y todo porque no hay una autoridad que disponga cosa tan sencilla como señalar puertas para los que van en coche y puertas para los que van á pie, evitando de este modo el vergonzoso espectáculo que se da todos los días de corrida delante de la Plaza, y que algún día ha de causar sensible 1; desgracias. Si esto ocurre fuera, nada más natural que dentro sucedan hechos como los del día del Corpus. La autoridad que tal menosprecio muestra por el público antes y después de la función, bien puede consentir que durante ella ganaderos y empresas se mofen de la gente que paga y sufre tanto abuso y tanto desafuero. Lo malo es que fuera nadie se mete con la autoridad, y siquiera dentro el público se venga de sus torpezas gritándola impunemente á sus anchas. Siendo Paul Deschanel presidente de la Cámara francesa, asistió por primera vez á una corrida de toros en San Sebastián. Al terminar, fue preguntado sobre la impresión que le había producido el espectáculo. -Brillante, muy brillante- -contestó; -pero yo, que en mi país presido una Cámara tan indómita, no presidiría en España una corrida de toros. ¿Por qué? -Porque allí, si quieren torearme los diputados me cubro y se acaba la corrida, pero aquí torea la Plaza entera a presidente, y se aguanta y... casi tiene que descubrirse. AEMECÉ ABC Pág. 7 LA FIESTA DEL CORPUS EN VALENCIA LAS ROCAS EXPUESTAS AL PUBLICO EN LA PLAZA DE LA CONSTITUCIÓN. LA COLOCADA EN PRIMER TÉRMINO ES DBL AÑO 1 5 4 2 Fot. Gómez JUVENTUD VIEJA I a costumbre parisina ha vaciado los cafés de Madrid en estío y los ha sacado á la calle. Parroquianos, mozos, sillas y veladores salen á las aceras; los primeros á buscar el fresco que no nace en el interior, y entre todos ocupan la mayor parte del sitio destinado al transeúnte. Dentro del establecimiento sólo quedan los parroquianos- momias que temen á una corriente de aire mucho más que á los olores nada agradables y á la atmósfera viciada que hay allí. La animación que da esta moda íes agradable; vaya en gracia de las molestias que produce al que por no meterse con nadie ni en nada, ni siquiera se mete en un café ni disfruta del coche parado sentándose en una de esas mesas del exterior. Pero lo más curioso es que, salvo los domingos, en ninguna de esas mesas de café veraniego hay más que hombres. Y mariposeando en torno de esos hijos de Adán con zapatos zurdos y sombrero de paja, una nube de chicuelas desmedradas y paliduchas ofrecen la suerte para mañana el ramito de rosas naranjas gordas ó alfileres aun cuando esto último parezca raro. Esas muchachas sucias y maltrechas que ni por su físico ni por sus galas puedan atraer la atención, se pasan las horas del día de mesa en mesa pidiendo un terrón de azúcar y una perrita gorda sin aparentar cuidado ni atención á las flores, piropos y frases picarescas que les dicen los parroquianos. Siempre que las veo recuerdo que, según dicen, hay colegios, asilos, sociedades protectoras de la infancia, junta contra la trata de blancas, leyes que castigan el abandono de los hijos por sus padres, y otras muchas cosas más. Todo ello es inútil. La parte insana de esa juventud que frecuenta el café, el círculo y los lugares públicos, es cómplice, ya que no autor, en que acreciente la invasión de esas mariposas. Y quien puede no ataja el mal. Aquellos rostros de niña los ha endurecido la intemperie; í frase grosera los ha mircado con surco imborrable ya; no se conducen ni aparecen en su charla ni en sus ademanes como criaturas que empiezan á vivir, sino como seres ahitos de años, de penas y de contrariedades. Bailotean, ríen y miran desenvueltas y procaces cuando como pretexto para buscar el fin que persiguen ofrecen su mercancía. -Ande usté, cómpreme este raraito para la señorita, que es mu guapita, -oí decir á una chiquilla de esas no hace muchos días á tiempo de pasar por delante del café una muchacha y un joven elegantes. -No quiere flores; déjanos, -respondió él. Insistió la chicuela, bailoteando de espaldas un buen rato delante de ellos; no obtuvo resultado satisfactorio, y antes de alejarse rompió á cantar con desgarro aquello de le voy á hacer á usté un pantalón. ROBERTO DE PALACIO BURLA BURLANDO I j e modo que no puedes tomar más que una taza de té con pocos bizcochos para desayuno, un almuerzo muy ligero, y otra taza de té para cenar? Pues, hija, di que tu médico te quiere adelgazar más aún. -No es mi médico, es mi corsetera la que me prescribe eso, porque así no deformo su última creación de corsé. LA PROCESIÓN DEL CORPUS EN TOLEDO I. A PROCESIÓN SALIENDO DE LA CATEDRAL Fots. Asenjo LA PROCESIÓN PASANDO POR UNA DE LAS CALLES ENTOLDADAS