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Pág. 2 artistas europeos frente á la lucha ruso- japonesa? El periódico que recogiera las diversas opiniones que cunden en privado acerca de la tragedia que ha costado la vida al almirante Makarof y que dejó maltrecho para largo tiempo el poderío naval de Rusia, prestaría un señalado servicio á la opinión, la cual, desorientada en este caso como en otros muchos, no sabe á qué atenerse respecto del valer y de la índole moral de los adversarios que se disputan el dominio de la Corea y la Manchuria. En una revista francesa que circula mucho, acabamos de ver la interesante polémica que han sostenido el psicólogo Carlos Richet, hostil al Japón, y el sociólogo y periodista Jean Finot, convicto de la inferioridad de Rusia. ¿Puede el tema aspirar á satisfacer la ávida curiosidad con que la muchedumbre vacilante asiste al trágico encuentro de las armas ruso- japonesas? En cualquier caso, el asunto no es de desdeñar. El prestigio intelectual de los dos polemistas y la calidad de la materia, justifican que la resonancia de sus alegatos en pro de los dos pueblos que combaten llegue al público español. He aquí, palabras más, palabras menos, el pensamiento de Carlos Richet: -Empiezo por condenar la guerra, porque me parece uno de los más odiosos aspectos de la barbarie humana. La guerra es una infamia, y toda la obra de la civilización debe tender á excluirla de las diferencias que la necesidad de vivir suscita entre los hombres. Sin embargo, creyendo yo firmemente que Francia no debe intervenir en la contienda ruso- japonesa, ¿quién puede dudar en la emisión de sus simpatías? Cuando luchan dos naciones europeas, se trata casi de una guerra civil. Italianos y franceses del Mediodía son parientes consanguíneos. El pueblo yanqui está amasado con la carne y los nervios de hombres que fueron allá de Europa. Sería una inmensa desgracia combatir con aquel pueblo. Ingleses, alemanes y belgas están tan ligados, que si se puede decir que existe una nación inglesa, no se puede sostener que hay una raza inglesa, ni una raza alemana ó belga. Las diferencias de idioma, de bandera, de costumbres, de religión y de gobierno son superficiales. En el fondo, un francés, un español y un italiano son iguales. Subsisten en ellos rasgos de la personalidad que les son comunes. Un japonés no es como nosotros. Ya no se trata de diferencias someras y eventuales, de educación de costumbres y de idioma. Nos separa de él la raza. Educado en Londres ó en Tokio un japonés, nos es plenamente extraño. Nos alejan de él diferencias étnicas imborrables. Un cráneo japonés se reconoce desde lejos, en tanto que yo reto á que presentando un cráneo europeo se me diga si perteneció á un dinamarqués ó si fue de un austríaco. Entre las dos razas, la amarilla y la blanca, ésta que es la nuestra se lleva y se llevará siempre la superioridad. ¿Se casaría un japonófilo con una señorita de Yokohama? Ya quisiera yo saber si los lores ingleses, tan fogosos partidarios del Mikado ahora, se prestarían á que sus hijas se desposaran con señoritos del Japón, aunque estos señoritos lucieran brillante uniformes y condecoraciones. El más modesto de los redactores del Times se resistiría seguramente á que su hijo pidiese la mano de una japonesa. Las damas de por allá podrán ser, como nos asegura Pierre Loti, encantadoras, dóciles y elegantes, pero yo me las figuro sentadas entre el mono y la cotorra. ¿Y qué decir de las categorías intelectuales de los japoneses? Hornero, Fidias, Aristóteles, Tácito, Keplero, Kant, Cervantes, Leibnitz, Shakespeare, Newton, Voltaire, Lavoissier, Pascal, Víctor Hugo, Pasteur, Beethoven y Goethe no eran ni malayos, ni chinos, ni japoneses. El mundo ha progresado por los bJancos. Cuando me aseguran que los chinos inventaron antes que nosotros la imprenta y la pólvora, me río pensando el escaso partido que han sacado de esos inventos. Tienen un alfabeto idiota y una literatura cómica. ¿Su arte? Ni la Venus de Milo, ni el Gladiador moribundo, son de Tokio. ¿Os han dicho alguna vez que el Don Juan, Fausto, Lohengrin y Tíamlet procedan de creadores y artistas japoneses? Volta, Ampere. Galvani y Faraday, insignes geómetras y electricistas, fueron europeos y blancos. El cálculo integral, la geometría analítica, el principio de conservación de la energía, la teoría microbicida, no deben nada á los mandarines del Celeste Imperio. Todos los inventos: caminos de hierro, telégrafos, teléfonos, fotografía, todos, sin una sola excepción, proceden de los blancos. ¿Dónde está la superioridad de la raza amarilla? Ellos nos traen sus paravents, sus bibelots, sus cacharros decorativos, sus caricaturas y sus abanicos; pero se llevan de Europa en cambio nuestras leyes políticas y nuestros acorazados, es decir, todo lo que es ahora motivo de envanecimiento y de orgullo para el Japón. Imitan bien; se asimilan bien. Cierto, pero el mundo no es de los imitadores. Ellos se ufanan de tener á Confucio como su gran filósofo. ¿Se sabe si existió Confucio? Nosotros hemos tenido á Platón, á Sócrates, á Jesucristo, Marco Aurelio, Aristóteles, San Agustín, Kant, Tolstoi, Pascal, Descartes, Augusto Comte. Y, por último, está probado que las dimensiones del ángulo facial, el volumen del cerebro, la estructura de algunos músculos, en una palabra, la anatomía establece parentesco entre la raza negra y los monos. La semejanza entre éstos y los hombres de raza amarilla es menor, ya lo sé; pero se parecen al orangután más que á nosotros. Todos los alegatos de la filantropía no valen lo que el peso de un encéfalo, la capacidad cúbica de un cráneo y la medida de un ángulo facial. Son nuestros hermanos, ABC Núm. I 12 r í, C- L L U Q A D A DEL ¿g. REQIMIENTO DE TIRADORES SIBERIANOS Á LIAO YAN Q EL DÍA f ü DE A J GRAN PUERT DE LIAO YANG, POBLACIÓN ENTRE MUKDEN Y PUERTO ARTURO, EN LA LÍNEA 7 RANS MANCHURIANA DESEMBARCO DE TROPAS JAPONESAS EN P 1 T- SE- VO, UTILIZANDO BARCAZAS PARA LLEGAR Á TIERRA I hoio- cierto, pero nuestros hermanos inferiores. Por eso mismo debemos imponernos á ellos con una moral máselevada que la suya, pero sin consentir que se nos igualen ó nos dominen. Si esto último ocurriera, equivaldría á un enorme cataclismo, á un paso de reoreso á la animalidad... Así habla Richet. Oigamos á su adversario. MANUEL BUENO