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Núm. 107 ABC Pág. 3 cíeron decir á Teresa: Siempre que el Señor me daba una cosa en la oración, si el confesor- me decía otra, tornaBá ei mismo Señor á decir que le obedeciese. Arrepentida, medrosa, quisiera hoy borrar lo que su mano escribió con el calor del entusiasmo de los veinte años; ella desearía haber hecho el absurdo paralelo entre Mme. Deshouliers ó Mme. Stael, como lo pretendía Amelie Richard, cuya 1 opinión rebatió acertadamente entonces. M u y amable, deseando suavizar su negativa á nuestros deseos, me dedicó un ejemplar de su novela Garilla, y me dio para ti el libro que te envío, con prólogo de nuestro amigo Juan Eugenio Hartzenbusch. Me retiré pronto, pues Carolina, que padece frecuentemente fiebres, tenía una gran neuralgia. ¡Lástima que la evolución de su espíritu nos haya privado de otros trabajos notables que no concluirá! Verdad que no ha cambiado ella sola; también vamos variando nosotras; Carolina ha sido una musa que ha simbolizado el espíritu romántico de toda una época. Adiós, te abraza tu buena amiga, ELOÍSA. Por la copia, CARMEN DE BURGOS SEGU) LA GUERRA RUSO- JAPONESA ECOS TRISTES engo contristado el ánimo y la imaginación febril de evocar desventuras ajenas. Hoy los lectores de A B C no advertirán en mis ecos esa nota superficial 1 y ligera qué yo quiero hacer graciosa, aunque seguramente no lo es. Hoy sonarán. á. sollozos más que á risas. Serán como los ecos de gritos desesperados de miseria, del último alentar de la agonía, de ayes enfermos, de suspirar doliente; los ecos de una queja invpregriada de amargura infinita. Los grandes rotativos de la Prensa nos enteran á diario de nuevos casos de tifus, esa epidemia despiadada y brutal que, enemiga del burgués, se ceba con ensañamiento bárbaro en los temperamentos r. iás fatigados y peor nutridos, en la carne de los hambrientos, en los músculos esclavos de los humildes. En el Cerro del Pimiento expiran todos los días un puñado de desventurados. Nadie les llora ni les reza. Mueren solos, lejos de sus familias, que vanamente intentan verles. Mueren sin una madre que íes recoja el último aliento, sin una esposa que llore sobre sus cuerpos inmóviles, sin un hijo que, amoroso, cierre sus párpados. Yo evoco sus agonizares y siento que me calofrío de terror. Tras una vida de constantes privaciones, de angustiosa escasez, de servilismo odioso, de días sin pan y noches á la intemperie, llegan como resultado de sus miserias, como síntesis de sus dolores, como compensación á sus infortunios, al Cerro del Pimiento, donde lá muerte se yergue traicionera y sigilosa, hambrienta siempre de hallar cuerpos nuevos que destruir, nuevas vidas que cercenar, implacable y despiadada. El microbio llama á las puertas sucias de tugurios miserables, y allí, seguro de no encontrar resistencia en las natura! szas débiles de los necesitados, enferma cuerpos y desespera almas. Tal vez herirá primero al cabeza de familia, al obrero anémico que trabaja ocho horas su jornal diario, al sostén único y mezquino de la familia, que sin aquellos brazos pernoctará en los portales y mendigará en las plazuelas un pedazo de pan. Tal vez la esposa viuda advierta con meditar doloroso, que sus ubres flácidas se secan de miseria y que agoniza el hijo recién nacido buscando en ellas el líquido sustento. Tal vez la huérfana llegue, por esquivar los latigazos del hambre, á comerciar repugnantemente, marchitándose en flor las ilusiones risueñas que hicíéronla extasiarse en los encantos de una vida honrada, plácidamente dichosa, cerca de un hombre amoroso y trabajador que la diera hijos á quienes querer y educar. Tal vez... pero ¿á qué seguir? Con mi prosa triste no lograré sino mal impresionar á unos cuantos; acaso amedrentaré á los desheredados del destino, á los que lloran en sus bohardillas amenazados del microbio, á los que sufren con la resignación maldiciente de los que no tienen otro remedio, las impiedades de los demás; pero la inmensa mayoría apartará de mi artículo la mirada con desdén, se encogerán de hombros, sonreirán luego, imaginando que su posición social les defiende del contagio; el Ayuntamiento insistirá en sus lamentaciones por no poder atajar la marcha negra y horrible de la epidemia, y el microbio invisible seguirá acercándose á las puertas sucias de tugurios miserables... JUAN V A L E R O D E T O R N O S LA CABALLERÍA DEL EJERCITO JAPONES ATRAVESANDO, SOBRE UN CAMINO IMPROVISADO CON ROLLOS DE PAJA, EL TAI TONG HELADO PARA DJKIG 1 RSE A P 1 N 6 YANG, DONDE SE ESTÁ VERIFICANDO UNA CONCENTRACIÓN DE FUERZAS JAPONESAS -n EL 1 4 REGIMIENTO DEL EJERCITO JAPONES ESPERANDO SOBRE LA ARENA LA TERMINACIÓN DE UN PUENTE SOBRE EL TA TONG HELADO, EN LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL PASADO MES DE MARZO X ¿áiti tri SOLDADOS JAPONESES FORMANDO AVANZADAS DE XPLORACION EN LAS PROXIMIDADES DBL RÍO YALU QUE SEPARA ACTUALMENTE Á LOS DOS EJÉRCITOS BELIGERANTES Photo- NouVeJle