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Núm. 104 ABC LA ASCENSIÓN AL T 1 B 1 DABO. S. M EL REY EN LA Pl ATAFORMA DEL TREN QUE LE CONDUJO A LAS ALTURAS DEL MONTE AL AIRE UBRE Juanilo Madrid, que á la sazón cuenta ya más de los treinta años, se le ocurrió el otro día una cosa insólita tratándose de él: levantarse temprano, á las nueve de la mañana. H su vida había hecho otro tanto... La del alba sería, cono de buena fe pensaba Juanito, cuando se echó á V cai í muy satisfecho de aprovechar por pria mera víi. íi u vida un traje de mañana, el único que no se le i ¡visado de moda sin estrenar. Cc. 3 tu casa amanece al mediodía, lo más pronto, no pudo desavunafse; no había ningún criado despierto; todo el mundo dormía, según inveterada costumbre, y él, benévolo cor sus familiares, comprendiendo lo, inusitado de la hora, salióse muy quedito á la calle sin molestar á nadie. En la morvda de Juanito Madrid ningún ser viviente madruga; hs- ia los caballos despiertan después de que el sol ha recorrido la mitad de su carrera cotidiana. -En este Madrid- -pensaba Juanito cuando vio las calles llenas de gente que iba y venía, -siempre hay animación. Cualquiera diría que son las cuatro de la tarde... Con el airecillo de la mañana, á nuestro perfecto trasnochador se le había abierto el apetito. -De buena gana tomaría algo- -se dijo; -pero á estas horas, como no sea en una buñolería... A los pocos pasos vio con placer que uno de los cafés de mejor fama de Madrid por su cocina se hallaba abierto de par en par y lleno casi de parroquianos que, al mismo tiempo que leían los periódicos matutinos, no los de la noche, como al pronto creyó Juanito, se desayunaban tan ricamente según sus gustos gastronómicos. Entró nuestro hombre, pidió lo que su estómago apetecía, lo comió, encendió un habano y salióse á la calle tan rozagante y satisfecho. El aire de la mañana, que era hermosa, dilataba sus pulmones y acariciaba su rostro de tez pálida, rostro que, como las decoraciones délos teatros, perdía mucho, visto á la luz del día; el ir y venir de los transeúntes entretenía sus miradas, y la vida que se desbordaba por las calles, iluminadas por un sol magnífico, infiltró unos alientos nuevos en el espíritu de Juanito, que se encontraba en aquel momento como recién llegado á un país extraño y amable, jamás por él visto. Una vendedora de flores que pasó á su lado le envolvió en una oleada de perfumes; Juanito sintió entonces unos anhelos vagos; su corazón palpitó con un ritmo inusitado... y parándose en firme, mientras con los ojos examinaba á una morena de muy buen trapío que á la sazón cruzó por delante de él, se dijo: Al campo, don Ñuño, voy... A Y dicho y hecho. Montó en un tranvía de Arguelles, se apeó frente á la casa de los Humbert, echó á mano izquierda, y á los pocos pasos se encontró en la calle de Rosales. De uña mirada vio toda la Casa dé Campo, verde y frondosa ya en algunos trozos, los almendros floridos é incautos, víctimas propincuas de la helada artera, y al sol, dorado y rubicundo, reflejándose en Jas aguas del lago como en un cristal. Enfilando la mirada calle arriba, divisó las cumbres del Guadarrama, azules en las faldas, blancas de nieve en las cumbres, y al cielo, purísimo, nítido, sin una nube, limitando los horizontes, como cerrándolos en un fanal. Siguió andando, alegre y satisfecho, calle arriba, y se encaminó al campo. Antes de entrar en la Moncloa, es preciso pasar por la Plaza de la Justicia, vasta planicie arenosa á la que da la espalda de la Cárcel Modelo. Allí se levantaba antes el cadalso, y la verdad es que los ejecutados no se quejarían de las vistas. Esta plaza es un lugar muy animado: los inquilinos del abanico dialogan entre sí de reja á reja, ó bien con amigos y amigas cariñosas que se desgañitan para hacerse oír desde las celdas. Los diálogos están salpimentados con toda clase de juramentos. La mot de Cambronne y la mot de Pucheta van y vienen como pelotas de la plaza á la Cárcel y de la Cárcel á la plaza, sin cesar ni un punto. Juanito Madrid pudo convencerse de que aquellos socios no tienen hablando ni pizca de delicadeza. El nuevo parque, el parque del Oeste, comienza allí y es grato espectáculo ver cómo la mancha verde Va poco á poco extendiéndose y transformando aquel erial que limita á la Florida. Dentro de algún tiempo, todo aquello será un lugar delicioso y muy en su lugar j ara. ¿hacer talas. A la entrada de la Moncloa contempló un instante á Daoiz y á Velarde, que parece que están allí como jurándose no dejar á nadie el paso; pero no es así: los encargados de cerrarlo allí todo son los de no sé qué granja, instituto ó mil demonios, que por doquier ponen cercos y letreros impidiendo la circulación. Siguió adelante, y al cabo de un rato de andar se encontró en un lugar muy solitario. Era una hondonada; cerca corría un arroyo; espesas cambroneras lo ocultaban, y sólo sabía de él por el murmullo de sus aguas. En su vida se había encontrado tan solo Juanito Madrid. Creíase él emboscado como D. Quijote en aquellas fragosidades de Sierra M o rena, donde quedó esperando á Sancho. El silencio majestuoso del campo le impuso. Juanito no estaba á sus anchas; sentía un respeto temeroso, como si se hallara en un templo: en el templo de un culto en el que no estaba iniciado. Salió de allí con el alma algo oprimida: sentía miedo, un miedo vago, iun miedo que le daba un princ pio de congoja. Volvió á sitios más frecuentados, y se quitó un peso de encima. El campo le gustaba, sí, pero le imponía. La falta de costumbre... El estar hecho á vivir siempre en rebaño... Miró al reloj, vio que eran las once. ¡Qué mañana tan larga! -se dijo. Juanito Madrid se aburría. Sus párpados se cerraban; sus ojos, no acostumbrados á verá tales horas, sentían cansancio. Era demasiada luz para ellos. El aire libre le había encendido el rostro, su fostró fino de ¡hombre de corte... Sin saber cómo fue á parar á la carretera del Pardo. Al pasar por frente á un merendero oyó que le llama bán. Eran tinos cuantos amigos y amigas que allí Ja estaban corriendo. Aquello le animó, y se unió á la compañía. El campo así, bueno. La bucólica así, no le asustaba. Tomó una aceituna y bebió una caña. Se encontraba bien; así, encerrado en una casa, lé gustaban á él Jos días de campo. La Naturaleza era hermosa, pero vista al través dé unas vidrieras. Una de la reunión cantó una copla sentimental de florecillas, de pajarillos, de amores y de una casita en el monte. Juanito, que había recordado en la Moncloa todos los ejemplos que traía la retórica que había estudiado, dijo con Teócrito, después que acabó la cantadora, y dirigiéndose á ella: ¡Cuan dulces y sabrosos ¡oh Dafnis! son tus labios; manantiales de mágicos hechizos! Es más grato tu canto oir utt rato que ir á 1i bar ¡a miel de cien panales. f TOMÁS CARRETERO BURLA BURLANDO I A mamá y el niño: ¿De qué te ha hablado hoy el profesor de francés? Entre otras cosas que yo recuerdo... del Amour. -iCómo! ¿Del Amour? ¿Y qué? -Pues nos ha dicho que el Amour es un rio que separa la Siberia de China. I n un restauran El mozo ha olvidado lo que ha encargado el matrimonio, y vuelve á preguntarlo. -Usted ternera, ¿verdad? -dice al marido- -y usted Jbacalao, ¿verdad, seftora?