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Pág. i AB e zw Núm. 104 l 4 v r A. d h p f- J S. M EL REY VISITANDO LAS OBRAS DEL NUEVO Y MONUMENTAL TEMPLO DE LA SAGRADA FAMILIA, EN BARCELONA, EL DÍA J LA DECADENCIA farece que nuestra decadencia nacional donde más se aprecia es en el toreo. Hay que oír á los aficionados antiguos todos los años por este tiempo. Ya no hay toros ni toreros: el espectáculo se ha convertido en una mojiganga, y en su tiempo es cuando florecían los más arriesgados diestros y se ejecutaban las más terribles suertes. -Desde que cogió el toro al Tato- -dice uno, -no he vuelto á poner los pies en la Plaza, excepto en dos ó tres ocasiones. Y ¿para qué iba á ir á los toros? ¿A ver á Trascuelo, sin arte ninguno; á ver un suicida que está más tiempo en el aire que en el redondel, ó á ver á Lagartijo, que no se trae más que mentiras y que tiene un tranquillo que hubiera avergonzado al Chiclanero si llega á conocerlo? Ya no se ve la finura en el volapié de Antonio Sánchez, ni la finura con la muleta de Cayetano Sanz, ni la finura con las banderillas del Regatero. ¡Y los toros! Aquellos elefantes que mataba Montes, ¿dónde están? ¡Se han convertido en ciervos! Luego hablan ustedes con otro aficionado más jcven, y exclama: -Desde que se retiraron Trascuelo y Lagartijo, no he vuelto al circo taurino sino en muy contados casos. Y ¿para qué va uno ya á los toros? ¿Para ver bailar al Guerra el tango último, ó para admirar los intentos de suicidio del Espartero? ¿Puede compararse al primero con la suprema habilidad de Rafael Molina, con su manejo singular de la muleta y con la elegancia apenas soñada con que ponía banderillas? ¿Es el Espartero capaz át arrimarse como Trascuelo, á quien yo he visto matar un toro arrancando, después de ser cogido y teniendo dos costillas rotas, una lesión grave en el pulmón derecho y viruelas locas como consecuencia de la emoción? ¿Hay ya en la Plaza un banderillero como el Armilla, que era capaz de banderillear una vacada en cinco minutos, sin perdonar un cabestro ni á los vaqueros? Pues ¿y los toros? Aquellos carabaos que mataba Trascuelo con dos kilómetros de cuerna, no salen ya á la Plaza. Hoy se lidian chivos criados especialmente para estos matadores, y yo sé que en las ganaderías se les acortan las patas, se les limita el crecimiento de los pitones, se les educa para que tengan una intención noble, y se les adiestra para que no se dirijan jamás al cuerpo del torero. ¿Quién aguanta esta farsa? Si después hablan con otro entendido en toros más joven todavía, le oirán decir: -El día que se retiró el Guerra dejé el abono, y apenas si he vuelto á ver una corrida. ¿Qi é queda en el ruedo después del pase á la reserva de Rafaelillo? Nada. Ya no torean los toreros; ahora son los toros los que dirigen la lidia. No verá usted dar un pase de muleta como los que daba Guerrita; ni hipnotizar un toro con los palos como hacía este diestro; ni arrimarse con valentía y arte como lo verificaba el pobre Espartero. La alegría ha desaparecido del redondel; esos niños que quedan en la profesión son todos tristes y desaboríos; las corridas parecen un funeral; el público debía ir de luto, porque allí están todos tan afligidos como si se les acabara de morir su señora mamá. ¿Y qué me cuenta usted del ganado? Ya no verá usted ningún toro de treinta arrobas como los que le echaban al Guerra. Ahora son perros de aguas, y en cuanto les enseñan un terrón de azúcar acuden á la mano á comerlo, porque están mansos desde el vientre de su madre. Los que van á los toros hoy son unos primos. Es de suponer que el día que se retire Fuentes se repita la anterior relación por los aficionados que aprovechen la ocasión para dejar sus abonos, y entonces empezarán los elogios á lo actual, con menosprecio de aquéllo que lo sustituya. Si fuera verdad lo que estas generaciones de aficionados refieren, sería preciso ver hoy los toros con microscopio, según el tamaño á que debían haber quedado reducidos esos animalitos, y había que suponer que los antiguos diestros mataban á bofetadas las fieras y salían al redondel como quien se va á dar un paseo por la Casa de Campo, sin temor á que ningún conejo le rasque la piel ó el traje. Pero luego resulta que se cogen las críticas im- presas de las respectivas épocas y se averigua, al decir de los censores, que Montes atravesaba muchos toros, que el Tato pinchaba como quien juega á los dátiles, que Trascuelo era terriblemente fustigado porque no daba volapiés legítimos, que Lagartijo se arrancaba de largo, que el Espartero tenía poco arte, que los banderilleros todos ponían más medios pares que pares enteros, y que los toros eran calificados frecuentemente de chivos, de monas y de caracoles. Y en seguida se le ocurre á uno preguntar: ¿sucederá lo mismo en la política? ¿Es que vemos con cristal de aumento lo que pasó? ¿Será Rodríguez San Pedro tan buen diplomático como Talleyrand? ¿Será Osma igual que Neker, y nos parece á los aficionados antiguos más pequeño? ¿Se arrima Maura lo mismo que González Brabo, aunque los periódicos actuales crean que tiene tranquillas para matar? ¿Regirá Domínguez Pascual la enseñanza tan acertadamente como D Tadeo Calomarde, y le tenemos por inferior á éste? Y en otro orden de idea: ¿Sería la Inquisición una institución alegre y divertida, destinada á regocijar al pueblo y á mantener la más absoluta libertad de conciencia? ¿Serían las diligencias más veloces que los expresos actuales y de una comodidad no igualada por ningún tren de lujo moderno? ¿Darían más luz los candiles que los arcos voltaicos? ¿Sería José María un filántropo que repartía su fortuna entre los necesitados por esos caminos de Dios? Es lástima que no se pueda hacer la prueba y volver á los aficionados á todo lo antiguo, á la época que veneran, con sus toros, sus toreros, su régimen, su confort, sus conventos y ¡sus políticos. Es posible que no volvieran á hablar más de ese tiempo pasado que, según el poeta, siempre fue mejor. EMILIO SÁNCHEZ PASTOR