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Pág. 6 ABC Núm. i o 3 La Duquesa de Alba urió en París. Yo esperé en nuestra Prensa diaria una crónica bella sobre la Duquesa de Alba; esperé una crónica á la vez graciosa y triste, grave y mundana, un poco histórica, otro poco galante, otro poco legendaria. ¡Qué crónica tan bella! Un poeta de otro tiempo hubiera escrito una oda: Jl la muerte de T psario Falcó, duquesa de Alba... ¡Qué oda tan bella! Ni crónica, ni oda. ¡Cuánta tristeza! Ahora más que nunca me duele á mí no ser cronista, no ser poeta, para decir cosas bellas de la Duquesa de Alba. Pero ni soy cronista, ni soy poeta, y por eso en vez de llorar en cadenciosas estrofas á la muerte de T psario Falcó, lloro la falta de cronistas y de poetas. En vez de la crónica bella, galante, graciosa, triste, gentil, mundana, cortesana, histórica y legendaria, el prosaico, el desmayado artículo necrológico: artículo de pompas fúnebres. En ve? de las flores frescas, aromosas, recien rociadas, las flores polvorientas de trapo. Cronistas, ¿cuálesson vuestros temas? Tú, Pequeño Filósofo que narraste tantos gestos de los diputados de la mayoría, tantas cosas gratas, diveitidas y amenas de las plácidas tardes parlamentarias; tú que narras en prosa blanda y seucüia las grandes hazañas de los teridios, de los glomeEL CONDE SR 1 C VON ROSEN, hAMOSO CAZADOR DE OSOS, COIS EL PRODUCTO DE SU ULTIMA CACERÍA TM r ridos, de los ditícidos, ¿no te conmueve la muette DELANTE DE SU PALACIO DE ESTOCKOLMC l holo Nouull de una Duquesi de Alba? ¿No te acuerdas, Filosofo Pequeño, que hubo un gran Duque de Alba, ¿Que es eso? ¡Gianujasí ¡Sinveiguenzas! cuyas hazañas guerreras, cuyas proezas, y sobre poco melancólica de las viejas estirpes, de los todo cuyas matanzas sólo son comparables con rancios linajes... En aquella dama veía yo, mien- ¡Hombre, pues no faltaba mas! Los muchachos, rabiosos y enfurecidos, tratan las grandes hazañas de los mundos pequeños que tras sonaban en lo hondo de la sala enérgicas metú nos narras con tu prosa blanda y sencilla? ¿No lodías meyerbeerianas, veía yo la belleza de una de agarrarse nuevamente, pataleando y dando puñetazos en el aire. Algunos transeúntes acuden en te parece, Filósofo, que aquel hombre fue un raza. Cronistas, poetas: ¿Cuáles son vuestros temas? ayuda del caballero y entre todos logran separar poco superhombre, un poco nietzschano? definitivamente á los rivales. Y vosotros, poetos lánguidos, tristes, decaídos, ¿Golfos y golfas? ¡La Duquesa de Alba! Murió en París. -Ale, tú por allí... ¡vivo! y tú, aquí. crepusculares, ¿no halláis manera derimar una estroTambién en París murieron nuestras colonias. El más pequeño de los luchadores se aleja lenfa rotunda y cadenciosa á la muerte de J osario Faltamente, calzándose una de las alpargatas que se có, duquesa de Jllba? Vosotros, los que oís el levíFRANCISCO ACEBAL le ha salido en la refriega, enjugándose los ojos simo rumor de la hoja otoñal que muere y cae, llorosos con el extremo de la blusa. En el camino ¿no os parece á vosotros que con la muerte de la E L A C A L L E C U E S T I Ó N D E encuentra dos cantos y se los guarda en el bolsiAlba cae, muere toda una aristocracia? HONRA llo. Al mayor le tiene el caballero sujeto del Hoy dominan los golfos y las golfas; para una- -Eso me lo dices tú porque estás en tu calle. brazo. gran duquesa, para una dama de neta aristocracia, -Eso te lo digo yo en tos iaos. ¿No te da vergüenza? Pegarte así, en medio de añejo linaje, de alcurnia enranciada, de estir- ¡Mentira! de la calle... ¿No ves que es más chico que tú? pe castiza, ni una estrofa, ni un párrafo. Cuando- ¿Quiés verlo? -Es que ha faltao á mi madre. murió el fíospicia, se escribieron muchas cosas, -Vente conmigo á los Jerónimos. ¡Ah! vamos... todas muy bellas. Tal vez se escriban cuando mue- -A los Jerónimos... Estás tú malo... -Sí, señor: ha faltao á mi madre, y eso, eso no ra el Garibaldi. Tal vez se llame á esto literatura- -Entonces, ¿pa qué chillas? se lo consiento yo á naide en el mundo. picaresca, la de añejo linaje, la de estirpe castiza, -Porque quiero. -Muy bien, hombre, muy bien. Eso ya es otra la de alcurnia enranciada. -Porque quieres... porque quieres... Amos, cosa. Has hecho perfectamente, ¡qué demonio! Una madre siempre es sagrada... Vamos, no llores, límEra yo un estudiante un estudiante de los que chico, te daba así... ¡Tú qué vas á dar! piate los mocos... Ven acá; ¿cómo te llamas? no frecuentan los duros bancos del aula, y siempre- -No chilles mucho... -Juan José Expósito. que tenía dinero, los duros bancos que yo frecuen- -Tiés tú poco miedo... PEDRO MATA taba eran los del paraíso del Teatro Real. En estos- ¿Yo miedo? ¡Toma! bancos duros aprendí yo muchas cosas; sobretodo, ¡Ay, tu madre! aprendí cosas más bellas que en los otros... en los DARÁ LAS MUJERES BELLAS, LOS Golpes, gritos, imprecaciones, mordiscos, ara- del aula. POLVOS DE PERLAS PARA LA Yo me encaramaba á lo más alto, y desde allí ñazos y tirones de pelo. Los demás muchachos, CARA atisbaba á lo más hondo de la honda sala. Res- testigos de la escena, abren círculo alrededor de ¿Queréis saber una noticia que va á llenaros de plandecía de luz, allá en lo hondo, la dorada sala. los combatientes y los animan con el ademán y la alegría? Pues escuchad: Yo miraba siempre hacia un palco: era un palco mirada, azuzándolos como á perros. Las perlas, esas deliciosas piedrecillas de le- -Anda con él, anda con el, que es tuyo. grande, espacioso, señorial; sus paredes estaban chosos orientes, encanto de la eterna coquetería- ¡Duro y á la cabeza! ricamente forradas, guatadas de raso rojo con bofemenina, ya no serán sólo el adorno preferido- ¡Que te puede tones rojos. Aquel palco grande, señorial, estaba que haga resaltar la belleza de vuestras nítidas- ¡Dale en las narices! á la izquierda, casi frontero al palco de la Corte. gargantas ó los sombreados reflejos de vuestras Al ruido del combate los transeúntes vuelven la ondulosas cabelleras. Desde ahora van á tener Yo recuerdo que en el fondo de aquel palco había un gran espejo que rebrillaba con reflejos blancos, cabeza; algunos se detienen. Los pequeños indus- un atractivo más para vosotras, una aplicación más triales salen á la puerta de su establecimiento. seductora, más ideal. Van á ser el complemento dorados y rojos. Entraba la Corte en su palco: de lo hondo de Los dos muchachos siguen golpeándose furiosa- delicioso de los delicados esplendores de vuestros la sala subía un rumor leve; en el paraíso produ- mente, valientemente, cada vez más enardecidos, satinados cutis. cíase leve rebullicio... La Corte había entrado en encendido el rostro, los ojos inyectados en sanSí. Vais á aplicároslas; á esparcirlas, convertisu palco. Yo quedaba impasible, inalterable. De gre, apretados los dientes... Abrazados pugnan das en impalpable polvo, sobre vuestra atercioperepente, yo veía que en aquel palco grande y es- por derribarse, perdiendo el equilibrio, recupe- lada piel, para que adquiera todo el nacarado iris pacioso, que tenía una gran luna en el fondo y rándole de nuevo. A cada golpe dado con maes- de las conchas en que vivieron encerradas. estaba todo guatado de rojo, entraba una dama, tría, ante cada pequeña ventaja que obtiene uno de Desde aquí estoy contemplando cómo al leer una gran señora alta, grácil, delgada y pálida. ellos, los espectadores aplauden entusiasmados. esto levantáis vuestras preciosas espaldas con un- ¡Eso, eso; muy bien! Aquella grácil dama tenía una bella nariz firmegesto de familiar y significativa duda, indicio de- ¡Duro con él! mente aguileña, todo el perfil aguileno. Era joven una incredulidad definitiva y absoluta. Tina portera, con tono compasivo. ¡Probitos! ó me parecía joven, era hermosa ó me parecía ¡Ah, sí! El cerebro femenino tiene esa supehermosa; lo que me parecía, y era seguramente, ¡Hijos de mis entrañas! ¡Tan chiquitines! Des- rioridad sobre el del hombre. Jamás se llena de era noble... noble de sangre, de estirpe, de abo- apartarlos ya... ¿No vis que se van á hacer daño? ideas inútiles que puedan servir para una discusión El carnicero de al lado, afilando filosóficamente la enojosa. Decide de pronto y después reflexiona. lengo. Parecía una gran dama arrancada de un cuchilla. -Déjelos usté, señora, que así se hacen Así gana en rapidez lo que pierde en profuncuadro de Carreño. Jamás la he visto más que allí, en el palco rojo, los hombres. didad. desde los duros bancos del paraíso. Viéndola enn caballero atraviesa decidido el arroyo, se Leída así, simplemente, esta noticia, la cosa trar, viéndola sentarse, viéndola hablar á los que aproxima á los combatientes y los separa, parece de una realización difícil. Reflexionando, la r o d e a h a n v n f ntía la Kc llí 7 a la h rmn iira un nn sin oranHes f la creemos más fácil. Boileau nosdiio aue la ver-