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ip 3 A BG Pág. 5 -No digas sandeces. ¡Ay, qué maldita afición! ¡Ay, qué loco es- fas, Agapito! ¿Tú si que estás loca? ¿Me meto en que vayas al Rosario y te estés allí las horas muertas despellejando á las que entran y salen eij. la iglesia? ¿Te digo a go cuando compras esas porquerías coi) que untas el pelo para que brille? Pues déjame á mí con mis toros. -Yo nada te digo cuando los dos estamos bue- nos; pero se me enciende la sangre cuando, como aquella vez, te fuiste á la corrida dejándome con cuarenta grados y once décimas de calentura, y al volver de la fiesta te encontraste con que había arrojado medio hígado. ¡Ta... ta... ta. i. -Sí, sí; búrlate, pero acuérdate de lo mal que le pareció áquello á todo el mundo, que hasta el jefe de tu oficina se enteró y quiso poner una nota en tu expediente personal para que no pudieras ascender en toda tu vida. -Cuando me veas que estoy preparándome para ir á los toros, no me recuerdes cosas de la. oficina... D. Agapifo se dirige al café con aire jacarandoso, aunque llevándose la mano á la cadera para cerciorarse de que la cataplasma está en su sitio. Media hora después llega á la Plaza, visita el patio de caballos, saluda á los matadores, se bebe una copa de aguardiente en uno de los aguaduchos de los pasillos, y va por último á ocupar su barrera del 8. Al tomar la primera vara, el toro derriba al picador, que cae pesadamente sobre un mono sabio. D- Agapito se incorpora lleno de emoción y nota entonces que se le corre la cataplasma. Contrariadopor este, detalle, sufre uno de sus. genuinos ahogos, y; entre el acomodador y un guardia le sacan del tendido. Ya en la enfermería, don Agapito vuelve en sí, y lo primero que hace ai abrir los ojos es preguntar ansiosamente: ¿En qué están? ¿Le han puesto ya banderillas? Luis TABOADA LOS ESTUDIANTES ANTE LA TRIBUNA REGIA HABLANDO CON S. M LA REINA PARA EXPONERLA SUS QUEJAS POR NO TENER SITIO ADECUADO EN LA CEREMONIA COSAS Aburrido de los cruces y otros excesos que confundían é interrumpían. á cada momento la telefónica comunicación, exclamaba un colega el otro día en una de sus crónicas: ¿Cuándo querrá Dios que tengamos también el teléfono sin hilos? Dios le oiga, hermano, porque lo más grave no es que estemos aún sin. el teléfono sin hilos, sino que nos encontremos todavía con los hilos sin teléfono. Precisamente poco antes de que el colega renegaba de las faltas del teléfono, un pobre vendedor en. el paseó dzx Recoletos renegaba de la sobra de los hilos, Es decir, el pobre no renegaba, porque había perdido el sentido de resultas de la conmoción que lé produjo la caída de uno de esos hilitos sobre ios cables del tranvía eléctrico. Estos hilos telefónicos se van pareciendo á la capa del estudiante, que estaba llena de... casualidades. A lo mejor da la casualidad de que se cae uno y mata una caballería. A lo peor se cansa de los experimentos in anima vili, y fastidia á una ó varias personas. Claro está que estos accidentes no pasan inadvertidos para las autoridades. ¡Qué han de pasai! Siempre que ocurren desgracias de este género se piensa en evitarlas. Verdad es que no se evitan, pero se piensa en ello, y esto ya es algo. A veces hasta se ha llegado á exigir que los cables tengan un aparato protector que evite esos contactos y esos circuitos. A veces se llega hasta á impedir radicalmente que la muerte se columpie en los hilos sobre las cabezas de los que pasamos por debajo, y se acuerda suprimir los cables aéreos. ¿No recuerdan ustedes que se dio un plazo para que estos hilos aéreos, como los célebres estanqueros, fueran subterráneos? Yo también lo recuerdo; pero sin duda á las empresas se les olvida y alas autoridades se les para el reloj, Fíese usted de los refranes! ¡No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague! La deuda del Estado no se paga nunca porque es perpetua, y Ios- plazos dé las autoridades... que- le pregunten á las víctimas de los hilos cuándo sé cumplen. A 1 marqués de Jto le acaban de conceder la condeco ración de la Flor del Ciruelo, que sólo se otorga á los personajes de estirpe real. Al ministro Hayashi, la de la Orden de Paikufc. Al saberlo, creo que ustedes, coma yo, celebrarán no ser de estirpe real para este caso: porque si el Gobierno del Japón nos favoreciera con una condecoración, nos daría la de la Orden de Paikuk, que no sé lo que significará, pero que suena. bien. En cambio, yo no tendría valor para contestar á quien me preguntara, viéndome la cinta en el ojal: ¿Qué cruz es esa? ¡La Flor del Ciruelo! CARLOS LUIS DE CUENCA EL OBISPO DE SION DIRIGIENDO LA PALABRA Á LOS RECLUTAS EN EL SOLEMNE MOMENTO DE IR Á JURAR LA BANDERA DESPUÉS DE PEDIRLES 8 L JURAMENTO EL GOBERNADOR MILITAR DE MADRID, GENERAL ECHAGUE Fots Asenjo A VIDA EN BROMA, UN AFJCIONADO -Pero, Agapito, ¿vas á ir á los toros estandoasí? -Claro que voy. ¿Y si te da el ahogo? ¿Y si se te cae la cataplasma? ¡Tendría que ver que por consideraciones á una despreciable cataplasma me quedara sin ver á Parrao y al T- itri! ¡Ay, Agapito! Tú te has propuesto matarte. -Déjate de sermones y sácame la ropa; ya sabes cuál: la cazadora cruzada, el pantalón ceñido y el sombrero sevillano. ¡Jesús! ¡Jesús! ¿Pero vas á ir sin gabán? ¡Hombre, estaría bueno que me presentara con gabán en los toros! ¿Dónde has visto tú un aficionado que se abrigue para ir á los toros? -Ponte, al menos, la camiseta de franela para que te sujete la cataplasma. -Quita de ahí. Cualquiera diría que me estoy muriendo. -N o digo que te vayas á morir; pero pade- ciendo como padeces de ahogos y teniendo un bulto en una cadera que necesita cataplasmas emolientes para que venga cuanto antes á supuración, considero una locura que te vayas á los toros. -Llevo cuarenta y cinco temporadas abonado al 8, y sólo una vez falté á la corrida, y fue cuando me dieron el Viático. -N o me lo recuerdes ¡Qué tarde aquélla! En medio de la gravedad de tu estado, no hacías más que preguntar: ¿Qué hora es? ¿Las cinco? Ya estarán banderilleando el segundo. Después te entró una especie de locura, y todo tu afán era arrancarte las sanguijuelas y tirárselas a l a cara á mi mamá, que en paz descanse. -Anda, no hables tanto y ayúdame á poner los pantalones. ¡Ah! y sácame la corbata verde. Cada vez que veo la corbata, me acuerdo de la cogida del Besugo. Puesta la llevaba cuando el toro lo enganchó por la oreja derecha. ¡Qué cornada más hermosa! Por el boquete le cabía el puño. Ya no se dan cornadas como aquélla... ¡Quiera Dios que no te traigan á casa en una camilla!