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ABG Núm. 100 SAN P E T E R S B U R G t LA CATEDKAL DE SAN ISAAC EL DALMATA, DONDE SE CELEBRAN IOS PRINCIPALES CUI TOS CON MOTIVO DE LA GUERRA QUE SOSTIENE EL IMPERIO CON EL JAPÓN librea especial. Como e palacio está á la orilla izquierda del río, cuando hay ceremonias en algún templo de la otra margen, el Synodo atraviesa el río en una barca que lleva su nombre. Este acto curiosísimo y pintoresco de ir el metropolitano los arzobispos, los obispos y los abades, todos lujosamente revestidos y entre estandartes y soldados, dentro de una barca, es presenciado por el pueblo entero, y de él remito para los lectores de A B C una fotografía muy detallada. No hace muchos días, el Synodo celebró sesión bajo la presidencia del Zar, para acordar resoluciones sobre a guerra. Por primera providencia, votó un crédito de 200.000 rublos; después acordó celebrar diariamente y en todos los templos de Rusia una misa por los muertos en campaña y, finalmente, á propuesta del P Antonio, metropolitano de Petersburgo, resolvió contribuir á la suscripción para la flota nacional con dos día: de sueldo cada mes. ...A las pocas horas, yo mismo he pensado si aquéllo fue verdad. CRISTÓBAL DE CASTRO San Petersburgo, 4 de Marzo. F o t o g r a f í a s d eBolilla, h e c h a s e x p r e s a m e n t e p a r a ABC La palmera de Medinaceli T- -n el jardín que por ún lado, según cantan en Ís Jugar con fuego, tenía el suntuoso palacio que se alzaba junto al Prado de San Fermín, crecía lozana y hermosa una gentil palmera; Ella y otra que había arraigado en el Casino que para recreo de la Reina Doña Isabel de Eraganza hizo construir su esposo Fernando V i l a; final de la calle de Embajadores, donde estuvo c; Museo Arqueológico y donde está la Escuela de Veterinaria, eran los únicos ejemplares de su clase que habían podido vivir desafiando los rigores invernales del clima de Madrid. La del jardín de Medinaceli era hermosísima; crecía al pie del dormitorio de la duquesa Angela, y sus verdes ramas, que llegaban hasta los balcones, saludaban á la bella dama cuando todas las mañanas se asomaba á mirar al cielo y á ver su palmera, como cariñosamente la llamaba, y á la que hacía cuidar con gran esmero. Cuando el estado ruinoso del palacio que hizo construir el duque de Lerma, y que sirvió de morada á Felipe V cuando se aisló del mundo para llorar la muerte de su primera esposa la Reina Doña María Luisa Gabriela de Saboya, impuso el derribo, la duquesa de Denia se preocupó mucho de la suerte de su palmera. La encontré cuando, de recién casada, llegué á Madrid- -solía decir. -Era lo primero que veía todos los días; ha sido mudo testigo de mis penas y de mis alegrías, y mi vida me parece unida á ella. Yo no la puedo abandonar. Y llamando á los jardineros más expertos, á los botánicos más inteligentes, les encargó la traslación del precioso árbol desde el jardín antiguo al nuevo jardín de su palacio de la plaza de Colón. Los cuidados y el esmero con que se hizo esta traslación, son imponderables. Las raíces fueron sacadas de la tierra como una joya de su estuche y bien envueltas en el cariñoso abrigo que las había dado vida; el hermoso arbusto fue llevado al palacio nuevo con los mimos que una madre hubiera empleado para llevar de un lado á otro un hijo delicado. Fue transplaniada también al pie de los balcones del dormitorio de la duquesa, que continuó viendo todos los días á su antigua amiga. Después de muchos anhelos é inquietudes, la noble dama tuvo la alegría de que la palmera arraigase y de que continuase creciendo lozana en la nueva residencia. Con ella- -decía su ilustre dueña, -me parece que ha venido toda la tradición de aquella antigua casa, que no he podido abandonar sin profunda pena. Y así continuaron algunos años: la palmera creciendo y su dueña envejeciendo, pero siempre amigas. Cuando el pasado verano postró á la noble dama la cruel dolencia que tras mucho padecer la Hevó al sepulcro, uno de sus consuelos, cuando experimentaba algún alivio, era que la llevasen junto ai balcón para ver á su palmera y recibir las Y entre las varias manifestaciones que he presenciado aquí, ninguna ha sido como la que el pueblo, al saber las resoluciones de! Synodo, realizó aquella tarde ante el Palacio. Toda la gran llanura de aquella playa tan inmensa estaba rebosando gente. Nevaba; hacía un frío horrible y comenzaba á obscurecer. Por las calles que desembocan, á pie, en trineos, en troikas, en automóviles, en carros, anuían miles y miles de hombres del pueblo, de militares, de marinos, de monjes. Las mujeres lloraban, y los chiquillos, locos di entusiasmo, tiraban por el aire sus gorras. Y á poco- -lastimero pero ensordecedor, melancólico pero vibrante- -la multitud cantó á coro el Gcspodi. Yo, emocionado, me descubrí también; sobre mi cabeza católica, la nieve, pura y sin mancha, se dis acia en agua como dz llanto; mi corazón se esponjaba en la fe de aquella multitud piadosa, y cuando las estrofas del Miserere ruso llenaban los campos de súplicas, también mi espíritu sintió la hora de la tribulación y, también, idealizando mis penas, dije clamoroso y abatido: ¡Señor, ten piedad de nosotros! SAN PETERSBURGO. UNA PROCESIÓN EN SAN PETERSBURGO, CELEBRADA PARA IMPLORAR DEL ALTÍSIMO EX TTHUNPO DE LAS ARMAS RUSAS EN LA GUERRA CON EL JAPÓN