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I MADRID, 17 DE MERO loo. CRÓNICA SEMANAL ILUSTRADA. MARZO DE 1904 NÚMERO SUELTO, 10 CÉNTS. 2 V H H H lbSi i VISTA DE UNA DE LAS CALLES DE TOKCHAMA, IMPORTANTE CIUDAD JAPONESA CUYA POBLACIÓN ES DE 2 0 0 0 0 0 HABITANTES, Y CUYO PUERTO ES EL PRINCJPAL DE TODOS LOS DEL IMPERIO VIDA EN LAEL PUEBLORUSIA. LA RELIGIÓN Y Desde que se pasa la frontera, en Eydkunem, a religión cismática envuelve al viajero en su austeridad. En la última estación alemana reinan el tráfico, la agitación, el incesante vaivén de la vida. E n la primera estación rusa, la imagen de un Cristo enclavado, grande y severo y como acusador de las humanas vanidades, se ilumina sombríamente con un candelabro, que siempre está encendido. Y ya, desde que se pisa el territorio, por todas partes la religión enseñorea sus signos, sus imágenes y sus cruces. Al paso de los trenes, en cada estación sorprende la imagen con su perdurable candelero; muchas veces, en las paradas á media noche, cuando los viajeros duermen y reina un silencio de panteón, á través de la copiosa nevada- -como a! trasluz de un estereóscopo- -se divisa un grupo de aldeanos que, tiritando y de rodillas, rezan ante la sagrada imagen. En los pueblos, la religión suple mucnas veces ja comida. Hay familias pobres que se pasan el día orando, y es muy común ver á un viejo mendigo que, extenuado y con su morral á cuestas, va en peregrinación devota á través de las nevadas campiñas recaudando para construir una iglesia. El santero español, viandante de aldeas y cortijadas, ha desaparecido ya; pero aquí, en Rusia, es un tipo eterno. Y así como en España ios iluminados han pasado, felizmente, á la historia, aquí la miseria aldeana es una fábrica de ascetas que no comen, pero que recorren los campos en un apostolado admirable, llenos de mortificaciones y penitencias, revestidos de sencillez y de austeridad, evocadores, en fin, de los hombres de la T e b a i d a En las ciudades, la religión se abrillanta y se dora, se viste de oro y terciopelo y desciende á ¡as vanidades de! lujo, únicamente para vencer al lujo y someterle y encadenarle. P e r o jamás estas iglesias desnudas, sin capillitas y sin flores, sin orquestas y sin órganos, cederán á la mujer ni un ápice de mundanismo. E n las iglesias católicas y relucientes, perfumadas y con flores, el sensualismo es el demonio tentador. En estos graves templos desnudos, la sobriedad contribuye á la meditación. Y hasta en las funciones de más pompa- -cuando la cot- te llena el templo de lujo y los dorados uniformes relumbran, y las damas, llenas de joyas, parecen imágenes, -hasta en esos contados días, el silencio, la quietud, la solemnidad, el recogimiento de las almas no se distraen ni con el tosido más leve. Aquí, estar en la iglesia es verdaderamente estar en la presencia de Dios. Pues á pesar de esta devoción fervorosa, de esta religiosidad que pasma- -oídlo bien, -Rusia tiene libertad de cultos. Y no sólo esto, sino que el Estado paga ¡os cultos extranjeros. Y lo que se gasta en las iglesias católicas, luteranas y anglicanas, lo paga este pueblo, que es cismático hasta la muerte y el sueldo de los arzobispos, obispos, vicarios y pastores, sale de la contribución de ¡os cismáticos. ¿Queréis más libertad, puesto que cada cual va á la iglesia que quiere; más igualdad, puesto que nacionales y extranjeros tienen su culto sufragado, y más fraternidad, ya que todas las reÜgiones se respetan mutuamente, en e ¡país más absolutista del mundo? O o r todas partes hay iglesias, santuarios, imágenes, cruces. E n todas ¡as casas, ante un cuadro devoto, arde perennemente una ¡ampara. Y hasta en ¡os hoteles, en cada cuarto, y sobre la mesa de escribir, hay siempre dos candeleros con cirios. A ¡o mejor va usted por ¡a caüe y ve un corrillo donde ¡as señoronas y ¡as mendigas, ¡os so ¡dados y los genera ¡es contemplan piadosamente á un monje que, de rodillas y en cruz, clama devotamente á Dios. Y á cada instante, si entra usted en una iglesia, siente que una gran dama ó una pobretcna le tocan en el hombro y le alargan un cirio; usted, sabiendo ya la costumbre, toca al vecino en el hombro y le da el cirio; el vecino hace ¡a misma operación con e! que está delante, y al cabo ve usted que un pope de los que rezan en el a ¡tar mayor coge e ¡cirio, lo besa, lo enciende y lo potie en su candelerc. E n todas las iglesias arden continuamente los cirios por millares, y no hay día en que, desde el Zar hasta el último mono, no üeven estos buenos fieles su cirio al templo. Claro está que en un pueblo así ha de liaber millares de iglesias. Y con efecto, aquí, en San Petersburgo solamente, hay doce catedrales- -la de Alejandro I I la de San Isaac (que es la primada) la de la Resurrección, la de la Trinidad, la de P e t e r s b u r g o ¡a de Kayán, las de San Andrés, San Sergio, San Wladimiro y San Alejandro Newsky, la de ¡a Transfiguración y ¡a de San P e d r o y San Pab ¡o, que es donde de ordinario oye misa ¡a C o r t e D e iglesias he perdido la cuenta; por lo menos, he visto una en cada caüe. Y de conventos y santuarios, hay la mar. Con todo, el clericalismo no se conoce aquí. El clero no se mezcla en política, y como el Papa de esta religión es el Zar, y e ¡Zar es E m p e r a d o r abso ¡uto, los sacerdotes cismáticos- -desde el metropolitano de Petersburgo hasta el ú ¡timo pope de a ¡dea- -se contentan con desempeñar su misión apotóÜca, cobrar su sueldo y ser respetados p o r todo e ¡m u n d o L o más típico de esta religión tan austera es las pocas fiestas que tiene. En nuestro culto católico hay meses que todos se van en fiestas religiosas. Pues aquí, contando las dedicadas á los días del Emperador y de la Zarina- -q u e la iglesia celebra como nacionales, -no hay más que catorce fiestas de precepto. Así es que, como son tan de tarde en tarde, la solemnidad que revisten excede á toda ponderación. El celibato existe para los clérigos seculares; los r e gulares pueden ser casados, aunque en el alto clero hay pocos. E n cambio, en el clero rural, los popes tienen casi todos mujer é hijos. El alto clero- -como si dijéramos, el cónclave- -forma aquí lo que se llama el Santo S y n o d o cuyas deliberaciones preside el Jefe supremo de la Iglesia, el Z a r El Synodo reside en un palacio inmenso, frente p o r frente del Senado, y sus carruajes, como los de la grandeza, tienen