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Núra. 99 Domiciliado en París hace algún tiempo, sabe más de Tebas ó de Memphis que de los bulevares, y viviendo en ardiente comunión espiritual con sir generación y con su tiempo, no lo dudéis, sus mis íntimos coloquios son con la Esfinge, que medrosa como un conjuro y espesa como una montaña, hallamos siempre, inexorablemente, inevitablemente, en todas las encrucijadas de la vida. Viene de la Selva obscura. Es un embajador del más allá. Encontraréis en su obra soles nuevos y tinieblas de pesadilla. En sus mocedades, aún no lejanas, hizo Interior y La intrusa. ¡Ah, La Intrusa! La Intrusa es la Muerte. Granada ya y en sazón su forma, viene á Madrid á regalarnos con los faustos de su Monna Vanna. Como Colón continentes de tierra, el nauta singular de que me ocupo ha descubierto vastas extensiones de territorio moral jamás holladas por el análisis de ninguna psicología. Es un noble y fuerte aventurero de lo ideal. Es también un explorador- poeta. Su teatro, especialmente, tiene vistas que dan á latas extensiones de ensueño que él ha recorrido fatigosamente á pie, como un caminante. Zola ha viajado por la vida con un tupie cerco de bronce en sus zapatos. Maeterlinck tiene alas. Es lo que Mercurio por oposición á Vulcano... Belga de origen, ha enriquecido el tesoro mental de Francia con espléndidas preseas, propias cíe su acatada realeza. Y con Verhacrem, con Ro con otros, ha obligado á que se substituya la frase flagelante y común de escribe peor que un belga por la de escribe como un belga para expresar el más amable elogio que puede dirigirse á los escritores franceses contemporáneos. Sea bien venido entre nosotros Mauricio Maeterlinck, peregrino de la Belleza, cruzado del Arte, conquistador cuya espada es una antorcha... ALEJANDRO SAWA ABC tal, sino una gimnasia sana, un ejercicio más. intelectual que físico. Pág. 7 Esgrima y lances de honor Oemana de asaltos de armas y de lances personales ha k sido la que ha pasado. La presencia en Madrid del maestro Conté ha creado inusitada animación en Jas Salas de Madrid, el desafío entre Blasco Ibáñez y el teniente Alasteny ha renovado antiguas discusiones sobre dueJo. Del asalto Cortés, organizado á beneficio y en honor del maestro italiano en el teatro del Retiro, poco puedo decir: no lo presencié. Dícenme que Conté estuvo admirable, tirando con su peculiar corrección y arrancando aplausos de los más legos; que sus adversarios, el profesor Roque y e! conde de Azmir á florete, y el maestro Huete y el Sr. Vacas á sable, estuvieron bien; que dada la superiondad abrumadora del tirador italiano, se fijai- on principalmente en la estética del conjunto, se limitaron á sostener el combate, á darle vida, consiguiendo su objeto y siendo unánimes los elogios de cuantos presenciaron la lucha. Otra función de armas, dada por la Sociedad de Esgrima, se ha verificado el jueves en Apolo con gran éxito. Reuniones de esta índole son convenientes, contribuyen al desarrollo del ejercicio viril por excelencia, de la afición más adecuada, si se generalizara, para conseguir la regeneración física de un pueblo. Tiene además la esgrima otras ventajas: con ella trabaja tanto ó más el cerebro que el cuerpo, y su práctica constante modera los ímpetus de los caracteres más pendencieros. Foméntese, y serán menos frecuentes los duelos. El tirador fuerte tiene conciencia de su superioridad y no es provocativo; conoce el peligro, y en la medida de lo posible lo evita; además le temen ó, cuando menos, le respetan. Por eso son pocos los duelos entre asiduos concurrentes á las Salas de armas. ¡Cuántos tienen lugar entre personas que jamás agarraron un sable ó una espada! Una frase mal interpretada, una mala inteligencia del concepto, excitan al hombre más pacífico y le impelen á exponer su existencia ante el hierro ó la pistola de un enemigo casual por quien la mayoría de las veces no siente odio. Del duelo ha dicho Juan Jacobo Rousseau que lava la ofensa indistintamente en la sangre del ofensor ó en la del ofendido; que si los pueblos más cultos, más valientes y más virtuosos de la tierra no lo han conocido, es porque no es una institución de honor, sino una moda horrenda y bárbara digna de su feroz origen. Falta saber si tratándose de la vida propia y de la ajena debe sujetarse el hombre honrado á la moda, y si no se demuestra más valor protestando de ella que siguiéndola. Schopenhauer d- ecía que el honor caballeresco se propone, como fin inmediato, conseguir por la amenaza los testimonios exteriores de la consideración ajena. Es poco más ó menos como si alguien calentase un termómetro con la mano para probar con la subida dé la columna de mercurio que su habitación está caldeada. Abominemos del duelo, costumbre incompatible con la civilización moderna, herencia absurda legada á la sociedad actual por edades bárbaras; pero no lo confundamos con la esgrima, que no es un holocausto á la fuerza bru- alambre que sabe Dios cuántas generaciones de arañas se habían encargado de tapizar con sus suALVARO CALZADO tiles telas. En el extremo opuesto al portal se encontraba, mejor dicho, se tropezaba con unos, muy pocos, escalones que servían para salvar el desnivel que existe entre una y otra calle, y una vez subidos 1- 4 so mismo: La Suerte se titula un primoroso los carcomidos peldaños, se encontraba uno con trabajo literario de Emilia Pardo Bazán, del una sucesión de dos ó tres piezas que daban paso cual trabajo, con sólo decir cuyo es, queda hecho á otra bastante más grande y un poco menos irrecumplidísimo elogio. gular que las anteriores. No soy aficionado á ejercer de profeta; pero, En las primeras todo el mobiliario se componía por excepción y sin asentar precedente, vaticiné de unos vetustos veladores chapeados de caoba, al célebre escrito que el público recibiría con aplau- colocados en el más amable de los desórdenes, y sos el diálogo La Suerte, rodeados de unas banquetas de tosca madera con Y si no he padecido error como augur prime- asientos forrados de bayeta roja y de unas pesa rizo, pienso que á ese diálogo seguirán obras dísimas sillas de respsldo que rto hacían del todo teatrales de mayor importancia y de vuelos más mal juego con los taturetes. altos. En la pieza grartde ya encontraba la vista mayor Porque- -no sé si ustedes se habrán fijado en número de objetos en que recrearse. En primer esto- -ahora ¡precisamente ahora! cuando los que lugar, las paredes estaban adornadas con espejos á sí mismo se han otorgado poderes para dar fes de pequeñas y no muy darás Jürtas, encuadrados de vida y extender partidas de defunción á los gé- en unos marcos de madera obscura con remates dé neros literarios, dan por definitivamenie muerto latón dorado. Después, lo que más llamaba la al teatro, se despierta visiblemente la afición á atención eran dos mesas de billar de descomuna cultivarlo. les dimensiones y paño: de un verde que iba poco Síerto que el decretar la muerte del teatro es á poco confundiéndose con el amarillo, y un moscosa muy antigua. trador á que parecía servir de dosel Una anaqueleMuy cerca de veintitrés siglos han pasado desde ría sin cristales Ocupada por urtas cuantas docenas que un conde de San Luis ateniense prohibió á de botellas de varias hechuras y distintos tamaños, Aristófanes ridiculizar en escena á personajes Entre el mostrador y el anaquel se alzaba, con vivos. carácter de inamovible, un viejo sillón que servía Yo aún no andaba por el mundo todavía por de trono al dueño absoluto de aquellos dominios, aquél entonces (no vayan ustedes á figurarse que D. Gregorio Cedrún, respetable anciano de talla hablo como testigo presencial) pero estoy segu- corpulenta, aunque un poco encorvada, tuerto del ro, como si lo hubiera visto, de que los reporteros ojo derecho, y en el que la bondad del rostro, un de entonces- -que también los había, aunque no poco encendido y de abultadas facciones, delataba tenían nombre tan antiestético- -se apresuraron á su origen germánico. decir: Estegolpe de nuestro gobernador ha maII tado á Aristófanes, y con él al teatro. Él que me llevaba al Café de la Alegría era mi Pues nada; no, señor: Aristófanes siguió escribiendo comedias, y el teatro cuenta desde enton- tío Agustín, persona de mi familia á quien quería ces dos mil doscientos noventa y dos años de vida... Casi tanto como á mi padre y señor, que aunque ¡y los que contará! pues, por ahora, disfruta de no llegaba aún á los cincuenta años, cronometró parecía en la puntualidad que Usaba para no salirse perfecta salud. Algunos, menos crueles, le perdonan la vida, y urt punto de sus costumbres. Entre éstas figurábala de acudir inyariablemert 3 e contentan con afirmar que el teatro es género muy inferior, y que donde esté la novela no hay te de ocho á diez y media dé la noche á tina tertulia que, entre dtras particularidades, tenía la dé teatro que valga tres cominos, ni uno. Ho discuto esto, por ahora. Será género infe- haber escogido para reunirse urt local como el te rior; pero ¡qué diablo! lo cierto es que todos pre- nebrosocafé, que sólo parecía inspirar ideas rancias y pasadas, siendo así que todos los que la conv tenden brillar en la escena. JZTola, el gran novelista, llamó á las puertas del ponían eran recalcitrantes progresistas de los dé teatro lo mismo que á las a Academia. Es más pura cepa. más, para llevar á las tablas, su Teresa Joaquín, Por lo demás, para los tertulios la operación de claudicó un tanto, transigiendo con convencionalis- tomar café no era cosa breve. Primero era preciso despertar á Marcos, aquel mozo asturiano, otra de mos que había condenado siempre. Aquí, nuestro Galdós, no ha descansado hasta las instituciones del establecimiento, ya cuarentón, de rostro anguloso y de undosas patillas, en lograr triunfos en el teatro. Echegaray, el gran Echegaray, cuando era ya mangas de camisa en todo tiempo, y siempre sostematemático ilustre, insigne orador, académico de niendo entre los labios un cigarro de papel de la de Ciencias, conspicuo hacendista, y ministro, más que medianas dimensiones. Después había y todo, llevó al teatro, como hombre y modesto que dejarle que fuera á la cocina en busca del serautor principiante, El libro talonario, firmado por vicio, y por último, aguardar á que hiciera otro Jorge Tíayasece. El tal Jorge ha dado en el trans- viaje más trayendo las pesadas cafeteras de cobre curso de treinta años repertorio admirable por la que le servían para llenar los verdosos vasos de vicantidad y por la calidad. El teatro estará muerto, drio ó las desportilladas tazas de pedernal. Hecho esto, unas veces Marcos se sentaba fael teatro será género inferior; pero mientras tales aficionados existan, no sucumbe. Que Emilia Par- miliarmente á formar corro con los parroquianos, de Bazán alcance triunfos como los de Galdós y y otras se iba á buscar en un rincón sitio cómodo donde seguir descabezando el sueño. En uno y Echegaray, desea otro caso, entonces era cuando la tertulia comenA. SÁNCHEZ PÉREZ zaba á animarse. III L CAFÉ DE LA ALEGRÍA. MEMODe los recuerdos que tengo de las noches pasaRIAS DE MEDIO SIGLO. RECUERdas en el café de la Alegría, ninguno ha perduraDOS DE UN MADRILEÑO do de modo tan indeleble como el de una en que, I cosa rara, ocupaba uno de los veladores un señor El café de la Alegría, más conocido con el nom- á quien no hago memoria de haber visto ni antes bre de café de Chinchilla por estar situado en la ni después de aquel día en el vetusto estableciesquina que esta calle forma cen la de la Abada, miento. es decir, en el mismo local que hoy ocupa la fonEnvuelto en una amplia capa castaña de alto da de Barcelona, era por los años de 1857, últi- cuello y vueltas y vivos de terciopelo color guinmos de su existencia, uno de los ya contados da, el que á pesar de no contar entonces más de ejemplares que conservaban en toda su integridad cincuenta y un años, tenía ya el aspecto de un y pureza el tipo de lo que habían sido los esta- venerable anciano, era un hombre de escasa esblecimientos de tal género en el primer tercio del tatura, de rostro totalmente afeitado y facciones siglo xix. menudas en las que se destacaban dos rasgos Como si lo estuviera viendo ahora, me acuerdo imposibles de olvidar. Estos eran unos ojillos del portal estrecho y maloliente que daba ingre- pardos, vivos y chispeantes, que ocultaban á meso al café por el callejón. Por él se pasaba á un dias sus gafas con cerco de oro, y una cabeza pepatinillo que debía ser obscuro de día y lo era queña, con su prominencia puntiaguda en su parmucho más de noche, por contar como única luz te superior y de una picante originalidad, que no con la de un farol protegido por un enrejado de había más que ver para comprender que el cere- LA SUERTE E