Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
I AÑO DOS. NÜMER 099. CRÓN CA BISEMANAL ILUSTRADA. o S MADRID, 9 DE MARZO DE 1904 NÚMERO SUELTO, 10 CÉNTS. S está bajo el p o d e r d e la justicia. E n la masa llega á producir admiración el autor de grandes delitos, y no faltan casos en que un pueblo ha gritado viva T o r i b i o! siendo T o r i b i o un criminal reincidente. P e r o ¡ah! si T o r i b i o ú otro cualquiera de su ralea, en vez d e asesinar hubiera escrito una obra disparatada... El público d é l o s estrenos hubiese gritado ¡mueral con todas sus fuerzas, y los periódicos, en su sección d e crítica, le hubieran puesto como nuevo, calificando d e estupidez, barbaridad, sandez ó algo más gordo su obrita, sin que le valiera la rectitud d e la intención ni lo insignificante de la empresa; porque á lo mejor se riñe feroz combate p o r una producción dramática de la cual al año puede ser que ya no quede ni m. emoria del título. Yo recuerdo d e un estreno en los Jardines del Retiro en que el autor tuvo que estar escondido en el escenario hasta que la gente se marchara, porque sus amigos temían que la indignación extraordinaria del público se desbordase contra la propia persona del escritor si le había á la mano. Conclusiones, como hacen en los Congresos: El público tiene razón siempre cuando rechaza una obra en el teatro; todas las obras gritadas están bien muertas; su injusticia sólo se echa de ver en algunas que ha aplaudido indebidamente. El público tiene el derecho perfecto de protestar una obra que le aburre, y para ver la cual ha pagado generalmente cara su localidad. El público no tiene derecho, a ejercitar esta misión, para producir escándalo d e ningún género, ni para faltar á las consideraciones debidas á una reunión d e gentes cultas. El autor es un semejante de los espectadores, por mala que sea su obra. Escribir una obra mala no es un delito parecido al de matar á sus propios padres. Y finalmente: y o no creo que hay reventadores profesionales y colegiados. Cuando la obra es mala, eso sí, hay siempre un gran reventador en funciones, pero que no se ha puesto de acuerdo con nadie previamente: el que la escribió. EMILIO SÁNCHEZ PASTOR en la cuna echado, con los párpados caídos, dormido y soñando! Daban ganas de besarlo. Semejaba aquello un mundo microscópico. Mezclados todos, la muñeca vestida d e chula con mantón de floripones sangrientos, y otras ataviadas con lujoso traje d e paseo, sombixro con plumas al viento y sombrilla de caprichoso dibujo en la mano. O b e sas mamas de cara huraña, señoritas casamenteras y niños mimosos, constituían una familia, varias generaciones, una vida que se prolonga indefinidamente. La hembrita miraba también, después de conocer la gente de pasta, los otros juguetes femeninos. Las casas de cartón eran hermosas. ¡Buenos muebles eran los que tenían! Camitas minúsculas d e madera, rameada ¡a colcha, blancas las almohadas; sillas de junco en todas las formas, butacas tapizadas con lujo; armarios con sus hojas de cristal y tocadores con espejo tentador de coqueterías. Y en grandes estuches los juegos de porcelana, y en cajas descubiertas los utensilios de cocina simulados con estaño. ¡Cuántos hogares se podrían reconstruir, aun así d e mentirijillas! H a s ta en un rincón, un piano abierto dejaba ver la albura de su teclado virgen. El muchacho, chiquitín, ávido d e otros solaces varoniles, no seguía las miradas de su hermana. ¡Cómo iba á ser! A n t e t o d o estaban aquellos caballos d e madera, con la silla puesta, duro el casco, erguido el cuello, redonda el anca, que parecían dispuestos á relinchar y á tenderse al galope cuando sintieran en el estribo el pie del jinete y en la piel el arañazo d e la espuela. Qué gusto montarlos! Luego aquel t o r o bajo el testuz, la pata escarbando la tierra, amenazadores ¡os cuernos, en actitud d e acometer con un d e r r o t e Y aquellos sables relucientes del más puro latón, pero que despiertan siempre entusiasmos guerreros en la chiquillería; las picas, que remueven desd e la edad infantil aficiones taurómacas, que traen más tarde el delirio d e las corridas reales, y finge en las calles, entre muchachos, todas las peripecias de la lidia. Eso es el primer amor de los niños. Incitan las cornetas colgando. ¡Qué bien sonaría en los pasillos de la casa, despertando envidias su rumor estridente, y como éste repercutiría bélico, impulsivo, hasta en la calle! El aire marcial con que marchan las tropas los días de revista militar, en los desfiles solemnes, al son d e las cornetas y siguiendo el compás d e las músicas, ¡qué bien soplaría en aquel juguete d e metal barato! ¡Dios santo, y aquellos tambores! Parece que adelantan, aun descansando allí en silencio, la velada, con sus ruidos y sus alegrías, d e la Nochebuena. Sobre todo, no hay ojos que no se fijen en el carromato á que va uncido el asno d e lento andar, socarrón, de una mansedumbre á prueba de golpes, ni hay manos que no quieran dar cuerda para que brinque y piruetee, con saltos graciosos, al polichinela que se disfraza con traje de clown. Observaba yo los movimientos d e los niños, los dos hermanos, adivinando las impresiones que dentro sentían por las rutas del mirar d e sus ojos codiciosos. El chico se atrevió á decir: -Mamá... Rápidamente, en son de reproche amable que en el gesto descubría t o d o un mundo, la hembrita, adivinando la petición, empujó al hermano calle abajo, lejos del escaparate, cMyo cristal resplandecía al sol. -No... -óijo. La madre, con mirada d e súplica, revelación de un cariíiO grande en medio de la pobreza, después Je tentarse ej bolsillo exhausto, á mi entender siempre, como si con la caricia de sus manos, que suavemente rozaban las caritas de los niños, quisiera consolarlos, añadió: ¡Uf! ¡Q u é feos! Y luego, como compadecida, rectificó: -Nenes, otro día, ÁNGEL GUERRA LOS ESTRENOS ay muchos ciudadanos en esta corte que dicen: Yo no voy á ver una obra más que el día que se estrena Parecía natural que hubiera muchos que dijeran lo contrario, esto es: í no voy á ver una obra hasta que el público y la crítica la han dado por buena. P e r o no, señor; la cuestión es gozar de un espectáculo que ya se puede llamar nacional y mejor todavía madrileño, y que consiste en presenciar una silba. Un teatro convertido en una plaza de toros es una novedad que nadie deja d e saborear; además, no, todo es ruido: muchos espectadores son chistosos, y tienen muy buenas ocurrencias en cuanto una obra se tuerce; otros saben hacer el perro y ladran maravillosamente, y á lo mejor uno hace el burro, y la concurrencia goza mucho más que con una obra bajada del mismo cielo. Los caballeros que tienen el sport de los estrenos van como los aficionados á toros: á ver si es cogido el autor, volteado, machacado é injuriado ferozmente. Y cuanto mayor sea su reputación, más placer produce la caída; las multitudes son crueles; individualmente, puede que todos sientan el fracaso de un autor; reunidos, desearían en muchos casos que se suspendiera la representación, que se levantara un patíbulo, que se llamara al verdugo y allí mismo se diera garrote al criminal que no había acertado con el gusto del público. El apasionamiento de los señores de los estrenos es tanto más d e lamentar, cuanto que es para muchos, y para mí el primero, un axioma la siguiente afirmación: El público no se equivoca jamás cuando condena; todos sus errores consisten en benevolencias. P e r o teniendo tanta autoridad en el fondo, ¿por qué esa forma tan escandalosa d e emitir el juicio? Claro está que mucha culpa tienen las e m p r e sas; como dejan en el cartel las obras protestadas levemente, el público tiene que extremar sus manifestaciones para impedirlo. Y llegaremos por este camino á tirar tiros en los estrenos, para que quede bien sentado que la obra ha sido ruidosamente rechazada. El fracaso se medirá por el número de contusos y heridos, y la batalla se dará en toda regla para que la opinión del público sea firme y definitiva. Y sin embargo, en ninguna parte del mundo se estila ya esa manera de protestar una obra. Barcelona, que en esto y en otras muchas cosas puede dar lecciones de cultura á otros pueblos, no p r e sencia hace muchos años espectáculos como los que en M a d r i d se dan en algunos estrenos. Con no aplaudir, se hace ya bastante daño á una obra. Oiría en silencio es la menor concesión que p u e d e hacer un espectador á la educación pública. El pago de una localidad da derecho á juzgar en un estreno, pero no autoriza á piafar, y menos á dar bastonazos, gritos, alaridos y dirigir frases soeces á los autores ó á los actores. Es verdad que aquí hemos llegado al colmo en esta materia, que es á salir en manifestación p o r las calles dando mueras al autor de uní obra que no agradó á la concurrencia. ¡Una manifestación contra e autor d e una zarzuela que no gusta! ¿Qué dejan ustedes para los que han perdido las colonias? Es verdííd que nada indigna más á los ciudadanos de esta generación que un desastre teatral, A lo mejor un individuo mata á otros semejantes, y muy pronto el asesino obtiene la compasión de las gentes, que odian el delito y compadecen al delincuente. La Prensa publica su biografía, procurando dar interés al relato, para lo cual no importa que resulte en algún concepto enaltecida la persona del criminal. P e r o si no se llega á ésto, por lo menos se le ahorran dicterios y calificativos jftjuviosos, como es natural que se haga con ai. -cn Los escaparates si crislaJ yo también m e p a r é con curiosidad. Junto á mí una mu- er alta, enlutada, hablando con dos niños, hermanos al parecer, rubio el cabello, tristona la mirada, con aire de enfermos por la palidez clorótica d e sus caritas mimosas, miraba también. Charlaban los chicos. Qué mundo el que tenían delante! Los ojos infaníiies revolvían por el escaparate, con la mirada cayendo á saltos de un juguete en otro, deseosos, pedigüeños, limosneando en silencio. La madre callaba, y á cada instante el brazo, con suave impulso, empujaba á los chicos queriendo apartarlos de la codiciosa tentación, quizás por creer irrealizable cualquier antojo. La hembrita d e ojos azules miraba las muñecas metidas en las cajas como niños muertos en sus atavides blancos. ¡Qué bonitas eran algunas! ¡Si casi parecían estar vivasL. Unas, con sus ojos de cristal saltones, brillantes, contraída la boca con una mueca de risa picaresca, parecía que iban á soltar el trapo en son de burla; otras, con pupilas neblinosas, muy seria la expresión d e la cara, grave el gesto, muy brillante el colorete del rostro, como si lo hubiesen humedecido lágrimas, parecía que acababan de hac: er pucheros. Las había gordiflonas, de carrillos hinchados; grandes, mujercitas casi, con sus trajes de vola poliposos y sus sombrerillofji de paja can flores rojas; y muy chicas, bebés, en camisa, desnudas las carnes de cera, que con el frío casi temblaban tiritando. ¡Pues no había ha ta un reci nacido. 1 D E IIJGIJF g y g g