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Fag. nallándose empadronado) y que atraído por la lusta fama del doctor de moda, acude á su consulta llevando, como el que hace examen de conciencia, en la imaginación todo el archivo de sus males. Llega á la casa del doctor, sita en una calle céntrica, y ve varios carruajes delante de la fachada. Son de enfermos más veloces que él, puesto que llevan sus alifafes ó sus aprensiones á tiro de caballos. El doctor recibe en consulta de tres á cinco de la tarde. Entramos el lector y yo en el portal y nos dirigimos al ascensor. Mientras el portero lo hace funcionar, nos examina. A fuerza de ver enfermos, ha adquirido cierto ojo clínico. No debemos de estar muy malos, porque después del examen ha puesto cara de mal humor, como preguntándose: á qué vendrán éstos, si no es á molestarme? Ascendemos suavemente, abriendo el pecho á la esperanza. Cuando se sube con tanta comodidad, hay derecho para creer en la salud próxima. Un enfermo que se fatiga al subir por la escalera, ilega al segundo descansillo pensando aterrado en el descanso eterno. Al que sube en ascensor, la curación le parece cosa tan cómoda y tan rápida como el ascenso á la habitación del médico. Además, Í- gesto malhumorado del portero es un buen síntoma. Hacemos sonar el timbre, se abre la puerta de la habitación y aparece una doncella joven, no mal parecida y con un delantal blanco i- odeado de puntillas. La primavera en cuna. Bueno, la primavera médica. ¿El doctor Tal? Pasen ustedes y sonríe; otro síntoma satisfactorio. ¿Nos hubiera sonreído si estuviéramos tan malos? Hubiese sido una crueldad horrible. Entramos en un salón de espaciosas dimensiones y sufrimos una verdadera contrariedad. Creíamos ser los primeros y somos los últimos. Nos parecía haber madrugado á la consulta, y todos madrugaron más que nosotros. No hay nada más madrugador que la enfermedad. Casi todas las afecciones se recrudecen á la madrugada, y casi todos los enfermos madrugan para morirse. Paciencia; nos sentamos esperando turno y contemplamos distraídamente el salón y sus ocupantes. Aquél está bien alhajado, éstos no hablan. Sobre una mesa que hay en el centro del salón vemos, el lector y yo, varios libros y revistas ilustradas: el último número de Blanco y JVegro, el de La Ilustración Españolay Americana, este A B C etc. etc. De vez en cuando uno de los enfermos consultantes se levanta, coge un periódico y mira los monos. Piensa: ¡Caramba, qué feo es el emperador de Corea! y después, que no se me olvide decirle al doctor que siento hormigueo en los muslos. Deja el periódico sobre la mesa y vuelve á sentarse con sus cavilaciones. El lector y yo contemplamos los cuadros que decoran el salón. Enfrente de nosotros cuelga una marina llena de naufragios. Las olas pegan furiosamente sobre un grupo de rocas y se deshacen en espuma, que parece que va á caer sobre los enfermos que están sentados debajo. En lo alto de las rocas y dominando aquel mar trágico, se ve una apacible casita: ¡La casa del médico! Algunos consultantes cuchichean, otros tosen discretamente; estamos como en misa: hasta nos movemos con sordina. Pero la común dolencia no establece entre nosotros corrientes de simpatía. Todo lo contrario: los que hemos entrado después miramos con despecho á los que llegaron antes y que por ende nos precederán en la consulta, y con tanta más animosidad les vemos cuanto peor cara tienen, puesto que tardarán más en exponer sus males al doctor y éste en trazarles el plan curativo. ¡Oh humanidad, qué abundante eres en buenos sentimientos! Se abre una puerta al fondo del salón, y aparece en ella el afamado y sabio doctor preguntando: ¿á quién corresponde? Se levanta el consultante de turno y entra, despertando general envidia, en el despacho del doctor, cuya puerta se cierra nuevamente. Y así, hasta que nos toque á nosotros, lector amigo. Al cabo de hora y media logramos esa dicha. El doctor nos recibe cariñosamente; nos invita á que le expongamos la historia de nuestra enfermedad, las molestias que sufrimos; nos mira, nos examina, nos consulta si es necesario. La mirada de sus ojos perspicaces penetra en nuestras entrañas. Sonríe bondadosamente. Empezamos á sentir una gran confianza. Ya vemos la librería que ocupa todo el testero de su despacho, una mesa con instrumentos plateados que hay cerca de un balcón, w bufete atestado de papeles y el puro que el doctor se quita de los labios para aconsejarnos A tí con acento convencido que no fumemos. Se sienta, extiende una receta, en la cual el calígrafo más experto sólo podría sospechar que hay algo que acaba en ina. Depositamos discretamente el precio de la consulta, nos da la mano, insistiendo en los puntos culminantes del plan que nos ha trazado. Nos asegura de nuevo que la curación será rápida. Se pone el puro en los labios, y á otro. Salimos de su despacho ebrios de júbilo, radiantes de esperanza, acariciando la receta ininteligible y la salud próxima. La consulta ha sido un bálsamo. La doncella del delantal blanco con puntillas nos sonríe de nuevo al abrir la puerta. Miramos con gratitud al portero malhumorado. Aunque ya empieza á caer la tarde, la calle se nos antoja llena de luz, rebosante de alegría... Madrileños, ya lo sabéis: de tres á cinco á la consulta del afamado clínico, y el resto del día y de la noche á cazar enfermedades. ¡Y dichosos los habitantes de esta ciudad de la muerte que aún pueden incomodar al portero del doctor! JOSÉ DE Núm. 97 SOBRE EL DIVORCIO Adulterium mairimonh vinaulum sotvet. (Palabras de Cristo. ROURE QUI OT UN V I A J A N D O DPORLAE LM A N CJH A E D. E. CULUGAR E YO N O M B R E N O Q U I E R O ACORDARME Hay vehementes sospechas de que el pueblo inmortalizado porque Cervantes no quería acordarse de él, es Argamasilla de Alba... Por lo menos, allí hay noticias de que vivió D. Alonso Quijana, cuyo retrato ha ido á parar á la iglesia parroquial. Por lo menos, allí se sabe que estuvo preso el divino manco, y aún se conserva el inmundo sótano donde toda incomodidad tiene su asiento y todo medroso ruido su habitación. El patio de aquella cárcel está aún como debió estar en la época de Cervantes. La misma balaustrada de madera; la misma vieja puerta, cuyos clavos y aldabones son sin duda mucho más antiguos que el propio D. Alonso Quijana. Y es fama que no hace mucho tiempo los criados de un rico propietario de Argamasilla destrozaron y quemaron un gran zoquete de madera donde se sentaba Cervantes á escribir el Quijote. JVo quiero acordarme... Detestado, perseguido por aquel pueblo de gañanes groseros y mal intencionados que á la noche, en la obscuridad inextrincable, entorpecían las calles con sogas de una acera á otra para que tropezara y se matase el odioso alcabalero. Preso en la inmunda cárcel comunal, maltratado y vejado á todas horas, el príncipe de nuestra literatura tuvo una sonrisa definitiva de olvido para la mala aldea. Las cosas han cambiado bastante, y hoy es un amigo manchego muy inteligente y muy cervantófilo el que me pilotea por estas tierras del Quijote. -Por estos campos, me dice, anduvo solo y á pie aquel genio adorable. Y preguntándole yo por la Venta donde se armó caballero el de la triste figura. -Sin duda, me responde, esa venta debió hallarse en el lugar que ocupa hoy el Tomelloso. Porque el Tomeiloso fue en su origen una quintería de Argamasilla... Nota bene. La distancia enorme entre los pueblos de aquella época, obligaba á los labradores que iban de mancha (á trabajar el campo) á construir casas de labor donde se acogiesen de noche ganados y aperadores. Estas, pues, llamadas quinterías tuvieron siempre alguna venta, ventorro ó ventorrillo más aptos, claro está, para el alojamiento y trato de las bestias que de las personas... lo más delicado de un arriero es su recua. Al calor de todo esto nacieron verdaderas poblaciones, y las quinterías que no fueron destruidas por las enemistades entre los pueblos originarios, llegaron á ser pueblos á su vez. El Tomell- oso, en el camino real, una de los más importantes de Argamasilla; Quintanar y Torre Núñez, en cambio, eran quinterías del Toboso. La sabia explicación ha despertado en mi fantasía un cuadro confuso de la época... La noche, la Mancha, la barbarie cazurra y campesina. Las cuerdas atravesadas para que Cervantes se estrellase. Las alcabalas... La prisión. Y, como D. Quijote, dejo para otro día la visita á Ruidera, á los Batanes, á la maravillosa Cueva de Montesinos. La haré mejor pertrechado y con un escudero fotógrafo. MANUEL MACHADO C, i alguien preguntase en letra- de molde cuál será el porvenir del matrimonio, la gente acogería la interrogación entre sorprendida y alarmada. Y es que propendemos á ver en el matrimonio el pacto definitivo á que han llegado las mujeres y los hombres, para legitimar, con las adecuadas garantías en provecho del sexo femenino, la avidez sexual que se sirvió transmitirnos nuestro remoto progenitor Adán. Ese compromiso que el Estado y la Iglesia declaran inquebrantable, reconcilia decorosamente los tempestuosos orgullos de la pasión y las humildes cobardías de la honestidad, adecenta la bárbara desnudez de la lujuria, y pone un freno á la nativa y excusable inconstancia de los hombres y de las mujeres. Socialmente es bueno ese convenio. Ahora bien; como el individuo no se preocupa de la felicidad colectiva, sino de su propio interés, de ahí el que se rebele á menudo contra aquel pacto que el Estado y la Iglesia se obstinan en mantener indisoluble. En Francia, la ley hadado hospitalidad á esas rebeldías declarando lícito el divorcio. En Italia, las Cámaras se disponen á hacer lo mismo. En España, toda propaganda en ese sentido es mirada con ceñuda prevención. Diversos motivos justifican esa actitud. Voy á enumerarlos. La aristocracia no echa de menos el divorcio, porque el indulgente ritmo de sus costumbres no se opone á que las damas desencantadas del hogar busquen fuera de él la compensación de su melancolía. Lo más frecuente es que la mujer y el marido no convivan en intimidad. Cuandc seles ve juntos, antes parecen unidos por un sentimiento de urbana condescendencia, que por un estímulo amoroso. Ella va á los bailes, comidas y saraos de sociedad. El pasa la flor de su vida en ei casino. Los hijos, si los hay, andan en manos de preceptores ó están asilados en esos colegios que fundan las órdenes religiosas para acaparar á la juventud. La clase media es más virtuosa. Si la mujet está aburrida, disimula mejor el tedio, y, sobre todo, aunque sueñe fugazmente algún día en aventuras ultraconyugales, se reprime con facilidad. Vive en un medio más honesto y menos tentador que la dama aristocrática. Está cohibida por el ejemplo de las virtudes vecinas y por el miedo á los castigos de la Iglesia si claudicara. No soy pesimista en este punto, ni comparte ese feroz misoginismo que se advierte en mucha parte de nuestra juventud intelectual. Creo que en la aristocracia y en la clase media el caso de la mujer honrada es más frecuente que el ejemplo de la hembra adúltera; pero sostengo que si se hiciera una estadística de las infracciones conyugales, la aristocracia podría ufanarse de una considerable superioridad sobre la otra clase rival. Ernesto Renán, que fue hombre honesto y virtuoso, atribuía á la literatura muchas de las perfidias y de los vicios en que cae la mujer. La novela es, casi siempre, corrosiva. Hablo, naturalmente, de esa literatura intermedia entre Octavie Feuillet y Paul Bourget, pasando por Jorge Ohnet, que deforma la realidad, subordinándola á los voluptuosos delirios de la fantasía. Esa literatura novelesca, de la cual los sucesos normales y ordinarios de la vida están excluidos, despierta en la mujer la curiosidad de la sensación, la más peligrosa de las curiosidades, porque difícilmente se reprime. Sería quimérico atribuir á ese sole hecho la frecuencia del adulterio. El temperamento, el medio y la oportunidad, determinan muchas veces la caída de una mujer. 1 a inquietud sexual repercute en la literatura. Toda la producción escénica francesa de los últimos diez años, está influida por la idea del divorcio. Dijérase que mujeres y hombres buscan afanosamente la solución del más grande problema de su existencia. Y la Iglesia, ajena á todo lo que eí progreso, indiferente á todas las exploraciones científicas y á las angustias de los pensadores, permanece inconmovible ante las dolorosas rebeldías de hombres y mujeres contra la indisolubilidad del matrimonio. Pervive, al través de lo; siglos, la rancia casuística de los teólogos, y solamente puede ser roto el lazo conyugal si virilia amputata sunt, si virilia árida sunt, ó lo que es le mismo, ex capite impotentia. Ningún motivo d orden moral puede quebrantarlo. MANUBL BUENO