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Núm. 96 ABC En el tiempo por que atravesamos de calígulas y de nerones, nada de particular tiene que el día de mañana dé Maura un destino público á su perro de caza: ¡que le haga policía! Otros perros con menos olfato lo han sido. Los animales hablan: es que- no los entendemos; si los entendiéramos, ¡sabe Dios las cosas que oiríamos de sus labios, ó de sus picos, ó de sus belfos! Por de pronto, protestarían del título de rey de la Naturaleza que íios hemos adjudicado por cuenta propia. El lenguaje de las flores es familiar á los poetas, y no digamos nada á las floristas. Y así, por el murmullo de las selvas, el gemido del viento, y el murmurar de los arroyos, nos colamos insensiblemente en el lenguaje de las cosas, una de las cuales, el cañón, tiene ahora pendiente de su boca al mundo entero. Las cosas hablan: la tapa de un ataúd, cerrándose sobre un cadáver, parece, con su golpe seco, dar un adiós Pág. 5 Jan, otras nos son indiferentes. ¡Lo mismo que las personas! Yo las amo más, muchísimo más que á las personas; tienen sobre éstas una gran ventaja: la de que saben guardar un secreto. Todas mis afecciones, mis amistades todas, daría yo por encontrar un peine; ¡ya ven ustades qué cosa más ridicula! ¡un peine! y qué cosa más vulgar aquí, donde hay tantos peines y tantos púas... Aquél con que la misma peinadora que la peinaba en vida la hizo, después de muerta, la última toilette para entrar en el cielo. EL SASTRE D E L C A M P I L L O EN PLENO SOL I f NA MONDA TEfa d P n r- día, después de Jos muchos crueles del mes de Febrero, en que lucía el sol en toda su esplendidez sin el menor celaje que enturbiara su rica y vivificadora lumbre. Madrid entero se daba á disfrutar de un día primaveral, y en oleadas alegres se repartía por calles, paseos y alrededores. No faltaba en tanriente día de fiesta quienes; por no haber podido acudir antes áf consagrar unas flores para sus muertos, llegasen á la enorme y solitaria ciudad de los que fueron. Mas no todos tenían valor bastante para continuar hasta el fin. 1 El vaho hediondo de podredumbre era más intenso y penetrante cuanto menor era la distancia que los separaba de la Necrópolis madrileña. Y la mayoría de los visitantes retrocedían, dejando para otra ocasión su fracasada visita. Los que llegaron hasta el fin, más resueltos ó más indiferentes al peligro, se convencieron por sus propios ojos de la causa que motivaba aquellos hedores nauseabundos. A uno y otro lado del camino que conduce hacia la parte baja de la Necrópolis y al horno de incineración, vieron multitud de fosas recién clpsventradas; montones d e tierra negruzca rodeábanlas, y sobre éstos, ataúdes que los picos de los obreros habían -oto y mostraban sus maderas denegridas y astilladas, y dentro jirones pulverulentos de ropas y restos humanos. No daban crédito á su vista los que tal vieron, mas pronto les sacó de dudas el presenciar un poco más lejos cómo otros obreros conducían bajo el brazo pardos ataúdes todavía enteros, y que sin duda irían á parar á los hornos de cremación. Era horrible el contraste entre lo fúnebre de la tarea y la alegría del día aquél. Al recuerdo de los indignados espectadores de tan lamentables escenas acudieron las más rudimentarias disposiciones de Sanidad, los más pequeños consejos de la Higiene. ¿Se podía efectuar una monda de cadáveres durante el día, en las horas en que concurren seres vivos al cementerio? ¿No estaba dispuesto que esas penosas operaciones se efectuasen á horas en que la difusión de los gases deletéreos fuese menos peligrosa por estar casi todos los vecinos de Madrid entregados al reposo? No; sin duda aquellos que creían haber visto una monda en una capital que parece civilizada, habían soñado, ó la presenciaron en algún país por colonizar. Porque parece imposible que habiendo aún en la capital de España restos de una vergonzosa epidemia que tanto ha influido é influye en la mortalidad, no haya quien se ocupe de ordenar que se hagan esas operaciones tan peligrosas con arreglo á los más severos dictados de la higiene pública. ROBERTO DE PALACIO RRM, DE MOSCOU A PORT- ARTHUR VLADIVOSTOK ia en el Océano Pacífico. Tira una aldea que ocuparon los rusos en 1860 n 1885 su población era de iS. ooo habitantes. Hoy pasa de 3o.000, ferrocarril transiberiano. Posee muchas fábricas y dos escuelas naque la temperatura media anual es de 4 á 5 grados sobre cero. Photo Nouvelles A ÚLTIMAMENTE A LAS MARGENES DEL YALU EJÉRCITO JAPONÉS al mundo. ¡Jldiósl parece que repiten las paletadas de tierra al caer en la fosa. ¡Atención! exclama el tapón de una botella de champagne al salir disparado; y el borboteo de la espuma que tras de él escapa, es un cbist continuado demandador de silencio. Por eso el champagne es el vino de los brindis. El péndulo del reloj es una continuada reconvención de la pereza: anda- anda- anda, parece que dice, y sus manecillas señalan hacia adelante, como indicando que el tiempo es oro y que mirar hacia atrás es tiempo perdido. Todas las cosas hablan; hay que saber entenderlas. A mí, por decirme algo, hasta el chisporroteo de la leña me dice que tiene mucha agua, y que, por lo tanto, me ha engañado el carbonero en el peso. A un poeta, ese mismo chisporroteo le dice lo suficiente para publicar un tomo de dos cincuenta, comprendido el atrio. ¡Qué conversación más agradable la que uno sostiene con los muebles de su casa! Son amigos íntimos que están en el secreto de todo; que nos hablan continuamente de nuestra vida; que se complacen en refrescar en nuestra memoria los recuerdos. Aquí se sentó ella, dice una silla; aquí se reflejó su cara, interrumpe un espejo; yo me estremezco todavía recordando las suaves caricias de sus dedos aterciopelados, añade el piano; esta hendidura es el vaciado de su loca cabecita, murmura un almohadón; ésta es la huella de su pie breve, nos dice ¡a alfombra. ¡Oh prodigiosa elocuencia de las cosas, merced á ¡a cual puede un colchón de muelles hablarnos del amor como cualquier mantenedor de Juegos florales! Unas cosas nos encolerizan, otras nos eonsue- BURLA BURLANDO J P n un restaurant: El mozo. ¿Qué clase de sopa quiere el señor? 1 El comensal. -Perlas del Japón. El mozo á otro parroquiano. ¿Y usted, qué quiere di. legumbres? El aludido, mirando al otro con rabia. ¡Ensalada rusal