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1 ¿ANQ DOS. NUMERO 96. CRÓNIr CA BISEMANAL ILUSTRADA. ÜMADRID, 27 DE FEBRERO DE 1904 NÚMERO SUELTO, 10 EsaME EL J A P Ó N -T E M P L O DE OSUDA EN NAGASAKI, CIUDAD DE LA ISIA DE KIUSIU, Y UNO DE LOS PUERTOS MÁS IMPORTANTES DE AQUEL IMPERIO AYER Y HOY Según ha cambiado todo, ó casi todo, en nuestra vida social, así también ha cambiado la manera de cumplirse los preceptos cuaresmales. No es esto decir que no haya quienes considerando esta época como aprendieron á considerarla desde niños, no hagan lo mismo que hicieron siempre invariablemente, desde la niñez. Pero ya la regla general se ha convertido en excepción y la excepción en regla general, consecuencia lógica del cambio de vida y de costumbres. Me refiero á la Cuaresma en Madrid y á las costumbres de la clase media; aunque también pudiera decirse mucho de las clases alta y baja, que tampoco han podido sustraerse á las mudanzas de los tiempos. Hace cincuenta años era muy raro el café donde se sirviera de comer como en las fondas, y en éstas, durante la Cuaresma, se servía sólo comida de vigilia. Hoy, durante la Cuaresma, se sirve como en todo el resto del año en cuantos establecimientos se dedican á la industria gastronómica, y cuenta que ya no son sólo las fondas, sino que á ellas Ved un menú: morue, buitres, truites, saumon, hay que sumar los restauranh, pastelerías, cafés, charcuterías (así, afrancesado) colmados, comedo- thon, haricots, chou, epinards, lenHHes, pommes de res económicos y tabernas. No parece sino que ierre... Sólo la lectura de esas cosas abre á muchos en Madrid ya nadie come en su casa, puesto que el apetito... aunque en su casa tengan bacalao, son innumerables los establecimientos que están dedicados á tal comercio, y todos, mejor ó peor, se sostienen y en su mayoría prosperan. Y no hay más que ver los escaparates de tales casas en estos días, para convencerse de que la Cuaresma no es ya como hace medio siglo. Por aquel entonces, la vida se hacía en casa, en familia; los viernes todos de la Cuaresma eran días de vigilia, y, salvas contadísimas excepciones, en todas partes se comía potaje, siendo de rigor el consumo de garbanzos y judías, acelgas y espinacas, bacalao y merluza, ó algún otro pescado y tal cual marisco, no muy variados entre la clase media, por lo alto de los precios y por lo rutinario de la cocina; natillas, arroz con leche, torrijas, flanes... Hoy, entre la misma clase media, se confecciona para la Cuaresma una colección de listas ó menús (siempre en francés) que escandalizaría á nuestros venerados antecesores. Y el caso es que suelen ser más económicas, más variadas y mejores las comidas hoy que ayer, si la señora de la casa es aficionada al culto del arte culinario. Cierto que dan á la francesa lo que antes se daba á la española, cómo en las fondas sirven poco más ó menos lo mismo, aunque con otros nombres. ostras, truchas, salmón, atún, Judías, col, espinacas, lentejas, patatas... Pero en francés y fuera de casa les sabe todo ello mejor aunque les cueste más caro. Se dirá que estos casos no demuestran cambio de costumbres, sino suprema majadería. Pero eso no deja de ser una inexactitud y un desconocimiento de la realidad. Fuera dé: lo que la ignorancia excusa, y aparte lo que atrae y agrada lo nuevo y extraño, es lo cierto que la Cuaresma de hoy no es como la de ayer. La vida es otra; la manera de existir es diferente. Hoy la lucha por la existencia arruina la economía humana: la sangre carece de hierro, el cerebro de fósforo, el estómago de jugo gástrico; hoy la vida es actividad, trabajo, estudio... y la vida es cara. Ni Madrid es como hace cincuenta años, ni se vive como entonces, ni la Cuaresma de hoy es como la de aquellos tiempos. Coman pescado los que necesiten fósforo, pero no se prive de la carne ni de la caza á los que nesiten ejercitar las fuerzas físicas en el diario trabajo: sin energías renovadas y sostenidas no hay vida posible. Ayer se vivía con bacalao, potaje y un par de bulas; hoy la nueva vida exige carne, carne y carne. Y no hay que darle vueltas: sin eso no vale ni la bula de Meco. A nuevos tiempos, nuevas costumbres. PEDRO SOLAS