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Pag. 4 Si en España, ya que no Ayuntamientos como es debido, hubiera una Dirección general de Policía, por lo que á los servicios de ésta hace referencia, debieran ser premiados los constructores de fincas... á la moderna. Aunque por otra parte fuesen perseguidos, como enemigos de la moral y de la familia, por el juzgado de guardia. Y esto, de oficio. PEDRO J. SOLAS ABC unos cuantos céntimos? Yo creo que no. Ese ladrón es un ladrón eminentemente español. Se suicida por un pedazo de pan. La cárcel para é! no es un castigo, es un sitio donde se come sin andar por los tejados. Le condenarán á lo que le condenen, pero habrá comido y se reirá de la ejempi aridad de una pena que da de comer sin riesgo de romperse uno el alma. Nocedal ha manifestado su humanitario deseo de resucitar la Inquisición. Si en las cárceles déla Inquisición se comía, tan bello proyecto les parecerá de perlas á los españoles. ¡Vaya una conversación agradable la nuestra! Suicidios, duelos, hambres, robos... Hablemos del Carnaval que ya se aproxima. ¡Cuántas muchachas y muchachos estarán preparando sus disfraces! -Muchos. Pero los más felices de todos ellos son los chicos del Hospicio. Los va á vestir la marquesa de Squilache. ¿Cómo? ¿Una fiesta de Carnaval en el Hospicio? -No, mujer; los viste porque los pobres están desnudos. Es una obra de misericordia, no una fiesta carnavalesca. Los que se disfrazarán, en todo caso, serán los diputados provinciales. ¡Ah! ¿y de qué? ¡De padres de los huérfanos! -No, hombre, no: ¡de sastres! Núm. 93 Y a e s desde anteayer un hecho la ruptura de relaciones entre Rusia y el Japón. Tienen en España losasu- tos internacionales muy escasos aficionados; pero con todo, la simple enunciación de la palabra guerra es tan pródiga de lúgubres sugestiones, que la opinión del país, perezosa y mal advertida, parece como que comienza á incorporarse y á mirar con fijeza más allá de las fronteras y los mares. Ni Rusia ni el Japón inspiran en España muy vehementes simpatías. Pero zumban en muchas memorias con fatigoso susurreo las frases agoreras que señalan en la hegemonía amarilla ó en la moscovita la muerte de nuestras civilizaciones occidentales, y eso quizás, más que el duelo en sí de las dos grandes potencias, es lo que puede mantener tenso el interés de la opinión pública en España. ALEJANDRO SAWA NTRE SEMANA. DIÁLOGOS CON YUGALES ¡Qué espantosa racha de suicidios! Un infeliz que se rocía la cabeza de petróleo y ¡horror! se prende fuego. Una muchacha que se envenena. Otra anciana religiosa que se ahorca, y ¡Maura qu se empeña en matarse y no lo consigue! -Pues mira, de duelos tampoco hemos andado mal: duelos á espada francesa, duelos á pistola, duelos á sable, duelos á acta... Madrid ha estado toda la semana última de duelo, y en el Frontón Central, edificio antes destinado á jugarse los cuartos y hoy á jugarse la vida, han debido de sonar más los choques de los aceros que los gritos de los corredores. El sacramental adelante, señores ha vencido al no menos clásico ¡veinte, azules! ¿Y por qué tendrá la gente ese afán de dejar este mundo? A mí no me parece tan desagradable nuestra jaula. Es verdad que de cuando en cuando resulta un poco aburrida, pero nunca faltan por completo las distracciones. Ya ves tú, el baile de la aridad organizado por la condesa de San Luis para socorrer con los productos de la fiesta á los mendigos madrileños, estuvo brillantísimo. Por cierto que la gobernadora se presentó en él con un magnífico sombrero, como protestando de la orden de su marido que prohibe quz las señoras asistan con sombreros á los teatros. En ia sala del Real, muy bien decorada, ya lo viste, se congregó todo lo más selecto y lo más rico de la sociedad madrileña. Cabezas hubo pocas, pero gente distinguida muchísima. Los mendigos de Madrid están seguramente de enhorabuena. -Es verdad, pero un par de ellos, tal vez demasiado impacientes, no han querido esperar las beneficiosas consecuencias de ese baile, y se dejaron recoger, el uno muerto del todo y el otro moribundo, en los paseos de las afueras de Madrid. Los infelices padecían la tortura del hambre, y el uno sucumbió á ella y al otro le faltó poquísimo para sucumbir también. Harto sé yo que en nada aminora esa fatal coincidencia el brillo de la obra caritativa tan bril antemente realizada por las clases elevadas de Madr. d, pero me duele que acudan hoy á mi memoria aquellos versos tan conocidos de una famosa zarzuela, Pany toros creo: ¿Qué sucede? -Un hombre muerto; puede el baile continuar. No te respondo de que sean exactamente como yo los iigo, pero el sentido es ese, y la ironía de su recuerdo me hace daño. ¿Pero puede matar el hambre? ¡Que si mata el hambre! M e produce el mismo efecto tu pregunta que si me dijeses, ¿pero puede matar una fiera? ¿No has oído nunca lo que respondió aquel torero á quien procuraban apartarle de su arriesgada profesión recordándole las cornadas de los toros? Más cornadas da el hambre dijo, y tenía muchísima razón. ¿De qué crees tú que nos morimos poco á poco los españoles autorizando el que nos cataloguen entre las naciones sacramentadas? Pues nos morimos de eso, de hambre. El hambre es nuestra enfermedad nacional. La padecemos desde que éramos poderosos, y hacía estragos ya cuando el glorioso Carlos V paseaba por toda Europa sus huestes vencedoras. A Felipe debió de entristecerle más el hambre de sus subditos que el peso abrumador de su imperio, y en todos los libros de regocijo publicados desde entonces en España, el hambre figura como elemento generador y casi único de una risa mezclada con bostezos y lágrimas. Nuestros picaros, nuestros escuderos, nuestros hidalgos, nuestros soldados, nuestros clérigos, eran unos terribles hambrones. España ha adquirido SM escasísima instrucción en el aula del dómine Cabra, y no tiene nada de extraño que el estudiante que no come aprenda poco, pues si el estómago está ayuno, el cerebro se queda en ayunas. ¡Anda, anda, y ahora que según dicen va á subir todavía más el precio de las patatas! ¡Bonito porvenir les espera á los pobres! -Y no mejor á los ricos. Si estos comprendieran bien sus intereses, se preocuparían casi tanto como de su estómago, del estómago de los demás. Cuando bosteza el pueblo acaban por llorar los poderosos. Pero voy á referirte un recientísimo suceso para que veas lo terrible que es el hambre. Un hombre sube al tejado de una casa de la calle de San Bernardo, y sin considerar la inminencia del riesgo, pénese tranquilamente á arrancar el zinc de las cañerías. La gente ve espantada desde la calle á aquel hombre y le juzga un suicida. No es un suicida, es un ladrón; no es un ladrón, es un hambriento. ¿Qué utilidad pueden producirle aquellos trozos de zinc á tanto riesgo arrancados? Unas cuantas perras, el pan de hoy, el robo de mañana. ¿Tú crees que en cualquier otro país los ladrones expondrán de ese modo su existencia por ENT 1 DERO TEATRAL. ENTRE BASTIDORES -No podrán quejarse nuestras estupendas compatriotas- -como dice un periódico italiano, agotando los adjetivos- -Matilde ds Lerma y María Barrientos de sus seraías d onore. Aplausos delirantes, vivas colectivos y abundante confetti poético. JOSÉ DE ROURE- ¿Confetti? -Sí, hombre, sí; muy lindos versitos- -que diría un americano, -cayendo copiosamente desde las alturas sobre los espectadores de butacas, ocasionando algunos consonantes muy graves contusiones, por la dureza de Q emana de pasión ésta en que, como infició lados por un su rima. mal aire, un tropel de gente ha buscado en la muer- -Vamos, el descuaje poético, según frase feliz del te la máxima razón de la vida... Un hombre se ha rociado Tarfe que nos gob erna. ¿Y qué tal el tenor del Barbero? el cuerpo con petróleo y se ha puesto fuego después; ¡Oh, poveretto! Non paríiamo pin di questo Almaviva. otro ha salido trágicamente al encuentro de un tren en- ¿Ma no era Almav- iva? marcha; un tercero... -Tutto lo contrario; caro mío, veramente era A ma... Pero el caso, no por lo común menos interesante, que moría. Más suerte tuvo la de Lerma, que encontró para yo desearía grabar á punzón, si me fuera posible, es el El Trovador á u i Manrique de las condiciones de Biel, de esi bella joven que, lacerada por los ácidos de un que si ha perdido un tanto de sus enormes facultades, amor no correspondido, dio cita y acudió puntualmente ha ganado en cambio en la elegancia de la frase y en el á ella, dio cita á la muerte allá en las rientes vecindades bien decir. de la Moncloa. Contaba apenas veinte años, estaba un- -Dígame: ¿y de Lohengrin, no se sabe nada? gida con el don supremamente aristocrático de la gracia; -Ni una palabra. Terminantemente prohibido, lo el día era espléndido, clemente al dolor humano; los enamismo quí la Marsellesa. A Wagner se le tiene por mamorados pasaban rimando su insenescente canción de vida; tute peligroso, hasta el punto de que á la puerta del jugaban los niños bajo la cúpula añil del cielo; trinaban Real se registra á los tenores por si llevan dentro algo de los pajarillos sobre los doseles nupciales de las arboledas, W- agner. Seguimos con los miriñaques musicales. y mientras tanto, aquel hsrmoso troquel de razas futu- ¡Vaya por Dios! ¿Y qué es lo que nos tiene reserras se rompía... vado el destino? Pues bien: esa niña que no quiso ser mujer, era más- -Norma, la mejor creación de Bellini, que interpreque un atleta. Levantar veinte kilos á pulso no requiere tarán la Bianchini- Cappelli y el gran Barrera, que está sino un mecanismo sólido de los bíceps y de los ríñones. haciendo una lucida campaña, siendo de lo más notable Pero coger á pulso la vida, la propia vida, y tirarla á la que hemos oído este año; Profeta, por Biel y la Parsi, y nada de una sacudida heroica y mortal, eso es, cuando quizás Laforza, por la Micucci y Barrera... Y no va más. se tiene veinte años y todo es alrededor nuestro, hasta- ¿Pues no se decía que Ótelo... donde quiera que la vista alcanza, auroras y rosieleres, -Eso se ha dicho, pero hasta ahora no hay nada seeso es la epopeya de un ser, no menos grande que la guro, y! o siento, pues según mis noticias, el tenor Baepopeya de un pueblo. A los treinta años, con el paladar amargado por las bascas de la existencia, es lógico morir rrera fa ¿n successone con esta ópera. -Diga usted, y hablando de otra cosa: ¿han hecho ya voluntariamente, y más allá de los cincuenta llegaré á decir, si me apuran mucho, que es hasta digno... Pero las paces? ¿Las paces? ¿Quién? morir en plena florescencia de belleza y por propio ar- ¿As! estamos? ¡Pero hombre, yo le suponía ente bitrio, á los veinte... Yo no conozco motivos más lúrado... gubres para el duelo. ¡Ni por asomo! ¿De qué se trata? urió de hambre. Un hermano nuestro ha muerto de- -De una graciosa escena ocurrida entre dos notables hambre, en Madrid, en pleno día, sobre el empe- actrices de un teatro de comedia, en Madrid. Celos mal drado de la calle. Esta noticia es de ayer, pero lo mis- reprimidos, desdenes, y ¿por quién dirá usted? mo podría ser de la víspera, ó de la antevíspera, ó de- ¡Quí sé yo! hace un mes ó ciento. Es la vieja infamia eternamente- ¡Por un modisto! Por un modisto, al que le dispurenovada. La fiera tiene su cubil y su ración de vida paltan no su amor, sino la posesión de sus manos habilidopitante; pero hay en estas sociedades que se llaman á sí sas, sin rival en el corte y buen g. sto. ¡El modisto! ¡He propias civilizadas, hombres que carecen de sin boquete ahí El adversario! debió dzeirse para sus adentros la nobajo techado en que cobijarse y que, faltos de todo, ss table y sugestiva actriz, disgustada porque su modisto acuestan donde los perros vagabundos repugnarían havistiera á otra artista de su compañía. cerlo, y viven- -mueren ¿no sería mejor? -de lo que sería- -Y el modisto, ¿qué dice? un detritus hasta para los gusanos que surgen y se rego- ¡Toma! Que su tijera es libre y que no puede dedidean en los cuerpos muertos. ¡Pobres transeúntes de la vida consagrados reyes de la creación por decreto de la carse á un cuerpo sólo. ¡Ah fementido! FLORJDOR Historia Natural que enseñan en los colegios, y destituidos de cuantos derechos alcanzan á los micos! Bueno: pues aJ día siguiente de celebrarse el baile de caridad organizado por la condesa de San Luis, un homl domingo último se celebró en Fornos el banquete bre en Madrid se murió de hambre. ofrecido á ¡os Sres. Moya, Ortega Munilla y Buí a prisión arbitraria del Sr. Oneca, autor del melo drama titulado Losvampiros del pueblo, recientemen- rell por los periodistas madrileños, como testimonio de te estrenado en el teatro de Novedades, no podía preva- gratitud por la defensa brillante que dichos señores hilecer. Hubiera marcado, si no, con la demencia de los cieron de la Prensa en el Congreso, contestando á los gobernantes, la agonía de un régimen. En estas latitudes injustos ataques del presidente del Consejo. Pasaron de ciento veinte los comensales y no acudiedel planeta y á estas alturas de tiempo, esas mordazas y esos hierros no son ya posibles. Con la cabeza nimbada ron muchísimos más porque el salón no tiene capacidad de luz y las plantas sólidamente posadas en el continente para mayor número. No hubo más que cuatro discursos: de que forma parte, España está resuelta á no continuar el del Sr. Francos Rodríguez, en nombre de todos los siendo una negación y un anacronismo en las luchas mon- periodistas que asistieron á la fiesta, y los de los tres diales por la dignidad y la justicia. Roído de idiotez el insignes compañeros á quienes se obsequiaba. La nota dominante entre los que hablaron y los que callaron, fue que no lo vea. la de la más estrecha fraternidad. Las diferencias polítiLa vasta alma de Dicenta clamó desde las columnas de cas quedaron en la pusrta, como las babuchas del musulun periódico vertical contra el hecho á que sirven estas mán en la puerta de la mezquita. No hubo allí más que líneas de iracundo comentario é hizo un llamamiento en un solo sentimiento: el del compañerismo, y un solo favor del Sr. Oneca. Dispone el tribuno d; Juan José de culto: el de la dignidad profesional. Porque la Prensa todas las campanas del Kremlin para divulgar por los Si con mil cerebros piensa, aires sus bellos gestos dz rebeldía. Yo tengo también mi siente con un corazón, esquila, y allá van sus tintineos á sumarse con las magníficas vibraciones que escucho... como düo al siguiente día Felipe Pérez en El Liberal. DÍAS PASADOS... La fiesta de la Prensa E