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Núm. del que posee dos ejemplares hechos por él mismo con la ingeniosa facilidad v sencillez propia de los verdaderos inventores. El reloj astronómico geográfico es, en rigor, un planisferio circular adaptable á cualquier esfera de reloj, y en el que por nedio de un sencillo mecanismo aparecen marcados con toda precisión y con absoluta claridad los iiiovimientos t rrestres y lunares con relación ai So! las posiciones de la Luna respecto de la Tierra y, por consiguiente, la sucesión de las estaciones, las horas di las mareas y también la hora fija en todas las partes del mundo. indudable es, pues, y grandísima la utilidad del reloj astronómico g: ográfico, no ya sólo para los marinos y habitantes del litoral y para los agricultores, sino más aún para la enseñanza pública. Ese planisferio, colocado en los relojes de las escuelas y en todas las clases de Geografía, suple y aventaja prácticamente á cuantas explicaciones teóricas quieran y puedan darse acerca de los puntos de astronomía y geografía, que con la vista del reloj aparecen completamente esclarecidos y al alcance de todas las inteligencias. Por desgracia para él, el Sr. D. Bernabé Jiménez, que así se llama el ingenioso inventor, es pobre y no encuentra qu en le ayude ni le proteja. Obligado, por su posición social humildísima, á vivir en un pueblo, sólo a costa de grandes sacrificios y de una abnegación imponderable ha conseguido realizar por sí mismo su invento y lograr una patente de invención por veinte años. Honda tristeza nos produjo hablar con aquel hombre que, sin poseer carrera, título ni estudios oficiales de ninguna clase, lleva muchos años esforzándose por realizar y perfeccionar un invento á nuestro entender de gran utilidad para la ciencia y la práctica pedagóg ca, y á quien todo su perseverante y noble esfuerzo no le ha servido hasta ahora de nada. Por eso tuvimos verdadero gusto en ofrecerle nuestro modesto apoyo, y nos honramos publicando la fotografía del reloj astronómico- geográfico y el plano de su mecanismo, trazado ligeramente por su propio autor. Y mucho nos alegraríamos de que quien pueda hacerlo preste su ayuda al hombre del pueblo que, debiendo por su oficio vivir apegado á las cosas de la tierra, sabe preocuparse de las del cielo y, poseyendo nada más que un poco de ciencia, desea hacer partícipes de ella á sus semejantes de la manera más útil y práctica. El Sr. Jiménez nos decía, hablando con la convicción de un iluminado, que si él tuviera medios, se compromería á construir un reloj en el que mecánicamente se desarrollasen los movimientos combinados de todo el sistema planetario. ¿No sería mejor ayudar á este propósito, que hacer que los chicos xpitan de coro y con sonsonete las cuatro ó cinco lecciones dedicadas á ese asunto en todas las geografías? ABC funda adhesión. Habla usted notado que tlaigo colbala blanca. Esto lo hago pala manifestal que después de usted, lo plimelo pala mí son las instituciones. -Hermosa frase, Pellejín; pase usted al ambigú. Pellejín no se hizo repetir la invitación, y ya frente á la mesa, se puso á probar de todo; cogía un pastel, le tiraba un mordisco, y si no le gustaba volvía á dejarlo en la bandeja con mucho cuidado. -Cómaselo usía todo, -le dijo un camarero. -Cuando no me saben bien, los dejo en el plato pala que los aploveche otlo... -contestó Pellejín- ¿Tiene usted un papelito? -Un papelito. ¿Para qué? -Pala llevalme unos cuantos dulces ahola que no me ven mis compañelos. Son palatal esposa y rni mamá. Aunque lo sepa el señol de Maulu no dilá cosa alguna, po que me quiele mucho, y más desde que hice el acto político esta laíde. Ya habla oído usted decil lo que pasó en el Congleso. f- í- -No he oído nada. -Pues me he sepalado de mi sueglo. ¿Está usté de diado en casa de D. Antonio? -No, señor; yo soy camarero de restaw ant. ¡Ah! Cleí que ela usted ayuda de cámala del plesidente, polque iba á pleguntale á usted si mienilas lo desnudan hace ws ingeniosas. Un homble de su talento, aunque él mismo no quieta, tiene que estal s: emple diciendo cosas bonitas. A mi sueglo también se le oculen algunas, pelo no son tan helmosas. T ecueldo que un día estando lavándose los pies, dijo: La piensa ministelial es lo mismo que u i acoldeón loto: cuando qw ele focal en obsequio de un mmistlo, se le va el aih po- los agújelos. Después de esta interesante conferencia con el sirviente, Pe lejín volvió al salón, donde le dejamos quitando motas á la hora de escribir el presente artículo. Luis TABOADA Pág. 7 tos... Tiene otros servicios delicados: lleva los dulces comprados, coloca la piel del coche sobre los pies de sus amas, y alguna vez sirve á la señorita de correo de amor Barajando nombres ilustres de la Política, de la Ciencia y del Arte, encontraríamos envidiables á algunos de aquellos criados puestos al servicio de los grandes. Pero hay una honra más alta y una suerte más venturosa: servir al genio... aunque el genio suele no gastar criado, disponiendo á su antojo de las muchedumbres. Alguna vez, caprichosamente, he pensado que deberían grabarse en letras duraderas los nombres de aquellos hombres que hubieran podido decir: Hemos servido á Shakespeare, á Heine, á Goethe, á Víctor Hugo... Muchos nos aprenderíamos de memoria esos nombres, y los envidiaríamos como á un divino mortal que hubiese visto de cerca el sol. G. ORT 1 Z DE PINEDO Un Madrid que ni pintado I AS calles anchas, limpias, hermosas, alegres, con do ble fila de árboles rectos, bien cuidados é iguales. En las aceras no se paraba nadie, ni interrumpiendo el paso ni el libre tránsito, ni los chicos jugaban al guá, ni los grandes a! inglés, ni los mozos de cuerda colgaban los útiles de su profesión de alguna reja para echar un sueño, ni los cocheros de punto formaban corro para tomar café al aire libre, teniendo las cafeteras en el suelo. Las carnicerías y pescaderías tenían dispuestos de tal modo sus artículos, que ni las reses en canal rozaban la ropa del transeúnte, con lo cual se evitaba el doble perjuicio hecho á la ropa y á la carne, ni el pescado chorreando agua, que no podrá estar muy limpia, sobresalía de las puertas, ni los escaparates estaban descubiertos ni en bajo. En ninguna carbonería descargaban carbón después de as diez de la mañana. Las cortinas de todas las tiendas quedaban á más de dos metros de altura del suelo. Una sirviente perezosa ó descuidada que s ¿permitió la libertad de sacudir ropa de cama por el baleen, tuvo ipso facto su castigo. Subió un municipal, el de servicio en el barrio por donde yo pasaba, y la impuso la correspondiente multa. Si en vez de estar de servicio en su lugar llega á estar en algún establecimiento ó de conversación, no se hubiera enterado y la joven maritornes habría repetido la suerte. -Ya no está Madrid como antaño, -me dijo mi acompañante al ver el asombro que todas estas cosas me producían. -Ahora- -prosiguió- -ha dictado un bando eí alcalde prohibiendo, por razón de ornato y de higiene, que nadie deje la basura en la calle y que los basureros tengan recogida antes de las nueve de la mañana la que saquen de las casas. Pues no verá usted, ni por casualidad, un vecino ni un basurero que contravenga tal disposición. Y ya puede usted pasear por los barrios más excéntricos de la Capital, aunque sean la calle de las Minas, ó la del Espíritu y Santo, ó la plaza de los Mostenses, etc. etc. Ya no se ven como antes solares sin valla, ó con tal, que más valiera quitársela; ni calles edificadas y poco menos que á obscuras, como estaban, entre otras, la de San Onofre, la de Fuencarral, la de Valverde, la del Pez, etc. etc. habiendo otras sin edificios con magnífica iluminación. -Mire usted esos coenes ¡qué elegantes, qué cómodos y qué bonitos! Los cocheros uniformados... ¿Qué es aquello? ¿No ve usted? Se arremolina la gente... ¡Ah, vamos! algún atropello; hay un tranvía parado. -Lo dudo, porque todos llevan salvavidas. Vamos á informarnos. Llegamos y... no se trataba de un atropello; era que un inspector de la Compañía trataba de hacer valer su derecho imponiendo una multa á un tozudo pasajero que había subido al coche estando éste en marcha ya, y además completo. Mi acompañante me expiicó detalladamente las innovaciones puestas en práctica en el servicio. Los tranvías tenían sus paradas reglamentarias, no se detenían cada veinte pasos como cuando yo los conocí. jamás se daba el caso de que á un mismo coche subieran dos agentes de la autoridad, y hasta tres ó cuatro como en mi tiempo... Llegamos á un paseo, no recuerdo cuál, en el que había muchas estatuas, y ¡cosa extraordinaria! á ninguna le faltaba ningún detalle, ni la nariz, ni el brazo, ni las letras de la inscripción. Los árboles parecían todos reproducciones fotográficas unos de otros: tan cuidaditos, tan iguales; el riego se efectuaba de modo tan ingenioso, que el agua no salpicaba á los transeúntes ni se perdía una gota. ¡Todavía me acuerdo de aquel Madrid en el que estaban la mitad de las famosas bocas inservibles y tan abandonadas, que sí se rompía alguna ó algunas tardaban semanas y aun meses en componerlas, perdiéndose de este modo enorme cantidad de agua que iba á formar charcos cenagosos y pestilentes. Recorrimos gran parte de Madrid y fuimos á los barrios próximos al gran canal del Manzanares. ¡Qué casitas más agradables, más limpias y más alegres! 1 POS DE LA CORTE. LOS HUMILDES DE LA GRANDEZA Una de las pocas veces que mi humildad ha estado junto á la grandeza, fue teniendo un amigo rico y título- -que ha muerto ó me ha. olvidado. -Había ido á visitarle y bajábamos juntos la escalera de su palacio con jardín, para dar un paseo en su coche- -en su coche, improvisado trono á mi humildad, que por alto no había yo columbrado en mis ambiciones. -Bajábamos, digo, la amplia escalera de mármol alfombrada, y al llegar á la verja del jardín presencié esta escena, que pinta con colorido maestro el tipo- de loas- crUádos de la grandeza. Mi amigo, el señor, el señorito por ser joven, al pasar junto al portero uniformado, un viejo de patillas blancas y aire grave, que se inclinó á nuestro paso, le dijo: -Gaspar: ¿qué ponen hoy en el Real? El viejo inclinóse respetuoso por segunda vez y contestó: Fausto, del maestro Goanod. Me hizo gracia la frase. Estaba dicha con naturflidad, era pomposa y parecía querer denotar suficiencia. ¡Oh! eso de seguir el movimiento del cartel del Rea! es una pequeña sabiduría de buen tono. Los criados de casa grande son así: ceremoniosos, estudiados, graves y sabios en todo lo que se relaciona con el aparato de la grandeza. Estos criados son una jerarquía, y cada vez van cobrando más prestigio á medida que con el progreso ha ido sublimándose la condición del antiguo esclavo y el perenne siervo de la gleba. Se enuncia una jerarquía diciendo: Mi padre es senador Y una pequeña jerarquía, el que dice: Mi padre es portero del Senado Hoy los criados de casa grande están familiarizados con sus amos con simpatía de clase, y toman de ellos muchas veces el gesto, los modales, algo de lo externo en la etiqueta social. Y las reverencias solemnes y los profundos saludos de estos criados dirán nuestra vanidad, pero dicen también una discreción y un buen gusto en el trato: que estamos sujeto al trato de confianza descortés con que nos sirven los criados de la clase media, trato llano y francote der- ivado por línea recta del espíritu de 25 castellano viejo, que con tanta gracia nos pintó Fígaro. Los aldeanos que vienen á Madrid por primera vez se asombran de esos viejos, vestidos con lujosa librea, que guardan la entrada de los hoteles, y dt esos otros señorones acomodados en ef. p; scante del coche y cubiertos en i ivierno coi grandes pieles. Son unos de los tipos qu; sorprendí i á los provincianos; d; aldea. Y de 1O J muchos tipos que tiene la Corte con fisonomía peculiar, estos so- i los mis dignos de observación. La pluma de uno de nuestros escritores de costumbres ha dibujado alguna vez en el teatro y en el libro el gesto de los criados de la grandeza. Podría hacerse de ellos un estudio curioso tratándoles de cerca, y se vería cómo influye en sus vidas y en la de sus familias el aire señoril del medio en que viven, pisando alfombras y conociendo, muchos de ellos, como historia propia la historia de sus amos. Como el portero, el lacayo tiene un temperamento externo curioso. Al lacayo le vemos siempre ocupado en cosas delicadas: en las fiestas de Nochebuena y Reyes lleva la agradable carga de los juguetes para los niños; en Carnaval, los paquetes de confetti; en el día de Difuntos, camino del cementerio, las coronas para los muer- I ÁVIDA EN BROMA. PELLEJÍN MJJ- N 1 STERIAL El ¡lustre señor presidente cuenta por éxitos las representaciones. Sus ingeniosas frases, en las que se descubre un temperamento profundamente observador, sí que también cómico- lírico, ha entusiasmado á todos los miembros de la mayoría. ¡Oh poder del genio! El mismo Pellejín, que se hallaba distanciado de Maura por cortas diferencias que ahora no son del caso, no ha podido menos de entusiasmarse al oir tantos primores de dicción y tantas bellezas de concepto, y el otro día, sin poderse contener, gritó desde su escaño: ¡Ulavisimo! ¡SupelioV. ¡De lechupete 1 D. Antonio le dirigió una mirada de erratitud, que equivalía á decirle: ¡Por fin te he convencido! Gracias, Pellejín; diputados como tú son los que me hacen falta para llevar á seguro puerto, en el proceloso mar de la política, la nave jay! del Estado. El caso fue que Pelleiín ha reingresado decididamente en el seno ¡oh seno cariñoso! de la mayoría parlamentaria, y está dispuesto á votar todo lo que le pongín delante, incluso la incapacidad de su señor padre político. Este experimentó un tremendo disgusto al ver la actitud de Atilano. ¿Qué has hecho? -preguntóle en voz baja. -No lo he podido lemedial. Yo admito á Maula, poique antes quejjeZno soy aíHstc. ¡Qué fiases las suyas! Por toda réplica, el eminente Sr. Besugón limitóse á exclamar: -Atilano, eres un cursi. Dos horas después, Pellejín asistía al té de la Presidencia en clase de ministerial revivido; y al verle D. Antonio le abrió ¡os brazos, saludándole con estas hermosas palabras: -El que por voluntad omnímoda de su propio albedrío se reintegra de motu pioprio al hogar de sus mayores, asemejase al ángel á quien hubiesen cegado momentáneamente los resplandores del Averno. Al reconocer su torpeza, rinde mavor y más fervoroso culto al Omnipotente. Pellejín, loco de alegría, llevóse á la boca los dos dejos centrales de la mano presid: ncial y los besó con entusiasmo, dejándolos húmedos. Sacó entonces el pañuelo el omnipotente y, despees de secarse, dijo al neófito: ¿Le gusta á usted el foiegrai? -A mí lo que más me gusta es el aloz con leche; pelo amalé lo auc usted me mande, en testimonio de mi plo-