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Pág. ABC Núm. 91 i ablar de cosas que ocurrieron hace dieciséis años, no es ciertamente escribir un capítulo de historia; pero puede ser opoituno y práctico, sobretodo en estos momentos en que desde el banco azul del Congreso se dirigen ataques á la Prensa. En mi vida de periodista, y especialmente en mis años de revistero de las sesiones parlamentarias, no escuché nunca que los ministros empleasen el lenguaje que algunos emplean ahora cuando ios periódicos les combaten. Y no se diga que antes la Prensa no combatía á ministros como Cánovas y Sagasta. Pocos gobernantes habrá habido más censurados. Es verdad que eran gobernantes, y! os de hoy no lo son. Cánovas era soberbio, sí; pero sabía y podía serlo. Así cómo en la mujer bonita y de talento no es pecado, ó á lo sumo lo es venia! el mostrarse un poco coqueta, á hombres como Cánovas les es lícito ser un poco soberbios. Cánovas tenía ¡a soberbia de la grandeza. Sus sucesores (de nombre y de jefatura solamente) tienen la grandeza de la sobei- bia, que no es lo mismo. Sagasta no era soberbio, pero era grande por su talento práctico y por su clarividencia. Saboreó sin duda amarguras que le prodigó la Prensa; pero siempre TUVO x- esignación admirable y respeto profundo ante el apasionamiento y la injusticia. A la grandeza de! uno y á 3 a serenidad del otro, han sucedido en el banco azul la imprudencia y la ineptitud. Ambas cosas dan frutos perniciosos; oero merecen correctivo. Allá por el año de i8 á 8, estaba planteado un gran debate político en el Congreso. Una tarde iba á hablar Castelar. Estaban tribunas y escaños de bote en bote. Como al gran tribuno no le gustaba empezar sus discursos hasta después de las cuatro, el presidente, Martos, abrió la sesión y puso á discusión el presupuesto de Puerto Rico, concediendo la palabra para consumir un turno en contra al Sr. Rodríguez San Pedro. Conocida es la orjtoria de este venerable señor que haría perder la paciencia á un santo, ¡para que no se la hiciese perder al selecto público de ambos sexos que llenaba las tribunas y que rabiaba de impaciencia por oir á Castelar! Los únicos tranquilos y satisfechos éramos los periodistas que estábamos cruzados de brazos en amigable conversación, comentando los chistes de Cuba libre, zarzuela estrenada con gran éxito en el teatro de Apolo. El pobre Jesús Lozano, Andrés Miralles, Alvarez Buylla (á estos dos recordaba J asabal en el último número de A B C) Ramoncito Cárdenas, Settier, Perpén, Palma, Santero, un periodista francés que escribía en La Unión Católica y llamaba á García Alix, general Alix, y á Ramos Calderón, D. Ramón Calderón de la Barca, Calixto Ballesteros y otros charlábamos, repito, en voz baja, pareciéndonos archisuperiormente que Rodríguez San Pedro se eternizase hablando. Pero todo tiene su término, fhasta los discursos de ese señor! y cuando pronunció el sacramental he dicho un ¡ahhh... espontáneo, prolongado, ruidoso, inevitable, de inmensa satisfacción, se ovó en todas las tribunas menos en la de la Prensa. Los conservadores, entonces en minoría y ocupando los escaños de debajo de nuestra tribuna, protestaron contra aquella exclamación general. Cuatro ó cinco diputados se volvieron airados contra los periodistas echándoles la culpa de lo que no la tenían, de aquella ovación de desagrado, si cabe la frase, que el Congreso casi en masa tributó al orador. Las frases que la irritabilidad de aquellos diputados dirigió á la tribuna de la prensa, motivó la inmediata y espontánea retirada de los periodistas. Hubo sesión secreta. Marios declaró que la Presidencia no había oído nada mortificante para nadie, pero los periodistas adoptaron un acuerdo que, cumplido por todos y con rigor, dio el resultado que era de esperar. Volvieron á las sesiones, pero en cuanto comenzaba á hablar alguno de los diputados que les ofendieron, abandonaban la tribuna y los periódicos no publicaban una sola palabra de cuanto decían aquellos señores. Esta actitud duró muy poco, porque los justamente castigados, dolidos en Jo que más duele á los- políticos afanosos de notoriedad y de ver sus nombres en) etrasv de molde, se apresuraron á desagraviar á los periodistas y á pedirles, poco menos que por Dios y todos los santos, que volviesen de su cruel acuerdo. El silencio es, pues, el mayor castigo para quienes deben á la Prensa su encumbramiento y á la Prensa zahieren cuando cubren con la soberbia su ineptitud. Tienen razón cuanddhablan de la parcialidad y de la injusticia de los periódicos. Los periódicos les han elevado. ¡Qué mayor parcialidad! ¡Qué más enorme injusticia! ÁNGEL MARÍA C A S T E L L n Cosas que pasan. La Prensa... Voltaire, en su correspondencia dilatadísima, se maní- después de engullirse los mejores bocados, quiere tamfiesta mucho más patriarca que Víctor Hugo en la suya. bién, y á todo trance, sacar partido de las migajas con En un estilo cuya característica es el más acabado per- ansia verdaderamente pentagruélica. feccionamiento, muestra todas las gracias auxiliares de CONSTANTINO R O M Á N la lengua y del espíritu franceses. Víctor Hugo es efectista y contundente. Como en sus novelas, las frases la IDA MADRILEÑA. LA NOTA REboriosas se encadenan unas á otras en sus cartas, y todo lo tienen éstas menos llaneza y naturalidad. El gran GIONAL poeta rara vez refleja en sus misivas el estado de su alma, De tarde en tarde solamente algún acontecimiento desy después de su lectura échase de ver que oara cosas usado viene á romper la monotonía del vivir madrileño. mayores se reservaba. A diario tiene un carácter uniforme, rectilíneamente inLa vena de Voltaire es inagotable. En sus cartas se variable. Las calles presentan de continuo igual aspecto, nos ofrece todo entero, y hasta en cada carta hace lo pro- ayer como hoy, y las gentes que por ellas circulan, cópio. La poliiesse y la exquisitez francesas y aun univermodamente holgando á la buena de Dios, tomando el sol sales de la mejor ley muéstranse gallardamente por donde parécennos ya familiarmente conocidas. quiera que su correspondencia se abre; y hay que verle De todos los rincones provincianos llegan gentes toy meditarle cuando se dirige á alguna dama, ya sea ésta dos los días á contribuir al movimiento de esta gran ciulinajuda, ó ya carezca de pergaminos; cuando tal sucede, dad, y ellas son las que sustituyen á las que por sus dislas frases corteses y las expresiones vaporosas y quinte- tintas puertas salen de continuo emigradas, á cuestas el senciadas que obligan para una eternidad, brotan de su fardo de las desilusiones. Ni los que llegan ni los que se pluma con igual facilidad y naturalidad que el agua de los van alteran la fisonomía uniforme de Madrid. manantiales. Parece, as! visto al correr las calles, un pueblo homoVíctor Hugo escribió contadas cartas á señoras, y la géneo, en el propio recinto cortesano nacido, criado y naturaleza de su espíritu hierático se acomodaba mal al recriado. inarivandags ds Voltaire. Si las misivas se escribieran El trabajo de unos como el holgar de otros, menesteen verso, seguramente que el autor de La leyenda de los res corrientes de la vida, hacen confundir en un solo rossiglos no hubiera tenido rival, como Voltaire no lo tiene, tro y en un único acento el carácter de este pueblo de porque en prosa es costumbre aderezarlas. aluvión provinciano que todos conocemos. Dirigiéndose á la Marquesa des Deffaud, el autor de Mas en la tarde del domingo, en esas tardes de sol Cándido anuncia que va á poner mano en el comentario tan bien amadas de Daudet, es cuando salen á la superfide Corneille, y la declara erque se siente ya con toda la cie los sedimentos regionales que entraña este pueblo. pesadez de un comentarista A Duelos le consulta sobre Por entonces, en el dédalo de las calles céntricas siel comentario de Cinna, porque sabe la importancia que gue rodando la burguesía provinciana, amalgamada, contiene no tomar ningún acuerdo sin tener noticia de su fundida, ya conquistada por el ambiente de la ciudad, parecer A la octogenaria condesa de Lutzeltourg la mientras que la clase humilde siente retoñar el sentimiencree de la madera de los matusalenes cardenal Fleury y to regional y huye del corazón de la urbs, y busca las de Fonteneile, y la participa que en Ginebra hay una afueras, el aire libre, el acre olor á campo, y se buscan, mujer ¡sabe Dios si la habría ó no, porque la cortesa- se reúnen los de cada región, y hasta los de cada aldea, nía aguza tanto la inventiva! de ciento tres años de por un poderoso resurgimiento del instinto. edad, amabilidad exquisita, y más experta en punto á Sin cita previa se convocan; sin necesario acuerdo se dar rectos consejos que el propio Catón el Censor reúnen. Luego invita á la dama con todas sus fuerzas á que imite Suenan allí la gaita y el tamboril y las parejas giran y el ejemplo de las centenarias, como no podrá menos de tornan, con aire de galantería caballeresca, al compás de acontecer, á menos que la justicia en el planeta sea una una gallegada. No hay que preguntar por el solar de los fábula irrisoria. que bailan. Ya se sabe, y ni un extraño al rincón gallego En las cartas del gran poeta no se descubren tales encontrarase entre las parejas de hablar mimoso que se cumplimientos, ni en tan linda prosa diluidos; pero en festejan. cambio se ve siempre el designio cuasi matemático de ser Más allá suena el rústico instrumento un zortzico. Al grat simo al corresponsal. En el caso de que éste sea un son de su música extraña, guerrera y amable, como la poeta, mal año para todos los vates existentes y por ve- raza fuerte que la canta, los vascos renuevan los bailes de nir: me ha enviado usted una joya la maravilla con su país, si bien á estas fiestas en los desmontes madrileque usted me ha obsequiado... son las expresiones más ños les falta el poético marco de allá: la sombra de los tenues que dirige Víctor Hugo á cualquier obscuro ver- árboles y el frescor del agua. sificador. Y en otro sitio la bandurria chillona del ciego invita á Realmente, en las cartas que publica la J evue, valen la jota, alegre, ruda, y danza la gente aragonesa; y en más los dibujos que las letras; y aun concediendo el va- otro lugar, no muy distante, se escucha el rítmico sonar lor documental que el fragmento más nimio de un gran- de la guitarra que alegra la reunión, una turbamulta de de hombre tiene para todos, se abusa desaforadamente espectadores, ávidos y emocionados con el rasgueo de de lo inédito; contra tal furor se ha protestado ya en to- una malagueña, de unos tangos ó de unas sevillanas, y los mozos y mozas andaluces, soldados y criadas de servir, dos los tonos, aunque sin fruto ni provecho alguno. El airean los trajes y mueven donosamente los brazos baimayor enemigo del hombre de genio es el editor, el cual, EL AUMENTO TERRITORIAL DE RUSIA COSAS DE FUERA, EPISTOLARIOS La J evue publica algunas cartas inéditas de Víctor Hugo, adornadas con interesantes dibujos de la mano del gran poeta. Como las de Voltaire, las cartas de Víctor Hugo son inacabables. Las revistas francesas nos sorprenden una quincena sí y. otra también cor misivas nuevas, ñ tal extremo, que es cosa de preguntarse dónde y cómo hallaban vagar ambos patriarcas (el de Ferney y el de Jersey) para contestar á todos cuantos á ellos se dirigían, siempre postrados de hinojos, como el uso lo aconseja. gráfico que publicamos permite apreciar Tas que Rusia ha La El manchasunegra en cadarelativamente pequeño. grandes expansiones territoriales idolaejerciendo logrado en siete siglos. En mapa, indica H extensión progresiva sobre la cual han su soberanía los zares. el siglo xiii dominio e a En 1864 aumentó con ¡a Laponia y región de Perm. En 1809 alcanzaba á toda la Siberia, Crimea y Finlandia. DesDués de J 8O Q agregó á su territorio Polonia, el Turkestán v el archipiélago SaghaUespue líen. Ahora acupa también la Manchuria.