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AÑO DOS. NU MERO 9O. CRÓN CA BISEMANAL ILUSTRADA ENERO DE 1904. NÚMERO SUELTO, 10 1- yl- I W 1 CEREMONIA CELEBRADA EL LUNES ÚLTIMO EN LA IGLESIA DEL CARMEN DE ESTA CORTE, PARA RECIBIR CABALLERO DEL CAPÍTULO DE LA SAGRADA ORDEN MILITAR DEL SANTO SEPULCRO AL CONDE DE CASTELLANO, QUE FUE APADRINADO POR EL COMENDADOR DE LA CITADA ORDEN SR. ODWÓZOLA Y GR 1 MAUD, RECIBIÉNDOLE EL JURAMENTÓ EL ARZOBISPO DE ZARAGOZA Fot. Asei o NIÑOS Y GRANDES Alberto, niño de siete años; Elenita, su hermana, de cinco. Q ué haces, Berti n? -Estoy componiendo el carro que me trajeron los Reyes. ¡Mejor hubiera sido que papá me comprara un automóvil! ¿Por qué no le dijiste que se lo dijera á los Reyes? ¡Qué tonta eres, nena! Yo sé más que tú. -También tienes más años. -Por eso; y además, los hombres sabemos siempre más que vosotras las mujeres. -Porque fumáis. -No hables á gritos. -Y porque os sale bigote. -Y rizado. -rY á nosotras coía. ¡Qué os ha de salir cola, si es la modista! -No, señor: es que nos sale cuando somos señoritas. Me lo ha dicho una niña quéva al colegio. ¡Bah! Tú te lo crees todo. ¡Eres más tonta! Lo mismo que decir que los juguetes Jos traen los Reyes... ¿Pues quién los trae? -Papá y mamá, que los compran disfrazados y de noche. Búscame un alfiler oara sujetar bien esta rueda. -Toma. ¡Qué presumida! ¿Tienes ya alfileres? -Son de la doncella, que me los da cuando se ponen roñosos. -No mientas: es que se los quitas. -No miento: es que me los da. ¿Y qué le das tú en cambio? -Otros alfileres buenos. ¿Pero cómo los compras? -Se los quito á mamá. ¡Hombre, hombre! -No le digas nada, y no te he visto el otro día fumar un cigarrillo. -Como que no fumé. -Como que fumaste, haciéndolo de una colilla de papá y con un papel de cartas. ¡Acusona! Fue una chupada: ¡sabía más mal! Ea, ya está el carro: mírale qué bien rueda. Ahora, si quisieras tú... jugaríamos á una cosa más bonita... ¡Ya quiero, ya quiero! -Trae la muñeca. ¿Para qué? -Para meterla en el carro. ¡Sí, sí! ¿Y luego? -Luego... No vas á querer. ¿Por qué no voy á querer? -Porque puede romperse. ¿El carro? ¡ya quiero! -No, la muñeca. ¿La muñeca? ¡no quiero! -Anda, nena, si nos vamos á reir mucho... -Yo no me reiré si se rompe mi muñeca. Yb lloraré mucho y me oirá mamá, y le diré que tú me has roto la muñeca y te castigará. ¡Vaya! -Entonces no jugaremos. -Podemos jugar á que se rompa el carro nada más- -Bueno; pero trae la muñeca. La pondremos de modo que no se rompa. -Si no se rompe, la traeré. Aquí está. ¡Tanto hablar y ya le falta un ojo! -No le falta; es que lo tengo guardado para que no se le caiga. ¡Anda, y el pelo! Se ha quedado calva de media cabeza. -No es que esté calva, sino que le he guardado la mitad del pelo para cuando se le caiga la otra mitad. -Y este pie, ¿no le falta este pié -No le falta, lo tengo en un cajón. A mi muñeca no le falta nada. Es mi hijita. ¿Para qué pones esa tabla desde la mesa hasta el suelo? ¡Si te ven... Es la tabla de la plancha. ¡Cállate, no seas miedosa! Nadie ha de vernos. Ahora dame la muñeca; verás cómo nos reímos. La meto en el carro; mírala qué bien y qué contenta está... ¡Sí, sí! ¿Y luego? ¡Zas! echamos el carro desde la mesa por la tabla de la plancha. ¡Ah! -Una cosa preciosísima, como si fuera un automóvil. -Pero ¿y si se rompe mi muñeca? -No se rompe. -Bueno; una vez, -Sí; una vez. (Baja el carro, con la muñeca dentro, á toda velocidad p i r la tabla inclinada. Al llegar al suelo cae sobre las ruedas de la derecha. No se rompe nada. Grandes exclamaciones de júbilo. ¿Ves? No se ha roto nada, y qué juego tan bonito. ¿Quieres otra vez? -Sí, sí; otra vez. (Vuelve á caer el carro con la muñeca dentro. Tampoco se rompe, etc. Elenita palmptea entusiasmada y grita: ¡Otra vez! ¡otra vezl (Al cuarto descenso, el carro, impulsado con gran fuerza por Alberto, se sale de la tabla y cae violentamente al suelo. La cara de la muñeca se hace pedazos. ¡Mi muñeca! ¡Ay mi muñeca! -No grites, que nos van á reñir. ¡Ay mi muñeca! ¡Que me han roto mi muñeca! -Calla. Mamá te comprará otra. A esa le faltaba un ojo. No chilles de esa manera, ó no vuelvo á jugar contigo. ¡Después que nos habíamos divertido tanto! ¿Negarás todavía que nos habíamos divertido mucho? -Sí que nos habíamos divertido mucho. Pero ¿y ahora? -Ahora ¿qué? ¡Que no, tengo otra muñeca para meterla en el carrol (Durante la comida, los papas comentan la desgracia ocurrida en en el Circo, y Alberto y Elenita se miran recelosos como si les hubieran descubierto los juegos. As! se divierten los niños, y así se divierten los grandes. José DE ROURE