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Núm. 88 ABC Pág. canciones distintas mezcladas, se extendían á todos los viajeros. Parecía que la locura se apoderaba de todos al regreso de la fiesta, obstinándose en hacerles prolongav las horas alegres y olvidar las del trabajo cotidiano. Unos militares se despojaban del ros para colocárselo á lo picaro á sus Aldonzas domingueras; las manos, resistiéndose á permanecer ociosas, estrechaban las cinturas. Una buena hembra, estimulada por las palmas y los oles de amigos y amigas compañeros de holgorio, derribado el sombrero cordobés sobre la oreja, cantaba y bailaba los tientos de los peines. Ensordecía el ruido del compás llevado á puros taconazos, y las nubes de polvo subían del pavimento para hacer compañía á las bocanadas de humo y al vaho de toda aquella buena gente. No faltaba una bota que viajaba de mano en mano y de boca en boca para remojar los gaznates en fuerza de soplarla, único medio de que destilase lo poco que guardara en su pellejo. Tengo yo unos peines; mira tú qué pzines, cantaba la moza del cordobés, repicando las sílabas al tiempo que movía y retorcía su cuerpo en las posturas sensuales y grotescas del tango. ¡Pardiñas! -voceó el cobrador con toda su fuerza para dominar aquel caos de gritos, cantares, oles, palmadas, cuchicheos y algazara La fiesta del coche se deshizo como por arte de encantamento. La buena moza salió del tranvía poco menos que en brazos de compañeras y compañeros; las discípulas de Marte recobraron su serenidad; los chicos, medio estrujados entre cestas, botas y abrigos, fueron puestos de pie en la acera; cada cual se fue por su camino, y el coche, casi vacío ya, continuó su marcha rápida hacia la Puerta del Sol. éste al barrio de Arguelles? -Sí, señora. Y el macizo carruaje se ocupa bien pronto. Pocos son los viajeros que van sin niños. La mayoría de los que llenan el coche son mujeres del pueblo. En su pálido semblante denuncian la preocupación, la zozobra y el pesar que sienten. De poco en poco miran amorosas y enternecidas al niño que llevan sobre ellas muy envuelto en el mantón ó con una toquilla grande. El menor amago de lloro, el más leve movimiento acentúa e: i ellas sus precauciones, sus demostraciones de ternura El aspecto de algunos de estos niños y su tosecíta apagada hace barruntar la dolercia terrible que los mina. En el coche, e ¡silencio es absoluto. Los viajeros ó viajeras que no van á donde se dirigen aquéllas, procuran distanciarse cuanto pueden y abreviar la permanencia en el vehículo, aunque tengan que hacer á pie una parte del camino. El sol derramaba á raudales la alegría de su luz sobre la hermosa arboleda de la Moncloa y la Casa de Campo, en tanto que dentro del pesado coche eléctrico iba la tristeza, la enfermedad, y acaso la muerte á corto plazo, encerrada en alguno de aquellos míseros cuerpteitos arrebujados entre mamones y toquillas. Al subir la Empratriz el primer tramo de la escalera, S. M. la Reina, acompañada de los ministros y de otros Darís ha rendido justo y debido homenaje al genio músico altos funcionarios, bajó hasta la primer meseta. Al ende Gounod erigiéndole un monumento que perpetúe su contrarse ambas soberanas, se hicieron un profundo sagloriosa memoria. E monumento se ha levantado en el Par- ludo y se estrecharon afectuosamente las dos manos, y que Montceau, y en él, como se ve en la fotografía que pu- después de preguntarse mutuamente por su salud y la de blicamos, aparecen al pie del busto del célebre maestro los principales personajes de Trausto, su ópera más notable y más sus hijos, pasó delante la Emperatriz, del brazo del rey Francisco, y Doña Isabel ¡los siguió, hablando cariñoumversalmente conocida. samente con la princesa Ana de JViurat. Al día siguiente fue la función de gala en el teatro Real, donde se cantó la ópera Semíramis. Terminado el acto segunda, pasaron las Reales personas al salón principal, donde tenían preparado un espléndido buffet servido por Lhardy, y el refresco por el dueño del café de Iberia. Otras fiestas se celebraron no menos brillantes y suntuosas, porque la Corte española puso especial empeño en hon rar á la hija de la condesa del Montíjo. MONUMENTO A GOUNOD De todo aquel esplendor sólo queda el recuerdo, y la dama ilustre que ha paseado por Europa su desventura, evoca hoy con más intensidad las memorias de su fugaz reinado. Tal vez reflexione que rio dan la felicidad las grandezas de la tierra y se ha refuaiado en el Arte, buscando en ese manantial inagotable de la belleza un consuelo á su desgracia, un suave remedio á las tormentas del pensamiento. Soberana de un día, sentada en un trono movedizo, quizás haya dejado sólo tras de sí ingra MÍ. titudes y amarguras. Protectora del A r t e MONUMENTO ERIGIDO A LA MEMORIA DE GOUNOD EN EL PARQUE DE MONTCEAH DE PARÍS rodeada en su ancianidad Fot. Gribayedoff por el agradecimiento de los favorecidos con sus dádivas, es posible que no se la ECUERDOS DE UNA EMPERAolvide. TRIZ Al cabo, esto vale más que una corona de emperatriz. La muerte de la princesa Matilde Bonaparte evoca CARMEN DE BURGOS SEGUÍ ROBERTO DE PALACJO los recuerdos de aquel efímero Imperio francés, corte fastuosa que tuvo como principal atractivo la belleza de una española, elevada por su virtud al trono del EmQRÓNJCA: DOS CAMINOS JE ACTUALIDAD. LA MARINA VOperador. LUNTARIA RUSA Las luces rojizas de los faroles pintan líneas capriPorque la maledicencia, que rodea siempre a jas perUna de las fuerzas de Rusia cuya acción sería estudiasonas que brillan en el mundo, podrá murmurar cuanto chosas en el manchado fondo negruzco de Madrid Repleto de hombres, mujeres y niños subía el pesado da con interés sí la guerra que se temí diera lugar á ello, quiera de la emperatriz Eugenia; pero es lo cierto que Napoleón se casó con ella admirado de sus excelentes coche la pendiente de la calle de Alcalá, camino. de la es su marina voluntaria. Plaza de Toros. condiciones morales. La organización está basada en una sabia armonización Hombres, mujeres y niños rebosaban de alegría rui- de los intereses de las casas armadoras y dd Estado. Después... ese después es siempre misterioso. Entre Todo buque que ha de ser destinado á 1? marina vola condesita del Montijo y la Emperatriz de Francia hay dosa, haciendo derrochador alarde todos de animación luntaria, debe construirse según los planos suministrado; un espacio que los parisienses han llenado con anécdotas y contento. El holgorio, las risotadas, el bailoteo y la merienda por el Estado, y por cuenta ds éste ss le provee de cupicantes y cuentos fantásticos. Perteneciendo á una familia de la más pura aristocra- y el vino, tomados en medida sin rasero, habían conges- bierta protectriz, artillado y demás material de guerra cia española, podía aspirar á un ventajoso matrimonio, tionado sus mejillas y enrojecido sus ojos. El contaaio nzcesario para los ejercicios que se verifican de continuo. pero nunca imaginó entrar en Madrid ciñendo la diade- de charla, de frases punzantes, de dichos alegres y de De esta m: era las empresas adquieren buques en mejema de un pueblo glorioso. Figúrense nuestros lectores la emoción intensa de esta dama cuando, ya emperatriz, hacía una visita triunfal á la Corte de España. Esta se verificó el 18 de Octubre de 1863. Desde aquella fecha á hoy, ¡cuántos cambios en el mundo! En la estación del Mediterráneo (hoy del Mediodía) esperaban á la augusta viajera el rey D. Francisco de Asís, los infantes, el presidente del Consejo marqués de ¿V Míraflores, y muchas damas de la aristocracia. El tren, que por un error telegráfico se esperaba á las ocho y media, llegó dos h ras más tarde. La comitiva se puso en marcha de la estación á Palacio á las once menos cuarto, y se componía de magníficos coches de gala donde iban la Emperatriz, el Rey, la princesa Ana de Murat, los infantes D. Sebastián y don Francisco, el almirante Dupuy, comandante del vapor imperial; el conde de Altamira, sumillers de Corps; el marqués de Villafranca y la alta servidumbre. En la meseta de la escalera de Palacio esperaba la reina Doña Isabel II vistiendo un soberbio traje blanco de cola adornado de plumas y encajes, y lucía un aderezo de zafiros y brillantes que la cubría materialmente de piedras preciosas. La Emperatriz llevaba traje de seda azul, con manteleta negra y un sombrero blanco guarnecido por delante FRONTBRA DEL RÍO SHINSAISA. EN ESTE PUNTO TENETBA EL. FERROCARRIL DE LA MANCHURIA EN LA PENl vSlIJ. A DE LEOYANZ de un corto fleco del mismo color. Y EMPIEZA LA LÍNEA DE DALNY R