Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Pág. 4 ABC Núra. 86 Mí EL CONFLICTO RUSO- JAPONÉS SITUACIÓN DE LOS BARCOS QUE COMPONEN LA ESCUADRA DEL IMPERIO RUSO EN EL PUERTO DE PORT ARTHUR La colocación del cebo en el retel es, desde luego, obra indigna de toda persona pulcra; pero encomendado tal trabajo á un doméstico de buena voluntad ó á un pescador de oficio, las operaciones restantes de la pesca son divertidas, limpias y hasta higiénicas. Desde la orilla del riachuelo se van colocando los reteles en el agua, procurando que descansen á plomo sobre el lecho del río y marcando con una señal el sitio donde quedan colocados, á cuyo efecto se pone generalmente en el extremo de la cuerda deque ha de tirar el pescador, un buen pedazo de paño rojo. Para que la pesca resulte fructífera, hay que elegir bien los sitios donde se echan los reteles, salvando aquéllos en los cuales sea viva la corriente ó grande el fondo ó haya demasiada maleza en la orilla, pues en éstos, al sacarlo, es fácil que se enrede el retel y caigan los cangrejos á su nativo arroyo. De retel á retel ha de mediar bastante espacio, y con dos docenas de esos aparatos bien puede cubrirse casi medio kilómetro de ribera. Figúrense, pues, los lectores que ya han distribuido por el río todos los reteles que llevaban: entonces deben sacar un cigarro y echar un párrafo largo y sabroso con su compañera de pesca, pues para este deporte pacífico y apacible se recomienda mucho la compañía de señoras; y si es grato, según reza el couplet francés, comer ¡es ecrevisses áans cabinet particulier, Y conste ahora que los cangrejos andan efectivamente hacia atrás cuando se saca el retel y se deposita en tierra, porque instintivamente pretenden escaparse de la malla retrocediendo; pero conste que también saben andar hacia adelante... cuando les da el olor del Presupuesto. De todos modos merecen simbolizar la reacción y el oscurantismo, pues la hora mejor para su pesca es la del anochecer. Para comerlos, todas las horas son buenas. Sin embargo, recién pescados y cocidos en la misma agua del río, adicionándola unos buenos puñados de sal, están sabrosísimos. También los encuentro deliciosos á la bordeksa. Con música de tango, se les indigestan á los Gobiernos. Antes dije y ahora repito que la noticia de su triunfo llega para ellos en muy mala sazón, pues se hallan de muda. Durante estos crudos meses de invierno se les desprende la costra ó cascara que les envuelve y los pobrecitos se quedan, como si dijéramos, en camisa. Efecto del pudor, no salen de sus cuevas ni se comunican unos con otros. Imagino que estos forzados ratos de soledad los dedicarán á escribir coplitas contra Maura. He leído no es menos deleitoso pescarlos á la vera de una persona de buenos ojos y manos chicas. Eso anima mucho á los cangrejos para morder el cebo. Mientras el pescador y la pescadora dialogan cómodamente sentados á la sombra de un fresno de la orilla, los animalitos empiezan á o l e r la carnaza y salen restregándose las patas de gusto de sus fluviales cuevas. Bien pronto dan con el incentivo de su gula, y se meten candidamente, para darse un atracón, dentro del retel. El pescador tira el cigarro, dirige por entonces la última frase galante á la pescadora, y en compañía de ésta se dirige al primer retel que colocó, y afianzando en el ángulo de la horquilla de palo de que va provisto, la cuerda extrema de aquél, levántalo con rapidez y pulso, viendo ¡oh alegría! negrear agitándose en la malla una docena de hermosos cangrejos, sumamente asombrados de que se haya descubierto tan pronto, y en obsequio suyo, la navegación aérea. Recogidos los cangrejos, vuelve al agua el retel, y el pescador se dirige al siguiente, con el cual verifica la misma operación; y entre echar los reteles y levantarlos, anda sin darse cuenta una atrocidad de kilómetros, respira á pleno pulmón una enormidad de aire oxigenado y puro, dice una barbaridad de tonterías á su compañera de pesca, y mata, en fin, lo más agradablemente posible unas cuantas horas de este inmenso aburrimiento que se llama vida. VICEALMIRANTE Ü IJUIJN, JEHE DE ESTADO MAYOR DE LA ESCUAnRA JAPONESA gías del cuerpo numano y hasta del de Orden Público, según el río ó el teatro en los cuales se verifique. Péscanse los cangrejos en los arroyos (donde los hay) con un aparato sencillísimo que se llama retel, y consiste en una red de malla sujeta á un aro de metal. En el centro de la red se coloca el cebo, atado con unas cuerdecitas para que el voraz animalucho tenga que comérselo sin arrastrarlo fuera de la red, y del aro que á ésta se halla sujeta parten seis ú ocho cuerdas anudadas á una más larga, que es de la que ha de tirar el pescador para levantar el retel con los cangrejos que hayan tenido á bien colarse, atraídos por el cebo, en ó sobre la superficie de Ja malla. El cebo más grato á los cangrejos es lo que hiede más: hígado, tripas, carne podrida, cola de bacalao... todo cuanto hace estremecer al Sr. Sánchez Toca, tan sensible á los tormentos olfatorios, constituye el deleite supremo de sus correligionarios políticos. Algunos pescadores, no contentos con el natural y repugnante olor de k carnaza que emplean para cebo, la rocían con aguarrás y obtienen maravillosos resultados. Nada, que á los cangrejos les gustan los malos olores, y cuanto más fuertes, mejor. En el Salón de Conferencias del Congreso ss relamerían las patas de gusto. PREPARANDO LOS RETELES muchas estos días que, efectivamente ¡sálveles la buena intención! parecen escritas por... crustáceos. Entre la grey conservadora hay vn personaje político de primera fila que es aficionadísimo á la pesca de cangrejos. Como, según se dice, el Gobierno está también de muda, la semejanza entre nuestros ministros y nuestros cangrejos no puede ser más perfecta. ¿No es hora ya de levantar el retel? Hay muchos patriotas indignados que piden para todos aquéllos nada menos que la horca. ¡Qué atrocidad! Basta la horquilla. Se empuña con la izquierda, se tira con la diestra del cordel, y... sale coleando todo el Gobierno. Por lo menos, así he visto yo al Sr. Dato pescar car ejos el verano último. Y afirmo que se da muy buena maña. JOSÉ DE ROURE