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Núm; 85 ABC K- 5 Grabiel. Ya le he puesto dos pa que me saque, y con éste no tendrá más remedio. Y dicho esto, retirando lía. cara cómo quién solfea, y llevando con. la cabeza el compás, entonó con música de salmo: Memorial al arcángel San Grabielr- -de su Divina Majestad, -que manda nuestra Santa Madre Iglesia... Cómo si el cántico hubiese sido una señal, todos prorrumpieron en gritos y sé armó un burdel que estaba muy en su lugar, porque sólo entre locos se oye algarabía semejante. De pronto sentí un pufietazo en la espalda; volví la cara, y un, mozuelo de cejas corridas, morenísimo y con grandes ojos, riéndose como un gañán, me dijo: -Deje usted á ese, señor, que está locó perdió. -No le haga usted caso, que es un embustero. Vaya, ¿á que le dice á usted que él es el rey? Y aquél también le dice á usted que él es el- rey. Y aquél, también. Ya ve usted, señor, cuando el único rey de las Españas soy yo, Felipe Murcia, criado en Santa Cruz de Múdela. -Y dando grandes voces, añadió: ¿Quién es el rey de las Españas? ¡Felipe Murcia! Pues ¡viva Felipe Murcia! Y dio en correr, vitoreándose con tanto ardor, que pensé que se ahogaba. p ntramos á un salón cuadra do, de techo altísimo y con una estufa én el centro Alrededor de la estufa, unos sentados en banquillos y otros de pie, se calentaban hasta quince locos. Eran, en su mayoría, jóvenes; vi á dos, muchachos casi, que hablaban misteriosamente, y ya iba- á acercarme á ellos, cuando de. una mesa larga, donde escribían varios, salieron desatentados cánticos de iglesia. Me llegué, acompañado del loquero, y uno de los que que escribían, rubiasco y sin cejas, se levantó con gran ceremonia. 1- ACHADA PRINCIPAL DEL MANICOMIO DE TOLEDO (vULGO NlINCIo) ¿Qué hacemos? -le dijo el loquero como en burla. Hizo como si el loquero no existiese; cogió el papel, puerta vamos á perecer! Que hay un fuego muy grande, y con tanto lienzo como hay aquí, esto va á ser un ex- donde sólo había garabatos, y me dijo con buenos travío. modos: ¿Qué puerta? -le dije. -Aquí estoy poniendo este memorial al señor San- -Aquélla- -respondió, señalando una. -Venga usted y verá el bujero de la Santísima Trinidad. Y llevábame arrastras, cuando el loquero se interpuso: -Vamos, no seas pelma. ¡Pero, señor- -seguía el loco, -que vamos á perecer! Yo diciendo que abran la puerta, y este hombre, como no tiene capacidad... Ya ve usted: lo peor es tratar con gente sin capacidad... A esto, cada uno de mis acompañantes departía con su loco correspondiente. Yo vi que les ciaban cigarros y principié á repartir también. El loco del bujero comenzó á chupar, dándose tono. ¡Puaab! -hacía, engallándose y echando el humo por la nariz. ¡Puaah! Pero señor, que abran esa puerta, que vamos á perecer. Vi venir á uno, cincuentón, desombrerado y alegre. Andaba á saltos, y mirándome con ojillos relumbrones decía: Ya voy. Uno, dos, tres y saltaba. Noté que traía en la mano un naipe: el caballo de oros. Me pidió un cigarro; se lo di, encendió y le pregunté amigablemente que por qué llevaba el caballo. ¡Hombre! -repuso como extrañándose. -Digo yo que esto se le debe haber caído á alguno que estaría, jugando, y digo yo: Pues ya vendrá por él! -Y chupaba, se reía y volvía á saltar. Al reparto de cigarrillos habían acudido tantos ya, que me vi y me deseé para darles. Formaron corro y, animados por el fumar y por mis preguntas, cada uno quiso contarme una historia. Noté que hasta en aquellos cuerpos sin alma, la malicia y la vanidad tenían rincones. Unos á otros se culpaGRUPO DE MUJERES DEMENTES EN UNO DE LOS PATIOS ban de demencia. ¡H o l a! ¿Conque no haces caso de mí, y soy prima tuyo? ¿Cómo estás, hombre? -Bien, ¿y tú? -le dije. -Pues aquí me, tienes, bregando con estos animales. ¿Pues no dicen que mi sirena rio es bonita? Verás. Sacó un papel donde, pintada como por un niño, había una mujer con moño alto y los brazos en cruz. -Verás. -Y leyó dulcemente, amorosamente, con una ternura que me llegó al. alma, estos versos: Con el corczón partido de querer á mi sirena, estos versos he fingido po. rque me ahoga la pena el haberla conocido. Respondo de que son, así, porque los copié. Cuando acabó el loco, dijo, casi con lágrimas: -Ahora me vas á ver bailar. Haced corro, que voy á bailar con TOÍ sirena... Yo, casi ahogado por la angustia, con el corazón oprimido y lágrimas á las puertas de mis ojos, dije al loquero: Vamonos, vamonos; Y, pensando en otra sirena, salí... 1 as locas, desarrapadas, unas arrimadas á la estufa y otras por el suelo, ocupan un salón contiguo, igual que el anterior. Cuando entramos, la hermana de la Caridad me dijo: Aquella es furiosa. Tenga usted cuidado. Y vi á una mujer rechoncha, ajamonada, con greñas, que se arropaba la cabeza con el vestido. DESTINADOS AL RECREO EN EL MANICOMIO DE TOLEDO ¡Chist! Veh acá- -me dijo confidencialmente. ¿Tú has. estado en el cielo? -Yo, sí, -repliqué. ¿Y por qué camino se va? Porque yo, cuando fui la primera vez (que he estado cinco) me equivoqué de puerta, y salió Dios Nuestro Señor y me dijo: María Antonia, que no. es ahí. Y estaba propiamente con la cruz acuestas y con su corona de espinas, que daba lástima. Y yo le. dije: Dios Nuestro Señor, ¿y mi hija? Aquí comenzó á llorar la infeliz, y en el punto en que acudió la hermana gr ¡tándomev r ¡sepáres. eri sted la loca dio señales de furia, aullando, maldiciendo, golpeándose lá cabeza contra la pared... Allá en un rincón, mudas é impasibles como de piedra, una vieja y una muchacha miraban tranquilas á la furiosa. Séntadasen él suelo, desastradas y sucias, su miseria y su imbecilidad; me recordaron los cuadros siberianos de Dostoyouski. Y contemplándolas me hallaba, cuando de improviso la viejáircogiendo por una maño á la chiquilla, comenzó á cantar este memorable villancico: v La Virgen está lavando y el agua se está riendo, los pajaritos cantando- ¿reí romero floreciendo JSS 11. GRUPO DE HOMBRES DEMENTES EN UNO DE LOS PATIOS DEL MANICOMIO DE TOLEDO Fots. C. Garcit El contraste dé tan honda miseria humana con aquella evocación tan divina- me trajo á- la memoria las páginas en que Czogols (La locura cotizada) habla de la espiritualidad de los dementes, porque están más cerca de Dios ¿Lo- estarán? CRISTÓBAL DE CASTRO