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Pág. 4 festivos, semeja un establecimiento viudo, y apenas suenan violines y gorgoritos en el edificio frontero, el entristecido café se convierte en una alegre caja de música. A él acuden á las primeras horas de la tarde en demanda del consabido moka los profesores de la orquesta, los numerosos coristas y muchas segundas partes del teatro vecino. Allí, entre sorbo y sorbo de café, se discuten las facultades del tenor que va á debutar y se rebaja hasta los justos límites el éxito extraordinario de la tiple de moda. JVadie habla más que de tesituras, de notas filadas, de trasportes de tonos, de escamoteos de dificultades, y es facilísimo conocer la profesión artística de cada uno de los concurrentes sin más que mirarles a! cuello. Los profesores de la orquesta lucen gallardamente el de fc camisa, los coristas llevan un pañuelo para resguardarl e la garganta, y las segundas partes, además del pañuelo, conservan indefectiblemente subido el cuello del gabán. Coristas y partiquinos ostentan además sombreros flexibles de blandísimo fieltro, demostrando de esta manera que les irtiporta mucho más la garganta que la cabeza, pues ponen mayor empeño en resguardar del frío aquélla ABC A VIDA EN BROMA. PELLEJIN DE CAZA Los hombres políticos suelen aprovechar las vacaciones parlamentarias yéndose al monte. Todo el que ha formado parte de un Gabinete está obligado á tener aficiones cinegéticas. Pellejín no ha sido ministro todavía, pero está expuesto á que le den una cartera en la próxima combinación, por todo lo cual quiere irse acostumbrando á la caza con todas sus consecuencias. La otra tarde estuvo en el Congreso- -pues no puede prescindir de visitarlo aun durante el período de ciausura, -y allí oyó hablar de una gran cacería que proyectaban varios magnates y exmínístros. -Yo, aunque me esté mal el decilo, soy una glan escopeta, -manifestó Pelleiin á uno de los organizadores. ¿Sí? -Sí, seño! En la caza de la peldiz no hay quien me eche el píe delante, -Pues véngase usted mañana con nosotros. Núm, 83 -Efectivamente. Pellejín, que no cabía en el pellejo de puro gozoso, dio un abrazo á su mujer, estrechó la mano del eminente padre político, besó en un carrillo á la digna consorte de éste y se aé á la estación oara reunirse con los expedicionarios. Iba á partir el tren, cuando llegó nuestro hombre todo sofocado, y a! verle dijo el vizconde del Felpudo: ¡Caramba! ¡Qué bien trajeado viene usted! ¡Siempíe me ha gustado vestil con plopiedad! -contestó Pellejín dejando la escopeta en la rejüla de! vagón y quitándose la bufanda. Durante e! trayecto hablóse de política, de reatros. de mujeres, de caza. Pellejín tenía conversación pava todos y lucía su peregrino ingenio frecuentemente. ¿De modo que es usted un cazador de primei a? -preguntóle uno. -Po tal me tengo- -dijo él. -Mi delicia es la caza; sobíe todo, la caza mayo! Y en éstas y las otras, llegaron al monte. Allí ¡os cazadores se dispusieron á emprender su dulce tarea. Lo -v v ASPECTO DEL CAFE ESPAÑOL EN LAS PRIMERAS HORAS D 5 LA TARDE Fot. Muñoz (lu Hacaa que ésta. También y al husmeo de productivas novedades, acuden en esas horas al café Español los respetables individuos déla claque, y hasta que llega el momento de comenzar el ensayo, aquel simpático establecimiento está que hecha bombas. Los angelillos de! techo se enteran ¿e todas las historias de entre bastido. s, y aunque yo supongo que algunas de ellas serán harto picantes, los pobrecillos siguen tan pálidos como una cavatina mal cantada. Cuando los músicos se dirigen al Real para asistir al ensayo, el café Español queda casi desierto, salvo los domingos. En estos días se puebla de misteriosas parejas, las cuales, huyendo del mundanal bullicio, encuentran en el retirado establecimiento gratísimo albergue para sus dúos scito voce. A esos cantantes del amor les estorban la orquesta, los coros y aun las segundas partes, y, naturalmente, no acuden al café hasta que sus habituales concurrentes lo abandonan. Merced al desnivel de la calle de Vergara, el café Español, por la fachada que da á dicha vía, tiene cierto aspecto de cueva, y esa misteriosa obscuridad es un gran incentivo para los artistas modestos que ejecutan ei dúo final de Jlida sin morirse con la última nota. Bueno, ¿y por qué se llamará café Español un café nacido como secuela del único teatro extranjero que tenemos en Madrid? ¡Tal vez su fundador soñara con el nacimiento de la ópera española! Entonces hizo muy bien en ponerle aquellas robustísimas columnas que desahogadamente le sostienen. ¡El café Español puede esperar á la ópera española sentado sobre ellas! José DE ROURE ¿Para qué quiso más el elocuente diputado? Llegó á su casa y dijo á su esposa: -M e veo en un glan complomiso. El malqués de la Babucha quiele llevalme al monte, ¿Al monte? ¿Te ha tomado por un corzo? -Al leves. Me ha tomado por un buen cazadol. ¿Pero tú sabes cazar? -pi- eguntó el ilustre suegro. ¡Ya la cleo! Antes de se! diputado he asistido á muchas caceltas. Lo peol es que ahola no tengo escopeta, pelo se la pedilé á un amigo. pellejín tampoco tenía traje de cazador. ¿Qué halemos? -se dijo. -Yo no voy á plesentalme en el monte con esta ¡opa. -Todo puede arreglarse- -observó la suegra, -Te pones- unos pantalones de éste (señalando á Besugón) ¿Míos? -dijo el interesado con extrañeza. -Sí, hombre; aquellos de pana que te mandaste hacer para visitar el distrito cuando te presentaste como demócrata. Habrá que recortarlos un poco. Al día siguiente Pellejín se despedía de los suyos convertido en un verdadero cazador, Llevaba un chaquetón de lana dulce color tórtola que le había facilitado el novio de la doncella, el pantalón del suegro recortado, unos botines bastante sucios pertenecientes á uno que había sido guardia civil y estaba de portero en la casa de al lado, en la cabeza un sombrero cordobés y al cuello una bufanda. -Estás muy propio, -díjole la suegra. -Si- -añadió el esposo de la misma. Parece que te han hecho la ropa para ti. ¿Sabéis a quién se parece con este traje? -objetó la hiia. -A Marconi cuando cantaba el J igoleío. primero que hizo Pellejín fue subirse á un peñasco para dominar la situación, como decía él; pero hízolo con tan mala fortuna, que le puso un pie encima de la cabeza al vizconde del Felpudo. Este protestó, Pellejín quiso darle explicaciones, y en su aturdimiento metió el otro pie en la cazuela donde se cocía el arroz que iba á servir para el almuerzo... I Aquella noche el Sr. Besugón, su esposa y su hija hallábanse de sobremesa y acababan de consagrar un recuerdo al valeroso cazador, cuando el timbre de la escalera se dejó oir. Momentos después entraban en cí comedor dos robustos mozos de equipajes de! Norte conduciendo una caja grande de las que emplea para encerrar cajetillas la Compañía arrendataria. -Aquí traemos esto, -dijo uno levantando la arpillera que cubrja la caja. ¡Dios mío! ¡Atilano! -exclamó! a joven esposa precipitándose sobre el infeliz. -Soy yo, -dijo éste con voz apagada. ¿Qué ha ocurrido? Atilano se incorporó trabajosamente. Después, haciendo un oran esfuerzo, habló así: -Salimos al campo... el suelo estaba esculidizo... yo puse un pie sobfc un pedlusco y caí al fondo de un balanco... Mis compañelos, a! velme inútil, me embalcalon en el fien, y aquí estoy medio muelío. ¿Y has cazado algo? -preguntó e! suegro. -Sí, señol. ¿Alguna perdiz? -No, señol; ¡una oveja! Luis TABOADA