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B AÑO UNO. NU MERO 79. CRÓN 1- CA BISEMANAL ILUSTRADA. S ¿MADRID, 22 DE DICBRE. DE 190I NÚMERO SU ELTO, 10 CÉNTS c 8 Jl r y; pv D A J T TZ I I p XJ A El arquitecto provincial y dio- mente donde el peligro de ruina es mayor es en la parte más artística. De desear y de esperar V- J L- iLJ i ls! V U di X V r c e s a n o de Cuenca ha denun- es que los Poderes públicos acudan con rápido auxilio á evitar la pérdida de un hermoso modado la ruina inminente de la fachada principal de la hermosa catedral conquense. Precisanumento, y tai vez una dolorosa catástrofe. FACHADA PRINCIPAL DE LA CÁTEDRA! DE CUENCA, QUE AMENAZA RUINA Fol Huerta Stern POR LOS TEATROS N o u s t o d e e t r a r ni sa lir dogmat. zando, porque, DRAMA EN CUA- en arte sobre todo, me TRO ACTOS, ORI- parecen mejor las opinioGINAL DE D. JOSÉ nes que los dogmas: aquéECHEGARAY. AL- llas nos mueven; éstas nos retardan. GO DE APOLO Según eso, estimo como bonísima la opinión de que el teatro, hoy por hoy, sirve para entretener, ó para sentir, ó para pensar, ó para las tres cosas á un mismo tiempo. Hay, pues, un camino para llegar á cualquiera de estos fines artísticos: en que el escritor acierte ó no acierte á dar con ese camino, consiste, rio diré el mérito, pero sí el éxito de la obra. Cuando el escritor se propone algo más que entretener al público durante dos ó tres horas, procura poner en su obra cierta tendencia á lo trascendente, que lleve al público á una labor mental generalizadora, hecha sin darse cuenta, porque ha de ser entretejida y no sermoneada. Si no hace esto, la fábula teatral queda reducida á una especie de relación hablada de algún suceso particular, muy interesante para un individuo ó para una familia, pero sin hondo interés para el público. Sucesos particulares v; enen á ser los dramas y las comedias, pero vemos que sólo triunfan y quedan y se perpetúan- -y aun sin llegar á tanto son aplaudidos- -aquellos que llevan en la urdimbre de su fábula un poco de espíritu general, bien impulsando la lucha de ideas ó de clases, bien encarnando rebeldías del alma contra el medio social, bien reflejando serenamente estados colectivos de la mentalidad en presencia de realidades siempre impuras, ó bien encarnando anhelos perentorios ó indefiniSPAÑOL. LA DESEÍSPAÑOL. 1 RRADA KniMl EQUILIBRADA dos de la Naturaleza humana, exaltada, deprimida ó doliente. Si en El Alcalde de Zalamea no hubiera más que la desgracia familiar á que se extiende la fábula, ¿quién se acordaría á estas horas? Pero hay una valentísima noción de la dignidad, de la moralidad y de la justic a. Acaso falte en la última obra del insigne Echegaray ese motivo generalizador que buscan y aman las muchedumbres; acaso la adversa fortuna de Ladesequilibrada se deba, principalmente, al exclusivo dominio del caso particular no extendido, como en El Gran Galeoio y en otros dramas del mismo autor, á la esfera moral de las ideas y de las costumbres. Echegaray en éste su último drama ha intentado una loable transformación de sus añejos procedimientos artísticos. Ha demostrado voluntad de aproximarse al moderno teatro, y como en arte la voluntad es fe y la fe es progreso, aplaudo sinceramente á los ilustres viejos que no quieren quedarse atrás y desean acomodarse á todas las fórmulas que traen los tiempos. En La desequilibrada apenas hay tal cual tímido asomo de la retórica consagrada; pocos monólogos, escasas descripciones, no mucha entonación en el diálogo, prudente economía de aquellas imágenes que tanto gusto dieron á la galería y tantos disgustos al insigne escritor. Pero se conserva la pompa echegariana en la disposición de la obra, en su innecesaria extensión, en los efectismos de pura técnica, en la abundancia de recursos escénicos y en el trazado teórico de aquellos caracteres de una sola pieza que pedía y reclamaba la vieja crítica de nuestros mayores. Dicho as! algo de lo bueno y lo malo que tiene la obra, procuraré reflejar la impresión del público en la noche del estreno, y con la del público la mía. No hay para qué hacer relación del argumento, que ya el público conoce; además sé por experiencia que jamás conoce uno la obra por estas relaciones que se hacen. Al acabar el primer acto, que está hermosamente planeado y escrito, quedó el público receloso y haciendo reparos á la eficacia del resorte con que se preparaba el conflicto. Por lo común, un artículo de periódico no tiene aquella temida acción explosiva, y menos cuando su autor está tan despistado que no sabe cómo con aquel arma va á herir al padre de la mujer amada y á a memoria honrada de su propio padre. El que escribe artículos de éstos ya sabe á dónde va, y es regla constante que siempre se dice mucho menos de lo que se sabe. La verdad sea dicha, aquí comenzó el fracaso. En los actos segundo y tercero hubo una especie de reacción y llegó el público á deslumhrarse con los efectos que supo utilizar la maestría del gran dramaturgo; efectos de esos que abundan en todos sus dramas y que si levantan inevitablemente el aplauso en un arranque de sugestión maravillosa, no resisten un minuto de análisis. Les son fatales los entreactos. La escena final del tercer acto es deslumbrante, pero de una falsedad sin precedentes. Los mismos que aplaudieron sugestionados, salieron á los pasillos pesarosos, porque, caída la cortina, creían compartir la responsabilidad de lo faiso é imposible. En aquel momento creían de telón allá que la obra estaba salvada. Precisamente cuando se perdía... Porque e! aplauso incondicional con que se cerró e! tercer acto impuso graves reservas- -podría decirse remordimientos- -para el acto final, el mejor en mi concepto, el más humano, quizás el único humano si no tuviera la algo dislocada pesadumbre de los actos anteriores. Allí hay belleza, delicado sentido de la vida, exquisita percepción de cosas aladas y honda melancolía. El público volvió la espalda fríamente á todo aquello por