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MERO 77- CRÓNII LUSTRADA. CRÓNICA, SINFONÍA MACABRA Eso de que la muerte sea un descanso eterno, como dicen las gentes y escriben los periódicos cuando mueve una persona conocida, no se ha acordado, para Madrid por lo menos. Aquí no descansa nadie, se han dicho los enemigos de lo ajeno, y según los últimos descubrimientos, las anaquelerías que hemos ideado para poner cadáveres han sido profanadas por unos postladrones que se dedican á quitar ropas á los difuntos y á arrancar ornamentos á las sepulturas. Algunos filósofos del periodismo han adivinado que la actual generación es triste, que le da por la melancolía, que sus gustos son fúnebres, que la neurastenia ha cambiado el carácter nacional, y que la alegría ha desaparecido de nuestros corazones. Quizá esto haya influido en que á los ladrones les dé por lo macabro y sientan más placer en robar una mortaja á un muerto que una cartera á un vivo en el tranvía. El precursor de este nuevo sistema fue aquel ratero que en el Gobierno civil declaró perdido su oficio desde que se habían puesto de moda los re ojes de níquel y los brillantes al carbono. Los vivos ya no llevan nada encima f que valga una peseta; ha sido preciso ir á espigar á las tiendas para poder entregar algo á los establecimientos que en Madrid se dedican al tráfico de objetos robados. La impoitancia del descubrimiento hecho por la policía estriba, más que en el sitio, en el descuido que se acaba de poner de manifiesto; porque resulta que en Madrid los cementerios son lugares donde se puede andar removiendo féretros y abriendo nichos, con lo cual la salud pública gana de una manera prodigiosa y aumentan las condiciones higiénicas de la población. Hay muchas capitales de Europa donde el cementerio está enclavado en medio de sus calles, y todos esos pueblos, París es uno de ellos, son tenidos por los higien stas como mucho más sanos que Madrid, donde se han hecho muchas campañas para quitar á los muertos de entre los vivos. Como la higiene no puede tener unos principios en un punto del globo y los contrarios en otro, resulta que los cementerios son peligrosos en todos los puntos de una ciudad si no se cuidan como es debido, y que bien acondicionados, pueden estar enclavados en los barrios de los vivos. Si en el procedimiento de enterramientos continúa triunfando el nicho, y si por las noches se verifica una danza macabra en la que salen los difuntos al aire para ser despojados de los objetos que valgan algo, y si los féretros se rompen para vender el herraje y el plomo, entonces ya no hay lugar apropiado para enclavar cementerios, porque en todos se correrá el mismo riesgo de que el viento traiga sobre los vivos los miasmas envenenados de los muertos. Es verdad que la profanación del robo no es la única de que en estos días y en otras ocasiones se ha dado cuenta. Aquí en los cementerios hay caza, y se puede ir á orar por un difunto con la escopeta en la mano y traerse á casa un par de conejos: también hay pastos, y diversas especies de ganado encuentran en la casa de los muertos su alimento. Y por último, para que lo fantástico se una á lo sacrilego, se ha sabido que á media noche se bañaba una señora andaluza en una de las fuentes del camposanto saqueado durante los últimos meses. ¡Una señora bañándose á la luz de la luna ó a! resplandor de los fuegos fatuos de las tumbas en un camposanto lleno de conejos y de ladrones! Hay para una novela terrorífica con las últimas investigaciones de la patria ó para un cuadro de género chico, si es que no ha pasado á la tumba, como aseguran algunos críticos. Queda el consuelo único, ante tanta atrocidad, de que seguimos siendo una raza viril, y perdone la ninfa funeraria del baño. El miedo á los muertos, el terror que produce el cementerio en las almas sensibles, no existe entre nosotros. Por un puñado de céntimos abren todas las tumbas, en busca de plomo, T uestros más acreditados rateros, y por cazar un conejo p. sotean todas ¡as sepulturas los mas tímidos chavaiillos de JVladrid. Asusten ustedes con el coco á esta generación, cuyos chiquillos se dedican á escalar camposantos y á llevarse lo que puedan, aunque tengan que poner sus manos pecadoras en los huesos de los que fueron. ¡Buenos argumentos para la cremación, que con tanta tenacidad defiende en el Ayuntanvento mi amigo el concejal Sr. Arcas! Habrá que establecer al fin el horno que dicho señor propone, y proceder á la quema de seres humanos; ese espectáculo producirá alegría en muchos españoles que, por un fenómeno de atavismo, se creerán en los buenos tiempos de los autos de fe; ya que hoy no puedan achicharrar carne viva, se coisolarán echando leña á los difuntos. Pero aun haciendo esto, habrá que procurar un poco K 5 D E DICBRE. DE NÚMERO SUELTO, 10 El besugo de Nochebuena 9 n qué guiso prefieren ustedes comer el clásico besugo el día de Nochebuena? Hay mil recetas, ya lo sabemos. Pero quizá ofrezcamos á nuestros lectores alguna nueva diciéndoles cómo guisarían ese día, ó esa noche, el citado pescado algunos de los mejores cocineros de Madrid. Para averiguarlo- -y el lector ha de agradecer nuestro esfuerzo y la bondad con que nos han atendido las personas á quienes nos hemos dirigido, -interrogamos días pasados á los jefes de cocina del Palacio Real, de la casa de los condes de Valdelagrana, de Tournié, de Botín, de la Viña P y otros. Sólo un resíaurant se excusó diciendo que en sus cocinas no se guisa el besugo. Este desden hacia el modesto y sabroso pescado parece injusto. En primer término, porque si un cliente pide besugo, ¡vaya si se le servirán! y en segundo lugar, porque no irán á sus comedores, suponemos, personas mis distinguidas que reyes y aristócratas que pagan miles de duros á cocineros que guisan el besugo. Pero vamos á lo que importa, que es el guiso que suscriben los cocineros siguientes. ¿El de Palacio, Sr. Ber ger, dice: El besugo no se presta á muchas maneras de guisar; la mejor es, sin duda, la andaluza, y para eso se procede de esta maneia: Limpiar bien un besugo fresco, sacando las agallas, así como todo el intei ior; no dejar nada de la sangre que suele encontrarse p e g a d a á la espina dorsal; secarlo b i e n sazonarle con unos cinco gramos de sal por besugo, y ocho gramos de pimentón y cinco cucharadas de buen aceite; ponerle en una placa y meterle al horno fuerte, rociándole cada momento con el aceite y no dejíndole agarrarse á la placa. Un besugo de medio kilo necesita veinticinco minutos si el horno es bastante fuerte, y debe de servirse al salir del fuego puesto sobre una fuente con su caldo. D. Francisco Rabana! cocinero de los condes de Valdelagrana, recomienda el besugo gratiné en la forma siguiente: Se limpia el besugo, se sazona bien con sal y se le echa un poco por dentro; se le hacen unas rajitas encima y en ellas se ponen unas de limón sin cascara (porque ésta amarga) se echa un poco de aceite en la placa para que el besugo no se agarre: después se hace una mezcla de ajo, cebolla y perejil bien picados, envuelto todo en miga de pan rallado. Puesto el besugo en la placa, se pone dicha mezcla encima; al momento de meterlo en el horno (que ha de estar más bien un poco fuerte) se le echan unas gotas de vinagre, se le rocía con pequeña cantidad de buen aceite y se moja con vino blanco. En el horno debe estar una media hora, durante la cual se rocía el besugo con la misma salsa que tiene, sin dejar que se seque. Una vez que esti dorado, se moja el fondo con un poco de jugo clarito, bien hecho con glas de vianda que, después de trabajado con unas varillas, se adiciona con manteca, perejil picado y zumo de limón. Este compuesto se echa alrededor del besugo, sin que le caiga por encima. El Sr. Tournié, jefe de cocina del restaurant que lleva su nombre, recomienda el besugo guisado de este modo: Se limpia y escama y se le divide en cuatro partes, ó si se quiere se deja entero. Se fríe en una cazuela besuguera cebolla bien picada, y en ella se pone el besugo, como se ha dicho; cuando está rehogado se tuesta pan y se hace polvo en el almirez, se saca la cebolla de la cazuela y se une al polvo de pan, de modo que forme una especie de masilla. Se añade un poco de pimienta, y si no gustase el picante, un poco de perejil fresco machado. Este conjunto se deslíe con un poco de caldo, y echándolo sobre el besugo con zumo de limón, se sirve. D. José Hernández, encargado de la casa de Botín, nos dice: ENTRADA AL PARQUE DEL CASTILLO DE CINTRA (I.I SBOA) de vigilancia sobre los restos de los fallecidos; porque después de establecida la quema, los rateros pueden dedicarse á robar cenizas de las urnas correspondientes, para hacer lejías ó para la fabricación de cualquier otro artículo de comer, beber ó arder, en que la industria juzgue útil la aplicación de los restos calcinados. Aquella reina Artemisa que se fue alimentando con las cenizas de su esposo, se adelantó á su tiempo; nos permitió, sin duda alguna, adivinar el pueblo en que no se iba a dejar en paz á los muertos ni por un solo instante. Bien dijo el poeta cuando afirmó que ya no creía en la paz de los sepulcros, y bien se equivocó el otro vate que lamentaba la soledad en que quedan los muertos. Ni paz en las tumbas, ni soledad que lo valga. Ruido de formo. ies, estrépito de martillazos y compañía de animales y damas desnudas que se bañan á la hora en que las brujas forman sus congresos y elaboran sus untos. ¡Y el Sr. García Alix echaba arena en la Puerta del Sol para asustar á este pueblo! Ya se ve que aunque hubiera llenado de catafalcos con su muerto correspondiente las calles principales de Madrid, no se hubiera impresionado nadie. No hay que preguntar desde hoy por qué el melodrama tiene por punto general tan escaso éxito en los teatros de Madrid. ¿A quién se le van á poner los pelos de punta en la galería con escenas terroríficas fingidas, cuando el que más y el que menos de los espectadores es capaz de ir á merendar sobre la tumba fría de cualquier amigo en uno de los cementerios que tienen caza y baño público nocturno? Gracias á los últimos descubrimientos de las autoridades, á todo eso se pondrá remedio, y ya, hasta que pa. sen dos ó tres meses, no se volverá á profanar cementerios ni á sacar muertos al aire. EMILIO SÁNCHEZ PASTOR