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Núm. 72 á la estimación que hagan los demás del propio valer, sin atenerse más que á someros juicios. Jacinto Benavente ha comenzado por juntar en un salón á gente de la capital y á gente de la villa. Esta no se halla en su centro; aquélla sí. Y al Contacto de unas y otras vidas salta un juicio cruel é inevitable: aquellos provincianos son ridículos, deliciosamente tontos, incomparablemente divertidos. No deben haber nacido para otra cosa sino para regocijar á la concurrencia, allí donde quieran presentarse. Los provincianos están recelosos, algo cohibidos por aquel ambiente de frivolidad. El tufo de corte- -dice Mesonero Romanos- -es como el del brasero; que sólo lo perciben los que vienen de fuera Y ese tufo inquieta, perturba, marea al espíritu alejado, que entra en este ambiente rompiendo su equilibrio. No es cosa de momento amortiguar y extinguir el efecto moral que produce la inmersión brusca en la vida cortesana. Oir hablar de las cosas frivolas con grave atención, y de las cosas graves con fina y graciosa frivolidad; escuchar breves y terribles juicios acerca de personas y cuestiones interesantes de las que se trae respetuosa opinión; y en la rapidez, ligereza, cortesía, brillantez y amena superficialidad del ingenio cortesano considerarse en perpetuo equívoco, sin saber á qué atenerse ni en las burlas ni en ¡as veras, es una situación un poco fuerte, y á decir verdad, poco agradable. Pero es una situación muy apropiada para la comedía, que muchos autores han utilizado, aunque no con el fin artístico que hoy lo utiliza Benavente. Procediendo con método en la información, diré que se alza el telón y aparece una marquesa en plena decadencia física y de caudal, á juzgar por el gabinete, que es de lo más modesto: la señora marquesa hojea un libro modernista que la han dedicado, sin duda por equivocación, porque ella es clásica desde la punta de los pies hasta la punta del cabello... que le riza la peinadora entre bastidores. Esta marquesa tiene un sobrino y una sobrina; ella propende á casar á todo el que se pone á tiro, último sport de las almas sensibles y solitarias. Los sobrinos se quieren á través de toda la frivolidad, ligereza y extraviada educación de la niña, que sale á novio por día. La tía de entrambos, pensando á lo clásico, desea casar al sobrino, no con la primita, que es una devanadera, sino con una muchacha provinciana que vive en el campo con su padre y la hermana de su padre, y es buena, hacendosa, joven, hermosa, rica... Es decir, que lo tiene todo; pues amén de eso, no tiene ni madre ni hermanos. A estorbar ese propósito de la mujer de mundo, se aprestan dos mujeres: una, la prima Anita; otra, cierta viuda, jamona de buen ver, que también quiere al sobrino, y por lo callado se entienden. Principia la comedia en la noche de vistas, en que se han de conocer los presuntos novios y se han de acercar en mutua correspondencia de afectos las familias. Entran la prima Anita y su papá, un viejo extragado, político intonso de los que hacen papel y son ministrables, gran perseguidor de fregonas, que dice como Góngora en sus últimos tiempos: ¡Vivan mis fregonas! ¡Mis fregonas vivanl ¡Sus cabellos de oro y sus cofias limpsasl ¡Con ellas rae entierren, que son sin malicia, y que nunca dicen palabras fingidas! Llegan el sobrino de marras, la viuda de marras, y un parásito elegante titulado don Paco. Entran los provincianos: un señor Bermejo muy campechano, su hermana Olalla, habladora en el campo y silenciosa en la corte; y la muchacha en cuestión. Antes ha venido el novio de Anita, correspondiente al día de la fecha, un sietemesino microcéfalo pintado de dos brochazos magistrales: entra, rompen, se va, y ya no sabemos nada de él. Allí se burlan lindamente de los provincianos; hablan sin freno, dicen cosas terribles y admirables; la marquesa arde por dentro; el novio se aburre; los provincianos se duermen; la viuda enreda; Anita canta unos couplets con la gracia del mundo, y baila el cake- walk con don Paco. Aquello concluye con una burla estrepitosa y feroz de la Anita desenvuelta y mal educada. El plan de la marquesa se derrumba y todos se separan con su propósito: los provincianos, para ir en busca de su hogar y de su tierra; la marquesa, para hilvanar otra boda cualquiera; Anita, á esperar á su primo; la viuda, á lo mismo; don Paco, á vivir de las opulentas mesas; el viejo marqués, á imitar á Góngora... Y todos pensando: ¡pero qué ridicula es esta gente provinciana, y qué divertida al mismo tiempol Oegundo acto: Los del salón vienen al campo. La mar quesa va á pasar la primavera en una finca próxima á la de! a familia aquélla... Estamos en esta finca y en ella se vuelven á encontrar los personajes. Anita, y su padre, la viuda y D. Paco. Anita llora el desdén de su primo; sorprende una carta femenina en que le hablan de las dulzuras del amor en el campo, en plena primavera; siente, no celos sino mortificación, y arrastra á su padre al campo. La viuda- -que es la de la carta- -arrastra á don Paco; éste no tiene que arrastrar sino su propia existencia... En fin, todos se encuentran en la huerta del señor Bermejo ó Bermejillo, que para el caso es igual. Allí son ellos, los cortesanps, Jos que están en ridículo, ABC cohibidos, fuera de su centro y de su ambiente, entregados á lo desconocido, asustándose de un disparo... Los otros viven en el gran equilibrio de la razón y de la vida. Aquel señor tan ameno que rompía las tazas y manchaba de chocolate los trajes, es en su huerta un hombre entendido, suelto de maneras, conocedor de las cosas, sobrio, veraz, inteligente, justo, de una franqueza incomparable. Una especie de santo á la jineta como decía el buen Sancho de aquel caballero del verde gabán... y todos así: la hermana, á quien se le dormía una pierna en el salón, no se le duerme nada en la quinta: manda, ordena, grita, arrea... La muchacha es un encanto: sin arambeles ni embelecos, sencilla, modesta, fraternal con los humildes, cariñosa con todos, educada é inteligentísima; parece una fruta sazonada, saludable, de exquisito jugo, en que aún van disueltos los aromas de la flor. De una manera lógica y bien justificada llega el sobrino Joaquín, el novio, y vestido con el traje de un campesino- -merced á cierto recurso bien preparado- -habla con aquella mujer que no conoce, mejor dicho, que no recuerda. La escena es bellísima, y en ella se desarrolla el proceso psicológico del mutuo enamoramiento. Allí se ata lo que se rompió en el primer acto. Allí se entienden los que en otro ambiente y con otros trajes no pudieron entenderse. Allí, en fin, la vida realizó su función por encima de los grandes artificios apagadores de la vida. Sensación artística que uno saca, ó quizá corolario que cada cual obtiene: todas las personas son razonables ó ridiculas, según el medio en que se las examine. Para juzgar de la ligereza de un ave, no la sumergiremos en el agua: para apreciar la movilidad inconcebible de un pez, no le echamos al aire. Qué torpes nos parecerían! 1 diálogo es de Benavente: gracioso, alado, cáustico, dulce, corrosivo... A veces acaricia; á veces quema. Es un escritor de cuerpo entero el que hace hablar á la gente. Digan lo que quieran los termómetros, es uno de nuestros grandes escritores contemporáneos. ¿Un escritor? Ahora recuerdo cierto diálogo que sostuve, no há mucho tiempo, con un paisano mío, hombre que no estará nunca á la altura de estas cosas: de las cosas de Benavente. -Estos escritores que hacen gansadas como la que vi anoche... Vio no sé qué cosa en Apolo, y por la protesta le diputé como hombre de buen sentido. ¿Qué escritores? -le dije. -Esos que escriben esas cosas... ¡Ah! ¿tú crees que todos los que escriben son escritores... -No. Ya sé que ahora hay unas maquinitas... Conste que Jacinto Benavente no es de los que escriben con maquinita. Es de los que escriben con el cerebro, con la razón, con la inteligencia y con el pellejo, apítulo de interpretación: Doña Baibina en la Mar quesa, muy al natural. Es un delicioso atardecer... En fin, la dedicatoria del modernista dice lo demás. Clotilde Domus, admirable: ha ganado mucho en estos dos años: lo ha ganado todo. Es una actriz á la que no he tenido el gusto de saludar en mi vida, dicho sea en testimonio de mi imparcialidad. Creo que la veremos pronto en la Comedia y ainda mais. Rubio muy bien, pero muy bien. Conchita Ruiz, un tanto nerviosa y azarada; verdad que no le respondió el galán en la escena culminante, la única que tiene en la obra: ¡gran lástimal Los demás cumplieron jAh, nol hay un señor Zorrilla- -apellido poético ó revolucionario, -al que tampoco conocía, y es un actor que va en camino, que llegará, que quizá llegó. ¡Y se me olvidaba lo mejorl Santiago: es el de siempre. La Alba, discretísima. Es la compañía que mejor da la sensación de conjunto; la igualdad necesaria y apetecida... Creíamos todos que el público de Lara era una especie de placa sensible que se velaba con cualquier crudeza. No. Lo que quiere el público de Lara es que todo se lo envuelvan en arte. ¡Le alabo el gustol Pág. 5 Al segundo, pateas irremisiblemente. Si los autores dramáticos conocieran sus intereses, obligarían á las empresas á suprimir las butacas. Todos los pateos se inician en ellas, y es que los espectadores ocupantes de esa incomodísima localidad, no saben cómo colocar sus entumecidas piernas y acaban por ponerlas sobre el autor. Pues ¿y el sombrero, y más si es de copa? Lo ases con la mano derecha, sostienes el bastón con la izquierda, pero se te ocurre mirar con los gemelos y te faltan manos. Pones el sombrero copa abajo sobre las piernas, dejas el bastón apoyado en el respaldo de la butaca de delante, miras con los gemelos, te indignas al ver á la marquesa de X con su marido en el mismo palco, y al instintivo movimiento de indignación, rueda tu sombrero por un lado; te inclinas á cogerlo, y se cae con estrépito el bastón por otro. El público te abuchea, los vecinos te miran indignados, tú te azoras y sueltas también los gemelos. ¡Con qué gusto desaparecerías entonces por escotillón! Nada, nada; mi amigo el Sr. Lacierva, dictador de sombrerería, así como su jefe el Sr. García Alix es gobernante en arenas, ha estado muy parco suprimiendo el sombrero de señora en las butacas. Yo tengo un criterio más radical: yo suprimiría las butacas. -No me parece mal; pero mientras, superas á Lacierva... -Te lo suplico, hija mía, no juegues con los apellidos. -Bueno, mientras impones por un bando tu radicalísimo criterio, confesarás que el Sr. Gobernador civil ha sido muy injusto con nosotras. ¿Incomodan por grandes nuestros sombreros á los espectadores de las butacas de atrás? No ya la decantada galantería española que, según parece, se fue por el mismo camino de la leyenda dorada, sino esa mínima consideración que la gente menos educada de los barrios bajos puede guardar á sus hembras, imponía el deber paciente y resignado de esperar á que vuelva la moda de los sombreros pequeños. Pero supongamos que se ha concluido totalmente la raza de los hombres galantes y demos por cierto que nuestros sombreros ó artefactos, como ellos dicen con un ingenio de las Cuatro Calles, incomodan á los señores de las butacas. Y los señores de las butacas, ¿qué hacen durante toda la noche más que incomodarnos á nosotras? ¿Salen á fumar en el entreacto? Tenemos que hundirnos materialmente en nuestra butaca para libertarnos en lo posible de los pisotones de sus torpes pies y de los desagradables roces de sus desagradables piernas. Pues ¿y cuando tienen barriga, y casi todos los que han pasado de los cuarenta la tienen? Qué flexiones y qué angustias las nuestras para conseguir que la barriga pase sin llevarse un fleco ó un encaje de nuestro vestido, ó el abanico, el pañuelo y hasta la mano que los sostiene. Es cierto que no todos los señores de las butacas salen á fumar, pero los pocos que se quedan incomodan más todavía. Empiezan por calarse el sombrero de copa, y sacan en seguida un periódico. Ya podemos renunciar á ver á todas nuestras amigas ó conocidas que estén por aquella dirección. ¿Porqué han de cubrirse en los entreactos, pretendiendo que nosotras estemos en pelo toda la noche? Bien, renuncias á ver algo por la parte del caballero cubierto que lee su periódico; miras en dirección opuesta, y te has divertido. Los señoritos gomosos y los pollastrones conquistadores que han acudido al teatro, unos á los palcos y otros en clase de águilas, se aglomeran (por supuesto, cubiertos) en el pasillo central de las butacas, y con su masa de paño negro, pecheras blancas, caras anónimas y tubos de chimenea, te impiden por completo ver la otra mitad de la sala. ¿Que tú querías enterarte de si tu amiga Tal estrena el traje que le ha hecho una modista madrileña, trayéndolo de París? Pues como si no lo quisieras; lo único que ves de tu amiga, y eso cuando los señoritos del pasillo central lo permiten, es una oreja de su novio, el cual se inclina para hablarle. ¿Que deseabas saber si la condesa de Tres Puntos, que tiene abonada una platea, luce aquella noche el magnífico collar de brillantes que le han traído unos americanos al carbono? Te quedas con el deseo: de la condesa de Tres Puntos no se ve ni siquiera el descote, que es lo que suele verse más de su persona desde todas las localidades. Y como nosotras no vamos al teatro para ver la función, ni para veros á vosotros, sino para vernos principalmente las unas á las otras, resulta que los hombres nos incomodáis en las butacas cien veces más que á los señores de las butacas les incomodan nuestros sombreros; y que si el gobernador civil hubiera sido justo, en vez de despojarnos violentamente de nuestros artefactos, habría prohibido terminantemente á los hombres que se sentasen más en las butacas. Que vayan apaleo, ó á la galería, ó á la cazuela, y que nos dejen en paz. He dicho. ¡Caramba! La indignación te pone muy elocuente. Por mí, ya te digo que odio las butacas, y las suprimiría con mucho gusto. Tal vez vaya todavía un poco más allá... ¿Más aún? -Sí, mujer. ¿Qué te parece? ¿y si suprimiéramos los teatros? ¡Oh, no! eso de ningún modo. Tu criterio me resulta ya demasiado radical. ¿Qué distracción nos dejabais á las mujeres? Vosotros tenéis vuestro Congreso, vuestro Club; ¿y qué iba hacer, además, el Gobernador si no se ocupaba de prohibir la representación de obras silbadas, de desterrar sombreros de señoras y de que le tomaran el pelo los revendedores? -Mira, podía ocuparse un poco de la viruela. Dicen E José NOGALES NTRE SEMANA. DIÁLOGOS CON YUGALES -Estoy indignadísima. -No digas más; sé el motivo de tu terrible indignación. ¿Qué os hemos hecho, pobres de nosotras, para que nos tratéis tan despiadadamente? -Mira, mira, yo en esa cuestión soy neutral, absolutamente neutral. Bien sabes que me fastidia ir á butaca, localidad horriblemente incómoda y en la que siempre está uno echando pestes de los vecinos, siendo de suponer que los vecinos las echen asimismo de uno. Si la butaca está en el centro de la fila, tienes que incomodar para entrar y salir á todos los espectadores y espectadoras más próximos al pasillo central. Si ocupas una rayana con éste, te incomodan todos los otros á ti. Además, por delante, ó te falta espacio ó te sobran piernas. Jamás sabes cómo colocarlas: la izquierda sobre la derecha, la derecha obre la izquierda, vuelta la izquierda sobre la derecha, torna la derecha sobre la izquierda: para el final del primer acto se te han dormido las dos.