Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Núm. 63 AB C LA RIFA hipérboles, ó la desidia y abandono han sido causa de que se pierdan veneros del precioso liqu do, ó- -lo que es mas posible- -los cronistas tienen razón, y también quienes hablan de abandono. En 162 2, para una población que acaso pasaba de 125.OOO habitantes, había unas treinta fuentes públicas, que se surtían de los viajes de Alcubilla, Castellana, Abroñígal Alto y Bajo y Amaniel, más los Caños del Peral y los Caños Viejos, desaparecidos los primeros y subsistentes los segundos. Años después- -en 1656, -las fuentes públicas ascendían á 35, surtiéndose de los mismos viajes. En 1727- -primer año del que hay datos concretos, -las fuentes públicas no eran menos de 4,3, con un cuidal de 340.952 litros de agua cada veinticuatro horas. En cambio las fuentes privadas llegaban á 389, la mayor parte de ellas entregadas graciosamente á los conventos, hospitales y particulares. En 1783 descendió á 37 el número ae ruentes públicas, y en cambio subió á 600 el de las particulares. Siguió disminuyendo el número de las fuentes públicas, que en 1831 no pasaban de 3i para los viajes de una e Iantas Pá ganitos, la de las Descalzas, la de Lavapies y la de Puerta Cerrada, todas las cuales existían en 1620. Veneros de agua desaparecidos son los Caños del Peral, cuya comente parece que está debajo del teatro Real, el arroyo del Prado y otro que bajaba por la calle del Ba qui! lo. La falta total de las aguas del Lozoya no mataría materialmente de sed á la población si s; organizaba bien el surtido de agua; pero en cambio haría imposible la vida, porque ni habría agua para la limpieza, ni para e! alcantarillado, ni para los lavaderos. Andan, pu: s, muy atinados los que piden remedios radicales y empuje á la opinión para que no se descuide este asunto. CROÑICA DE LA DE ASTURIAS. XATA Los campesinos, á la noche, sentados en la quintana bajo el cielo dormido, platican con sus mujeres, rumian esperanzas, viven dichas futuras. En la monotonía brumosa de su cerebro turbio atísbase una luz, a! go que brilla propicio, que les cosquilieo por denltoy les hace sonreír con plácida sonrisa de éxtasis. -Si nos tocase laxa a... Porque una vaca, una novella- -madre presunta, -es un cognado de la familia aldeana, una hembra que ingresa en la numerosa prole, pero con su peculio propio, productivo, ubérrimo, y con porvenir rosado como su ubre, de continua actividad fecunda. Los campesinos saben poner en su amor á las vacas cierta religiosidad perspicaz y panteísta, una adoración muda, solemne, como de culto, algo idolátrica. Porque las vacas son ídolos caídos; atraviesan la vida con parsimonia lenta y ritual, sesudas, resignadas como dioses pretéritos, nostálgicas de las grandes pagodas del Indostán y de los polícromos pedestales egipcios. Los viejos ídolos han venido á habitar entre los hombres, á hacer comunidad de vida con estos buenos aldeanos. En las casas de aldea ocupan por igual el establo y la vivienda; de piedra negruzca, mal encalada, son las paredes de entrambos; el techo de vigas recias, donde las tejas muestran su concavidad rojiza; lechos de hojas secas hay en uno y en otras, igual para los hombres que para las best s. Sepáralos un tabique de tablones nul unidos. Por las noches entremézclase el furibundo roncar del molido aldeano con e! rum i um perenne y perezoso de los rumiantes. A las horas de sol, junto al lar mortecino, las mujeres hablan; amarradas á su tosco pesebre, las vacas mugen por lo bajo, y son voces familiares que se engloban en un p e c u l i a r murmurio íntimo. Las vacas gustan de halagos y su dueño muéstrase pródigo de ellos. La mano calluda, terrosa, erizada de matorrales enmarañados en el dorso, paséase por las ancas, por el lomo de la vaca, buscando la dirección del pelo lustrado, rojo, sedeño; da dulces palmadas en el vientre, donde bullen los gérmenes; acaricia la inflada ubre, que tiembla, de color de rosa; luego sube al testuz rudo, de ensortijados rizos, y los dedos campesinos buscan por bajo de ella las graves cosquillas del pacífico animal, que, satisfecho, respinga su cuero con repentinos sacudimientos, agita las nerviosas orejas y entorna sus oiaides ojos amorosos, profundos. Las aldeanas veladas invernales celébranse en los establos. El viento sacude los árboles, remueve las tejas, se filtra á través, quejumbroso. A las veces, suena el cacofónico chapoteo de las almadreñas en el fango. Luego entran las gentes con sus faroles empañados de rocío; son mozas de duros carrillos amoratados, frescas y rollizas como mantecas; son mozos fornidos, cazurros, reidores; son labriegos adustos; son viejas decrépitas de aspecto milenario. Un vaho blanquinoso y tibio los envuelve á todos; ei candil alumbra vacilante y difunde en redor una aureola azulada. Una anciana dice historias de encantamentos y hechicerías; su mano temblona hace en la penumbra signos extraños; su voz silbante hiende el silencio medroso, como un augurio triste. Las vacas parecen escuchar supersticiosas. Los aldeanos no podrían vivir sin sus vacas, sin el trueque cotidiano de mutuo afecto: son los Penates del hogar pobre. Los Ayuntamientos que saben todo esto, por la fiesta del Patrón celebran la rifa de una becerra, la mejor de todo el Concejo, la más lucida, aquella que promete ser más fecunda, más lechera. Engalánanla luego con cintas de colores, con lazos, con guirnaldas; parece la víctima de un sacrificio pagano; cómpranla un buen collar de cuero y una bruñida esquila de cobre, que ha de acompasar sus retozos con perezoso temblor; y paséanía ufanos por las calles del pueblo, un día y otro, hasta que llega la fiesta, la romería, el instante de los desengaños. Apíñase el público sobre el síndico, que, solemne, sume su mano en la urna de las elecciones y saca un blanco papelito. La becerra muge, sacude el testuz. Los campesinos la miran con ojos codiciosos, avarientos. La gaita, á lo lejos, quéjase rae! ancólica EL ARRÁEZ MALTRAPILLO LA LEY DEL PERDÓN i os premios y los castigos tienen la razón de su exis tencia en el s itimíenlo que nos hace buscar el placer y huir de todos los dolores. Partiendo de este principio, se ha abusado de unos y otros en todas las épocas, enseñando como estímulo del deber el premio mate, nal en vez de la sola satisfacción con que recompensa la conciencia. Lo mismo sucede con el castigo; no se ha querido hacer que penetrara el con vencimiento del deber, sino aterrorizar con la pena, y la humanidad, comprendién, dolo s. lo en este sentido, y para vergüenza suya, llegó á un refinamiento de crueldad, á un lujo de castigos que espanta. Desde los bárbaros tormentos inventados por los ¡salvajes, los espantables suplicios de Oriente, las crueldades de los sectarios de todas las escuelas y los horrores impresos en nuestros viejos códigos, el hombre ha buscado todo lo más te, -v i irible y siniestro para casti- gar á sus semejantes. J Las conquistas del pro! greso, el imperio de la raj zón dulcificando las costumbres, va haciendo desaparecer las crueldades con que aún la manopla de hierro del feudalismo azota el rostro de la sociedad moderna. Nuestros códigos son terribles: el fiscal nunca pide clemencia; la figura del juez, augusta y respetada, apa- LA RIFA DL LA NOVILLA EN ASTURIAS Toieña RAMÓN PÉREZ DE AYALA (Asturias) Las aguas de Madrid O i hemos de dar crédito á los cronistas de esta desdi chada villa, Madrid fue siempre abundante en aguas; pero ó la abundancia de que nos hablan no pasó de ser Alcubilla, Castellana y ambos Abroñigales, y desde entonces acá ha crecido el número de fuentes, y sobre todo el agua de los antiguos viajes de qoe puede disponer el vecindario, tanto que- -sin contar el Lozoya- -el número de litros que arrojan las fuentes piblícas cada veinticuatro horas pasa de dos y medio millones, ó sean unos cuatro litros largos por habitante. Los viajes- -siempre sin contar el Lozoya- -son: El de la Castellana, que nace cerca de Fuencarral, recorre ocho kilómetros y medio y da 284.920 litros. SI de Alcubilla, que nace en el mismo pueblo, recorre ifjual distancia y da 33 y. 3io litros. El Bajo Abroñigal, traído por Felipe 113, que nace entre Canillas y Canillejas, recorre siete kilómetros y medio y da 1.129.190 litros. El Alto Abroñigal, traído por el mismo rey, que nace en Canillas, recorre 14 kilómetros y da 292.150 litros. Amaniel, también traído por Felipe IJI. Pajaritos, traído por Carlos III, que nace en el zanjón del Retiro, recorre 700 metros y sirve exclusivamente para la limpieza del alcantarillado, dando 3.600 litros. Conde de Salinas, que nace en la cañada del Lagarto tiene marca de distribución en la explanada de Palacio de Bellas Artes, recorre dos kilómetros y da 1 o. 160 litros. San Dámaso ó Arroyo de Butarque, que nace en el cerro Negro (término de Carabanchel) recorre dos kilómetros y medio hasta el puente de Toledo y da 25.900 litros. Fuente del Berro. Retamar, que nace en el arroyo de la Peña Grande, en el término del Pardo, y da 40.520 litros. Fue traído en tiempos de Fernando Vil, como los dos viajes siguientes. Bajo del Retiro, que nace en Chamartín, recorre cuatro kilómetros y medio y da 38.180 litros. Alto del Retiro, que nace en el término de Chamartín, al poniente del Pinar de la Castellana; recorre i5 kilómetros y da 247.500 litros, que surten las fuentes del Retiro. Y fuente de la Reina, que nace cerca de Ja Puerta de Hierro; recorre 4.1 i3 metros y da 581.090 litros, que se elevan á la población por medio de la máquina de la Montaña. Esto es todo. De las fuentes actuales, las más antiguas- -aunque no en su forma actual- -son las de la Castellana, la de IOT Caños Viejos en la calle de Segovia, la de la calle de L rece sombría y medrosa; el juez no perdona nunca. Se le quita la más hermosa de sus atribuciones, y lo mismo tiene que condenar á la madre que robó un pañuelo para abrigar al hijo que se moría de frío, que al vicioso que premeditó el delito para sustentar sus pasiones. La figura se conserva á través de los tiempos y aparece, aunque sólo sea en algunos rasgos, el hombre implacable é inñexlble, el juez real de las antiguas edades, que se sentaba bajo el dosel formado por las banderas de guerra y aplicaba los decretos feroces del caudillo á quien obedecía. Hoy no se concibe de esa Tianera, y un apóstol reformador de las leyes aparece en Francia con el presidente Magnaud. El Buen Juez, como! e llaman sus compatriotas, sostiene que si un hombre comete un delito de esos que el Código castiga, pero que la conciencia no reprueba, el juez debe tener el poder de absolución y usarlo con igual derecho que emplea ei de condena. De este modo el juez será el Código vivo y tendría el derecho de perdón, atributo de la antigua soberanía, de la fuerza y la majestad. Desde 1881, el día de su entrada en la magistratura, Paul Magnaud ha sustentado la teoría de que el juez puede usar de clemencia con ios que delinquieron impulsados por una fuerza superior á su voluntad. Y en los años transcurridos ha llevado la teoría á la práctica, aplicando la ley del perdón en los diversos puestos que ha ocupado en Sen is, Amiens y CháteauThierry. Su trabajo ha sido obscuro y paciente y sus sentencias se han hecho famosas. Entre los fallos célebres está el que absolvió á Luisa Menard, una pobre mujer culpsble de haber robado para dar de comer á su familia. En la vida del Presidente ha influido una mujer de espíritu superior, Teresa Vernet, la hija de un eminente actor que, durante cuarenta años, trabajó en el teatro Miquel de San Petersburgo; esta mujer es su esposa y la colaboradora más activa y entusiasta de su hermosa obra. En el sencillo gabinete del Buen Juez se encuentran las cartas, los periódicos, I03 libros y las fotografía