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Núm. 63 En Madrid, por poco viento que sople, el polvo se mastica y ahoga; y á pocas gotas que caigan, el barro acaba con el tejido inglés más auténtico. Es cosa probada que el barro de Madrid agujerea la ropa, la quema y la destruye: Palacio Valdés lo consigna en El Hombre de los ABC Pag. 2 melones que las vegas levantinas y las huertas de Castilla mandaban á la capital. En su interior, entre la fruta, asomaban restos de muebles descuajaringados, imposibles, ajuar de los vendedores y vendedoras que, descendientes de las Castañeras picadas y la Maja majada, hacían allí su vida desgañifándose en destemplado vocerío, pregonando y regateando entre burdas chanzas y enconadas reyertas. Sus nombres los publicaban abigarradas muestras en los ápices de las casetas: Puesto del Chulo, de los Niños cordobeses, de Pedro el Coco, de Andrés el Pintor, de Ángel el aceitunero, de las Chatas y Francisquete, del Perdigón... Todo aquello resultaba pintoresco en novela; pero, visto en realidad, era simplemente grosero, impropio de una gran ciudad moderna. Por eso nuestro Ayuntamiento, siempre celoso de los progresos urbanos, trasladó el mercado á otra parte y convirtió las Vistillas en un ameno jardín. Ningún otro sitio en Madrid más apropiado para ello que aquel espléndido miradero, que envidiarían muchas suntuosas ciudades. Pero hacía falta allí vegetación y belleza. Hoy, realizado el ideal, puede el ánimo, á la sombra de la arboleda y al arrullo de las fuentes, ir á engolfarse tranquilo en la inmensidad del paisaje que se esfuma en las lejanías del valle al pie de la azulada sierra. Todo el pasado de la histórica villa revive allí. L Casa soliciten. Los propios individuos están más que abocados á padecer enfermedades nerviosas, exclusivamente peculiares de la corte, casi todas incurables. No se puede negar rotundamente que Madrid mejore, porque toda colectividad, para ir tirando, tiene necesapatíbulos. riamente que hacerlo, al decir de los economistas; pero Se ignora generalmente el arte de comer con sujeción la lentitud con que progresamos es peor que el estacioá la higiene, sin el dominio de! cual no hay moralidad namiento. pública posible; así lo acreditan Moleschott y otros fisióLa tan decantada tracción eléctrica, aparte de las inlogos eminentes. A nada que uno se descuide, se encuen- felices víctimas que ocasiona, no ha mejorado gran cosa tra á merced de la intoxicación y los retortijones. En vez el trato humano de los cobradores, quienes la única funde comer nos inflamos: de aquí la abundancia de las pi- ción que ejercen á maravilla es la caza del fumador, rosis, dispepsias, gastritis y otros trastornos estomacales, con indudable perjuicio de la Arrendataria la cual no y la fortuna de los expertos farmacéuticos Sres. Sáiz de debe de andar á buenas con la Eléctrica de Tracción Carlos y Vivas Pérez, por otra parte laudable y legítima. Los citados funcionarios ponen feroz fisonomía cuando El pueblo de Madrid, que como el de otras partes de tienen que darle á usred la vuelta de cinco pesetas, y e! tantas cosas está sediento, no tiene fuentes donde amor- viajero sale de su expedición peligrosa cargado de cotiguar sus ansias. Las pocas que iban quedando han ido brador y calderilla. desapareciendo de raíz, y á falta de aguas se entrega al Pero esas son contrariedades mínimas comparadas con vino y á los alcoholes, con perjuicio visible del vigor de las nuevas que nos sorprenden todos los momentos, sin la raza. Probable es que si hubiera agua, el pueblo siguie- que tal sorpresa se justifique, porque lo absurdo es en ra abusando del vino; pero esto no basta á disculpar, ni Madrid lo que á lo natural reemplaza. mucho menos á justificar la sequedad y aridez municipales. Estamos mal de Municipio. Los alaridos del paciente También los árboles sufren de sequía. Contemplar un vecindario, todo él de la familia de Job y de los descenárbol madrileño es un espectáculo aflictivo: todos están dientes de esta patriarca, no tienen cuento ni medida. El V- V CARRERA A P I E DE CATORCE KILÓMETROS, CELEBRADA EL DÍA 2 O EN BARCELONA. l- ot. Cuyas (A) EL CORREDOR JUAN DURAN, QUE LLEVABA EL NÚMERO 8 DE LA INSCRIPCIÓN, FUE EL VENCEDOR EN LA LUCHA, EN LA CUAL TOMARON PARTE MÁS DE VEINTE CORREDORES desmedrados y padecen de raquitismo; por eso en ei Retiro se ven tan contados bancos, á fin de que las gentes no se entristezcan viendo miserias abundantes. El espectáculo que ofrece Madrid los días de fiesta al anochecer en la Puerta del Sol y sus contornos no se conoce en ninguna gran capital. Tal hacinamiento humano sólo se ve en otras ciudades de Europa en solemnes ocasiones. Ño hay sitio donde estremecerse, y el derribo de media capital se impone; pero es indudable que seguiremos estrujándonos hasta que por fin sea un hecho la dirección de los globos. Más interesados que nadie estamos en ese descubrimiento. La alineación délas calles, que lentamente se ensanchan, está á merced de los sujetos influyentes y adinerados, á quienes adiestran tortuosos leguleyos, con menoscabo de toda estética y salubridad públicas ¡y vamos europe... etcétera! el Sr. Aguilera, que durante algunos meses ejerció de barón de Haussmann con escasos recursos, por lo visto no acertó á mantener la rigidez de su vara. La estirpe de los alcaldes fuertes acabó con el tan aplaudido de Zalamea, á quien Calderón conoció de cerca. Mesonero Romanos, escritor apacible y bien hallado con el ambiente de su época, amaba de Madrid hasta las verrugas, y aun estoy por asegurar que preferentemente las verrugas; pero ese amor se explica fácilmente: El Curioso Parlante era un literato con fincas urbanas, y asi la corte debe de parecer muy confortable hasta lindísima. El desdichado ciudadano que viva en alguna calle donde por la mañana se venden frutas, hortalizas y otros artículos por el estilo, ya puede decir que está aviado, él y toda su familia. Entre el concierto que forman las voces, y los perfumes, más penetrantes éstos que el acero, quedará medio inutilizado para desarrollar la actividad mental ó las fuerzas físicas que el ejercicio de su arte ú oficio concejal es mas sordo que el mercader, y ei señor alcalde que preside nuestros tormentos tiene todos los grados de sordera conocidos hasta el día. Los honorables miembros del Ayuntamiento de esta M H Villa se ocupan ahora en ver si ganan á todo trance las elecciones. Y cuando ese quehacer espinoso no los embarga, gastan todas sus energías en acomodar sólidamente en la Casa á sus parientes, amigos y testamentarios. Finalmente, lo pasamos rematadamente mal en Madrid, hasta un punto que nosotros mismos somos incapaces de apreciar. Casi pudiera decirse que vivimos de milagro, y que la decadencia y esterilidad de que todos somos ejemplar viviente, obedece á que aquí lo único que puede hacerse es eso: ir tirando, empleando para ello todas las fuerzas que el Supremo Hacedor con mano pródiga nos otorgara. de Campo y El Pardo, sombreados por espeso vellón de verduras, recuerdan fondos dz Velázquez y cacerías reales. Allí verdean también los famosos Sotillos del Corregidor y de Migas Calientes, evocando las meriendas y bailes de San Juan el Verde, cuando las muchachas contemporáneas de Lope volvían, engalanadas de flores, por la puente segoviana, cantando con infantil tonada: íVo me los ame nadie los míos amores. ¡Eh! No me los ame nadie, que yo me los amaré. Aquende el río, nuevas frondosidades señalan el antiguo Parque, el de las galantes mañanas de Jíbrily Mayo; la Cuesta de la Vega narra á la fantasía su guerrera y mística leyenda, y el blanco Palacio, con su clásica decoración impregnada aún de barroquismo, ahuyenta aquellos rudos tiempos, haciendo revivir afeitados rostros, CONSTANTINO ROMÁN blancas pelucas, recamadas casacas, altos erizones y ampulosos tontillos. Las actuales Vistillas completan el cinturón de verdura que ciñe á Madrid por aquel lado, y del centro se ¡n este suave otoño de Madrid, que engalanan aún es- yergue y recorta sobre el azul la estatua del genial pin tivales follajes, pocos sitios hay tan amenos como los tor aragonés, relegada un tiempo en la malhadada puerta de la Casa de Fieras. Hoy Goya está en su lugar: á la jardines que coronan las Vistillas de San Francisco. vista de su tranquila Casita de Campo, de la fuente de la Allá por los años de o3 todavía era aquello una Teja, de la Virgen del Puerto, de la Florida, del medio, meseta pelada que se veía terrear á lo lejos desde la vega, escalada por escarpadas cuestas, entre viejos casu- en fin, que fecundó su fantasía, inspirándole las manólas y chisperos, los bailes y fiestas de sus bocetos y tapices. chones, envuelto el conjunto en el pardo matiz melancóEJsto es lo que podrá escribirse cuando se comprenda i lico de las ciudades muertas. Su altiplanicie cubríase precisamente por este mes de el inmenso partido que, para el embellecimiento de ¡Octubre de mezquinos tinglados. Viejos tablones, he- Madrid, ofrecen las Vistillas. Partido que salta á la visrrumbrosas latas, sucias y raídas esteras, heterogéneos ta... de todo el que no sea concejal. guiñapos cobijaban bajo su armazón las verdes pilas de EMILIO H D E L VJLLAR Los jardines de las Vistillas