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LOS ASILOS DEL PARDO A L visitar hace unos días el Establecimiento, pude convencerme de! a verdad pro clamada por los sociólogos y criminalistas y no escuchada por las personas caritativas: los funestos efectos de la limosna dada en la calle. Las señoras, las sensibles -Si, señor, comprendo que, atendida como está la higiene del Establecimiento, aireadas todas las habitaciones, limpias como tacita de plata, cuidando escrupulosamente de la limpieza corporal, la enfermedad no haga presa en seres decrépitos, como hay muchos, y en los demás que por sus anteriores condiciones de vida pudieran ser campo abonado para toda clase de manifestaciones morbosas. -No sabe usted el trabajo que me cuesta hacerles comprender los beneficios del baño; sobretodo los ancianos son refractarios, porque creen que el agua es perjudicial. El régimen económico es un modelo de sencillez y da resultados admirables. Excepto unos cuantos empleados, los demás son asilados que trabajan para abastecer la casa; ellos hacen la ropa, el calzado, las obras de albañilería, de herrería, el pan, etc. etc. ellas cosen, hacen sábanas, colchas; las más ancianas mondan patatas, y hasta los ciegos se emplean en servicios en que la vista no es necesaria. De esta manera se aprovechan todos las energías; nadie carece de nada y se obtiene una economía grandísima. Al ingresar un asilado se le tiene durante unos días en íin pabellón independiente, y ya limpio y uniformado, entra á hacer vida común con los demás, procurando entonces averiguar sus aptitudes y dedicándole al trabajo que esté conforme con ellas. PATIO DEL ASILO señoras que abren su portamonedas para aliviar pseudodesgracias que con plañidera voz publican los mendigos, contribuyen á hacer más difícil el problema de la mendicidad, alejando cada vez más del trabajo á seres que quizá negándoles la limosna bus, caran en aquél su medio de vida. En estos Asilos no vive el mendigo profesional- -me decía el inteligente director. El pobre acostumbrado á la holganza, en la que puede vivir tranquilamente, puesto que las almas caritativas cuidan de su existencia, de su relativo y para él absoluto bienestar y hasta de la satisfacción de sus vicios, no soporta la rítmica existencia de una casa donde á horas determinadas hay que hacer determinadas cosas; es claus- V- í EL PASEO DE LOS NIÑOS EN EL JARDÍN V H Los niños y niñas tienen escuelas amplias con excelente material de enseñanza, donde se les enseña con tanto cariño como solicitud. Hay, además, academia de música, de la que han salido muy aprovechados jóvenes, alguno de los cuales ha alcanzado honrosos puestos en bandas militares. Todos los trabajos que se hacen en el establecimiento son retribuidos; así, al que es sastre se le da un tanto por prenda que hace, al zapatero lo mismo, y en los oficios que no puede hacerse de esta manera, se les concede un tanto al mes; con esto se estimula al trabajo, pues ven los asilados recompensado el suyo. Los que por su ancianidad ó enfermedad se hallan imposibilitados para trabajar, son cuidados por otros, y á éstos se les gratifica también. Fueron fundados estos asilos por iniciativa de D. Juan Moreno Wenitez, siencto go 7 bernador de Madrid en el año 1869, constituyendo una junta que desde entonces viene renovándose, y de la que hoy es Presidente el excelentísimo Sr. D. Luis de la Escosura y Vicepresidente D. Carlos Navarro Rodrigo. Sostienen el Asilo: el Estado, que ha concedido una subvención desde que el ministro Sr. Camacho suprimió las rifas que se celebraban, y que daban un buen ingreso á la casa; la Compañía de los ferrocarriles del Norte daba hasta hace pocos ños la mitad del importe de los billetes de andén; la del Mediodía entrega quinientas pesetas mensuales, y los particulares con sus donativos, viéndose en el patio principal los nombres de las personas que han contribuido ó contribuyen al sostenimiento del Asilo, grabadas en lápidas de mármol. CLASE ELEMENTAL DE NIÑOS trófobo, y con su horror al trabajo se hace de todo punto irredimible. Por esta razón, de los quinientos asilados que hoy hay, la mayor parte pertenecen á la clase de personas acostumbradas á la normalidad de la vida de afición al taller, que por circunstancias desfavorables se han acogido aquí, donde hallan algo parecido á su anterior manera de vivir. Aquí se trabaja, se educa, se regenera sobre todo al niño, que abandonado en el arroyo, seguramente llegaría á ser una parte de esa legión de vagabundos casi siempre criminales, y de esta manera devolvemos á la sociedad un ser úti! La primera habitación que visité fue) a enfermería de hombres; casi todas las salas estaban desocupadas. CLASE DE LABORES UN DORMITORIO ¿Aquí no hay enfermos, señor Director? -Ahora verá usted en lo que consiste, -me replicó; y no necesitó otra explicación que enseñarme todos los departamentos; cuando terminamos me preguntó si comprendía por qué la enfermería se hallaba desierta. La linda capilla fue construida íi expensas de S. M el difunto P- y Don Alfonso XII y de S. A. la Infanta Isabel, habiendo hecho un donativo D. José Elduayen Cuando salí del Asilo llevaba la agradable impresión de haber visto la miseria, el abandono y la tristeza convertidas por la Caridad, ordenadas por la inteligencia del médico director D. Aiberto Giner de los Ríos, en la alegría que proporciona tener una cama y una mesa y ahuyentada la miseria. En aquellos amplios patios y jardines donde juegan alegres los niños, donde los ancianos en corrillos recuerdan sus mocedades ó leen comentando la lectura, flota un ambiente de tranquilo bienestar que aleja toda, idea de privaciones y de amarguras; y pensaba yo que si las señoras, las sensibles señoras, que abren el portamonedas en la calle para sostener holgazanes y viciosos, lo cerraran de una vez para depositar sus limosnas en la caja de los Asilos del Pardo, la plaga social de mendigos iría disminuyendo, en tanto que instituciones como ésta tomarían incremento, ensanchando sus límites, agrandando sus talleres y sus escuelas, y de éstas y de aquéllos saldrían hombres arrancados á la vagancia y al crimen. jNo es verdad, señoras, que es muy hermoso redimir un alma? L. ALONSO