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COSAS T Dios y á todos los Santos de la Coi te celestial pido yo V todos los días, en cuanto abro los ojos, que por un milagro de la divina gracia se pongan de una vez de acuerdo la Sociedad de Autores, la Sociedad de Actores y los empresarios, que hasta ahora continúan insociables. Y bien sabe su Divina Majestad que se lo pido de todas veras, para utilidad de los primeros, ganancia de los segundos y negocio de los terceros, y para descanso mío. Todo el verano y lo que va de otoño llevamos de discusión, y á estas horas estoy hasta aquí, y ustedes perdonen el modo de señalar. No sé por qué, pero es el caso que desde que cuestión tan larga y enconada se inició, se me antojó no tener opinión sobre el asunto, y hasta ahora me he ido saliendo con la mía, porque sigo no opinando. Pero esto, que á primera vista parece un comodísimo descanso, es un trabajo horrible en este país en que todo bicho viviente le pregunta á usted su opinión. Se levanta usted de la cama y se encuentra á la familia, que comenta lo que dicen del asunto los periódicos déla mañana, y al verle dicen: ¿Y tú qué opinas de esto? Sale uno á la calle, y el conocido que se encuentra le para sólo para decirle: -Ya he visto, ya he visto la que han armado ustedes. -Hombre, yo no he armado nada. -Bueno, sí; no sea usted tan material: al decir ustedes me refiero á los autores. -Pues yo no soy ni siquiera cómplice. -Si, ya lo sé; pero, vamos, ¿usted qué opina? Está usted en la peluquería escuchando en calma el ris ris de la navaja que le descañona ó el iiqui iiqui de la tijera que le rapa, y contemplándose tranquilo en el espejo, cuando turba el oficial aquella placidez con la pregunta inevitable: -Y de eso de los autores, ¿usted qué opina? Y el ciclo de estas curiosidades tan repetidas durante el día viene á cerrarlo el sereno al tiempo de abrirle á uno la puerta de su casa. ¿Y qué opina el señor de eso de los autores? Es más terrible de lo que parece esto de tener que opinar y decir á todo el mundo lo que se opina. En cambio, mi sobrino está en sus glorias. Ese opina siempre, y opina varias cosas, las cuales va manifestando según los casos, con tal de que sea llevando la contraria á todo el género humano. Se encuentra con que su interlocutor es partidario de la Sociedad de Autores, y en seguida le argumenta en contra. ¿Usted cree que yo puedo cobrar los alquileres del Alcázar de Sevilla ó del Monasterio del Escorial? -Hombre, no; porque no son de usted. ¿Y cree usted que puedo hacerlo con tal de que destine los alquileres á unfinbenéfico? -No, señor. -Pues no hablemos más. Tropieza con un adversario de la Sociedad, que combate el derecho de prohibición de las obras, y le replica: -Si usted es dueño de una casa, ¿puede cualquiera alquilarle un cuarto sin su consentimiento, sólo con asegurar el pago? ¡Hombre! ¿Puede instalarse un almacén de guano artificial, ó una gente... non sancta, aunque usted no quiera, siempre que le pague? Tanto como eso! -Pues si una obra es mía, ¿por qué ha de tener derecho á alquilármela nadie, si á mí no me da la gana de que me la estropeen? Se ha dado el caso de encontrarse en una tertulia con defensores de los autores, de los actores y de los empresarios, y les ha hecho la contra á los tres á un tiempo. ¿Son obras del dominio público? Pues esto no puede significar que no tienen dueño, sino que tienen más dueños que las otras. Son obras del público, y por lo tanto, el público tiene derecho á que no le lleven dinero por ver lo que es suyo. Las obras del dominio público se deben dar gratis, y no tienen derecho a percibir nada por ellas, ni autores ni actores ni empresarios. ¿No hay acuerdo? ¿Viene la huelga? ¿No hay comedias? Pues no importa; nos iremos á los Salones á ver caras, escotes, piernas y demás encantos del dominio público también. CARLOS LUIS DE CUENCA tanto libro polvoriento, desarrapado y mohoso, puede verse el poco caso que hacemos de las cosas espirituales. Tampoco lugar alguno se presta á consideraciones más tristes sobre lo pasajero de la gloria y del ruido literarios. Cuando Cánovas vivía y ejercía de presidente del Consejo, y aun de ministro universal, se vendían en la feria sus obras completas; es decir, no sé si se venderían, pero es lo cierto que estaban allí. De La Campana de Huesca y de las Poesías jamás faltaba un stok considerable. El Excmo. Sr. D Antonio María Fabié fue otro de los hombres políticos cuyos escritos traspusieron con mayor frecuencia los dinteles de la puerta de Atocha. De su Vida de Don Pedro Salaverría se ve ahora copioso número de ejemplares en los puestos de la feria, pero nadie tiene el menor interés en saber cómo vivió y murió el S r Salaverría. Los discursos de recepción en las Reales Academias prestan buen contingente á los montones de diez y veinte céntimos pieza; y sin ningún género de pudor literario ni artístico, las sabias, personales y pertinentes investigaciones del Sr. Menéndez Pelayo descansan sobre las vacuidades de los magníficos academicastros X. H L. ó al revés: es una igualdad irritante que jamás alcanzará el sistema político más equitativo y perfecto. Los coleccionistas, ciudadanos de tragaderas amplias y existir intranquilo, hacen en Ja feria buen acopio de cosas inútiles. Los más generalizados son los de Guias de forasteros. Hay algunas de principios de siglo que andan muy escasas, y cuando llega Septiembre los coleccionistas son todo júbilo y sonrisas, con la esperanza de completar sus colecciones; pocos son los que lo consiguen; pero mientras dura la vida, perdura la dulce ilusión de que no haya ningún hueco en las guías, desde los orígenes hasta 1903 inclusive. El coleccionista de Guías de Hacienda es más raro que el precedente; van quedando ya muy pocos y, por consiguiente, abundando más las guías financieras. Lo menos estimado entre lo tirado, si es que tal matiz puede percibirse, son las obras de medicina, religión y teología y jurisprudencia no vigentes. Los libros de esa clase van y vuelven todos los años desde los sótanos donde se pudren sosegadamente, hasta el paseo de Atocha, donde se orean. Las obras en latín se compran por casi nada, pc- que es sabido que hay gran carestía del mismo, y nadie ó casi nadie lo sabe. Toda la literatura latina, desde los cantos sacerdotales hasta la destrucción del Imperio romano, puede verse en la feria 1 diseminada; nadie se molesta en recogerla y estudiarla, y los poetas y prosistas del siglo de Augusto, con el prudente Horacio á la cabeza, volverán á sus respectivos sótanos para tomar el fresco el año próximo, si es que en el camino no tropieza con algún tendero acaparador. En este caso, nuestros maestros y los de nuestros antepasados envolverán comestibles y calderilla. Para este último menester dicen los técnicos que son cosa excelente é insustituible. Todos los años se destruyen algunos millares de volúmenes, con especial predominio del latín, la medicina, el derecho y las publicaciones oficiales, que el Gobierno costea con el dinero de los contribuyentes, el cual podría tener mejor empleo; otros libros sufren también el degüello, que de mejor fin fueran merecedores. Porque, como la naturaleza, el librero de viejo es hombre que selecciona y aniquila, aunque, naturalmente, con muchísima menos sabiduría. CONSTANTINO ROMÁN someterse á la dura condición de las sardinas prensadas. Yo tuve que viajar más de una vez entre una paleta que llevaba sobre las rodillas un cántaro de leche de unas tres azumbres, y un jardinero conductor de un ramo monumental de flores cordiales y ruda, y me lo fue metiendo por los ojos todo el camino. El otro día tuve que sentarme entre un sacerdote rural que olía á sebo y una señora que viajaba con un cochinillo vivo, una sombrerera y dos tiestos de geranio. Cuando llegué á Madrid quise rascarme la cabeza, y se me había dormido todo el lado derecho, tanto, que tuve que pedir á un compañero de viaje que me hiciese varias cruces con saliva. El jefe de la estación de Pozuelo es un antiguo y benemérito empleado, muy inteligente, muy correcto, que se desvive por servir al público; pero su buena voluntad se estrella contra el deplorable servicio. El domingo último había en la estación cien viajeros esperando un tren que debe pasar por allí á las seis y media de la tarde; llegó éste y los viajeros trataron de tomar asiento. ¡Inútil pretensión! Todos los coches iban ocupados. ¿Donde nos metemos? -preguntaban unos. ¡Que se pongan coches! -decían olios. El jefe era objeto de toda clase de quejas é interpelaciones y él se veía en la necesidad de encogerse de hombros. ¿Quién sabe lo que pasaría en su interior? Quizás en aquel momento se deslizase una lágrima por sus mejillas, porque no debe haber cosa más triste para un jefe de estación que ver patear á los viajeros en el andén y no poderles decir: -Vaya, no sufran ustedes. Pueden ustedes subir, y me alegraré que encuentren buena á la familia. Yo todavía me explico que lleguen retrasados los trenes y que además vengan llenos hasta los topes, dada la escasez de material. Lo que no tiene explicación posible es que salgan retrasados de Madrid. Hay uno que tiene marcadas las once y cincuenta de la mañana como hora de salida. Días pasados llegué á la estación cinco minutos antes de la marcha. ¿Y el tren? -hube de preguntar á un empleado. -Ahora lo pondrán. Pasaron cinco minutos. ¿Pero, hombre, y ese tren? Al cabo de otros cinco minutos llegó la locomotora andando hacia atrás, como hace Maura en política, y empujando varios coches que vinieron á colocarse en el andén. Subimos los viajeros; pasaron tres minutos; oyóse sonar un timbre; después el pito del jefe de la estación; después dos campanadas; después el silbato de la locomotora... y ¡nada! el tren no salía. ¿Qué pasará? -dije á un empleado que ocupaba un asiento junto al mío. -Voy á enterarme... Al cabo de unos segundos regresó al coche el empleado. ¿Qué ocurre? -volví á preguntar. -Nada, que el maquinista está engrasando la locomotora. Y llegamos á Pozuelo con doce minutos de retraso Créame usía, señor ministro, que esto es perfectamente histórico. Y ahora sírvase vuecencia compadecernos á los que vivimos en Aravaca. Luis TABOADA CURIOSIDADES i os guarda- barreras de los ferrocarriles austro- húngaros se dedican con éxito á la apicultura, y tal desarrollo ha tomado este linaje de explotación, que las Compañías suministran útiles para la industria y facilitan los medios de vender la miel y la cera. T urante las grandes maniobras que se han celebrado en Alemania, un propietario recibió aviso de que en su casa iba á hospedarse el emperador en persona. Satisfecho por tanto honor, hizo todo o posible por preparar un buen alojamiento á su soberano, disponiendo para él, entre otras habitaciones, un gabinete con una caja de música que tocaba el himno nacional no bien se sentaba alguien en la única silla que en la habitación hab a. Cuando todo estaba preparado se supo que no iba el emperador, y en lugar de él fue un general, quien disfrutó de las comodidades con tanto cuidado dispuestas. Al día siguiente preguntó el propietario á su huésped qué tal lo había pasado. -Muy bien- -respondió el general, -si no hubiera sido por una endiablada caja de música. Apenas me senté empezó á tocar el himno nacional, y como el reglamento manda que se. oiga á pie firme, me levanté; cuando concluyó volví á sentarme, pero empezó de nuevo el himno; de nuevo me tuve que levantar. Resultado: que no he podido sentarme un solo momento. Y si, lector, dijeras... I a Universidad de Pensylvania ha adquirido 5oo manuscritos de Benjamín Franklin. p n Francia hay unos 80.000 locos recluidos, de los cuales unos 20.000 llegaron á tan triste estado por el alcoholismo. Calculando que su sostenimiento no cueste más que un franco diario, los 20.000 locos por alcoholismo representan un desembolso de 7.300.000 francos al año. i rn profesor de la Universidad de Chicago va á emprender trabajos de exploración en busca de! sepulcro del patriarca Abraham. T y 1 primero que tuvo la idea de abrir un canal en el itsmo de Panamá fue Hernán Cortés, y su idea fue estudiada por Carlos 111, que en 1780 envió una comisión exploradora para que indicase un plan de apertura. Sería interesante conocer el resultado de los trabajos de dicha comisión. i a producción de oro en Alemania, Estados Unidos, Francia, Hungría, Inglaterra é Italia durante 1301, fue 126.854 kilogramos. I A VIDA EN BROMA. COSAS DEL TREN SR. MINISTRO DE OBRAS PÚBLICAS Como vecino accidental de Aravaca y viajero diario de Pozuelo á Madrid, me dirijo á V. E con honda amaraura, haciéndole presente: que á pesar de sus órdenes terminantes encaminadas á evitar el retraso de los trenes, continuamos siendo víctimas de esta inexplicable irreguT A pena verlos amontonados y maltrechos, tratados laridad cuantos tenemos la desgracia de utilizar los ve con menos miramientos que los melones de las hículos de la Compañía del Norte. Vistillas. Hace lo menos un trimestre que no llega á su hora Verdad es que para la mayor parte de los libreros de ningún tren, y la estación de Pozuelo ofrece todas las la feria, es varo el volumen que llega á alcanzar el precio mañanas un triste espectáculo. Innumerables personas de un melón de regular tamaño y calidad. Predomina la de los dos sexos esperan bajo un cobertizo que arribe mercancía de o,5o y o, y 5 pesetas, y por esa suma es po- el engañoso convoy. Los más nerviosos patean de impasible comprarlo todo, con tal de que no tenga más que ciencia y llegan á emplear vocablos horribles; algunos, un solo volumen: desde las obras completas de San Isi- con la faz compungida, desahogan su amargura en el doro hasta la Moral de la derrota, de Luis Moróte. seno de un conocido, haciéndole ver que el retraso pueEn la feria se vende todo lo impreso, hasta lo más in- de originarles un cese asolador, pues son funcionarios verosímil. En ninguna parte se ve cantidad tamaña de del Estado y deben asistir á la oficina á las nueve en extravagancias. Los que van en busca de gangas, que punto. Hay, sin embargo, dos ó tres viajeros de tempenunca faltan, acuden á escape los primeros días, porque ramento apacible que toman las cosas como vienen y, lesaben muy bien que pasado el cuarto, ya no quedan allí jos de enfadarse, siéntanse en un banco, colocan sobre más que ratimagos, es decir, obras que á muy pocos in- las rodillas una caja llena de picadura y se ponen á hacer pitillos para aprovechar el tiempo. Otros sacan de la falteresan y que por nadie, ó casi nadie, son buscadas. Los libros de la feria, por lo general, no han visto el triquera un libro, y allí se están dos ó tres horas leyendo sol desde la Navidad anterior, ó más bien desde Enero, dulcemente hasta que llega el tren. como si no se atreviesen á presentarse en público más Algunas señoras, muy mujeres de su casa, llegan al que en los meses de Septiembre y Octubre, y en lugar cobertizo, se sientan, apoyan en la pared un rollo forraalejado de los rumores mundanales. do de franela, que parece una criatura decapitada, y se Y sin embargo, ¡cuántos habrán tenido por espacio dedican á hacer encaje de bolillos. de años y años envidiable albergue en armarios lujosos Cuando después de algunas horas de espera aparece el y macizos, cuántos habrán sido amorosamente averiados tren, las señoras dejan su labor, los hombres guardan el por la mirada y las manos de algún experto bibliófilo! tabaco y todos se precipitan á los coches, que suelen veLos pobres libros vienen á menos con facilidad aún ma- nir llenos. Allí ocurren también incidentes, no muy ediyor que las personas. ficantes. Por de pronto, casi siempre el número de los En ningún lugar mejor que en la feria, á la vista de viajeros es superior al de los asientos y hay necesidad de Los libros de la feria lililí i l l l- UBI lili Hl IIUIII 11 ni