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f, UN DETALLE DEL NUEVO PARQUE LOS DESMONTES EN EL PARQUE Fots. Alonso -En los riegos, ¿se alcanza mucha presión? ¡Figúrese usted! Una manga de tres metros eleva el agua hasta treinta y cinco y un surtidor que hemos puesto en el lago sube veinte metros. ¿Calcula usted que podrá inaugurarse pronto este gran Parque, el segundo de Madrid? -Todo depende de que Sos señores alcaldes que se suceden cada dos meses tengan la mitad del interés por esta obra que el popular D. Alberto Aguilera, quien diariamente nos visitaba, haciéndose acompañar también por concejales, políticos y contribuyentes, con el fin de que, encariñados con estas vistas y lo ya hecho, protegieran desde sus puestos la terminación de las obras. Cruzamos el Parque de un extremo á otro hasta llegar á una planicie donde se yergue modesta casilla de un piso, rodeada de un huerto y de rosales y viñas. Es la del capataz. Desde allí, por unos segundos estuve contemplando el panorama, e! grandioso horizonte que á derecha é izquierda se descubre. Quedé entusiasmado, y enfrente seguía viendo, dominándolo todo, aún la Cárcel, ya encendida... Entrada la noche, voy saliendo del Parque; un guarda me acompaña. Dice el pobre hombre que son seis compañeros los que, de siete de la tarde á siete de la mañana, vigilan el extenso jardín. ¿Tal vez para evitar que las parejas amorosas entren por estos terrenos? -le pregunté. ¡Quiá, no señor! Aquí estamos para evitar que los ladrones se lleven las bocas de riego. -Pero ¿robaban ¡í. s bocas de riego? -Todas las que se ponían. Es un amaño que les vale, vendidas por hierro viejo, cuatro pesetas, y á nosotros nos cuestan cincuenta cada una. Para arrancarlas están varias horas sudando el kilo. ¡Pero por fin se las llevan! ¡Robar en apartado Parque pedazos de hierro en dura labor y... enfrente de la Cárcel! jSe debe ó no, señores intelectuales, levantar en los muros de la prisión elevada tapia... MANUEL CARRETERO Alba, le produjera. ¿Cómo dirás que he recordado este detalle? Desde, que Eugenia se fue á París, gozábamos lo indecible tarareando los couplets que los cancioneros r de Montemolín y su mujer. Fue tifus ó sarampión, ó ambas cosas á la vez... una enfermedad horrible que comenzó con un sencillo resfriado y acabó con- ¡una parálisis y con la muerte. A los dos días cae enfermo el conde Carlos Luis, é inmediatamente María Carolina. Esta valerosa mujer manda que pongan su lecho junto al lecho de su marido, y agonizando ella, contempla la agonía de ¿I, y sintiendo la muerte cercana, tartamudea las oraciones con que un cura, arrodillado entre ambas camas, encomienda á Dios el alma de Montemolín. Es horrible, ¿verdad? No tendrías tú, Fausto, valor y lealtad semejantes. Yo sí, yo te juro... Estos ejemplos enaltecen nuestra época. Verdad que á lo mejor amamos demasiado y un poco fuera de reglamento, pero ni somos tantas las pecadoras ni nuestros pecados son de aquellos que no merezcan absolución sin penitencia y aun autorización para reincidir. En cambio de estas tristezas teníamos muchas y grandes alegrías. La primera era la abundancia de dinero, DON LUIS ALVAREZ franceses dedicaban á la emperatriz, y, sobre todo, aquel que parecía original de un enamorado más que de un poeta: ¡Chantez la gracc unie au génie! Chantez Eugenie et ¡es amours durant toujours... El día que murió la linda duquesa de Alba, LXcidimos no cantar más. El año 61, cuando el baile de Angela Mana, no cantábamos. Era que la condesa de Montijo estaba ausente. R ECUERDOS DE LA MED 1 NACELL (FRAGMENTOS DEL EPISTOLA- RIO DE LA CONDESA DE CAMPOAVANCE DON RAIMUNDO MADRAZO Mira, Fausto, no me atosigues, no me inquietes, no me turbes; he de contártelo todo, pero déjame andar á mi gusto y recordar todas las futilezas y pequeneces que á cada paso asaltan mi memoria, porque son como jalo- que tirábamos locamente. Yo no sé de dónde salía tanta onza pelucona; parecía que el cielo las llovía sobre esta bendita tierra de España. El mes de Diciembre de 1860 fue en Madrid un sarao no interrumpido, un banquete sin fin. La Medinacelí había armado en el salón más amplio de su hotel un nacimiento que valía un dineral. Entre las figuras que poblaban el valle y las colinas de Bdén nabía un anacoreta de Montañés, desnudo de medio cuerpo arriba, tan consumido y doliente, que espan- J xDON FRANCISCO SANZ INFANTE DON SEBASTJAN nes para acordarme de cosas olvidadas. Ya verás. Dos días he llevado cavila que te cavilas, sin saber ciertamente si h Montij o madre estaba en Madrid cuando Angela María asombró á la Corte con el esplendor inusitado de su baile de trajes. Y al fin, he sacado en claro que estaba en sus posesiones de Carabanchel, rendida al cruento dolor que la muerte de su hija, la duquesa de Aquel año, como el de gracia que le había precedido, nos ofreció una rara mezcla y contraste de dolores y alegrías. La muerte de los Montemolines, triste y trágica, nos había conmovido mucho. La misma reina madre, doña Cristina, que tantos agravios había recibido de quellos parientes suyos, enfermó de emoción. La cosa no era para menos. Estando yo con Angela María en la Embajada francesa, nos la contó el infante don Sebastián. Tú le conociste. El estrabismo de su ojo derecho daba á su rostro una expresión de dureza y frialdad que: oncertaba muy bien con aquellos bigotes y aquella perú á lo Napoleón y aquella frente espaciosa y aquella nariz osada... Era muy hombre don Sebastián, y cuando nos leía la carta de la duquesa de Berry que narraba la horrible desgracia, lloraba como un niño. Murió primero el hermano del conde, Fernando María José de Borbón y Braganza, en breves horas, sin más compañía que la ÍL PINTOR GISBERT taba á la chiquillería que iba todas las tardes á cantar villancicos y tocar la zambomba con los hijos de la duquesa. Qué deliciosa algarabía! Cuatro artistas, que