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presionadas por el fiero pedir de nuestros pobres respondones y mal sufridos. En punto á trabajar, no hay quien por todo el dinero La caridad irreflexiva suele confundir dos conceptos muy diferentes: la pobreza y Ir msndicidad. Es un error del mundo consiga del mendigo la menor muestra. Se creer que siempre andan juntas. La pobreza es una gran saben muy bien el precepto: Que ninguno se atreva á desdicha, y más en estos tiempos- La mendicidad suele hacer embelecos, levante alhaja (ó mueble, como hoy se dice) ni ayude á mudar ni trastejar, ni desnude niño, ser un oficio. acometa ni haga semejante vileza. Como tal tiene sus reglas, sus secretos, sus artimañas, En el ánimo del legislador estaba la idea de que ningusu teoría. Hay que aprenderlo y practicarlo para ser perito. No todos los mendigos son del oficio; pero todos no haría trabajo formal, continuo y asentado; pero ni los del oficio mendigan. Hay que saber olfateai la pieza aun esas ligeras obras de echar una mano en la mudanza, tener niño y ayudar á trastejar, las admite dignas de la y distinguir al árbol por sus ramas. poltronería. t Ñinguno ose acometer ni hacer semejante La generalidad de los que piden viven de este oficio vileza! Lo noble y hermoso es pedir, engañar y reírse como el albañil del suyo, y el carpintero, y el sombreredel mundo y sus vanas pompas. La infancia siempre ha ro, y todos Jos demás. Particularidad del gremio: que tenido importante papel en la farsa. jamás se declara en huelga. E ejemplo único en la infini Damos licencias y permitimos que traiga alquilados ta variedad de los oficios. De éste sí que podrían decir los catedráticos que se niños hasta la cantidad de cuatro, examinando las edades, pierde su origen en la noche de los tiempos como dicen y pueden los dos haber nacido de un vientre juntos, con de cada asignatura. Por más antiguo que sea el dar, es tal que el mayor no pnse de cinco años; y que si fuese más antiguo el pedir, según afirma la sana razón. Y no mujer, traiga el uno criando á los pechos; y si es homserá tan malo el oficio cuando perdura sin detrimento al- bre, en los brazos, y los otros de la mano, no de otra manera. guno, hoy lo raismo que ayer, y siempre igual Que ningún mendigo consienta ni deje servir á sus En el siglo xvi ao le llamaban mendicidad, sino poltrohijos, ni que aprendan oficios, ni les den amos; que ganería, nombre más significativo y solemne, amén de justo. La poltronería no sólo tiene sus cánones, sino también nando poco trabajan mucho. ¡Admirable regla social y de práctica sabiduría! El sus maestros y tratadistas, sus mártires, sus héroes, sus legisladores. Tiene un grande amor: la libertad propia; mendigo es un ideal realizado. Es el hombre libre, dueño un odio: el trabajo. Vivir libre y sin trabajar no creo que de sí, que hace un contrato maravilloso con la sociedad. La sociedad se obliga á mantenerlo y él se obliga á que sea ningún absurdo. AI contrario. Es infinita como el tiempo y el espacio: por muchos la sociedad lo mantenga. No hay más cláusulas en el días que pasen, siempre está la creación en el primer mi- contrato. Y no ha de ser este mantenimiento como á la sociedad nuto; por mucho que se ande, siempre estaremos en el principio, puesto que no hay distancia; por mucho dine- se le antoje, sino como se le antoje á él; y así no haya ro que queramos rociar entre los necesitados profesiona- aquello de asilarle ni mermarle un punto su libertad y venturería. Si alguien lo intenta alzará clamor que moverá les, siempre nos quedaremos en el primer roción. Los antiguos tenían por pontífice á Micer Morcón y las piedras, como si en asilos y hospicios lo fuesen á obedecían sus ordenanzas. ¡Ah, qué ordenanzas! Con desollar. Si lo recluyen, asegurando! cama, plato y vesellas podría gobernarse un reino, cuanto más la pobrete- tido, escapará del arresto y volverá al santísimo y libre arroyo, donde están todas sus delicias y ganancias. ría ambulante. La verdadera pobreza, la angustia de la necesidad tímiAprendan, aprendan nuestros fecundos é irrestañables fabricantes de) Derecho á legislar pronto y bien, corto y da y del dolor pudoroso suelen estar escondidas, sepaceñido, para ahora, ¡para siempre! ¡Qué Doce Tablas, radas de la gran corriente de piedad, gimiendo y lloranni leyes de Solón, ni Constitución de) año doce! Las do como desterradas, en este valle de lágrimas... Mn exceso de sentimentalismo literario bastante difunordenanzas mendicativas caben en las obras literarias de dido nos hace confundir deplorablemente los pingajos Villaverde. Sin embargo, Micer Morcón no fue acadel wiendigo de oficio, revueltos en la tradicional vahadémico rada de alcohol, con la palidez del hambre, la lívida conSeguramente la letra ha perdido mucho: en cambio la goja de la miseria y el callado dolor de las criaturas música, digo el espíritu, se conserva tan campante y sin abandonadas. Hay que ahondar en esas tristezas sociales novedad. Algo del alma picara de aquel protopobre y y acercarse á la verdadera angustia humana de los que archibribón queda en cada pedigüeño de oficio. han hambre y sed de justicia... Según otro héroe de la mendicidad libre y callejera, Robándoles muchas veces los frutos irreflexivos de la Guzmán de Jllfarache, el gran poltrón, comíase dos monpiedad, la poltronería vive, triunfa y se ssñorea del mundongos enteros de carnero con sus morcillas, pies y manos, una manzana de vaca, diez libras de pan, sin zaran- do. La rodeamos de prestigios sentimentales y de cierta dajos de principio y postre, bebiendo con ello dos azum- aparatosa respetabilidad. Por eso aquí el mendigo es bres de vino. Y con juntar él so o más de limosna que pobre de solemnidad, una de las muchas cosas solemnes seis pobres ordinarios de los que más llegaban, jamás le con que contamos. ¡Ah, Micer Mo con! No estaría de más que tuvieras sobró ni vendió comida que le diesen, ni moneda recibió que no! a bebiese, y andaba tan alcanzado, que nos era también tu solerane estatua, como cualquier personaje de forzoso, como á vasallos de bien y mal pasar, socorrerlo la política; tanto más y mejor, cuanto que ahora todas las estatuas las hacen pidiendo limosna. con lo que podíamos JOSÉ N O G A L E S Merced á tan alia é invariable jurisprudencia, la poltronería subsiste, haciendo el milagro de convertir en materia contributiva la llaga, la suciedad, la pereza, el OTAS MADRILEÑAS. vicio y la desfachatez. Así como el comercio es intermediario entre el que produce y el que consume, la poltroDESPACHO DE BILLETES. nería se coloca entre el que tiene y el desvalido, absor ¿Que se inaugura una Exposición... Bueno. biendo casi todo el raudal de la caridad y beneficencia. ¿Que se hunde el firmamento... Psa, que se hunda. Desde muy antiguo huye de hacer su asiento en pue ¿Que hay crisis... Que la haiga, digo, que la haya. blos pequeños y trabajadores, donde es al punto conoci- ¡Allá se arreglen los señores de nómina y olla! da y calificada. Su verdadera heredad está en las ciudaPero ¿que suprimen- ¡ay! -las corridas de toros... des populosas. Todos los años caen sobre las ciudades ¡Pues nos han reventado! ¡Nos han partido! bandadas numerosas de mendigos adiestrados en el labe ¡La revolución social se impone! rinto intrincado de la vida picaresca, de la mala vida ¡Abajo las caenasl! como ahora decimos, hasta el punto de alarmar á las La hora de la corrida se acerca... Vamos á la calle de almas piadosas, preocupar á los gobernantes y producir Sevilla; disputemos á brazo partido nuestra localidad, verdaderas crisis de angustia y de malestar. Así estamos bajo un sol asfixiante, y entre revendedores que vocean, en Madrid estos días. coches que atrepellan, vendedores que asedian, golfos, Estas crisis no se resuelven como las de los trabajado- guardias, curiosos, coro general y acompañamiento. res, empiendíendo obras, porque la poltronería no quiere trabajar; ni recluyéndola en asilos, hospicios y centros Tin revendedor. ¡Sombra ¿Quién quiere sombra benéficos, pues por igual detesta la reclusión y el traba- ¡Tendidos, gradas, barreras! ¡Eh! ¿qué quiere usted? jo. Antiguamente los alcaldes mandaban pregonar que Tin relamido jovenzuelo que llega acompañado de un desde tal día los pobres forasteros que fueran hallados amigo. ¿Tiene usted barreras del uno? en el término de la ciudad, serían azotados. Y lo eran. El revendedor. ¿Cuántas? Ni aun apelando á esa barbaridad se vieron libres de la El amigo. -Dos de las más próximas al redondel. plaga. El revendedor (con extrañeza) -Siéntese usted al borAlguna virtud había de tener el poltrón, y es la que le de de) asiento, y estará más próximo. ¡Marianooo! (llalibra de apostasías. El que profesa de mendigo, de men- mando á un compañero de reventa ó revienta, que para digo muere, y no hay fuerza humana que le aparte de su el caso es lo mismo. ¡Dos barreras del uno! (Entreganoficio. do las localidades. Ahí van. Quince pesetas. Para que se vea cuan escrupulosamente guardan la tos dos amigos (cambiando entre sí una mirada llena orden, costumbres y temperamentos, basta recordar el de tristeza y retirándose por el foro) ¡Quince pesetas! donoso preámbulo de las Ordenanzas, según el cual, la El revendedor (mofándose) -Es mucho, ¿verdá ustés? peor parte de la poltronería nos toca á los españoles: ¡Por vida del descanso dominical! Adiós, T pchiles. (GriftPor cuanto las naciones todas tienen su método de tando. ¡Sombra; del uno y del dos, sombra! pedir, y por él son diferenciadas y conocidas, como son Un vendedor. ¡Sombra y aire por un perro chico! los alemanes cantando en tropa, los franceses rezando, ¡Abanicos japoneses americanos! los flamencos reverenciando, los gitanos importunando, Tin cochero (al viajero) ¿Qué me da usté aquí? los portugueses llorando, los toscanos con arengas, los El viajero. -Una peseta por la carrera, y cinco cénticastellanos con fieras, haciéndose malquistos, respon- mos de propina. dones y mal sufridos; á éstos mandamos que se reporten El cochero (devolviéndole una moneda) -Tome usté y no blasfemen... la propina, que pué que la nesecite Esto, como es sabido, se escribía en el siglo xvi. En El viajero (con finura) -Preferiría que me devolviese el siglo xx, hace pocos días, en este mismo periódico he usted la peseta. leído que muchas personas dan limosna, de miedo, im- ¡So tío. rumboso! L O S HIJOS DE MICER MORCÓN Una nube de revendedores rodea al recién llegado. que en vano forcejea por abrirse camino á la taquilla. ¡Sombra, sombra! ¿Qué quiere usté? -Que me permitieran ustedes ir al despacho, -contesta en tono suplicante. -Si no hay sombra, señorito. -Tomaré el sol, en ese caso. -Pero si le es igual... -Pues por eso precisamente quisiera acercarme á la taquilla. ¡Qué tío! -Eso lo será usted... Tin espectador (azuzando á los contendientes) ¡A ese! ¡Anda con él! Varias voces. ¡A ver ese señor! ¡A la fila! ¡A la cola! ¡Señores guardias, señores guardias- -exclama una voz de falsete, -que me estropean el callo que más estimo! ¡Que me estrujan! ¡Socorro! Clamoreo imponente. La avalancha humana se precipita sobre el despacho. Quién reparte codazos, quién ataca con el hombro como si fuera un ariete; este chilla, aquél amenaza; uno pugna por meterse en medio, otro por salir del barullo... ¡Barahunda espantosa! ¿Tiene usted interés en saber lo que he Comido? ¿Va usted í tomarme el pelo? -responde un calvo. -Como me está usted apretando el estómago con ej codo hace rato... ¡Fresqu ta! ¿Quién quiere agua? -pregona una aguadora. ¡Eh, á la plaza! ¡Que ya nos vamos! ¡Vaya un ganadito el de hoy! Alguno va á salir de la plaza como el Cochero el otro día: con las tripas expuestas al público, -dice á su acompañante, que suda el hopo por zafarse del barullo. ¡Si eso de las tripas fue mentira! ¡Me ha dicho uno que las vio que eran postizas! Todo fue paripé para que hablase la gente. Tin golfo. -Cómpreme usté el Pograma. -Déjame en paz. -Ande, señorito, pa comprarme un paneciyito... ¡Que te quites de delante! Tin cochero. ¡A la plaza! Suban ustés aquí. Como la hora está al caer, entremos en el carruaje, desocupado lector, y... ¡á los toros! El vuelco nos sea leve J. BALMES Y FORADADA 1 ROÑICA. ROSAS DE CEMENTERIO. El pueblo alemán, que tiene un buen número de palabras y frases bellas para las cosas tristes de esta vida, ha sabido poner su perfume y su gracia á una gran melancolía, dando el nombre de rosas de cementerio á esas pobres rosas que brotan en el blancor mate y débil de las mejillas de los tísicos. Al empezar estos días de lluvia y de frío suave y fino, llenos ya los árboles de la tristeza de sus hojas amarillas, esa frase blanca y rosa brota de mis labios y se pierde, después de llorar vagamente en la penumbra del alma... Van volviendo del campo y del mar los que fueron por amapolas y por algas para su sangre, y vienen sin más salud que la nostalgia del campo y del mar, débiles, sin sol, sin primavera, sólo con unas pobres rosas de cementerio en las mejillas. Y son hombres, y son mujeres- -mujeres de invierno, -y son niños; y son niños rubios, blancos, muy blancos, casi de cera, casi de muerte, ambarinos, transparentes, con sangre sin color, con ojos inmensos cargados de una tristeza que se ríe á la fuerza y de unas lágrimas que no quieren brotar y están siempre en las pestañas. Así estos niños lloran por cualquier cosa. Tengo un recuerdo en jai alma, un recuerdo amargo y melancólico; pero con voces y risas y rosas en su bruma sombría. ÍJra una tarde tibia y llena por todas partes de color de rosa; el mar dormía cerca, soñando, y los pinos de la costa se doraban a! reflejo ustorio del sol. entre los pinos había carreras y gritos y vestidos blancos; y al fondo, una casa grande mostraba esta palabra en lo alto: Sanatorium. Y eran los niños tísicos, los pobres niños que se iban á morir, los que abrían los ojos sólo para cerrarlos en las cajitas blancas, sólo para que lloraran los viejos carpinteros al son del martillo; para los que se hicieron los jazmines y las guirnaldas de oro y las cintas celestes... Pero reían al sol, en el campo, cerca de los pinos y del mar. Aquellos niños se morían, pero se morían riendo, junto á las madrecitas de toca blanca que vienen del cielo. Iban vestidos de blanco, y gritaban y corrían. Luego, cuando entré en la casa de los niños t sicos, sonreí con verdadera dulzura. Las paredes eran blancas también, y las camitas hechas estaban llenas de juguetes; y las niñas habían dejado acostadas sus muñecas, aquellas muñecas que vivirían más que ellas. Aquí, por estas ciudades sucias y llenas de hombres enfermos, los niños tísicos piden limosna con sus manos casi invisibles, y van cantando ó llorando al son de cualquier cosa. Y los pobrecitos se mueren en la sombra, sin pan, sin juguetes y sin besos. Y esto es cruel; al menos, ya que se han de morir, ¿por qué no buscarles una sonrisa para cuando su boquita esté muerta? Tanta casa de Dios por esas calles, y ninguna para los niños tísicos; esos pobres niños á quienes su madre sólo ha podido comprar en la feria de la vida unas rosas de cementerio. JUAN R. JIMÉNEZ I illlill III I II I l l l l l l I ni! II I mili rnnnMTira immitniínrninriinTimininirTn