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N o se veía tela alguna, y las manos del alemán parecían cubiertas con refulgentes chispas de fuego. ¿Siente usted algo? -preguntó Sé. -Ahora que retiró usted los dedos, nada. ¿Será impalpable esa tela? -A lo menos, lo es para la dura piel de ustedes los hombres. Saltner aproximó las manos atadas á sus labios. -Sí- -dijo, -con los labios siento que hay algo entre mi mano y la boca. -Ahora trate usted de separar sus manos empleando toda su fuerza de gigante. -Sería lástima del hermoso velo. -Pruebe usted, sin embargo. Saltner hizo un esfuerzo por separar las manos; pero mientras más tiraba, más se iba apretando el nudo, y notó que las estrellitas iban embutiéndosele en la carne. -Sí- -dijo Sé, -esta tela es indestructible; á lo menos, resiste energías y cargas colosales. Estos finos é invisibles hilos, capaces de soportar un quintal cada uno, forman una trama irreemplazable para nuestros usos. Conque ahora está usted atado, y sin mi permiso no puede usted ausentarse. -Tampoco le pido ni lo deseo; estoy encantado aquí, -dijo Saltner inclinándose sobre el respaldo del sofá, donde descansaba con las manos atadas. Sé tomó 5 a cabeza de él entre sus manos, y le atrajo hacia sí, mientras que le miraba al mismo tiempo como si quisiera escudriñar sus pensamientos. ¿Serán ustedes tontos los hombres? -preguntó de r e pente. -N o del todo, -contestó Saltner inclinándose aún más. ¡La raya! -exclamó Sé riendo y rechazándole ligeramente. -Déme usted las manos. Al momento desató el nudo y volvió á coger las varitas de cristal con que manipulaba en un vaso de una manera especial. -Todavía no me ha dicho usted- -dijo Saltner volviendo á 1 nrpeta- -qué clase de tela es la del bordado. -No es ningún bordado: son Déla. Cómo se llama ésto? -Conchas, pequeños cristales que se forman- en eiías. ¿Algo parecido á nuestras perlas... Pero muy á menudo solía interrumpir su animada conversación con Sé, profiriendo alguna broma. Como generalmente se conversara con las placas de los audífonos abiertos, se podía escuchar cuando se deseaba la conversación entablada en alguna habitación distinta y tomar también parte en ella; por consiguiente, no era nada extraño sufrir una interrupción causada por la exclamación de algún oyente inesperado. Pero tampoco se tomab? á raal que se cerrara simplemente la placa. Los estudios lingüísticos entre Lá y Saltner no habían vuelto á iniciarse, porque Lá después de su percance se vio obligada ñ permanecer durante varios días entregada á un reposo absoluto, y al quedar nuevamente restablecida ya la inteligencia entre hombres y marcianos, se hallaba bastante adelantada. Pero ella había aprovechado sus ocios forzosos y estudiado el vocabulario de Él! y las pocas obras que llevaban los aeronautas. N o obstante la impresión que causara la encantadora Sé sobre el alma sensible de Saltner, sus pensamientos volaban sin cesar hacia la tranquila y suave Lá, y cuando no la encontraba sentía a ií como un desengaño. Precisamente por oiría más á menudo, sin lograr verla, con frecuencia la echaba de menos, ambicionando su presencia con merza irresistible. La reserva de Lá era intencional. Sabía que tanto ella como Sé resultaban un peligro inminente para el corazón de Saltner; esto era evidente para ambas, una vez que se acostumbraron al pensamiento de que un hombre pudiera enamorarse. Pero lo que á Sé le parecía muy distraído y cómico, para Lá no era cosa tan baladí y trivial. El pobre hombre con quien conversaba Se alegre y risueña, le pareció bien distinto cuando en su propio elemento ejecutara trabajos imposibles para los numes. No podía olvidar el momento en que se sintió arrancada del ondo de los precipicios. Y siempre tenía presente que este juguete de los encumbrados numes, aunque solamente un hombre, ra un ser libre, tal vez no dotado de un espíritu igual al suyo, iero sí de un corazón idéntico, lina doble compasión se agitaba en su ánimo; no podía lastimarle con su fría reserva, y tampoco juena despertar sentimientos que le causarían un daño inmenso. Quién podía saber cómo sienten los corazones humanos? Tal cz los hombres eran más fuertes de sentimientos que de razón. Y le vivía tan agradecida á Saltner, que creyó de su deber pensar como á él no pudiera ser dable hacerlo. 3o