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La guerra al incendio I os continuos y terribles desastres que el fuego oca siona, preocupan cada día más al hombre. Lejos de poblado, por la dificultad de acudir á tiempo á combatirlos; en las grandes ciudades, por las enormes proporciones que pueden adquirir en poco tiempo; la cuantía de los intereses amenazados y, sobre todo, lo difícil que es salvar la vida de las personas, en los inmensos edificios de las ciudades modernas. Por esto es muy interesante y curiosa una Exposición que actualmente se celebra en Earl s Court (Londres) y dedicada exclusivamente á aparatos, máquinas y toda clase de instrumentos para salvamento en casos de incendio. Entre las invenciones más notables que se han presentado en esta Exposición, se encuentra un automóvil que lleva una serie de plataformas con medios mecánicos para elevarlas á gran altura. De ¡mera el automóvil se los distintos pisos y con las escaleras volantes dispuestas. Esta invención ha sido ya registrada en todo el mundo, y es claro que se construyen modelos de diferentes tamaños y para alcanzar diversas alturas, según las localidades en donde haya de tener aplicación. También en España el Sr. D. H Crespo ha ideado un automóvilbomba contra incendios, de uso muy práctico. De esta invención española nos ocuparemos otro día con la extensión que su utilidad requiere. VICENTE VERA Los jóvenes tristes i VIMOS en pleno desequilibrio espiritual. Hay muchachos de veinte primaveras que parecen cipreses, y viejos de setenta inviernos que son castañuelas. La juventud del día cree poco menos que un delito reírse, hace como que desdeña la gracia (quién sabe si por natural é irremediable sosera) y á lo más que llega ante cualquier gracioso espectáculo ó alarde de ingenio, es á la sonrisa compasiva, más bien melancólica que alegre, más bien crepúsculo vespertino que matutino. A buen seguro que de muy pocos jóvenes de ahora podrá decirse aquello que decía Alarcón por boca de un letrado de Salamanca: Son mozos, gastan humor, sigue cada cual su gusto: hacen donaire del vicio, gala de la travesura, grandeza de la locura; hace, al fin, ¡a edad su oficio. ¿Qué ha de hacer su oficio la edad en la edad presente? Acaso sea éste un signo de superioridad mental ó de progreso espiritual; pero, ¡concho! ¡yo creo que se puede ser muy progresivo y muy intelectual... y reírse con los chascarrillos, cuando tengan gracia! Todo esto va porque me ha salido un amigo que es una ojera. ¡Yo no he visto nada más triste! Tiene veintiún años, tiene salud, tiene dinero, y tiene un papá que transporta fácilmente hacia el edificio que esté ardiendo, suspira por encontrárselo en un café cantante convidany parado delante de él, se levantan rápidamente las pla- do á las bailadoras, Pero él, ¡que si quieres! Se ha emtaformas, de suerte que cada una de éstas queda al mis- peñado en verlo todo color de betún, á consecuencia de mo nivel que los pisos de la casa. Los ocupantes de ésta las lecturas de Schopenhaüer y Nietzsche, y hasta ahora pueden asi fácilmente saltar desde las ventanas ó balco- se está saliendo con la suya. nes á la plataforma respectiva y bajar con seguridad por El otro día tuve la endiablada ocurrencia de invitarle escaleras volantes de acero hasta la calle. Desde estas á comer en mi casa, á ver si con el vinillo y mi buen humismas plataformas pueden los bomberos combatir muy mor natural lo alegraba un tanto y me lo llevaba desfácilmente el fuego dirigiendo las mangas con mucha pués á la cuarta de Apolo, -ya que el teatro católico no más eficacia que desde la calle y desde los tejados. De se ha inaugurado todavía. este modo dicha invención, además de ser un excelente Bueno; pues apenas ss? ent 3 á la mesa, fijó los ojos, medio de salvamento, especialmente en los casos en que que parecen dos almejas abiertas al calor, en una bizcopor el humo ó el fuego queda cortada la salida para los chada de las chicas. moradores de un edificio incendiado, viene á desempe- ¿Qué haces, hombre? -le pregunté. -Medito, -me contestó muy serio, como si fuera él quien convidaba. ¿Qué meditas, muchacho? -volví á preguntarle. ¡Nunca lo hubiera hecho! Se arrancó y me dijo sin respirar ni dejarme á mí que respirara: -No es la bizcochada inconsciente lo que embarga ahora mismo mi intelecto. Evoco la miserable figura del obrero, sudoroso, abrasado, metiendo la negruzca pala por la rojiza boca del horno... A) oír tamaña pedantería se me atragantó, y por poco me ahoga, un amargo fruto del negro olivo. Y me eché á temblar, porque sabía muy bien que uno de los platos que nos esperaban eran pájaros fritos. ¿A dónde iría á parar aquel hombre cuando los viera? Pero me llevé chasco por de pronto. Vinieron los pájaros... y se comió más de una docena sin decir ni pío. Continuó su curso la comida, no logrando yo que mi acompañante me obsequíase con una sonrisa tan siquiera, y ya me consideraba libre de discursos cuando, acordándose de los pajaritos que se había metido en el cuerpo, salió por estas peteneras: ¡Pobrespajarillos! Son estrofas aladas... dolientes... A mí se me antojan como congelaciones de las almas de los niños que nacen muertos... (Inmediatamente le agüé el vino. ¡Pobres pajarillos! -repitió. -Ayer, en el nido cálido y trabajoso, en el frío alero, en la copa del pino... acaso en los alambres del telégrafo, portadores de negras nuevas, viendo pasar el tren, que arrastra el dolor... Porque ¡es claro! el telégrafo no da más que malas noticias, y en el tren no pueden ir dos novios riéndose del mundo. ¡Ca! No sé cómo no se le indigestaron los pájaros. Ello fue que la cocinera, que es de Arganda, pero sensible, se marchó junto al fogón á llorar, y que á m! me dio la comida. Pues así es el mocito en todo. Otro día me lo llevé al Retiro á ver jugar á los hijos de los hombres, que alegran la vida, y en cuanto pisamos el Parterre se fijó en una pelota de mosquitos que volaba de aquí para allá... -Ahí tienes- -exclamó en el acto- -vehículos del paludismo. Lo ha dicho Ramón y Caja! ¡Pobres criaturas 1 No saben, en su ignorancia juguetona, que vuela en torno de ellos la muerte. ¡Aprieta! -salté yo sin poder reprimirme. ñar, para combatir el incendio, el mismo efecto que las En seguida lo encaminé engañado hacia el estanque torres hidráulicas tan usadas en América cuando se trata grande con la sana intención de echarlo al agua, pero de extinguir el fuego en los altísimos edificios que allí me arrepentí de mis propósitos á tiempo. se estilan. Las adjuntas figuras dan Jiña ¡dea muy clara Y lo malo es que esta tristeza desconsoladora de la de la disposición de esta máquina- automóvil. La primera juventud mina todas las almas, y en el arte, en sus direpresenta la máquina cuando se halla recogida y en dis- versas manifestaciones, está haciendo verdaderos esposición de trasladarse de un punto á otro, y la segunda tragos. en función con las plataformas levantadas á Ja altura de Dígalo un pintor á quien me encontré esta mañana cuando iba á su estudio, con la llama de la inspiración en los ojos, y al cual le pregunté: ¿Prepara usted algo para la venidera Exposición oficial? -Si- -me contestó con aplomo, -cuatro lienzos. ¿Qué representan? -Cuatro tísicas. Y advierto á ustedes que nuestro mozo rebosa salud y tiene una mujer granadina que hay que verla despacio. Pero ¿qué más? Un chico de diecisiete años, ¿no me leyó el día 6 un drama cuyo tercer acto pasa en un nicho? Lector: si eres joven y en tu alma tienes un rayo de alegría, consérvalo, que es un tesoro, á juzgar por lo que escasea. EL DIABLO COJUELO R EYI 5 RTE O o b r e Reverte! Para el toreo murió la tarde del 3 de Septiembre de 1899, cuando le engancho por uno de los muslos el primero de los toros de 1 barra que en compañía de Rafael Guerra debía matar en la plaza de Bayona para inaugurar la temporada. Durante los seis ó siete días que siguieron al de la cogida, España- -triste es decirlo, pero así son las cosas, y así probablemente y por desgracia seguirán siendo mucho tiempo, -España estuvo pendiente de las noticias que telegrafiábamos desde aquella ciudad francesa los corresponsales que en ella estábamos. Las órdsnes eran terminantes. Había que telegrafiar sin límite, á toda hora, por todos los medios. Así lo demandaba imperiosamente el soberano público, no menos interesado por la cogida del pobre Reverte quz un año antes por nuestras catástrofes coloniales. El simpático diestro, entretanto, sufría en el lecho del dolor las consecuencias de la tremenda cornada. Y no eran éstas solamente las desgarraduras que el cuerno del toro le produjeran, ni las operaciones y exámenes que en su pierna lesionada practicaban los médicos, en abierta contradicción entre sí, sino las pruebas á que le sometíamos las personas que le rodeábamos; pruebas que aprendimos de los facultativos. Llegaba al hotel del Comercio una persona amiga que ponía empeño en ver al herido. Pasaba á verle. Examinaba as manchas moradas que habían aparecido en la planta del pie de la pierna lesionada, y, ya se sabía, empezábamos los que estábamos alrededor de la cama á discurrir sobre la posibilidad de que aquellas manchas fuesen la gangrena. -La prueba es que ha perdido la sensibilidad. Vean ustedes. Y uno pinchaba la planta del pie con un alfiler, otro le aplicaba la lumbre del cigarro, y el infeliz paciente no se movía. A lo sumo, murmuraba como saliendo de una modorra: -Cayetano (su mozo de estoques) dame caldo... Y los cronistas volábamos al telégrafo á comunicar con urgencia: Reverte pidió caldo. Pie, perdido sensibilidad. Médicos siguen discutiendo y discrepando. Llegó un momento en que la mayoría de los facultativos se pusieron de acuerdo. Aquellas manchas eran la gangrena. Había que amputar la pierna sin pérdida de tiempo. El doctor Isla se opuso con tenacidad tan grande y alegando razones de tanto peso, que la operación quirúrgica se aplazó. A Isla debió Reverte el conservar su pierna Si llegan á amputársela, hubiera podido remordernos la conciencia á los que le quemamos con cigarros y le pinchamos con alfileres la planta del pie, acusándonos de haber sido nosotros y no el bicho de Ibarra los que habíamos dado origen á la terrible operación. Hubiera podido remordernos la conciencia, digo, si no hubiésemos sido testigos déla primera cura practicada á Reverte en la enfermería de la Plaza de Toros. ¡Enfermería! Un cuartucho miserable, inmundo, sin ventilación, casi sin luz, donde uno de los médicos lavó la herida, cortó algo que colgaba de la herida, tendón, arteria, nervio, lo que fuese, y lo tiró al suelo como piltrafa; pero algo que no debía ser piltrafa ni resto inservible, porque la Naturaleza es sabia y no suele dar á sus obras cosa que no necesiten ¡Pobre Reverte! Cuando empezaba á darse cuenta de su estado, preguntaba á las personas de su intimidad que rodeaban el lecho, Liaño, Adolfo Rodrigo (también muertos) y una divette muy conocida y muy hermosa (la Paola del Monte, también fallecida ya) que se constituyó en enfermera del herido hasta que llegó el hermano mayor de Reverte: -Pero ¿de veras no me han acuchillao la pierna? -No, hombre; no te han hecho nada; ¿no lo ves? -Ver no veo, porque no puedo mover ni la cabeza; pero tampoco siento nada. Como si no tuviese pierna. Y sin embargo, me parece que he sentido un cuchillo andarme por las carnes. El de los médicos de la enfermería, sin duda, que recordaba como un sueño, y que nosotros, es claro, nos apresuramos á telegrafiar á toda prisa y con carácter urgente: Reverte no siente pierna; pregunta si hánsela acuchillado. Si llega á morir de la cornada, la conmoción nacional hubiera sido inmensa, más que la producida el año antes por los desastres de Cavite y de Santiago de Cuba. Muere de una afección cualquiera, y ¡nada! la noticia enternece poco. ¡Hasta para morir se necesita suerte! ÁNGEL MARÍA C A S T E L L irim- na- B n nnimiirminm- mii 1 r i m n rnmw ti inirrelaman M