Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Para almorzar, a Infanta se sienta en el escalón déla cru? de granito que da frente á la puerta de la ermita, en cuyo fondo obscuro se ven oscilar las luces á través de la reja. Y entre la cruz y el santuario, á la sombra de los pobos que tienen tantos siglos como el Monasterio, se acomodan sobre la hierba los expedicionarios y las personas del Paular y de Rascafría, que en gran número invita la Infanta á su comida de campo. Moviéndose entre los comensales, con la dificultad con que se mueven los monaguillos entre los feligreses durante la misa ó la novena, los criados sirven el almuerzo con el orden y la ceremonia de una comida palaciega. Y entre tanto los mozos de Rascafría cantan á la guitarra jota tras jota, los niños de las escuelas entonan coplas al piano, y alrededor, en los lechos secos por donde corre el río en invierno y se crían las truchas, los caballos de los excursionistas se sacuden la mosca á la sombra de los árboles, tenidos ie la rienda por los muchachos que han venido de la Granja para servir de espoliques á los señoritos y llamarse luego á la parte en la distribución de los restos del almuerzo. La visita de la Infanta á estas gentes deja una impresión de Edad Media, pues recuerda el trato de aquellos tiempos entre las personas reales y el pueblo. Se ve á veces á- los hombres y á las mujeres hincar la rodilla ante la Infanta y besarla la mano con temor respetuoso, al mismo tiempo que esos mismos que se prosternan, ú otros distantes, la cumplimentan como pudieran cumplimentar á una antigua amigota. La Infanta les da la mano, les habla á voces; los llama por sus nombres, por sus apellidos, por sus motes; les recuerda hechos, y les lleva así á la familiaridad y á la confianza. Luego les reparte todo el dinero que trae y más que pide. Al llegar, los bolsillos de la Infanta abultan y pesan como alforjas de duros. Al marcharse tiene que limpiar las faltriqueras de sus criados para continuar el reparto. Vienen á pedir de muchas leguas á la redonda y todos se llevan algo consigo. No dejan nada. Hasta los residuos del almuerzo que arrojan al suelo los cocineros se los disputan unidos personas y perros en un largo pugilato. Así es que el espectáculo de grandeza que ofrecen los qne vienen y el de júbilo que muestran los que por aquí viven y acuden á recibirlos, tiene un fondo tenebroso de miseria, en medio del cual se ve la mano que se alarga para pedir y la boca hambrienta que se abre para comer. CARLOS DEL RIO Monasterio del Paular, t) Septiembre i o3. Es muy fácil decir desde el Ministerio: ¡Se prohiben las huelgas! Y es absolutamante imposible hacer trabajar al que no quiere. Del mismo modo que Sancho, siendo gobernador de la ínsula Barataría, no hubiera logrado hacer dormir en la cárcel á quien se empeñaba en estar despierto. 3 V I e parece que una huelga de empleados de ferrocaI i r r j l e s e s de las que caen de lleno en ¡as condiciones del proyecto; suspende la vida económica general, ocasiona interrupción en los servicios públicos, entorpece el funcionamiento industrial de las regiones, etc. etc. Bueno; pues ustedes dirán cómo se impide. En un día determinado todos los jefes de estación, factores, telegrafistas, conductores, maquinistas, fogoneros y mozos se quedan en sus respectivos domicilios. ¿Qué hace la autoridad? ¿Meterlos en la cárcel? Peor. Ese es el medio más seguro de que no circulen los trenes. ¿Sacarlos de las camas á culatazos y hacerlos acudir á sus puestos? Mucha gente se necesita para eso, y no se consigue nada tampoco. Porque hay que dar muchos culatazos para que los fogoneros carguen las hornillas, los mozos arrastren las vagonetas, los maquinistas manipulen, los expedidores despachen y los conductores revisen. Y con todos los artículos de la ley más claros que la luz, los carriles se cubrirían de herrumbe y el tráfico quedaría interrumpido en todas partes irremisiblemente. Es, pues, inútil la prohibición de las huelgas, mientras por el derecho natural todos los hombres puedan contratar libremente su trabajo. 8 i n esto del contrato del trabajo está la única solución- posible del asunto. Y para eso no hay que hacer nada, puesto que está hecho todo. Conque obreros y patronos se acostumbren á poner en vigor las disposiciones que rigen para toda clase de contratos, estamos al cabo de la calle. El dueño de la fábrica tal ó la empresa cuál, y los obreros tales y cuáles, convienen lo siguiente: Los obreros se obligan á trabajar durante tantos ó cuántos años tantas horas al día por tal precio y en tal forma, y el patrono se obliga á abonar durante ese tiempo tal salario á cada uno y á cumplir, además, éstas ó las otras condiciones. ¿Aceptan ambas partes? ¿Firman el contrato con todas las de la ley? Pues entonces es cuando la autoridad podrá intervenir para que lo estipulado se cumpla, imponiendo el correspondiente castigo á los contraventores. Y no hay más que hablar. SIKESIO D E L G A D O jugadas En el cerebro de ese desdichado pensador flotan en confuso torbellino ¡as condiciones del problema, el número de piezas de cada color, el rey, la reina, ¡os alfiles, las torres... la posición y movimientos de estas zarandajas, el pro y el contra de las jugadas, retorciéndose y combinándose de mil modos diversos é ingeniosos, y atormentando con inquietud constante la mollera del candido mortal que ha consagrado toda la actividad de su mente á una bagatela insignificante y estéril. Pero, ó somos ó no somos; á mal Cristo, mucha sangre, y cada uno hace de su capa un sayo, pues todos tenemos nuestra alma en nuestro almario, y somos dueños de nuestras acciones como el rey de sus alcabalas. Sobre todo, cada loco con su tema. Otros pasan veladas enteras y sufren penosos insomnios haciendo cabalas con los naipes, queriendo someter á ley fija y matemática lo que es obra del azar, sin tener en cuenta que lo mejor de los dados es no jugarlos, y que de Enero á Enero, el dinero del banquero. Allí es el discurrir y calabacearse para averiguar cuándo, se deberá apuntar á la sota ó al caballo, cuándo habrán de dars ¿judias y contrajudías; allí es el cotejar estadísticas formadas por el mismo interesado, mientras sus monedas se deslizan tranquilamente desde la estrechez del bolsillo á la anchura del caudal del banquero. Y así como sufriendo se aprende á vivir, perdiendo se aprende á ganar, pues de los escarmentados nacen los avisados, y de los avisados, los inventores de combinaciones infalibles para ganar en todos los juegos... cuando se gana. No hay mal que por bien no venga. No hace muchas tardes encontré en el café un amigo, persona de amable trato, que se devanaba los sesos despejando no sé cuántas incógnitas de un problema que había planteado en el mármol de la mesa. Tan absorto estaba, que no se acordaba de la madre que lo parió. ¿Qué hace usted, hombre de Dios? -le dije al tomar asiento. -Estoy averiguando el número á que ha de corresponder el premio mayor de la lotería en el sorteo próximo. ¿Pero usted adivina esas cosas? -De un modo infalible. Adviértase que el tal amigo anda desde hace tiempo más que medianamente apurado de dinero, á pesar de haber descubierto los secretos de la suerte. Mas, como dice el refrán, quien la sigue la mata, y á mal dar tomar tabaco, que nó hay bien que dure ni mal que no se acabe... Cuando dieron los periódicos en la flor de proponer al público charadas, jeroglíficos, fugas y otros pasatiempos análogos, se desarrolló en Ja gente una afición morbosa á esos entretenimientos, por aquello de que siempre lo nuevo aplace. Hombres verdaderamente cuerdos, ó que al menos en tal concepto se les tenía, se daban de cabezadas por poder figurar en la lista de los que habían acertado con la solución exacta. Hubieran dado algunos una mano, y el brazo correspondiente por añadidura, por conseguir su objeto, que el que algo quiere algo lecuesta, y no se pescaa truchas á bragas enjutas. ¿No demuestran estos datos que también por acá pensamos como el más pintado? ¿Acaso esos juegos de entendimiento que acabo de exponer son menos penosos é intrincados que las investigaciones científicas? ¿Son por ventura despreciables esas gallardías de mentalidad? Pensadores somos, ¿quién lo duda? Lo que hay es que nuestro entendimiento es como las luces de bengala, que brillan un momento con intensidad maravillosa y matizados fulgores, para extinguirse sin haber realizado fin útil alguno. Es nuestra inteligencia como la leña verde que, arrojada al fuego, se consume sin producir llama y originando molesta humareda. Por ese carácter de nuestro entendimiento, somos aficionados á intentar todo lo que suponga un trabajo intelectual instantáneo que no necesite larga tensión del espíritu, mientras desdeñamos los estudios que exigen labor incesante y sostenida para ir desentrañando los principios fundamentales y deduciendo y ordenando las consecuencias, con el mismo cuidado que el ingeniero que articula los mierabros de una complicada máquina. ¡Válgame Dios y cómo se enojarían aquellos arbitristas de siglos pasados que abandonaban sus propios intereses para ofrecer á los ministros ó al rey en persona ingeniosos recursos para atender á las necesidades del reino, si oyeran decir qne los españoles no pensamos, que nos entregamos pasivamente al azar y á la rutina! Quisiera yo ver la cara que ponía aquel arbitrista citado por el Buscón Don Pablos, aquél que ideó el medio de librar á Amberes de la vecindad del mar chupando el agua con esponjas. Los españoles somos reflexivos... Esto es indudable. Y que nos damos á correr de ceca en meca y de zoca en colodra por averiguar una niñería... también. Pero cada uno es como Dios lo ha hecho, y nadie tire piedras al tejado vecino si tiene el suyo de vidrio. Chismes y cuentos Excmo. Ministro de la mi Laños viva, Sr. ha decidido por (Jiobernación, á queprácse fin á llevar la tica un vasto plan de reformas sociales. Buena falta están haciendo, porque así no se puede vivir, según la parte de prensa que trata y entiende de esas cosas. Pero mucho me temo que una vez desarrollado el plan, no se pueda vivir tampoco. Por de pronto, las ideas expuestas en un boceto de proyecto que ha rodado estos días por nuestras columnas, son punto menos que irrealizables, puesto que no conducen á echar gallina en el puchero de cada ciudadano, bello ideal de todas las reformas. Oído á la caja: Por el proyecto se prohiben las huelgas que suspendan la vida económica general, las que ocasionan interrupción de los servicios públicos ó entorpezcan el funcionamiento industrial de una región, las que impongan la admisión ó el despido de un obrero, las que pongan en peligro la vida ó causen pérdida de cosecha ó cargamento, y las que produzcan otro daño irreparable. Más claro; se prohiben todas las huelgas. Muy bien hecho, porque han acabado por ser fastidiosas de suyo; pero ¿cómo se prohiben? Porque eso de discutir con toda formalidad si debe reconocerse ó no el derecho á la huelga, es gana de perder lastimosamente el tiempo. Pongamos que todas las naciones acuerdan por unanimidad que no; que nadie tiene derecho á holgar cuando se le antoje, y que para sostener y hacer cumplir el acuerdo disponen de numerosos ejércitos y de escuadras poderosas. ¿Qué se hace cuando todos los albañiles de una población se cruzan de brazos y dicen que no quieren batir la cal ni acarrear ladrillos? Me parece estar oyendo el diálogo siguiente: -Nemesio. ¿Qué hay? -Que te levantes, hombre. -No me da la gana. ¿No te dije anoche que hoy no iba á la obra, y que no me despertaras hasta las once y Jiiedia? -Si no es eso; si es que están á la puerta dos soldaos y un cabo. ¡Redíez! ¿Y qué quiere la fuerza armada? -Que vayas en seguida al trabajo, porque está prohibido que huelgues. ¡Anda, Dios! pero si yo no estoy en huelga. jSi lo que he hecho ha sido dejar el oficio! Dile al cabo que no me conviene seguir de peón, y que desde hoy me dedico á vender cristales ahumaos para los eclipses. Y el ejército entero tendría que volverse á los cuarteles con ios fusiles á la funerala y quedaría ipso facto proclamado el derecho á la huelga, aunque todas las leyes divinas y humanas preceptuasen lo contrario. Filosofía sanchipancesca i p s achaque de filósofos trasnochados y de políticos de tres al cuarto afirmar de hoz y de coz que los qne hemos venido á la vida en esta bendita tierra de garbanzos somos, por punto general, irreflexivos, superficiales y dignos prosélitos áz aquel magnánimo rey que en un momento de espontaneidad exclamaba: ¡Hay que desterrar la fatal raanía de pensar! Arremangóse raí nuera y volcó la olla sobre el fuego. Pero nada más lejos de la verdad, lector amigo. No; si no, póngannos el dedo entre los dientes, y verán si apretamos. Los que no discurren ni piensan á derechas son ellos, los que tal afirman; pues siempre he oído decir que unos cardan la lana y otros llevan la fama. No obstante, en manos está el pandero que lo sabrán tañer. La experiencia, que es madre de la ciencia, demuestra con hechos repetidos hasta la saciedad que todo cerebro español es pensador infatigable, tenaz, siquiera sus esfuerzos anden siempre en abierta oposición con la utilidad, pero no en vano bulle en n- ístras venas la generosa sangre de don Alonso Quijano, el hidalgo manchego de felice y eterna recordación. No hemos robado el carácter, sino lo heredamos: de casta le viene al galgo... y de tal palo, tal astilla. El problema de los garbanzos propuesto á sus lectores por A B C absorbiendo la atención de miles de personas de todas clases y condiciones sociales, ¿no es una prueba irrecusable de lo que acabo de afirmar? ¿No es una cumplida refutación del concepto que de nosotros tienen esos señores que nos juzgan incapaces de ejecutar nuestra raentalidad? Mire cada uno por su virote, y no vayamos en busca de nidos de codalba, que poco va de Pedro á Pedro. Si la energía desarrollada estos días por los cerebros de los concursantes al premio de A B C, se manifestase en ftterza sensible, y pudieran sumarse todos los esfuerzos individuales, la energía resultante sería capaz de levantar en vilo el universo con la raisraa facilidad con que Hércules hubiera manejado nn junco. ¡Qsrién pretendería averiguar todos los procedimientos, todas las cabalas y operaciones matemáticas que han sido puestos en juego para adivinar el número de garbanzos contenidos en el endiablado frasco! No sé á cuántos les he oído hablar del dichoso problema... y cada uno ha seguido un método distinto, caprichoso casi siempre. Seguramente no se le hubiera ocurrido á ninguno de los más célebres matemáticos, desde Pitágoras á los contemporáneos, más de una de las combinaciones ideadas por los concursantes, pues á veces, so mala capa, yace buen bebedor, y donde menos se piensa salta la liebre. Aparte de este caso especial, hombre hay que no podría conciliar el sueño si no resolviese antes el problema de ajedrez que ha encontrado en cualquier revista. Para, él es una necesidad descubrir el secreto de aquella frasecilla que ha leído: juegan las blancas y dan mate en dos J. BALMES Y FORADADA BURLA BURLANDO -í n consulta: ¿De modo, doctor, que no me dice usted lo que padezco? ¡Imposible! Me lo veda el secreto profesional. E- i n una esquina: -Caballero, una limosna para este ciego de nacimiento. -Perdone, hermano; le he socorrido esta tarde... -Es verdad. Dispense usted, no! e había conocido. ¡Como ya es de noche! vr u n í im- -in