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EN PLENA CIUDAD I A otra noche, deseando acortar camino, tuve el atre vimiento de internarme por una calle que conduce en línea directa á mí casa. Yo y mis compañeros de vecindad evitamos entrar por ella, sobre todo cuando llevamos algún dinero en nuestros bolsillos, ó alguna señora en nuestra compañía. Ábrese la calle, á los ojos del transeúnte, amenazadora y obscura como la boca de un enorme reptil, cuya actitud de acecho en zig- zag remedan fidelísimamente los ángulos y curvas formados por edificios y tapiales con su alineación caprichosa; el reflejo amarillo de media docena de faroles sirve, más que de guía á los hombres, de ayudante á la obscuridad para que dibuje con su lápiz borroso los maros del Hospicio y el conjunto de fachadas sin puerta y puertas sin fachada habitable, que componen la antipática decoración. Al pie de esos muros, de esas fachadas y esas puertas, sobresale una acera raquítica; á trechos, se halla huérfana de baldosas; á trechos, obstruida por vallas de construcciones sin terminar. El espacio de piso, encauzado por las dos aceras, luce más hoyos que adoquines y más basura que hoyos. B: en es cierto que tocante á basura, hacen los andenes al centro de la calle honrosísima competencia. Los niños y algunos ciudadanos mayores de edad se encargan de obscurecer con las faenas que en tales sitios realizan, a criadas y barrenderos perezosos. De día, la calle es solitaria; no recibe otras visitas que las del sol, dedicado á convertir, por obra de sus rayos, las desconchaduras rojizas de los edificios en llagas cubiertas de pus; las de la lluvia, que transforma el arroyo en fangal y la acera en charca; y las del aire, que levantando la basura y esparciéndola por la atmósfera, la enriquece con bocanadas fétidas. Fuera de estos visitadores, la calle permanece casi siempre sola. Gracias que á uno dz sus extremos se extiendan en fila cinco ó seis carros de alquiler, admirablemente dispuestos por sus conductores para que muías y galgas obstruyan el paso de la acera; gracias si algún presuroso la recorre arrimándose á las paredes á fin de relacionarse lo menos posible con el sol, ó si cualquier sirviente llena su cántaro en la fuentecilla que gotea junto al Hospicio; Durante las horas del día, la calle de la Beneficencia resulta, persona ó animal más ó menos, un desierto africano. Pero cuando iene la noche; cuando los últimos reflejos del sol, luego de esmaltar las copas de los árboles asomados á las tapias en ruinas, desaparecen, y el crepúsculo, graduando el agonizar de la luz con matices anémicos que pasan del amarillo al rosa, del rosa al violeta y del violeta al gris, cede paso á la noche; cuando los faroles empiezan á brillar y las sombras envuelven edificios y muros, la calle se puebla con el silencioso ir y venir de siluetas humanas, que tan pronto se pierden tras el recodo de una tapia, tan pronto resurgen junto al quiero de aigun portal, como se aplastan contra las paredes ó se agigantan sobre el arroyo. Sería difícil afirmar si las tales siluetas son mujeres y hombres que entran en la calle con la noche y salen de ella con la aurora, ó fantasmas que la calle vomita de sus entrañas con la primer tiniebla, y vuelve á engullir en sus entrañas con el primer rayo de sol. Más lógico parece inclinarse á afirmar lo segundo. Aquellos seres, por su aspecto, por su vestir, por la bestial expresión de sus fisonomías, por lo cauteloso de sus actitudes, lo rudo de su acento y lo bárbaro de su lenguaje, parecen, mejor que humanas criaturas, monstruos infernales; y esto son, móntruos, pero monstruos que aborta, no el infierno bíblico, el infierno social, para que se mezclen en las tinieblas y se reproduzcan al aire libre y se comuniquen entre sí con giros y palabras emprestados al caló de los presidios y de las mancebías. La civilización no ha tratado con ellos. Nacidos como la mala hierba, entre las piedras de la calle, ni el cariño amparó su niñez, ni la enseñanza su mocedad, ni el ejemplo su juventud. Pasando por todas las miserias, llegaron á todas las abyecciones; olvidados de la sociedad, recluidos del trato común, formaron tribu aparte; tribus salvajes que se amontonan en los rincones de todas las grandes capitales como la basura en los estercoleros. En todas las grandes capitales existen esas tribus; solamente que para buscarlas es preciso acudir á los sitios extraviados, á los puntos donde termina la urbanización y comienza el campo; donde los faroles no llegan con sus rayos, ni Ja policía- con sus medallas. Madrid es más bondadosa con los aficionados á este género de exploraciones. No hace falta en Madrid recorrer callejones y paseos extraviados para topar con esos grupos siniestros, con esas parejas horribles de quienes nadie cuida y nadie se acuerda, hasta que la luz trágica de un crimen los destaca sobre las columnas de un periódico, haciendo poner el grito en las nubes á los filósofos de ocasión; no hace falta perderse en rincones á medio urbanizar para tropezarse con un enjambre de seres cubiertos de andrajos, seres moral y materialmente destruidos, los cuales, no sintiendo más impulsos en sus almas rudimentarias que los propios á las especies inferiores, el celo y el hambre, satisfacen aquél á semejanza de florero, el estúpido y bestial asesino de su hembra, y tratan de aplacar su estómago cobrando á las perversiones del instinto miserable contribución, ú ocultándose en las tinieblas con objeto de sorprender, navaja en mano, al descuidado transeúnte. No; no hay que acudir á tan apartados lugares si se tiene el capricho de contemplar en el ejercicio de sus repugnantes ó temibles faenas á esos desperdicios humanos que se asocian y se despliegan en la obscuridad formando andrajosa legión, donde las hembras atraen la presa y los machos la sorprenden y la devoran; no hay que perderse bajo las copas de los árboles, tras las vallas que cercan los solares en venta, en el interior de los fosos, en los repliegues de un desmonte ó en los recodos de una callejuela sin urbanizar, para sentir las náuseas que el vicio mendicante produce y el triste espanto que provoca la miseria al convertirse en crimen; no hay que alejarse de Madrid para ver de cerca los horribles semilleros humanos que guardan el germen de criminales como El florero, y de mujeres como la amante de El florero; no hay que abandonar el centro de la Corte para encontrarse con esos rebaños feroces que, faltos de pastor, buscan su pienso como pueden y donde pueden. En plena ciudad, en el mismo centro de Madrid, en la calle de la Beneficencia, junto á los muros del Hospicio; en el hueco de los portales sin fachada, en el ángulo de las fachadas sin portales, en mitad del arroyo, en el borde de las aceras, sobre los montones de basura y entre los tablones de las empalizadas, ejerce su oficio un centenar de hombres y mujeres á quienes el vicioso busca y el transeúnte huye y la policía no estorba, Allí están desde la primera sombra que pare la noche, hasta el primer rayo de luz que bosteza el alba; allí están siendo á un tiempo vergüenza de los ojos y remordimiento de las conciencias, los monstruos humanos que el infierno social vomita; allí están paseando por Ja sombría caile sus miserias, sus vicios, sus crímenes, sin que nadie se cuide de ellos ni se ocupe de ellos, abandonados y desatendidos de todo el mundo, aguardando el momentoen que la luz trágica del crimen los destaque sobre las columnas de un periódico para entrar en la cárcel y ofrecer asunto á los anatemas y maldiciones de los filósofos de ocasión... JOAQUÍN DICENTA RETAZOS HIGIÉNICOS Son las uvas, fruta muy abundante en j. a e oca P u n o e o s medios que podemos utilizar para entonar y robustecer nuestros organismos. Es la fruta más sana de cuantas se conocen, y su uso, aun cuando sea exagerado, produce siempre efectos tónicos. Las personas débiles, anémicas, inapetentes, deben comer uvas d todo pasto (de medio á uno, dos y hasta tres kilogramos diarios) en la seguridad de que al cabo de pocos días se habrán vigorizado, aumentado de peso y comerán con buen apetito. Para que las uvas produzcan estos saludables efectos, es preciso que estén bien sazonadas y se elijan, á ser posible, uvas blancas: las que se conocen con el nombre de albulo son las mejores. Aparte de) a acción tónica y vigorizadora que el uso de las uvas produce en el organismo, presta este fruto también una acción bienhechora en la curación de un sinnúmero de dolencias. Asi, pues, las uvas sirven de medicina para coadyuvar á la curación de la dispepsia, el estreñimiento habitual, la ictericia, los cólicos biliosos, los infartos del hígado, las diarreas crónicas, el catarro vesical, los cálculos úricos y hepáticos, la intoxicación plúmbica y mercurial, la gota, la bronquitis, la tisis y hasta la coqueluche ó tos ferina. El plan higiénico y el tratamiento médico por las uvas consiste sólo en comer esta fruta á todas horas y en la cantidad que se pueda, no existiendo más peligro que al cabo de algún tiempo pudiera presentarse la glucosuria; pero este inconveniente se previene y evita haciendo un ejercicio corporal activo; es decir, paseando dos horas diarias. Ya lo saben, pues, mis constantes lectores y lectoras de ¡ÍA B C si quieren ento. nar y vigorizar sus organismos debilitados en estas postrimerías estivales, coman uvas de desayuno, de postre en las comidas, de refrigerio á media mañana, y de merienda á media tarde. DOCTOR CORRAL Y MA 1 RÁ LA 1 SALUD Y AS UVAS El problema de los garbanzos A dvertimos á nuestros lectores que mañana, día 9, termi na el plazo de admisión de tarjetas postales con la contestación á la pregunta del problema de los garbanzos. Délas que lleguen de provincias en los siguientes días, se admitirán las que hayan sido depositadas en el correo con fecha 9. CRÓNICA DEL BIEN 24 de Agosto último auguraron los Reyes en an Sebastián el Asilo de San José, magnífico edificio levantado en el paseo de los Fueros, el mejor de aquella ciudad, y cuya primera piedra puso en Octubre de 1901 S. M la Reina, gran protectora de aquella institución. El acto revistió gran solemnidad. En verdad que constituía un acontecimiento para aquel pueblo la inauguración de un soberbio edificio que la piedad ha levantado en favor de la infancia desvalida, tan merecedora de que las almas caritativas la amparen. El Asilo de San José es sencillamente un establecimiento gloria de aquella capital, tan pródiga en obras admirables de caridad, y modelo para todas las ciudades españolas que aspiren á hacer algo en favor de la infancia desvalida. Un alma noble, generosa, santa, consagró su fortuna á establecer este Asilo, al cual dio no sólo sus bienes, sino su concurso personal con santa abnegación, puesto que no reservó para sí el principal papel en la dirección y administración de la casa, sino el último, el más humilde: el de portera. Tal es la hermana Nieves, cuyo generoso desprendimiento fui la b sc de esta institución, k la que otras almas piadosas han prestado su concurso cuando las necesidades del Asilo han requerido mayores sacrificios. A este Asilo llevan las madres pobres, pescadoras, jornaleras, sus niños á las sieU d: la mañana y los recogen por ¡a noche. Cuando las criaturas llegan al Asilo, las hermanas de la Candad las recogen, las lavan, las peinan, las ponen un vestido pulquérnmo, las instruyen admirablemente, las sirven una comida sana y abundante ai medio día y una merienda por la tarde, las dan recreo físico y las prodigan cariño. El pescador se va tranquilo y satisfecho á sus ingratas tareas del mar, sabiendo que el hijo de sus entrañas está donde está mejor que en su casa; la madre se entrega á sus faenas con tranquilidad completa, y San Sebastián ve su puerto y sus barrios limpios de Muergos que aprendan en la ociosidad el camino de la taberna y del presidio. La enseñanza que los niños reciben en el Asilo es completa, y hay que verles en sus. clases, contentos, respiran- U N NUEVO ASILO EN SAN SEBASTJAN EI día NOTA OFICIOSA DIARIA I) Raimundo, Pues bien, señores periodistas: de la reunión de las Cortes les diré, empleando una frase de Fígaro, que el que más sabe de nosotros, sabe que no sabe nada.