Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
1 A VIDA EN BROMA. LA ODISEA L DE PELLEJ 1 N El diputado Sr. Peilejín no ha podido dominar su impaciencia, y cansado de esperar en Jaca la llegada del Rey, acordó salir á su encuentro tomando la línea de Francia. Pasó por Pau, Lourdes, Bayona, Biarritz y Hendaya, siempre en compañía de su maravillosa mamá, que no perdonaba medio de hacer saber á los viajeros franceses de ambos sexos que aquel joven pálido con zapatos de lona pertenecía á uno de nuestros Cuerpos Colegisladores. En la estación de San Juan de Luz penetró en e! coche un sujeto chato, con patillas, que ostentaba en el ojal una condecoración. -Tiene cara de personaje extranjero, -pensó la mamá. a- -Son jour, -dijo el chato al tomar asiento. -Contéstale en francés para que vea que posees idiomas, -repuso la madre de Pellejín en voz baja. -Melci, monsieul, -contestó éste. La mamá comenzó á dirigir miradas afectuosas al viajero, como si quisiera decirle: También nosotros somos personas de posición. El francés, que conocía un poco nuestro idioma, presunto cortésmente: tristes y abatidos. Al entrar de nuevo en la fonda díjoles el amo: ¿No saben ustedes lo que hay? -No. -Pues las señoras que les prestaron á ustedes el frac se han dirigido al juzgado pidiendo que se les devuelva la prenda. ¿Cómo? ¡Naturalmente! Ustedes se han ido sin despedirse, y las señoras les acusan como autores de un alzamiento de prendas de vestir Luis TABOADA Mi rapaciño, que parecía por su cara bonita uno de esos saboyanos de ojos azules y pelo largo de los cromos baratos, echó á correr sin despedirse de mí, temeroso de quedarse en tierra. Sonó la tercera. campanada. Un grito formidable de alegría salió de todus aquellas bocas: ¡Viva Galicia! Y el enorme convoy se puso en marcha, camino de los risueños campos de la región gallega. ¡Adiós, Galapaguillo Y sombrero en mano saludé respetuosamente á aquel pobre niño y á sus míseros compañeros de viaje. Y Cristo decía: Amaos los unos á los otros. ¡Y nos hablaba de la igualdad de los hombres! MIGUEL SAWA ROÑICA. EL REGRESO DE LOS SEGADORES. HABLANDO CON UN RAPAC 1 ÑO -Quince años, señor. Y empinándose sobre sus pies desnudos, anchos y sólidos como los de una estatua: Ya soy todo un hombre! ¡Todo un hombre! No, rapaz; todo un hombre, no. Mejor una mozuela que por coquetería se hubiese vestido con pantalones. ...Hace siete años que me gano la vida. Ya, ya sé o lo que es el trabajo... ¡Y tan y mientras me dé Dios sa- ¿Son ustedes españoles? -Sí, señor; silvelistas, -se apresuró á decirla madre. luz! No crea usted, en esta siega ya me he ganado mi- -Este es diputado á Cortes; pero ahora está en el inte- buen jornal. Y haciendo sonar vanidosamente la plata que guardaba rregno parlamentario. Va á incorporarse á la comitiva regia para que no le echen de menos. Yo soy su madre, en sus intrincados bolsillos: ¡Doce monedas grandes de á duro! ¡Buena vaca poaunque me esté mal el decirlo. ¿No haoido usted hablar drá comprar padre! de un Sr. Pellejín que figuró en la última legislatura? Los amplios andenes de la estación estaban llenos de- -No, señorra. -Pues es éste. En España los diputados no usan dis- segadores. Había allí hombres de todas las edades y de tintivo alguno; por eso no se les conoce por fuera la in- todos los aspectos. ¡Muchos hombres! ¡Media Galicia! Rendidos de cansancio, el andar torpe, arrastraban vestidura. -Plobablemente plesentalé una ploposición pala que los sus cuerpos fatigados de un extremo á otro de la estadiputados usemos fajín, sin otla plenda autolitalia, -dijo ción, hablando á gritos, riendo á carcajadas, felices ¡los pobres! porque regresaban á su tierra. el aludido. -Por lo menos en los viajes, deberían usar sombrero El rapaciño continuó: apuntado ó un birrete con galones, -añadió la madre. ¡Parece mentira que tanto dinero- -y volvió á hacer- -De este modo les guardarían respeto los del ferroca- sonar sus monedas- -se gaste tan pronto! rril y no pasaría lo que le pasó á éste en Sabiñánigo, Y añadió filosóficamente: donde un mozo le dio en la espalda con un baúl. -El dinero, ¿no le parece, señor? debiera durar El francés miraba con asombro á la madre, y al hijo. siempre. ¿Peltenece usted á algún cuelpo legisladol? -preguntó El convoy no estaba aún formado. El tren debía marPellejín. char á las seis de la tarde, pero desde las primeras horas- -No, señorr; yo soy fablicante de hules. de la mañana los segadores habían invadido la estación, Aquella respuesta produjo en la madre la misma im- recelosos, temiendo que adelantaran la hora de salida. presión que si la hubieran vertido entre la blusa y la El rapaciño siguió respondiendo á mis preguntas: carne un chico de limón helado, y ya ni ella ni su retoño- -Sí, señor; siete hermanos. Pero me he quedado yo volvieron á desplegar los labios. solo. El mayor se fue á América hace muchos años, y no En Irún, un carabinero quiso reconocer la maleta de hemos vuelto á saber de él. Padre dice que debe haPellejín. berse muerto. Santiago, que servía al Rey, lo mataron- -Oponte con todas tus fuerzas- -gritó la buena seño- en Cuba. Juan se casó. Francisco, también. Jsidora está ra dirigiendo una mirada de odio al carabinero. ¿Dón- sirviendo en Madrid. A Manuel lo metieron en la cárcel de se ha visto que registren á un diputado á Cortes? por haber cortado leña en un monte que dicen que es- -Cumplo con mi deber, -replicó el representante del del alcalde. De modo y manera que me he quedado yo fisco. solo de tantos hermanos como éramos. A mí me llaman- -Pues le va á costar á usted muy cara esta falta de Galapaguillo. respeto. Sepa usted que vamos á incorporarnos á la coDieron las cinco y media en el reloj de la estación. mitiva regia. ¡Se acercaba la hora! Los segadores, armados de las he- -Sí, seño! -dijo Pellejín muy indignado, -y halé ple- rramientas del trabajo, el saco ó las alforjas al hombro, sente lo que me ha oculido en esta aduana. formando un solo y compacto grupo, esperaban á pie- ¡Ay! -exclamó la madre. -Si estuviera aquí Silve- firme, al lado de la vía, á que se formase el convoy. la, que tanto nos quiere, y presenciara este atropello, ¡Malos demonios! ¿Pero cuándo va á arrear ese ¿qué diría? tren? El carabinero, sin parar la atención en estas lamenta- ¡Nos tratan peor que á gallegos! ciones, estuvo dándole vueltas á la ropa, entre la cual- ¡Que tenemos prisa! tropezó con un artefacto de uso privadísimo. ¡Y somos hijos de Dios como todos los hombres! ¿Qué es ésto? -preguntó gravemente. -Un objeto higiénico y necesalio que uso yo pol las condiciones especiales de mi olganismo, -contestó Pe- -No, señor, no; en casa- -siguió hablándome el rallejín. paciño- -no sabemos lo que es el hambre. Habiendo pan, El carabinero dejó el artefacto y cogió el frac para hay sopas. Y á nosotros, gracias á Dios, aún no nos ha reconocerlo minuciosamente. faltado un solo día la borona. -Deje usted en su sitio esa prenda, que la puede Y después de unos momentos de silencio: usted arrugar, -gritó la madre. -Los padres cultivan la tierra, ¡cuatro terrones que- ¿Es nueva? nos dan habas, patatas y maíz para todo el año! Además- -Es el unifolme que usamos los diputados, y debelia tenemos dos cerdos (con perdón) y ahora, si DJOS usted sábelo, señol mío, -interrumpió Pellejín. quiere, compraremos una vaca. No podemos quejarnos. Gracias á la intervención de un vista de la aduana, la Otros viven peor. cosa no pasó á mayores, pues el carabinero se empeñaba Y poniéndose súbitamente serio, con voz que su dulce en aforar el frac. acento gallego hacía más triste: El diputado y su madre dieron las gracias al vista, -Antes teníamos un molino. Pero se lo llevaron los prometiéndole su protección. del Pósito. Y esa ha sido nuestra ruina, señor. ¡Un mo- -En cuanto vea al ministlo- -dijo Pellejín- -tendlé el lino que echaba á andar desde que Dios amanecía, gusto de lecomendale á usted pala un ascenso. siempre en movimiento! ¡Buenas monedas de cinco duY volvió á tomar el tren para trasladarse á Logroño, ros nos dio á ganar! Pero se lo llevaron; pero nos lo á fin de formar parte de la expedición regia. robaron. Y desde entonces nos vino la mala, y se casó No hizo más que llegar á la fonda y le dijo la madre: Juan, y mataron en Cuba á Santiago, y metieron en la- -Anda, ponte el frac, é incorpórate inmediatamente cárcel á Manuel... á la comitiva. No te olvides de decirle al Rey cuáles son Y después de una pausa: mis deseos, y si por casualidad te ofreciese un título no- ¡Ese si que era un hombre para el trabajo, lo que biliario, puedes decirle que te gustaría ser Conde de la se dice un hombre! En la época de la siega, él solo llevaPingarrona, que es la calle de Madrid donde naciste. ba á casa muy cerca de los mil reales. Y ahora... hace Adiós, hijo mío, dale muchas expresiones á todas las cuatro años que lo tienen en la cárcel. Y madre está mepersonas de la comitiva, que yo me quedo en la fonda dio ciega á fuerza de llorar. mientras no reciba invitación oficial. Sonó la primer campanada de aviso. Ya estaba formaPellejín quiso incorporarse pero no pudo, porque no do el convoy y comenzaba el asalto de los coches. Atrohabía sitio para él entre los que formaban corporación. pellándose, luchando á puñadas, los segadores se dispu- ¡Velo yo, dónde me coloco? -preguntaba. taban la posesión de los asientos. No había materia! pre- ¿Usted qué es? -le decían. parado para tantos hombres. Los empleados de la esta- -Diputado á Cotíes. ción corrían de un lado para otro dando órdenes. Hubo vagón en que entraron cuarenta individuos. Se oían gri- ¿Nada más? tos de protesta, maldiciones y juramentos. Y sonó la se- ¿Le palece á usted poco? Ello fue que Pellejín y su madre regresaron á Jaca gunda campanada. LOS MORENOS TTSUENO e s t ¿e público! -dice la gente de teatro. -Es- el juez caprichoso que juzga por impresión, y, no obstante, rara vez se equivoca. Su fallo es inapelable. Nada de esto, amigo lector. El público es el juez alegre, bullicioso, jovial, tardo en irritarse y presto en deponer el enojo. ¿Quieres convencerte? Entra, pues, conmigo á la sala de justicia en e momento de constituirse el tribunal. Toma tu entradíta- por una, dos ó tres pesetas, según la cuantía del estreno. ¡Arriba el trapo! -grita un impaciente. Óyese un bostezo formidable, coreado por sonoras carcajadas. Luz en la batería. Suenan los primeros acordes en la orquesta. ¡Aaah! Expectación. Terminó la sinfonía. Un aplauso. ¡Fuera la claque! ¡A la cuadra! ¡Haiga diznidaz, cabayeros! -Psss... ¡Silencio! Al alzarse el telón se produce un silencio sepulcral. ¡Qué plagio! -exclama al oído de su vecino un mozalvete, estudiante de los últimos años del Bachillerato. ¿Y eso qué quiere decir? -Que esto es un robo infame... La acción pasa en Madrid... y sale un guardia á escena... con que... ¡Es verdad! Ya sé dónde está fus lada esta obra. ¡De la Verbena! ¿Vamos á patear ya? -Es algo pronto... Espera. Un joven melómano se distrae en tararear lo que buenamente recuerda del número musical que acaba de oir. -Pollo, el escenario es el sitio oportuno para lucir la voz... Ese gorjeo continuo me pone nervioso. ¡Yo no consiento que nadie me falte... -Pues que le pongan á usted sordina, ó que le enjaulen como á un mirlo. ¡Acomodador! Este caballero... ¡Niños, á ver si bajo yo... -grita una voz becerril desde las alturas de! gallinero. ¡Esto es insoportable! ¡insufrible! El público, estos señores que están disputando, el acomodador, todos, se han propuesto no dejarme oir una palabra... Un niño de pecho rompe á llorar á grito herido en una de las situaciones más interesantes de la obra. ¡Que se sienten encima de éll- ¡Que lo tiren abajo! ¡Guau... guau! ¡Chucho! Un sordo. ¡Que no se oye! ¡Animal... ¡A la calle... -Señora, desde que ha venido usted, me parece que estoy en el Retiro... ¡Como lleva usted ese sombrerito que es un jardín en miniatura. La obra se tuerce. Se inicia el bastoneo y la claque pretende oponerse al cataclismo á fuerza de manos. ¿Nos reímos ya? ¡Ja... ja... ja. ¡Imbéciles! -prorrumpe un amigo del autor. ¿Es usted la madre del autor? -Es su prometida, y por eso lo defiende. La tempestad arrecia: los pateadores aprietan; la claque no descansa. ¡tih... ¡Pirrúm... púm... púm. Algunos actores, perdida la serenidad, comienzan á equivocarse y í gallear con desconsoladora frecuencia. Un gallo de la tiple. ¡Qui- qui- ri- quí -En el público elevado. Conclusión. Un pateo tremebundo, imponente, á pesar de los esfuerzos de la claque, que palmetea con la fuerza de un mazo de batán. Varias voces. ¡El autor! ¡Que salga el autor. Otras. ¡Fuera! ¡No... El tenor (adelantándose al proscenio) -La obra que hemos tenido el honor de representar es de... ¡No... nóoooü! Tzl tenor (continuando) -D. p ulano de Tal. Clamoreo horrible. El caos. ¡Que lo maten! ¡Que lo inoculen! Silba en toda la masa, berridos, coces, chillidos, relinchos... ¡el disloque! Fallo. La obra estrenada anoche en el teatro dice la prensa al día siguiente- -no fue del agrado del público. R. I. P. J. BALMES Y FORADADA