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QRÓNICA. ACERCA DEL VI AI E REGIO El carlismo ha muerto dicen á una los periódicos haciendo deducciones de la acogida cariñosa que al Rey han dispensado Estella y otros pueblos de la carlista Navarra. No. El carlismo no ha muerto; está expirando, y hay que ayudarle piadosamente á bien morir. Muere la idea carlista como fenece todo lo anacrónico, por consunción. Se extingue el partido carlista, porque el influjo de los tiempos que vivimos es irresistible. De sentir es que los cronistas que lleva en pos de sí la Corte, no se hayan parado á examinar los detalles de tal fenómeno; que fenómeno es la extinción lenta de un cuerpo político, como fenómeno es la muerte del organismo humano. Una conversación con D Enrique Ochoa, el exdiputado liberal que ha servido de cicerone á D Alfonso en los montes de Estella, resultaría más interesante que la descripción de la misa de campaña, por ejemplo; una interview con uno de aquellos sencillos montañeses que han aclamado á Alfonso X como antes aclamaron á Carlos V I habría arrojado más luz ctue todas las luminarias encendidas al paso del joven Monarca. Los que conocemos un poco aquel país y el estado de opinión en él, creemos que la gente que sigue con interés el desarrollo del viaje regio se estremecería de gusto al saber que el progreso impone su obra redentora en todas partes, y de indignación al comprender que los Gobiernos nada hacen por secundar y acelerar esa labor bienhechora del tiempo. Un Ochoa, verbi gratia, diría que, en efecto, el carlismo se extingue; pero que allí donde aún existe una porción de el, palpita con todos sus odios, haciendo imposible la existencia del que tiene la abnegación de profesar ostensiblemente las ideas de progreso y libertad: que en las pequeñas localidades todos los elementos tiadicionales se conjuran contra el que piensa y siente á la moderna, aislándole, procurando su desesperación y su ruina; que la guerra estrepitosa se acabo en las montañas, pero que sigue sorda y empeñada en los pueblos. Y diría también seguramente que esas ascuas que se mantienen diseminadas entre cenizas, son reavivadas con frecuencia por los Gobiernos, protectores decididos de cualquier personaje, gran cacique en la comarca, que con tal de conservar su cacicato, pacta con el carlismo, dándole cuanto quiere para que mantenga firme su dominio en la localidad donde vegeta y prolonga el imperio de sus pasiones. Y el montañés, si era anciano, habría dicho que con serlo y todo no conoció los tiempos en los cuales rigió en España un sistema de monarquía que el defendió siendo mozo por entusiasmos heredados ó por instigaciones morales irresistibles, pero que los años han rendido su espíritu y su cuerpo, haciéndole apetecer la tranquilidad, porque con ella hay trabajo, que es pan, y las fortalezas de sus tiempos se convierten hoy en fabricas que pagan jornales, y las tierras que él vio estériles por el incendio y por la destrucción son hoy fértiles y productoras. Y si el interrogado fuese joven, diría que el servicio militar le ha hecho ver un mundo que no conocía, y la escuela le ha enseñado á leer cosas nuevas, muy distintas de las que oía referir cuando para el no había nada más allá de las montañas que circundan su aldea ó su casería. Unos porque así discurren y otros porque en su magín tenían otra ¡dea de lo que es un rey liberal, idea inculcada arteramente por influencias que cifran su interés en laborar de ese modo en pro de su comunión política, nada de extraño tiene que se sientan seducidos, más que por el esplendor de la majestad, por la satisfacción del desengaño, y aclamen al joven sonriente que no es la figura severa mezcla de Dios y de hombre, fantasma de pesadilla que se imaginaron. En Asturias, el año pasado pudo observarse algo muy semejante, aunque en sentido inverso. Allí no era un rey semidivino con aparato de teatro el que algunos esperaban; era, por el contrario, el rey ceñudo, iracundo, tirano. No eran allí carlistas los que iban á verle por primera vez. Eran socialistas, á quienes una noción superficial de solidaridad, unos cuantos discursos de club y la lectura de algunos capítulos de Sué y Víctor Hugo, habían hecho creerse en posesión de toda la fuerza de la verdad y de la razón. Y era de observar la vacilación de aquellos hombres que, fieles á la consigna de mostrarse impasibles ante el desfile del Monarca, no resistían, sin embargo, los estímulos de la curiosidad. Se veía, se palpaba su indecisión de romper filas y proclamar con su actitud que no era aquel rey el monstruo, el tirano en que les habían hecho creer propagandas de mesa de cafe y lecturas de á perro chico. La incertidumbre duraba poco y ios conjurados acababan por sumarse al pueblo que aclamaba con locura y estrépito á Don Alfonso. Dedúcese de aquí la conveniencia de popularizar las instituciones para destruir errores que la malicia explota y leyendas que el sectarismo propaga, pero requiere que esos triunfos de las instituciones no sean flor de un día. Y pueden serlo si los Gobiernos se limitan á dar las gracias i los buenos liberales que han contribuido con su esfuerzo y su entusiasmo á hacer grata al Rey su estancia en los pueblos visitados. La Corte pasa y los buenos quedan en sus rincones, igualmente o más que antes odiados y perseguidos por el carlismo que se extingue, pero que clava sus uñas con la rabia y la desesperación de la agonía. Es preciso cultivar con mucho cuidado, para que germine y fructifique, la semilla que se ha sembrado. Otra cosa sería sembrar la desconfianza y el desengaño, que son muy malos consejeros cuando llegan momentos críticos para los pueblos. ne y hue so- -sea el más ilustrado y distinguido- -que intenta r resentarlo, infunde cierta pena despectiva. Novelli, Zacconi, Mounet, la adorable Sarah, son artistas estupendos. La figurilla mecánica es Hamlet. ¡Oh. qué delicioso Sueño en noche de verbena vi yo en París á la Compañía de Fantoches de M r Audran. Este recuerdo me llevó ayer noche al teatro de la Infancia de la calle de Sagasta, nuevo templo del arte escénico, primitivo ó infantil, ó como queráis ponerle. Allí me esperaba yo encontrar á los viejos amigos Polichinela, Pierrot ó el tío Cristobita con su atrevida literatura demoledora de jueces y gendarmes, ingenuamente codiciosos, enamorados, hambrientos y bonitamente desalmados para acometer, engañar, atrepellarse y vencer ó sucumbir en la descarada lucha, abusando generalmente del castizo garrote ó la alegórica marotte, con gran risa de la menuda concurrencia. Los niños se ríen. Y, sin embargo, allí se debaten todos los grandes problemas- -que en el fondo son muy pocos y harto viejos. -Allí están también todas las situaciones dramáticas imaginables- -pongamos treinta y seis, como quiere el ingenioso Polti. -Los niños se ríen, y de aquellas escenas eternas está lleno el mundo, y en ellas todas las lágrimas y todas las risas de la humanidad. Llego, en fin, al teatrillo y ¡cuál será mi asombro al encontrarme allí con mis clásicos! Esta primera en España del J (ey Midas, merece los honores de la crónica. Elegantísimo Lorrain, poético Méndez, pretez- moi la plume, prestadme vuestra pluma para hacer esta gran revista chiquita, que no se vayan á disgustar el autor, el oúblico ni los intérpretes. Representan, digo, la vieja fábula del Rey Midas. Desde mi asiento domino un mar de cabecitas rubias, de alegres rizos, un mar como el otro de agua, que no está nunca quieto. ¡Oh, la inefable sensación de grandeza menuda, abismo de juguete, inmensidad para niños! Y esa sensación yo la tengo, mirando alternativamente á los muñecos del escenario- -que representan el drama terrible con cuatro gestos ingenuos y simples de sus bracillos de cartón, y á los niños, que se agitan en los asientos- -poseídos de pena, de alegría, de sorpresa- -casi lo mismo que los fantoches. ¡Oh, cuando al buen Midas se le vuelven de oro la mujer, la comida, el agua! Los niños han reído al principio, como él, locos de contento, fascinados por el brillo del precioso metal. Pero en seguida, el rey dobla un brazo sobre el pecho y eleva el otro hasta dar en la frente con la grotesca manecita de cartón. ¡Ah! exclama trágicamente el polichinela. ¡A h! la deliciosa figurilla, que ha sentido y comprendido en un instante todo el horror de su riqueza fatal, todo el castigo de aquel oro maldito, más ingenua y graciosa que todos los potentados del mundo en casos semejante. He visto, sin embargo, muchas veces reproducido en la vida real el gesto cómico- trágico del fantoche. Midas atraviesa un calvario de doradas privaciones. Y los niños se ríen de ver tanto oro, mientras llora el rey las lágrimas más amargas de todas. Una carcajada infantil saluda las tribulaciones del avaro monarca. El pobre Midas pide á los dioses que le retiren la terrible virtud. Los dioses acaban por acceder, á condición de que el rey reparta sus riquezas entre los pobres y no consienta penas en su Estado. Todo acaba en lo mejor. Y el rey puede besar á la reina y apurar su copa sin que se le conviertan en oro. La felicidad cunde por todo el reino, y colorín, colorado. Los niños se han puesto serios esta vez, pensativos... Por bien que acaben las cosas, siempre son tristes al acabarse. Y una función de Guiñol no es la menos llamada á hacer sentir á la concurrencia la irremediable tristeza del final. MANUEL MACHADO Jv A CTUAL 1 DADES DE ANTAÑO. RE PUBLICA Y CHOCOLATE Es posible, aunque no lo considero probable, que vivan aún algunas de las pocas personas que oyeron, hace justamente por estos días trienta y un años, una conversación muy animada, casi casi disputa, si bien amistosamente sostenida, en el Salón del Prado de Madrid, por dos representantes de la minoría republicana del Congreso, cuya disolución se había verificado pocas semanas antes. Los interlocutores ya no existen. Eran el marqués de Albaida y Emilio Castelar. Recuerdo bien que uno de los oyentes era D Joaquín Martín de Olías, á la sazón presidente del comité republicano federalista, de la c. provincia de Madrid, y que también ha muerto. Del resto de aquel auditorio, reducido á media docena de correá lo sumo, con EL BOULEVARD. EL REY MIDAS ligionarios olvidado por nada puedo decireran. certeza, porque he completo quiénes EN EL GUIÑOL DE LA CALLE Digo más: si he de expresarme (como debo y quiero) SAGASTA con sinceridad absoluta, habré de confesar que no estoy El Guiñol es el primer teatro y el último. Es el teatro muy seguro de que el marqués de Albaida hubiese petde los niños y es el teatro de los sabios. Anatole France renecido á las Cortes disueltas en Junio de 1872 por Ruiz lo gusta sobre todo, y lo ama con una ternura sencilla, Zorrilla. que se forma de las razones más complicadas. Aquellos Me pareee muy probable que no, porque si bien ei personajes que aparecen, andan y se van como sombras, popularísimo D. José María Orense continuaba profesin suelo en que apoyarse; aquellos descarados muñequi- sando y propagando con fe cada vez más arraigada sus llos que pueden tener impunemente el atrevimiento de ideas avanzadísimas, achaques de la edad, deficiencias de ser Hamlet, Lear, Macbeth ó Arlequín, se me antojan la salud, y más que todo eso discrepancias con el Direclos únicos intérpretes tolerables y veramente artísticos de torio del partido en cuestiones de procedimientos, telos poetas dramáticos. Y es eso. Hamlet no puede ser níanlo por aquel entonces alejado de las luchas parlamenmás que de ensueños... ó de cartón. Un hombre de car- tarias. Sea de esto lo que fuere, pues á mi propósito de hoy es ajena esa circunstancia, Orense y Castelar, acompañados por unos cuantos amigos, paseaban y discutían acerca de la benevolencia ofrecida por la minoría republicana de las Cortes al Gobierno radical, presidido por Ruiz Zorrilla, y en el que había de tener la presidencia del Congreso de los Diputados D Nicolás María Rivero. El marqués de Albaida, partidario resuelto y decidido de los procedimientos revolucionarios, abogaba por la intransigencia, y desde luego se mostraba enemigo de acudir á los comicios. Emilio Castelar, el paladín más entusiasta de la política de benevolencia, obstinábase en convencer á Orense de la conveniencia, de la necesidad de luchar en las urnas y de acentuar el apoyo á los radicales. No diré seguramente nada que sorprenda al lector si le advierto que ni allí había taquígrafos que tomasen notas de los razonamientos del uno y del otro, ni yo, después de seis lustros y pico, guardo con fidelidad en la memoria (que en verdad no es mala del todo) los discursos, porque eran verdaderos discursos, improvisados allí al aire libre por Castelar y por Orense, pues dicho se está que todos los demás oíamos y callábamos. Sirva esta advertencia para justificar la omisión de lo que en pro de sus respectivos puntos de vista dijeron los insignes republicanos. Castelar sostenía que el retraimiento era el suicidio; Orense afirmaba que con la legalidad no se iba á ninguna parte. Según el gran tribuno, la política de benevolencia, desuniendo á los monárquicos, conduciría seguramente á la victoria inevitable, decisiva, de los republicanos. A juicio del marqués, los medios de fuerza eran los únicos, los solos por los cuales se obtendría triunfo definitivo. Créame usted, marqués- -dijo por último Castelar: -es posible, aunque no me lo parece, que por ese camino de las intransigencias y de las perturbaciones lleguemos á la realización de nuestros ideales; pero tardaremos muchísimo en llegar y nos costará muchos sacrificios y mucha sangre. ¡Sacrificios! ¡sangre! -replicó impaciente, aunque sin abandonar su risita burlona, el marqués de Albaida; -ya sabemos que ha de costamos mucho la instauración de la República. En eso ya estamos. O ¿es que pretenden ustedes los benévolos que nos traigan la república en una bandeja? ¡Je! ¡je! ¡je! -y seguía riéndose como un bendito. Sí, señor; sí, señor; -contestó con gran vehemencia Emilio Castelar; -por el procedimiento que yo señalo y que aconseja la minoría, nos daría regalada la República, sin sacrificio alguno, en bandeja y con chocolate. Esta ocurrencia, dicha entre bromas y veras, nos hizo á todos soltar la carcajada y puso término á la controversia. Habíamos llegado al extremo del Salón, y allí, después de afectuoso y expresivo saludo, nos disolvimos. Emilio Castelar se dirigió con Olías hacia el barrio de Salamanca, por la plaza que treinta años después había de llevar el nombre del gran orador, y los demás seguimos silenciosos calle de Alcalá arriba, hasta dejar á Orense en el café Suizo, donde le esperaba su hijo Antonio. Sobrevinieron después con rapidez vertiginosa sucesos á cual más graves; que unos á otros se atropellabafi sin darse punto de reposo y solicitando á la continua la atención de gobernantes y gobernados. La división de los federales en benévola é intransigente continuó, y como era natural, se hacía cada vez más profunda. Los benévolos llevaron al Congreso unos sesenta diputados. Los intransigentes se retrajeron y persistían en sus trabajos revolucionarios. Ocurrió después el conato de regicidio; se verificó el viaje de Amadeo 1 por las provincias y surgió la sublevación del Ferrol, sublevación que la minoría republicana condenó por boca del ilustre Pí y Margal! lo que atrajo sobre éste las iras de los intransigentes, á quien se debió la impresión de hojas cuya venta se pregonaba con el grito en que algo hubo de plagio: La gran traición del ciudadano Pí y Margall. Y vino después la ruidosa cuestión de la Artillería. Y de todo esto se originó la renuncia de D. Amadeo y la inmediata proclamación de la República Española en 11 de Febrero de 18 y 3. ¿No es cierto que fueron muchos acontecimientos para tan pocos meses? Proclamada la República y nombrado su primer Gobierno, Emilio Castelar fue designado por la Asamblea para desempeñar la cartera de Estado. Hubo de pensar, naturalmente y con preferencia, en comunicar á las potencias extranjeras el cambio de política y de organización operado en España; pero antes de todo dio las instrucciones necesarias á nuestro representante en Italia para que Orense, que residía allí entonces y cuyo paradero era conocido por Castelar, -ecibiese aquella misma mañana, al recibir su desayuno, un telegrama redactado en estos términos: Emilio Castelar saluda cariñosamente á su respetable y querido amigo el marqués de Albaida, y tiene el gusto de enviarle la República en bandeja y con el chocolate. Huelga decir que este final de la discusión comenzada en el Prado, la supimos porque Castelar mismo se apresuró á contarla á sus contertulios y la repetía á veces en ratos de buen humor entre sus amigos. ANTONIO S Á N C H E Z P É R E Z t m ni mr- r n t r r i T r iv n m 1 nmr trinnirmimrTiinTir i