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UN RINCÓN LA MONCLOA CUADRO DE LA MONCLOA Fots. Mariísiec Sierra ñol. Mirad ia fuente seca, y los bojes desmelenados, y el estanque viejo, rota la balaustrada, dormidas, acaso muertas, las aguas verdes. ¿De qué color es aquel aire, y qué luz tiene aquella luz? Es la moradenga, que dice la agonía de las cosas abandonadas. Y como estos crepúsculos, cien crepúsculos; y como estos atardeceres, mil. Nuestro Madrid, ciudad- oasis, es hermoso porque nació triste. G. M A R T Í N E Z SIERRA ten en el mundo seres ansiosos de conseguir nuestras so- jeto de practicar su profesión, para la que necesitan una licencia del Ayuntamiento estipendiada en diez pesetas. bras para alimentar á sus hijos. Si en pleno Madrid se advierten lamentables deficien. Llegan á Zas Carolinas cuando aprieta el calor, y allí cias higiénicas, ¿qué será en la barriada objeto del presen- se entretienen separando todas las porquerías que recote artículo, donde no se almacena más que inmundicias gen, vendiéndolas después á determinadas traperías del en montones que apestan á respetabilísima distancia, com- barrio. Cómpranse por arrobas; la de trapos se paga á puestos casi todos por restos de substancias orgánicas en 6o céntimos; la de papel, á 3o; la de cristal, á i5; la de putrefacción ó trozos de ropas que cubrieron cuerpos huesos, á 40, y la de metal, á 25. Los zapatos y botas vieminados por enfermedades contagiosas? jas, á 5 cuntimos el par; los botes de estaño, á 10 cén- NTfcRIOR DE UN CORRAL SEPARANDO TRAPOS R 1 NCONES DE MADRID. LAS CAROLINAS Otro de los barrios más curiosos de Madrid es el de los traperos, conocido también por el sobrenombre de Xas Carolinas desde que un fabricante de cuerdas de guitarra, vecino de aquellos arrabales en época de la célebre cuestión hispano- alemana acerca de estas islas, le dio por decir á sus amigos siempre que de ellos se despedía para dirigirse á su casa: -Adiós, señores; me voy á LasCarolinas. Están muy próximas al vecino pueblo de Tetuán, y cuentan unos veinte años de existencia. Hasta hace muy poco tiempo, en LasCarolinas no existia ni un solo retrete. Hoy ya hay algunos, pues se va extendiendo esta moda, como allí los llaman, gracias al concejal D Alfonso Camacho. El Sr. Bartolo, alcalde del barrio, posee en su misma casa una magnífica trapería y una surtida tienda de comestibles. La mezcolanza comercial no está, pues, libre de infinidad de comentarios. Los traperos habitan, como podrá verse por las adjuntas fotografías, barracones hechos con unos cuantos tableros y varias hojas de lata y ladrillos unidos toscamente con barro y estiércol. Duermen sobre montones de trapos; comen gran parte de las substancias que recolectan, y muy principalmen- timos la docena; la media arroba de carbón de cok gastado, á 3o; la docena de frascos de cristal, á 20, y las botellas sueitas á 5. El tabaco y las colillas son los productos que alcanzan mayor precio. Márcanse á ocho reales medio kilo. Quien quiera visitar este rincón madrileño, antes de entrar en él necesita entablar una verdadera batalla perruna. A nuestro encuentro salieron más de cincuenta canes entonando armoniosos ladridos al espacio. Un tal Pascualillo, trapero de los más antiguos, ha llegado á reunir ta) capital mercando sus hallazgos, que, según nos manifestó, puede mantener desahogadamente una piara de cincuenta cerdos y un pudridero de más de J t REBUSCANDO HUESOS UNA DE LAS PEORES CASAS DEL BARRIO Fots. Ayllon Constan de un sin fin de casuchas, estercoleros y basureros que constituyen el único negocio de sus pobres habitantes, obligados por triste condición humana á vivir de lo que nosotros creemos inservible, de lo que nosotros arrojamos como desperdicios, sin pensar que exis- te los mendrugos de pan, que almacenan en barreños de veinte metros cuadrados, donde por la acción del sol y agua. Los ropajes son malísimos, y su género de vida de las lluvias se transforman las porquerías en abono incorre parejas con el vestuario. mejorable para las huertas. Véndelos á peseta el carro. A las cinco de la mañana, bien sea en invierno ó bien en verano, ya pululan por las calles de la capital con obEDUARDO G. G E R E D A