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Se levantó, y á los primeros pasos ensayados sobre la mullida alfombra sintió que se hallaba otra vez bueno y con fuerzas. Descorrió una colgadura hacia la izquierda y vio algunos utensilios que le parecieron muy extraños, pero que permitían adivinar un aparato de baño y los demás objetos pertenecientes al tocador del marciano. Antes de atreverse á usar aquellos objetos desconocidos, registró primeramente el resto del espacioso cuarto. En el centro de la pared, frente á la cama, se veía una ancha puerta, que al pronto no se atrevió á abrir. Volvióse sobre la derecha y observó que los tableros del tabique lateral contenían igualmente una puerta que estaba sin cerrar. Conducía á un gabinete obscuro. Al estar Saltner tratando de investigar el mecanismo desconocido, se enrolló la puerta y dejó penetrar mayor claridad al cuarto. Vio en la pared del frente una cama igual á la suya, y con inmensa alegría conoció á Grunthe, que yacía en sueño tranquilo. -Buenos días, Doctor- -exclamó en seguida. ¿Cómo andamos? Grunthe abrió los ojos lleno de sorpresa. ¿Saltner? -preguntó. -Aquí estamos, buenos y sanos, ¡quién lo creyera! Pero el pobre Torm, ¡nadie sabe dar razón de él! ¿Y sabe usted en dónde nos hallamos? -preguntó Grunthe espabilándose en seguida. -Lo sé, pero probablemente no querrá usted creerlo. ¿O por fortuna habló usted ya con el bravo de Tiü ó con la hermosa Sel- -Estamos en poder de los nume- -dijo Grunthe sombrío. ¿Es amos solos? -Eso creo; pero ¡el diablo que se fíe de estas mecánicas! ¡Quién sabe si por algún lado nos estarán oyendo y viendo lo que pasa aquí, ó si algún fonógrafo secreto estará formando un protocolo de cada palabra pronunciada por nosotros! Vaya, el alemán no lo entienden, por lo pronto. ¿Qué hora es? ¿cuánto tiempo estuve sin sentido? ¡Quién lo sabe! Yo creo que aquí no existe tiempo alguno. -Bueno, ya podrá determinarse cuando volvamos á ver el cielo- -dijo Grunthe. ¿Cómo se enciende la luz? -Sírvase usted pisar el suelo delante de su cama, y será de día. Estamos en el país de la servidumbre automática. L despertar Saltner por segunda vez, se sorprendió no poco de hallar nuevamente cambiado por completo cuanto le rodeaba. La habitación estaba obscura, pero el techo relumbraba con luz gris mate, de modo que podía distinguir los objetos que le rodeabsn. Notó en seguida que ie habían trasladado á un cuarto distinto; no reñía ventanas, ni se escuchaba en él el rumor del mar. En cambio vio cerca de su cama diversas cestas y paquetes, en los cufies creyó conocer una parte del contenido de ia barquilla del aiobo naufragado. ¡Si hubiera un poco más de claridad! Pero ¿cómo encender luz? Comenzó alzando un brazo con precaución para no volver á dar saltos involuntarios, y cuando creyó encontrarse bajo las circunstancias normales de la atracción terrestre, se sentó de repente en la orilla del lecho. Y ¡qué sorpresa! al momento de tocar sus pies contra el suelo, se iluminó la habitación. En el techo se había abierto una ancha claraboya por la que penetraban los alegre? rayes del Sel, apenas contenidos por un ligero transparente. Vio que, en efecto, tenía á la vista casi todos los objetos propiedad de la expedición; también encontró sus vestidos cuidadosamente secados y cepillados, y en el suelo vacía Tilla HMitnTirri- T i iwiririimtnTi