Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
VIDA LACIONESAL AIRE LIBRE. MEDITAFRENTE AL MAR Salió el tren de agujas; parpadearon por última vez las luces de los discos, y el lujoso convoy de lujo corrió con vertiginosa rapidez hacia el Mediodía. A poco, los tres niños pobres se durmieron sobre los mullidos almohadones y la Hermana de la Caridad se puso á rezar. Blandamente la santa mujer había protestado del gasto excesivo, y yo, para protestar á mi vez de las odiosas exigencias de las empresas, ansioso de llegar cuanto antes al mar con los pequeñuelos, los instalé en un departamento y tomé billete hasta para el casi bebé que llevábanlo: El revisor, en representación legítima y gruñona de la plutocracia ferroviaria, miró con cierto desdén nuestros humildes equipajes, y no pudiendo hallar infracción, exclamó en son de censura, después de barajar billetes, medios billetes y suplementos un buen rato: ¡Aquí sobran billetes! -Tan pequeños eran los niños y con tanta escrupulosidad habíamos cumplido con el Reglamento. ¡El T eglamento! ¿Desde cuándo autorizaba á suprimir en el expreso, que en todas las naciones civilizadas lleva coches de segunda clase, hasta los viejos vagones de primera? ¿Quién había consentido, contra toda ley y razón, el aumento de precio en los asientos? Ya no tienen derecho á viajar con rapidez más que los millonarios, y éstos cuentan con pases y rebajas que se niegan al pobre. Iba pensando en ei cocne- enfermeria de la Asociación de Hospitales de Lyon, dotado de cocina y cómodos camarotes- camas, el cual transporta por la línea París, Lyon, Mediterráneo, á los pobres niños que van al Sanatorio Rene Sabrau, en Hyeres en la hermosa costa azul, cerca de Niza. Y al ver tan contentos á mis viajerillos, respirando ansiosos el aire campestre que oreaba el tren todo con frescas y bien olientes brisas, me acordaba de los infelices chiquillos de Madrid, condenados á hacer la vida callejera, y los cuales á semejante hora reúnense en el Prado y se entregan á sus anchas al deporte gimnástico, utilizando las barras del paseo central. Los buenos burgueses detienen su paso y contemplan con indulgente complacencia los ejercicios de equilibrio, los saltos, las vueltas de ríñones en la barra, todo el repertorio de la chiquillería andante, á la cual hubieron de dedicar en no muy lejana ocasión varios artículos Cavia, genial y nobilísimo iniciador de nuevas ideas, y mis queridos compañeros Muñoz y Mariscal. Entonces convinimos todos en que el Hipódromo de Madrid pudiera ser un amplio centro de puericultura práctica. Allí van los muchachos ricos á solazarse. ¿Sería tan difícil abrir las puertas á unos cuantos chicos pobres? Es más, los cultivadores del juego de pelota modernista, foot- ball, se han federado y les preside un distinguido joven, D Carlos Padrós, y me atrevo á preguntarle: ¿No sería posible que los entusiastas jugadores contribuyeran á formar equipos (creo que se dice así) con un determinado número de jóvenes á los cuales aceptarían como compañeros? Yo espero mucho de la hidalguía y generosidad de tan simpáticos individuos. Y allá hay vasto campo (como diría un articulista cursi) para organizar marchas, carreras, saltos y otros muchos juegos populares é higiénicos. Sería un medio práctico para que fraternizasen ricos y pobres, que han de hallarse juntos más tarde en talleres, fábricas, regimientos y barcos... Hasta ahora sólo se reúnen en otros puntos que más vale no mencionar. Hay otro medio de hacer vida al aire libre, de gran enseñanza y de poco coste. En una revista reciente leía una descripción interesante de una excursión al Guadarrama, hecha por el ilustrado joven D Gonzalo Jiménez de la Espada, á quien acompañaron otros valientes exploradores de la hermosa cordillera, frecuentada por artistas y amantes del alpinismo. Y vuelvo á preguntar: ¿No sería factible fomentar expediciones con niños pobres, á los cuales se les proporcionaría ventajas inapreciables? D Francisco Giner de los Ríos, apóstol incansable de la moderna Pedagogía, creador de las Colonias escolares, bien podría organizar esos viajes populares en favor de los niños menesterosos. Y como en España conviene invocar los precedentes, sin lo cual nada puede hacerse y á pesar de ellos poco se hace, recordemos los campos públicos de juego en Alemania, Austria, Suecia, Dinamarca, Holanda y Suiza, acerca de los cuales ha hecho estudios de importancia la ilustre profesora doña Matilde García del Real, y mencionemos también la Obra del aire libre, en los Estados Unidos, que comenzó con nueve pilletes, dirigidos por un amigo de los niños, M Parsons, y ahora lleva más de veinte mil niños, durante dos semanas, al campo ó al mar. Si las empresas ferroviarias tuviesen presente sus conveniencias, facilitarían los viajes abaratándolos, y estas excursiones serían hacederas por todas las líneas de España. No entiendo mucho de números, pero me parece haber oído que los trenes baratos producen más que los de lujo, siquiera sean tan caros como el que nos trajo á estas playas; de suerte que no se trata de que pierdan tan respetables Compañías. Pero, volviendo á mi tema, creo que la vida al aire libre es uno de los remedios más eficaces para contrarrestar las evidentes injusticias de las diversas condiciones sociales. Ha dicho un hombre de gran talento, antroprocuitor práctico, D Juan Bautista Amorós: No conozco humanos más infelices que los niños. Heredan fatalmente la condición morbosa de sus padres, no heredan con igual fatalidad los bienes de fortuna, y no heredan en absoluto los bienes espirituales, que son siempre producto de la educación. Y la educación es obra colectiva, disciplina ejemplar que exige la colaboración de educadores é ineducados. No se obtiene con preceptos de manualete, sino con buenos modelos vivos, sanos de corazón é inteligencia. El mal será contagioso, pero el bien puede hacerse endémico. Esto lo comprenderán muy bien los médicos; y ya que de ellos hablo, no puedo por menos de dirigirme á un plantel de compañeros, todos distinguidísimos, que (son palabras de un popular revistero taurino) han sabido hermanar los procedimientos de curación con el encauzamiento de tanta y tanta variedad de cosas necesarias á obras como la de que se trata. Esta obra es la construcción en San Sebastián de una grandiosa Plaza de Toros, terminada en pocos meses, monumento con mucha luz, mucha alegría, muchísima comodidad, y todos, absolutamente todos los adelantos puestos á contribución, como lo demuestra la cantidad empleada en la erección, que asciende á millón y medio de pesetas al decir del articulist Yo les deseo pingües rendimientos y les brindo con una inmensa alegría, una inefable satisfacción si destinan parte délas ganancias á crear otra obra, si notan monumental, acaso más grandiosa en las playas de San Sebastün ó de Fuenterrabía. Y para verla en funciones pasen la frontera, y en el valle del Bidasoa, en el fondo del golfo de Vizcaya, en la hermosa playa de Hendaya verán unos cuantos pabellones que constituyen un Sanatorio marítimo; costó, si no recuerdo mal, unos 600.000 francos; allí se albergan doscientos desgraciados, niños y niñas, de dos á quince años, convalecientes unos, anémicos todos, pretuberculosos, raquíticos en su mayor parte... en los cuales se obtienen curaciones maravillosas. Ya que hicieron, según el escritor taurino, un verdadero milagro construyendo el hermoso circo, hagan también más tarde, con sus productos, infinitos milagros curativos. Yo puedo decirles que la alegría producida por la lenta resurrección de un niño es muchísimo mayor que cuantas satisfacciones puedan proporcionar las fiestas más alegres. Al ver como curándolos seles concede, como dice Amorós, el derecho de jugar á su gusto al par que el derecho á la vida, el corazón, por muy pequeño que sea, se ensancha y abre á todos los sentimientos generosos. Y cuando la noche cierra y los cuerpecillos descansan á su sabor, contémplase con inefable dulzura el infinito, lejos de la ciudad que agosta, mientras se oye el rumor de las olas que con rítmico alentar, á manera de madre arrulladora, parece que dicen: ¡VEN, VEN, VEN! MANUEL OE TOLOSA Ifi vC LATOUR Sanatoi io marítimo de Santa Clara, Agosto, 1 c o3. A C T U A L I D A D E S D E ANTAÑO, EL R ESTRENO DE UN GRAN ORADOR ¡Oh! mi queridísimo y siempre admirable y siempre admirado compañero Sr. D Juan Valero de Tornos: no puede usted imaginar lo que me ha deleitado la lectura de su curioso artículo ios periódicos del siglo pasado, lectura con que se han refrescado en mi alma gratos recuerdos, quizás un tanto desvanecidos en el tiempo, nunca del todo borrados en la memoria. Y, en verdad, que aludiendo á ese trabajo y á otros no menos interesantes y de la misma índole, dice usted, con muy justificado y con muy legítimo y muy natural engreimiento: y he tenido el honor de ser el que en esta última época he puesto de moda el género Hay en esta afirmación- -que no discuto ni pongo siquiera en tela de juicio- -algo que podría parecer á la suspicacia de lectores maliciosos indirecta acusación de plagiarios ó de imitadores á los que, sin el ingenio y sin el donaire de usted, cultivamos (por necesidad ó por gusto) la literatura retrospectiva. Sólo por este motivo quiero decir que La España Moderna publicó en Octubre de 1894 y en Septiembre de 1 895 sendos articulillos míos, titulados respectivamente: La hijuela del Parnasillo y Treinta años después; malos ambos, sí señor; muy malos, como míos: pero no imitaciones ni plagios de las sabrosas crónicas retrospectivas que, para contentamiento y regocijo de las personas de buen gusto, publicó usted en el año penúltimo del siglo próximo pasado. Por cierto que no olvidaré nunca la benevolencia y el cariño con que usted me trataba en una de esas crónicas. Es seguro, segurísimo, indiscutible, que usted ha puesto de moda el género en esta última época, pero es asimismo evidente que yo, sin haberle puesto de moda, que á tanto no llegaron nunca ni en nada mis influencias, lo cultivaba ya cinco años antes. Sin haberme desembarazado de esta sospecha de plagiario no me hubiese atrevido yo á continuar evocando memorias de las Actualidades de antaño con la tranquilidad de conciencia del que pueda afirmar, como el poeta de Las Noches: mi vaso no es grande; pero bebo en mi vaso. De impresiones propias hablo hoy al narrar lo acaecido en el Teatro Español (todavía lo llamaban por aquel entonces del Príncipe) con motivo de celebrarse allí una reunión pública para tratar de asuntos electorales. Estábamos en Agosto de 1 854. Llevaba pocos días de existencia el Ministerio formado por Espartero en Julio anterior, y aún se ignoraba si, en cumplimiento de uno detesofrecimientos contenidos por el famoso Programa de Manzanares, serían convocadas las ioven, según nos dijeron después, era CRISTINO MARTOS. Cortes Constituyentes, cuando acertamos á pasar por ANTONIO S Á N C H E Z P É R E Z delante dei teatro susodicho un mi amigo y yo, que, á la cuenta, no teníamos en qué pasar el rato; y como viésemos abiertas de par en par las puertas, cosa muy extraña en la estación de verano, caímos en la tentación de curiosear un poco lo que dentro se hacía. Penetramos, no sin recelo de que alguien nos saliese al encuentro para impedirnos la entrada; no sucedió así: la reunión era pública; se concurría libremente, y así y todo, no era muy numeroso el público. Di onocido de todo en todo era para mi nuestro personal político de aquella época; mi amigo, aunque no muy bien enterado sobre el particular, lo estaba un poco más que yo, y pudo decirme cuando nos instalábamos en las butacas: Ese que ahora habla, es el gran orador D Joaquín María López. Por escasas que fuesen entonces mis noticias sobre nuestra historia política contemporánea, no podía yo ignorar quién era el presidente del Gobierno provisional formado en 1843. D Joaquín María López estaba considerado como el primer orador parlamentario de España. En aquella ocasión, sin embargo, su discurso no me pareció digno de su fama. Acaso estaba ya el antiguo tribuno en su decadencia; tal vez se sentía cohibido ant; un auditorio que le era hostil; quizá... ¡quién sabe! La verdad del caso es que el discurso resultó deslavazado, poco varonil, vulgar y de efectos rebuscados, lleno de gastados tópicos; vamos, una desdicha. ¡Diablo! dije á mi camarada; si as! lo hace el mejor, ¿cómo lo harán los otros? ¿Quieres que nos marchemos. Y, en efecto, nos disponíamos á salir, cuando vimos avanzar hacia el proscenio á un joven barbilampiño, de facciones abultadas, de amplia frente, á la que servían de marco mechones de cabellos ralos que le llegaban hasta cerca de las mejillas. Su mirar altanero, su aplomo al pisar las tablas, un no sé qué singularísimo que se advertía en el conjunto del desconocido, llamó nuestra atención y nos retuvo en las butacas. El ciudadano que presidía la reunión (no supe quién era, ni procuré aviriguarlo) presentó al joven de los lentes, porque he olvidado decir que usaba lentes, lo cual le daba cierto airecillo de impertinencia y de osadía que, sin prevenir mucho en favor suyo, no era antipático del todo. Señores, dijo el presidente: un orador nacido en estos días y que ha caldeado con su elocuencia, en el fragor del combate, los corazones de quienes peleaban en las barricadas, quiere dirigiros la palabra. Os ruego que le escuchéis; es un buen demócrata. Obediente, mejor dicho, resignada la concurrencia, queempezaba ya á fatigarse, escuchó: Señores, comenzó á decir el recién presentado, van á verificarse, aún no sabemos cuándo, pero seguramente muy pronto, elecciones generales, y yo os pregunto: ¿qué censo va á servir para ellas? Una tempestad de protestas acogió esas palabras. ¡Qué tonterías! -gritaban unos. -Eso no hay que preguntarlo, -murmuraban muchos. Y la repulsa fue general, y las manifestaciones de desagrado unánimes y ruidosas. Esperó el orador muy sereno á que la tormenta se apaciguara, y como si nada hubiera pasado, continuó: El censo de los polacos no nos sirve; es un censo falsificado; el de ¡os progresistas del 43, tampoco. La tempestad comenzó de nuevo, pero más terrible, más atronadora que antes. ¡Que calle! ¡Fuera! ¡Aquí no venimos á oir niñadas! -Y pateo va, y siseo viene, el auditorio en masa levantóse con el visible propósito de dar por oído el discurso y desalojar la sala. Alguien se acercó al joven, que proseguía muy tranquilo en medio del escenario, y le habló al oído. Entonces el barbilampiño, con ademán majestuoso que se impuso á todos, y con voz que dominó el ruido de protesta, dijo: Voy á defender el sufragio universal. Como por encanto, se convirtieron en aplausos las protestas. ¡Eso, eso! -vociferaron todos. ¡Que hable! -dijeron muchos. Y habló... ¡Pero cómo habló! Nos encontramos con un orador prodigioso; una verdadera maravilla de elocuencia. Nunca elocución más bella se había puesto al servicio de razonamientos más sólidos. Los períodos parecían salir cincelados de aquellos labios. El público los escuchaba encantado y le aplaudía con entusiasmo creciente. Hubo un momento en que los vítores y las aclamaciones obligaron al orador á interrumpir su perorata. Restablecido el silencio, reanudó el joven su discurso, diciendo con tranquilidad asombrosa: Yo os agradezco en el alma esos aplausos, y me felicito de lograrlos, porque ellos me demuestran que, en este particular, vosotros y yo pensamos lo mismo. -Sí, sí, sí, -gritó frenética la concurrencia. Sea en buen hora, continuó sonriendo el orador vitoreado; pues esto que os gusta, esto que aplaudís, es precisamente lo mismo que yo quería deciros antes; sólo que, naturalmente, para decirlo tenía que principiar por el principio... Una carcajada de conformidad fue la recompensa de aquella lección. Los aplausos y los vítores continuaron. Y un señor viejo que á nuestro lado estaba, dijo como hablando consigo mismo: Mozo de cuenta es éste; llegara á mucho y dará que hacer. La predicción del viejo tuvo exacto cumplimiento. El w n- r r i r innir m 1 n JTTI n