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LA CASCADA IRIS Fot. Asenso VI 3 TA DEL MONASTERIO Fot. H. Homo Al pie de un torrente que se precipita soberbio por entre rocas color de sangre que, mal seguras sobre sus cimientos, amenazan caer, aplastando en su caída árboles y personas, está el asiento de (Sánovas, del hombre que aplastó con su política funesta nuestro poderío colonial. En la parte baja de la sierra, la airosa torrecilla gótica y el poético lago, vivienda inmortal de una ondina, donde Zorrilla descansaba soaando leyendas; próximo á ellos, e húmedo rincón erizado de juncos, sombreado por robustos nogales y alegrado por el rumor de una fuentecilla, frente al cual abocetaba sus cuadros Plasencia. A un centenar de pasos, la enorme cortadura, la ventana abierta sobre el valle entero que sirviera de miradas á Tamayo y Ayala cuando imaginaban sus inmortales obras. Por fin, río abajo, siempre río abajo, llegamos al punto más hermoso de Piedra, á aquel en que las aguas, acrecidas en su velocidad, se amontonan y se detienen un instante, para despeñarse después formando imponente cascada. Alli está la cascada, que se precipita de cincuenta metros de altitud, cubriendo una gruta á cuya entrada remeda la roca monstruos apocalípticos, angelotes desdibujados, aves enormes, torsos gigantescos, formidables mandíbulas entreabiertas, contornos titánicos de mujeres y de hombres. Allí ruge el agua como una fiera y cantan los pájaros como querubines y se deshace en nieblas arcoiris la espuma; allí las flores se multiplican auxiliadas por las frescuras de la perpetua sombra, y los bandos de pa- plandores violáceos que brotan de dentro; las rasgaduras de la roca que sirven de respiradero al sol, ofrecen visiones sorprendentes y rápidas; tan pronto es la visión una franja azul de la cual cae un rocío color de lirio, como una franja verde que vomita crespones rosáceos; en ocasiones, algo así como un relámpago salido de una nube de piedra, alumbra bocetos de arquitecturas griegas hechos con estalactitas y estalagmitas; y cuando el relámpago pasa y las tinieblas vuelven á dominarlo todo, esmaltándose con cien puntitos de luz, remedan estrellas errantes. Entonces se camina á tientas entre un coro de salvajes rugidos propios á gargantas de horribles fieras que bostezan su hambre y afilan sus uñas. A cabo el paseo. Las últimas luces del crepúsculo se extienden sobre claustros y celdas... Pero la melancólica semisombra dura poco. Focos eléctrico; aparecen por todas partes; grupos bulliciosos llenan o; claustros; de las cocinas brotan olores de festín; en la c- ala capitular, suenan los acordes de un piano; el antiguo refectorio, austero comedor de frailes, es comedor de fondas, el claustro, pasillo donde los glotones se atropellan; las ceidas, habitaciones para familias de ambos sexos... No; no es el de ahora el poético Monasterio que yo visité por Abril hizo un año; entonces escasamente lo vivían dos ó tres parejas solitarias y amantes que se esquivaban al divisarse en los claustros desiertos... Entonces el valle era Paraíso recién violado; las celdas eran nidos de amor... JOAQUÍN D 1 CENTA Historia de una puerta T E las puertas del viejo Madrid, sólo dos se conservan: una- -la de Alcalá, -majestuosa y bella; otra- -la de Toledo, -fea y pesada. La historia de última es la que vamos á contar al lector. El reciniu ae Madrid, cuando Alfonso VI le conquistó, no pasaba de la Puerta de Moros, y por allí salían cuantos se encaminaban á Toledo ó á Andalucía. Aumentó la población después de la conquista, y á principios del siglo XV ya existía un portillo llamado de la Latina. Siguió Madrid creciendo, y á fines del mismo siglo XVI se construyó la Puerta de Toledo, unas varas más arriba de la actual. La puerta era bastante mala y la formaban dos arcos de ladrillo, con dos fuentes delante, y de ella arranca- CASCADA DE LA COLA DEL CABALLO l ot. Ascnjo T 01 ÍEE DEL HOMENAJE Fot. Ast lljo lomas aletean, y el cielo tiene más transparencia en su azul, y el sol refleja como un joyel de oro en el arranque cristalino del salto. Es el sitio de Castelar. La gruta. Al interior de la gruta vamos abriendo la minúscula puertecilla que se entreabre sobre un boquete obscuro semejante á la antesala de un cubil. Mejor que andar, deslizase uno entre aquella angostura, recibiendo sobre su cabeza el agua filtrada por la roca en lluvia menudísima y resbalando sus pies contra una superficie gredosa. A los veinte pasos el boquete se ensancha; un rayo de luz penetra por una raja de la bóveda; una desigual escalera, amparada con barandillas rústicas, surge delante de los ojos, y el expedicionario comienza á descender por ella describiendo semicírculos, alumbrados á veces por rayos de luz que vienen de fuera, á veces por res- ¿Dónde conduce aquel camino, aquel hundimiento espirálico en las entrañas de la tierra? El juicio se obscurece, la mente se turba; el hombre llega á creerse un condenado, que por mandato de divinidades católicas ú olímpicas baja á las cavernas de Plutón ó al infierno de Lucifer. Y más se afirma en su creencia cuando topa con ancho ventanal que descubre un circo de rocas negras como carbones apagados, rojas como cuajarones de sangre, en cuyo centro hierven las aguas como si estuviesen en plena ebullición, y sobre el cual se ciernen unos monstruos petrificados, aves de alas abiertas, garras amenazadoras y carnívoro pico, y caen torrentes espumosos que los reflejos del sol transforman en diluvio de fuego. Aquella es la gruta, á la que se llega por una ranr. pa que brilla como un plano de acero y resbala como un tapiz de fango. La gruta; infierno en miniatura que con el color trágico de sus rocas, el moribundo tono verde de sus lagos inmóviles, el horrendo aspecto de los monstruos que las piedras finge, el hervir revuelto de las aguas, el diluviar ígneo del torrente, el brotar descoyuntado y trágico de la negra vegetación, el pavor de los ecos que vienen y van remedando gritos de angustia de una pared á otra, el constante gotear del agua, el eterno rugir de la espuma y el siniestro brillo de la luz, parecería infierno real, purgatorio de tremendos pecados, palacio de la muerte que sólo la muerte puede producir, si las palomas anidadas en él, alegrándolo con su vuelo y entrando y saliendo por los huecos del cortinaje que tiende la cascada sobre la inmensa cortadura bordada de sol, no proclamaran el triunfo del amor y la perpetuación de la vida... Fot. Asenjo ban tres calles de álamos que iban a morir en el puente del mismo nombre, que hasta 1720 fue de madera, después de fábrica y otra vez de madera. Por fin en 1812 se resolvió construir una puerta más decorosa que aquellas dos míseras arcadas de ladrillo, y de su traza se encargó D. Antonio Aguado. En dicho año se colocó la primera piedra, encerrando en una cajita monedas del reinado de José Nopoleón I, Calendarios y Guías de Torasteros de aquel año y un ejemplar de la Constitución de Bayona. Pero á los pocos meses salieron los franceses definitivamente de Madrid, y el Ayuntamiento resolvió consagrar la puerta á conmemorar la derrota y expulsión de los invasores. Para ello se levantó la primera piedra, se sacó la cajita de plomo y se metieron en ella medallas de Fernando VII, los Calendarios y Guías de Forasteros correspondientes y un ejemplar de la Constitución de Cádiz. Al año siguiente tuvo á bien Fernando V suprimí