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-Ya sabes cómo se fundan los periódicos- de provincias. Forzosamente son políticos; fatalmente han de ser los maese Langostino de un cacique cuaíquiera. Nacen de un apuro ó de una vanidad; viven, cuando ministeriales, de unas cuantas nóminas en la Diputación y en el Ayuntamiento, y, cuando de oposición, de un prorrateo entre los comités del partido. Su momento de oro es aquel en que el cacique se encarama á la subsecretaría ó á la poltrona; entonces jancha es Castilla! Si el director está en la cárcel, se ve, como por ensalmo, libre. Si solamente está empapelado el don Fulano, subsecretario ó ministro, echa toda el agua al molino de su influencia y sobresee el proceso. Cuando menos, lo saca de entre las garras de la curia. Cuando más, lo hace concejal de repente. ¿Qué más puede pedir? De los redactores no hablemos. Ya puedes imaginarte su paraíso. Seis duros, ocho duros, destino en el Gobierno ó en la Diputación, entrada en las comisiones de festejos... ¡La mar de gangas! Y dirás tú: ¿Qué hace el director para que el cacique lo proteja de una manera tan escandalosa? Y los redactores, ¿qué hacen para tener gajes tan envidiados y de tanto provecho? Y á eso te respondo: -El director, por muy bien que vengan las cosas, estando en calma la política local y el cacique quieto, lo menos que hace es trabajar como una bestia. ¿Y para qué? Para que luego llegue el periódico á vuestras redacciones madrileñas y no haya quien siquiera lo desdoble. Y no te quiero decir cuando se enreda la política. El garrote contrario, el juez enemigo, el gobernador dictadorzuelo caen sobre el director de provincias en un diluvio de atropellos, iniquidades, encarcelamientos y garrotazos. Algunas veces, cuando se retira á dormir, se encuentra una bala perdida... ¿Y qué honra, ni qué provecho, ni qué utilidad, ni qué fama logra con riesgos semejantes? Los que antes te he dicho: cuando menos, verse libre del juez; y cuando más, ser un edil improvisado. La labor de los redactores es más trabajosa, más obscura, cien mil veces peor. El redactor provinciano contrae la enfermedad de escribir en la flor de su vida, al lado de la primera novia, en plena primavera del alma. Sus cuentos, sus poesías, sus crónicas, tienen siempre un rayo del sol del espíritu, van vestidos de juventud y son concebidos sin pecado de interés. En sus versos, trabajados y pobres; en su prosa, niña y altisonante, alientan la piedad, el amor, el entusiasmo... ¡Pobres arroyuelos que dan en el mar de la indiferencia! Escriben con el pensamiento puesto en Madrid, diciendo en voz alta el nombre de toda firma conocida, soñando, como porvenir de su ideal, con un puesto en la redacción de estos periódicos de que vosotros renegáis. Y pasan años y años, y la juventud les da el adiós eterno; y cuando se les acerca la vejez, hállalos soñadores aún, idealistas aún, todavía esperanzados y luchadores, llevando á cuestas su cruz de héroes sin gloria... El Salón de Conferencias, los estrenos del Español, los bailes del Real, todo ese oropel del periodismo cortesano les da calentura de deseos. No tienen ni aun el desquite de la tranquilidad. A la neurosis de nuestro periodismo, no pueden oponer el sosiego del suyo. ¡Ríete de las horacianas en una redacción de provincias! ¿Cuál es vuestro malestar? ¿De qué nacen vuestros disgustos y sinsabores profesionales? Porque más envidias, más intrigúelas, mucha más mala fe y bastante menos caridad que entre vosotros, hay entre ellos. Vosotros, aunque con el vilipendio de ser escalones para que otros suban, siquiera vivís. Ellos no viven. Porque ser Maese Langostino de un cacique, empleado por recomendación, redactor por diez duros, prólogo de cárcel y víspera de apaleado á traición, es, y bien puedes creérmelo, la mayor desdicha de la tierra. I asta aquí llegó el periodista cordobés, y aquí hago yo punto. Porque si doy en comentar, ni dejo espacio en el periódico, ni paciencia en el ánimo del lector. Este, de seguro, comentará. CRISTÓBAL DE CASTRO ¿Cómo que no? ¿Están trabajando todos los obreros de España? -No, señor. Están en huelga los revocadores de fachadas de Polentinos. -Pues hay que secundar esa huelga, para que se vea la solidaridad del proletariado. Y allá van á tontas y á locas unos cuantos hombres á vocear contra el Gobierno, exponiéndose á que los metan en la cárcel. Y es inútil que las personas sensatas del partido aconsejen calma y prudencia para no perder con la sinrazón las ventajas adquiridas; al menor chispazo brota el incendio, y se aprovecha el pretexto más nimio para no ir á la escuela. Todo lo dicho anteriormente no va con los maquinistas y fogoneros de no sé cuál línea importante que, cumpliendo lo preceptuado en no sé qué ley, r. n participado á la superioridad su propósito de abandonar sus puestos. Puede que tengan más razón que unos santos, y que huelga esté plena y completamente justificada. No se i ta de eso ahora. De lo que se trata es de que la Comp nía, consultada por el ministro del ramo, ha dicho poco más ó menos lo siguiente: La huelga no llegará á estallar, porque los obreros no saben lo que dicen. Fundan sus quejas en que se creen perjudicados por el nuevo sistema de distribución de ciertos beneficios; pero cuando ésta se lleve á efecto, han de ver que el nuevo sistema les favorece extraordinariamente, se apresurarán á dar las más expresivas gracias á la Compañía, que se desvela por el bienestar y la prosperidad de sus subditos. Del texto anterior se desprende una consecuencia lógica: Si los operarios salen ganando con el nuevo sistema, será porque la Compañía se perjudique. Lo que maquinistas y fogoneros cobren de más, los señores accionistas lo cobrarán de menos. Y me parece una torpeza insigne del Consejo de Administración provocar un conflicto, que puede adquirir gravedad extrema, por el gusto de sostener una resolución que no favorece los intereses que le están encomendados. ¿Con el sistema antiguo estaban contentos los fogoneros y los maquinistas? Sí, puesto que han protestado de que se varíe. ¿Con el sistema nuevo sale perjudicada la Compañía? Indudablemente, puesto que la cuesta más caro que el otro. Pues la manera rápida y eficaz de conjurar la huelga no es pedir un plazo para que los descontentos se convenzan. El Consejo ha podido y debido decir al señor ministro: La huelga no llegará á estallar porque la Compañía renuncia á sacrificarse, como tenía pensado, y los obreros seguirán como estaban, puesto que está visto que no les gusta obtener ventajas mayores. De ese modo todos hubieran salido ganando. El ministro, porque se quitaba una preocupación de encima; los accionistas del ferrocarril, porque repartirían mayores dividendos; el país, porque no temblaría ante el peligro de una conmoción que pudiera lastimar su comercio y su industria; y los obreros disgustados, porque se saldrían con la suya. Y el camino de hierro, que pudo estar orlado de espinas, quedaría orlado de flores. SINESJO DELGADO mujeres que con tanto calor y entusiasmo han tomado la defensa de su pan, como se equivocarían los que vieran en este movimiento algo balad y así como cosa de juego. Mucho más explotada la mujer que el hombre; más deprimida su dignidad, que á veces tiene que sufrir asechanzas formidables, sólo aliento y estímulo merecen esas pobres mujeres, que después del trabajo atienden á los cometidos de la Sociedad. Buenas madres, buenas esposas, buenas hijas, ganan el pan con el sudor de su rostro, cumplen los deberes del hogar y hurtan unas horas al sueño y unos céntimos al salario para mejorar su condición y legar á los pedazos de sus entrañas un porvenir más risueño y consolador que el presente. Ayer se organizaban pensando que si ellas no trabajaban por hacer menos dura su condición, ésta sería siempre perversa; más tarde planteaban y ganaban huelgas justísimas hasta la saciedad, y hoy piden el cumplimiento de una ley. ¿Quién es capaz de hacer de ellas heroínas de fútiles y necias jocosidades? ¿Quién podrá negarlas aliento y simpatía? JUAN JOSÉ MORATO Veinte horas en Piedra TrRAS una ausencia de año y pico, vuelvo á visitar el poético Monasterio. Merezco la ventura de ser huésped suyo por el corto espacio de veinte horas, y- -galanterías del azar- -me toca dormir, ó no dormir, en la propia celda que ocupé durante mi última excursión. ¡Já! ¡já! ¡já! ¡já! -Soy yo quien ríe. Acabó de leer sobre uno de los lienzos encuadradores de la galería que enfronta con el valle, las siguientes iniciales, palabras y fecha: L. C. Amor eterno. Mayo, 1902. ¡Amor eterno! Conozco á la gentilísima pareja autora de esas palabras y esas cifras. Los traté en Piedra. Eran dos locos muy simpáticos. Acaso garabatearon aquellas líneas de buena fe, sinceramente, creyendo escribir la verdad. ¡Já! ¡já! ¡já! La noche antes de emprender este viaje, tropecé con él y con ella; sólo que él iba con otra ella, y ella con otro él. Tal vez se fueran jurando amor eterno... hasta el año próximo. ¿En qué pared, en qué tronco, en qué roca grabarán las nuevas parejas su nuevo juramento? ¿A quién le tocará reirse á carcajadas de la inscripción? ¡Vaya usted á averiguarlo! La mesa donde llené cientos de cuartillas, mil veces tachadas y rehechas, ocupa el mismo sitio de antes; el tintero es igual; igual el frailuno sillón que me sirve de asiento. La cama debe ser la misma. ¡Cuántos inquilinos habrán pasado por ella desde que dejé de usufructuarla! También esta idea, mezclándose á las sugeridas por la inscripción, me produce enormes ganas de reir. ¡Calla! En otro lienzo de pared veo escritos, con lápiz, veinte ó treinta renglones. Son de letra mía. ¿Versos? ¡Ah! Ya hago memoria. ¡Con cuántas ilusiones los compuse hace quince meses, utilizando para cuartilla la lustrosa capa de yeso! Fue minutos antes del crepúsculo. El valle, teñido por una luz violeta, envuelto en tenues vapores morados, se vestía poco á poco el traje de dormir. Tras el pico de una montaña comenzaba á ponerse el sol, despidiendo fulgores áureos; en las opuestas cresterías daba cabeceos la luna; los pájaros se enviaban las buenas noches con el musicar de sus picos; los árboles, con el suspiro de sus brotes; las cascadas, con el bramido de sus ondas. Yo escribía, escribía en la pared aquélla que el sol poniente amarilleaba con reflejos de pergamino. Por fin solté el lápiz. Lleno de orgullo leí los versos en voz alta. ¡Qué estúpidos me parecen hoy! ¡Vaya! ¡vaya! El cortaplumas les sea leve. ¡Ojalá fuese tan fácil raspar la memoria como raspar una pared! Mis compañeros de excursión vienen á buscarme. Dirijo una mirada á los objetos que me rodean y emprendo, luego de atravesar el claustro y bajar la monumental escalera y atravesar el portón gótico, el hermosísimo camino del valle. Hollamos sendas alfombradas con musgos cubiertos de flores amarillas, encarnadas y azules; nos perdimos bajo las bóvedas que forman los árboles al cruzar de sus ramas, encaje verdoso que filtra mimosamente el sol; trepamos los escalones construidos sobre la sierra para facilitar el goce de sus cumbres, y, al término de la ascensión, en una meseta circundada de arbustos, apareció el Piedra desmechonándose ante nuestros ojos como una cabellera de plata. Seguímos la corriente, la caprichosa é indócil corriente que traza al bajar hacia el valle el que con justicia puede llamarse Río de los muertos porque á cada paso evoca el recuerdo de un gran poeta, de un filósofo insigne, de un pintor ilustre, de un orador extraordinario, de un dramaturgo excepcional, que, cuando vivos, bordearon las orillas del Piedra, escogiendo en sus márgenes sitio adecuado á la moral estructura de sus personas. Allí está la fuente siempre cristalina, cuyo chorro cae recto y firme contra una roca que con su persistencia horada; es el sitio favorito de Pí Margal! Más lejos, la ancha plazoleta llena de flores, endoselada de árboles que muestran por los claros de sus hojas el cielo hecho jirones, y repujada de peñotes negros que salpican las aguas blancas; en ella escribía Campoamor sus poemas; más lejos aún, la silla de Haes, el estudio del gran paisajista, puesto entre dos cascadas, una que cae á plomo sobre un cerco de rocas remedadoras de antros infernales, y otra que se deshace en hebras purísimas sobre una taza hecha con petrificaciones de musgo. Y sigue el río su camino y seguimos nosotros tras él, y sigue con él el desfile de los grandes muertos. SOCIEDADES MADRID DE OBRERAS EN Chismes y cuentos QASARON ¡ay! los luctuosos días... ¡No! no sigo por ese camino. M e ha salido un endecasílabo sin querer, y podría salirme una oda cursi en cuanto me descuidara un poco. Lo que quería decir era que ya se acabaron, afortunadamente, aquellos tiempos de pronunciamientos, barrícadas y sublevaciones en que los hombres se hacían añicos por sí había de ser Presidente del Consejo de Ministros Fulano ó Mengano. Y pasaron, porque aquí la política no le importa á nadie nada absolutamente, y á duras penas sostienen el fuego sagrado, entre la Prosperidad y la Guindalera, mis queridos amigos Pérrín, Palacios y López Suva, empeñándose en discutir si los canalejistas están más ó menos abocados al poder que los republicanos. Pero el clima no consiente tranquilidad en los espíritus; los Miasmas del jaleo y de la revuelta están en la atmósfera, y ya que no tenemos artículos de la Constitución que poner en tela de juicio, tenemos la cuestión social, que tanto hace gemir y suspirar á las prensas de todos los países. Y aquí, naturalmente, no la tomamos como cosa seria y formal, sino como motivo de gresca y de jarana. A lo mejor se levantan de mal humor el presidente y el secretario de una junta de trabajadores y se dicen el uno al otro: ¿Vamos á declararnos en huelga? -Hombre, no estaría mal; pero yo creo que ahora no hay motivo. No es extensa la organización de las obreras madrileñas- -acaso no lleguen á quinientas las asociadas para Ja resistencia al capital, -y, sin embargo, las asociaciones por ellas formadas merecen estudio. Hay sociedades mixtas, como son las de zapateros y guarnecedoras, encuadernadores, constructores de cajas de cartón y fabricantes de bujías, y sólo cuatro están compuestas exclusivamente por mujeres, que son las de lavanderas y planchadoras (lavado mecánico) constructoras de sobres, escogedoras de trapos y sastras. En las sociedades mixtas habrá unas doscientas asociadas que intervienen en Ja dirección y administración de la Sociedad respectiva, teniendo dentro de ella iguales derechos y deberes que las varones. Las sociedades compuestas exclusivamente por mujeres- -en número de unas trescientas, -se fundaron con el auxilio de individuos de las sociedades del Centro Obrero; pero una vez dados los primeros pasos, mujeres son las que extienden Jos recibos de cuotas semanales, las que llevan los libros de contabilidad, las que custodian los fondos recaudados y las que intervienen en la marcha general de la Sociedad. La noche de la semana que le corresponde se reúne la Junta directiva de cada Sociedad en el Centro Obrero, y resuelven los negocios de administración, extienden los papeles y documentos que este menester requiere, y discuten los asuntos relacionados con la lucha del trabajo y el capital, tomando á veces acuerdos de cuidado y gravedad. En los plazos marcados por su reglamento se congregan las asociadas en junta general, examinan y discuten las cuentas y todos los negocios de la Sociedad. Y contra lo que podría creerse, hay que declarar- -porque es de justicia- -que en esas juntas tendrían no poco que aprender los cuerpos deliberantes de la nación. Acierto y tino en la dirección de los debates, orden en la discusión, mesura en el discurso; todo eso hay en las juntas, lo que no excluye unafiscalizacióndetallada, en la que son modelo las mujeres, más cuidadosas de regatear el empleo de su dinero que los hombres. Además, estas sociedades plantean reclamaciones á sus patronos, declaran huelgas y, lo que es más difícil, las sostienen y conducen bien, dando verdaderas lecciones de estrategia. La Sociedad de Lavanderas y Planchadoras se constituyó hace más de un año, después de ganar una huelga. La de Sobreras, á poco de constituida, ganó otra huelga. La de Escogedoras de Trapos lleva ganadas dos ó tres. Naturalmente, cuando hay huelga, consultan el parecer de los elementos masculinos baqueteados en este linaje de luchas, pero sólo en lo que se refiere alas líneas generales. Harían mal los espíritus frivolos que se burlaran de estas ntrmir SÜM 1 SITF rasilEr TTtni iiiri i1 HIJHi- in r n i niBirnmnmi tum ¡i im