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RECUERDOS DE LA MEDINACELI. JX (FRAGMENTOS DEL EPISTOLARIO DE LA CON D ESA DE CAMPO- ÁVAN CE ELINFANTE DON ENRÍQUE, EL DUQUE DE MONTPENS 1 ER. MARTÍNEZ DE ESPINOSA Y LA MED 3 NACEL HABLAN DE PR 1 M. ...Gracias á que el BAILE DE TRAJES de la duquesa An- gela María me sirve de cómputo para recordar las cosas de aquel tiempo, ya que la memoria me abandona precisamente cuando mejores servicios podía prestarme, siendo Cirineo de mi vejez. Así para mí, todas las cosas de este mundo pasaron antes del baile de trajes ó despaés del baile de trajes... Apartándome de esta hégira, las fe has se enmarañan, los sucesos se confunden, los nombres se truecan y los personajes se difuman y borra ea las grises penumbras del r. o ser. El trágico suceso que ha entristecido tu ánima y despertado tu curiosidad, me ha hecho caer en la cuenta de él madrugón, porque teniendo invitados á los dos infantes y a! capitán general del Ferrol, quería estar de regreso en su palacio á hora oportuna para dar un vistazo á las cocinas y al comedor. y vestirse todo lo des. pacio que acostumbraba. Al salir de misa quiso la Medinaceli que, dejando el coche, fuésemos á dar un vistazo á la Puerta del Sol, donde estaban concluyendo los últimos derribos. En la calle de la Montera encontramos un grupo de cuatro caballeros, quienes, al vertios, saludaron á la duquesa. Eran, según ella me dijo, el gobernador, marqués de la Vega de Armijo, y tres periodistas: Francisco de Paula que regresaba de América el mordaz po: ta Martínez Villergas; que el empresario del Real, asustado por las silbas estrepitosas con que el paraíso acogía las artistas, hacía gestiones para contratar á la Penco, y concluyeron haciéndonos reir con el relato de los apuros que pasaba Fernández y González, conminado seriamente por las Ordenes militares para que probara el derecho con que usaba escudo y con que ponía en él la cruz de Calatrava. Habíamos llegado en esto al Congreso de los Diputados. La duquesa de Medinaceli, señalando al pórtico del edificio, dijo á Vega Armijo: -Martínez c ¿la Rosa no quiere ser amigo mío. Le he pedido que encargue á un escultor el frontispicio de esa portada; á otro, dos grandes leones de mármol que adornen esa desairada escalinata, y á otro una. estatua de Isabel) Le he pedido también que encargue un cuadro grande á Gisbert, un pintor alcoyano de mucho mérito, y una alegorías para el Salón de Conferencias á otro pintor joven que las hace maravillosas... D. FRANCISCO D t PAULA M O M E Í Í l i i EL 1 NPAW 1I- D. que precisamente conocí juntos al duque de Montpensier y al infante don Enrique, sentados frente á frente, en la espléndida y suntuosa mesa de! duque de Medinaceli. Presidía la mesa Angela María, teniendo á Monípensier á la derecha y á la izquierda á un viejo lobo de mar, completamente rasurado, ¡a recia piel soleada llena de viworocas arrugas, entrecano el cabello, grande la boca, firme la nariz y despejada la frente; y con ser tan expresivas estas partes de su rostro, ninguna lo era tanto como los ojos, chiquitines y vivaces, llenos de luz é intención picaresca. Enfrente estaba el duque de Medinaceli, que no cedía á nadie el fuero de contemplar á su esposa cara á cara, sentándose á su derecha el infante don Enrique. Los demás convidados éramos gente de poco más ó menos, amigos íntimos de la casa. Aquella mañana- -debió ser esto uno de los últimos Montemar, Eduardo Gasset y Antonio Flores. Montemar me pareció muy guapo y gentil, aunque se advertía á la legua que estaba harto pagado de su persona y que confiaba hacer tanta carrera con su guapura como con su talento. Antonio Flores era redactor de La Época. Tenía una mujer muy guapa y distinguida, á quien la duquesa estimaba mucho. Había publicado algunos libros y se le creía hombre de bastante influencia en la situación. La reina Isabel, que le tenía empleado en Palacio, le daba frecuentes pruebas de estimación. La Medinaceli le hizo seña con el abanico para que se acercase á nosotras. -Preséntenos usted á Montemar- -le dijo. -Mi amiga, la condesa de Campo- Avance, ha sentido por él súbito enamoramiento. Yo me eché á reir. Vino Montemar. Vega Armijo y Gasset también se acercaron á saludarnos. La Medinaceli preguntó al gobernador y á los periodistas si era verdad que Ríos Rosas estaba restablecido de su enfermedad y si era cierto que venía de Ronda dispuesto á romper con la Unión liberal y dar al traste con ella. El gobernador no sabía más sino que en Madrid se conspiraba por cuenta del conde de Montemolín, y juró y perjuró que como él cogiese el hilo, podían prepararse á bien morir cuantos tuvieran parte en la tramoya. Los periodistas nos enteraron de que el pobrecito de Gil y Zarate estaba en la agonía y su confesor se empeñaba en arrancarle una retractación... ¿De qué ha de retractarse- -preguntó la Medinaceli, -si D Antonio es un modelo de almas de Dios? -De haber escrito Carlos 1 T el Hechizado. Montemar me dijo al oído no sé qué del padre Gil D. ANTONIO FLORES, SU SEÑORA Y SU HIJO Vega Armijo replicó sonriendo: ¡Quién fuera artista, para ser protegido por la duquesa de Atedinaceli! En verdad, yo miraba demasiado á Vega Armijo. Pocos hombres he conocido tan airosamente gentiles y gallardos. Era muy blanco, y sus ojos de mirar muy apasionado y fogoso. -Un artista hay que desdeña mi protección. ¿Quién? -preguntaron todos. -Martínez de la Rosa- -replicó la duquesa. -He logrado que el empresario de Novedades resucite en su escena La conjuración de Venecia, y no me lo agradece. Juro á ustedes que si no concede á mis amigos las obras de arte que le he pedido, haré que no se vuelva á representar la tragedia del presidente del Congreso. En e! portal de) Palacio encontró la Medinaceli á su hermana Ja Marquesa de Villaseca. Se abrazaron tierna- EL DUQUE DE MONTPENS ER D. EDUAHDO GASSET domingos de Diciembre de 1860, -había ido yo a! palacio de la Carrera de San Jerónimo muy temprano para acompañar á la Medinaceli á oir misa en San Luis. Tú no tienes idea, querido Fausto, de lo que habían llegado á ser las misas de San Luis, desde que, terminada la guerra de África, invadió Madrid la brillante oficialidad de) ejército vencedor. Las últimas que se decían eran un verdadero escándalo. No se podía entrar en la iglesia sino á empellones y puñetazos, y cuando el cura salía al altar, llegaba el concurso de fieles hasta en medio déla calle. Por esto Angela María, que no gustaba mucho de ser vista, y yo, íbamos tempranito y podíamos cumplir devotamente nuestros deberes. Aquella mañana, Angela María me agradeció mucho EL MARQUES DE LA VEGA DE ARJVUJO López, que era el confesor de Zarate. Yo apenas le oí, porque ya nos había advertido Antonio Flores que el director de Las Novedades comenzaba á profesar ideas revolucionarias. Otras noticias nos dieron ¡os periodistas: que Manzanedo estaba dispuesto á dar millón y medio de reales por el solar que estaba aún sin vender en la Puerta del Sol; mente y se besaron en jas mejillas, como si hiciera años que no se veían. -Esta mañana- -dijo la Villaseca- -me han traído de París el modelo del traje para tu baile. Es la última palabra; El miriñaque es mucho menor que los que usamos; y sobre todo, lo que más me encanta, es el adorno de cabeza que hay que llevar sobre el cabello empolvado. Mi marido ha decidido vestir traje de torero. He querido disuadirle, pero está demasiado encaprichado en ello. Entonces la Medinacelí anunció que preparaba un suntuoso baile de trajes é invitó á Vega Armijo y á los periodistas á que preparasen sus disfraces. Se marcharon acompañando á la Villaseca, que aún no había oído misa. La Villaseca no era tan guapa como Angela María, ni