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Las reses de El Pardo O L tranvía de vapor que hace contiauo servicio desde la Florida al ameno Sitio Real, es una línea más de esa red extraurba. ia que van instalando según lo piden las crecientes necesidades expansivas de la población y el cambio y transformación de sus costumbres. No tardará mucho sin que, á ejemplo de las grandes ciudades de otros países, una gran parte de la población madrileña viva en el campo y en los poblados que rodean á la corte. El insensato movimiento de reconcención que apiñó densamente la población, encaramando á unos vecinos sobre los otros en viviendas semejantes á estrechas anaquelerías, va teniendo, por dicha, su reflujo ccoTipensador. La electricidad y el vapor van abriendo brechas en el Madrid apretujado, y la velocidad, comodidad y baratura de las traslaciones ponen en contacto á la población sedentaria con la sana y apetecida Naturaleza. Al fin y al cabo hemos venido á conocer que para la enfermedad del siglo no hay otro remedio sino huir de estos baúles mundos, que son las casas, y echarse á buscar aire, sol, campos arbolados y aguas puras al Di e de los propios y cristalinos manantiales. A esa imperiosa necesidad responde el veraneo freneral de los madrileños, que se irá restringiendo á medida que su vivir se vv a transformando y sientan menos la fiebre de escapar durante algunos días á los rigores del estío en tan densa población. Ya hoy, muchas familias no traspasan el Guadarrama, y en los puebiecitos de la Sierra se acomodan. En El Pardo también ha veraneado mucha pente, v por mi cuenta es la que mejor ha salido. Disfrutar de agradable temperatura, de saludable vivir, en pleno campo, en lugar amenísimo, con todas las ventajas higiénicas y á cincuenta minutos de la Puerta de) Sol, es un problema bien resuelto que seduce á cualquiera. Es un pueblo aquél en que por todas partes se nete el campo; no es tan fácil deslindar lo que es pueblo y lo que es campo. Como construido para el servicio del Palacio, cus calles son anchas, sus casas parecen cuarteles, y lo habrán sido; y el puente de piedra con su pesado barandal de hierro forjado, igual que el de los balcones del Palacio, recuerda la época de Godoy, y por todas partes cree uno ver las empolvadas pelucas y los solemnes casacones. Los amplios jardines, mejor dicho huertos, que rodean el Palacio dan una frescura al ambiente, que es uno de los mayores encantos de aquel sitio las tardes estivales en que Madrid se abrasa. El Palacio no es ninguna maravilla, pero da exacta idea de lo que es: una casa de campo grande, amplia, capaz para todas las necesidades de las regias batidas. La techumbre de pizarra negra le da un aspecto de austeridad conventual. Delante de la fachada posterior, entre la explanada en que se reunían las jaurías reales y resonaban antaño las trompas venatorias, está el foso convertido en jardín. Al amparo de los muros crecen los avellanos y las higueras, y en aquel profundo abrigo las violetas forman prados. Es un jardín apacible, discreto; un invernadero encajonado deliciosamente en un estuche de piedra. Desde allí mismo comienza el bosque, un encinar de no sé cuántas leguas. Aquello es sano, es bravio, es magnífico. Al caer de la tarde, en ese crepúsculo que ostenta todos los- matices del oro, desde el color apagado de rosas a! verde resplandeciente, el ramaje de las encinas, visto al trasluz, chispea como en un gran incendio tranquilo y majestuoso. La sierra se ennegrece en su mole adusta, mientras el crepúsculo ardiente recorta el perfil de las cimas con una limpieza ideal. Sobre la tierra del bosque se extiende el tapiz de hierba seca, dorada y olorosa. No es menester alejarse: á cíen pasos del caserío, en cualquier ladera, debajo de las copudas encinas, echados con consciertte seguridad, se ven los venados ágiles, de cuerna florecida que parece un ramaje; allí están en grupos, tranquilos é indiferentes á toda humana acción, mirando con sus dulces ojos de una limpidez tan serena el resplandor de ios cielos y la mansa quietud del campo. Si os acercáis mucho, se levantan contrariados, se desperezan con un temblor de patas y se alejan, serios, airosos, sin sombra de temor ni de recelo. La luz se refleja con dulces tonos en sus lomos parduzcos, que á lo lejos se confunden con el ramaje del monte, Hay muchos, muchos: los corzos van en manadas numerosas, llevando á pacer las crías por las cañadas más frescas. En estos sitios alternan con los conejos, que tampoco huyen así como se quiera. Y es un bello espectáculo ver correr á los corzos por las laderas, á una, chicos y grandes, por propia diversión y gusto. Parecen animales de goma, elegantísimos en sus saltos, que dan sin aparente esfuerzo, poniendo de realce la finura de sus formas ágiles y enérgicas. Agrada mucho la tranquilidad de aquellos habitantes del bosque, confiados en el hombre, en quien no ven al enemigo. ¡Ah, si ellos comprendieran las miradas codiciosas de los cazadores, que los miran con las manos inermes y en forzosa quietud, no estarían tan tranquilos cerca de los hombres! Como á los peces y á las mariposas, les atrae la luz; por las noches, desde lo alto de las lomas cercanas, contemplan como cualquier niño una función de fuegos artificiales el claro resplandor de las luces eléctricas. Un noche volvía de El Pardo en el último tranvía, y á la Jaridad de la luna vimos pasar tres sombras, una tra otra, por delante de la máquina, casi rozando el farol rojo. Eran i. s ma níf. ejs venados que saltaron ¡a carretera y se perdieron serenamente en el encinar, á orjllas del río. Ignorantes del peligro, saltan así, por juego, excitados por la luz y el ruido, con audacia tranquila y, agilidad soberana. No son las reses bravias, tan numerosas y confiadas, el menor encanto de aquel sitio. Estar en pleno bosque habitado por sus naturales habitantes, como en días de otra edad desaparecida, y á los pocos minutos pasearse por la Carrera de San Jerónimo, es, como decía antes, un hermoso problema resuelto, con todas sus seducciones. José NOGALES salen á escena contra toda su voluntad en los éxitos unánimes y francos, única y exclusivamente porque eso se cotiza en el metxad teatral como coronación del éxito satisfactorio, y estiman que fuera tontería insigne romper bruscamente con la costumbre... mientras la sigan los demás. Para eso debe mediar un acuerdo, tomando la iniciativa quien pueda y tenga autoridad para ello, por ejemplo, el presidente de la Sociedad de Autores. Como el público es el que manda en definitiva, y los que ds él viven le deben obediencia ciega, daríase el caso, aun establecido el que los autores no saliesen á escena, que alguna vez, cuando ss produjess una obra vjrdaderamente hermosa y excepcional, que también por excepción fuera el autor llamado ñ presencia del auditorio. Y como desgraciadamente las obras excepcionales no se producen todos los días, lo que ahora resulta una ridiculez y hasta un perjuicio, sería entonces una verdadera y honrosa dist nción. o m o el hombre es débil y la naturaleza flaca, en aque líos buenos tiempos en que no se daba á ese acto el valor mercantil que hoy se le da, hubo lances puerilmente cómicos y que prueban hasta dónde puede conducir la necia vanidad. Conocí un autor (y le conozco todavía) que la noche en que estrenaba una obra se presentaba en los bastidores del teatro hecho un brazo de mar con levita inglesa de corte elegantísimo, chistera reluciente, do iadas las guías del bigote CDII pomada húngara (a) menos él lo decía... y el pelo rizado, una obra maestra de elegancia y de corrección... Pero... como algunas de sus obras escénicas eran inferiores á su indumentaria, mis de una noche se quedaba compuesto y sin novia, ó lo que es igual en este caso: se quedaba entre bastidores sin que el público, á pesar de sus buenos deseos, pudiese admirar el traje nuevo ni la rizada cabellera del otras veces cuaido Dios quería aplaudido autor cómico. ¡Y tan cómico! Como eso de salir á escena el autor, cuando no es ridículo es perjudicial, en ocasiones es ambas cosas á la vez y en último caso no conduce á nada, insisto en que conviene abolir tan perniciosa costumbre. Aunque lo sientan el sastre y el peluquero del autor, que algunas veces se ha quedado entre bastidores á la luna de Valencia. Voto, pues, una vez más p rque no salga á escena el autor. FRANCISCO FLORES GARCÍA NOTAS TEATRALES oportunidad de esa salida, sale el público de sus casillas y se arma la de Dios es Cristo. En noches de estreno de obras escénicas, la unanimidad va siendo más difícil cada día. Hechos recientes, ridículos los unos y desagradables los otros, me inducen á volver sobre un asunto que traté hace años desde las columnas de El Jmparcial, á saber: ¿Es ó no conveniente la salida á escena del autor dramático como demostración ostensible del buen éxito de sus producciones? Entonces opiné que debía abolirse una costumbre que por el abuso ha llegado á ser ridicula, y hoy me afirmo más que nunca en aquella opión, porque á lo ridículo se une con frecuencia lo perjudicial. As! como caímos en la cuenta de que era una tontería guardar el incógnito en los carteles, cuando todo el mundo sabía de quién era la obra que se estrenaba y hasta los periódicos publicaban el nombre del autor, ya es hora de comprender también que es otra tontería el salir á la escena como remate y coronación del éxito satisfactorio. Todavía tenía alguna explicación esa salida en aquellos tiempos en que, terminada la representación y hecho el éxito, se adelantaba un actor hacia las candilejas y decía: La obra que hemos tenido el honor de representar, es de D. Fulano de Tal Y la claque y los amigos decían: ¡Que salga, que salga, Hoy que se consigna el nombre del autor en el cartel al anunciar el estreno, la salida es, cuando menos, impertinente. 1 a picara vanidad pierde al hombre en muchos casos, -y si el hombre es escritor, con mayor motivo. En esto de la salida á escena del autor dramático, hay explicaciones para todos los gustos. Hay quien sale, no para el público que lo llama (suponiendo que sea el público) sino para lucirse ante la dama de sus pensamientos que, impaciente, trémula y emocionada, espera aquel momento detrás de la cortina de un palco entresuelo... ó en pleno paraíso. Quién se presta á la gloriosa exhibición para calmar la impaciencia de un acreedor exigente. (Que no siempre se calma. Algunos, sin prejuicios ni miras ulteriores de ninguna clase, y sólo por seguir la corriente, por hacer lo que hacen los demás... Y muchos, acaso el mayor número, contra su voluntad y sólo porque saben que se perjudicarían quedándose entre bastidores. Este es el más interesante aspecto de la cuestión y el que he de tratar con mayor detenimiento. A 1 extremo á que han llegado las cosas, estreno en el cual no sale el autor á escena diez ó doce veces á la terminación de la obra y otras tantas durante la representación, se considera como un éxito mediano, tibio, insignificante. Si hubiese aulor con despreocupación bastante para no salir ni una sola yez, aunque le llamaran con campanilla, y la obra entusiasmase al público, al consignarla prensa ese detalle se creería unánimemente que el fracaso había sido completo. Como puede haber (y no quiero aludir á nadie determinadamente) quien atienda más á sus intereses materiales que á su decoro literario, puede darse el caso de que un autor, por dejar consignado que salió á escena (con lo cual cree erróneamente que ha sancionado el éxito) salga en medio de una gritería infernal y oiga merecidamente durísimos insultos de ciertos espectadores exaltados que tanto abundan en los estrenos. No crea usted, lector araigo, á los periódicos cuando dicen: El público se dividió. No hay tal división. Lo que ocurre es que el público que p ¿ga se impacienta algunas veces ante la intemperancia de la claque y de los amigos de la casa, que á toda costa quieren salvar con sus aplausos una obra mala, y excitado é indignado grita y bastonea tan ruidosamente como aplauden los dtros... El autor que en medio de una de esas tremolinas se atreve á presentarse ante el público, ó es porque desde los bastidores no se ha hecho cargo de la situación- -lo cual es un poco raro- -ó para asegurar algunas representaciones dejando sentado que salió... ó porque le gusta que le den con la badila en los nudillos. Sea por lo que fuere, y dicho sea con franqueza, es una vergüenza salir á escena en esas condiciones. j stampado en el cartel el nombre del autor el día del estreno de su obra, podía y debía medirse el éxito de la misma por las veces que fuesen llamados á escena los artistas que la interpretan, y ellos, que están en contacto diario con el público, saldrían de mejor gana que muchos autores. Sé de varios (de uno sobre todo) que U E SALGA E L f AUTOR A! Sunas veces -P o r l a in Los enemigos del árbol p n general, el mayor enemigo del árbol es el hombre, por su afán de devorar cuanto la Naturaleza produce. No es menester particularizar refiriéndose á los chiquillos, á los mendigos y á los pastores, que suelen ser enemigos y no pequeños de la arboricultura, los unos inconscientemente ó por perversión, aunque la mayoría de las veces por coger los frutos, los pastores y los mendigos por sacar leña y cayadas. Enemigos formidables son, sin duda, esas bandadas de mariposas que invaden los bosques y los campos, y los animan con sus tonos brillantes y sus matices variados; y enemigos son esos verdaderos enjambres de bichillos que hormiguean por el suelo, por los troncos, ramas, hojas y frutos de los árboles. En apariencia, ni unas ni otros pueden causar daño: ¡son tan diminutos, tan insignificantes! Mas con todo, y sin disponer de sierras de acero, de hachas, de cuchillos, de piedras ni de otra clase de instrumentos como los enunciados, tienen á su alcance un arma, aun cuando no fuera más, que vale por todas: la perseverancia. En todos estos bichillos se cumple rigurosamente además la verdad que encierra el lema de que la unión hace la fuerza. Un ejemplar cualquiera de éstos no podría por sí sólo destruir un árbol, porque poco representaría unos cuantos agujeritos pequeños, algunas ramitas perdidas y unas hojas ó unos frutos dañados. Pero anida, por ejemplo, una familia de barrenillos, la hembra de cada uno de los cuales pone cincuenta huevos, y éstos producen otros tantos individuos que, á su vez, constribuyen á la obra de destrucción. Al poco tiempo dejan hueco el árbol que escogieron por albergue, destruidas y muertas suo ramas y roída toda su fronda. La mayor parte de las mariposas que vemos, tienen á su cargo la vida de multitud de árboles, pues solamente de lepidópteros que se alimentan de las raíces, las hojas ó las ramas de los árboles, se conocen más de cincuenta especies distintas. Los árboles que más enemigos tienen entre las mariposas cuando éstas se hallan en su primer estado de orugas, son los frutales, los chopos, los olmos, los sauces y los almeces. Y mientras las mariposas en su estado primitivo destruyen el tronco, las ramas ó las hojas, los coleópteros y los hemípteros roen las raíces, y entre todos consuman la obra de destrucción. La obra de la Naturaleza no se detiene j: mis. Contra esos perjudiciales insectos, hay otros que persiguen á aquéllos con verdadera saña y los devoran. Y los pájaros, á su vez, sin distinguir de útiles ó perjudiciales, aunque más de éstos que de aquéllos, se los comen á todos. Entonces entra en acción el hombre, y... se come á los pájaros, sin cuidarse más que éstos de si son útiles ó no; mirando únicamente que le rssuLa un manjar apetitos. nutmirTTOim- -nrr n iitmnrniiniiiTrTsreirirriTM