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Los trajes regionales hermanas del conservando en la LASllante posición nuevo Papa, llegado el Patriarcabriá que había de Venecia las costumbres sencillas de! humilde hogar en que nacieron y el traje característico de su comarca, recuerdan otros casos parecidos ocurridos en España. El célebre Comisario de Cruzada, Várela, uno de los personajes más importantes en el período de la regencia de doña María Cristina de Dorbón, había nacido en modestísima cuna de una pobre aldea gallega. Su talento, sus cualidades excepcionales le elevaron al cargo de Comisario de Cruzada; valía en su tiempo mucho más que un arzobispado: disponía de grandes rentas; ocupaba un suntuoso palacio en la plaza del Conde de Barajas, y hombre influyente en política, con gustos y aficiones de artista é instintos de gran señor, daba espléndidas fiestas y magníficos banquetes, á los que asistía lo más notable de la corte. aquellas fiestas y banquetes eran presididos por su madre, con la que vivía, y que era una sencilla aldeana gallega que vistió siempre al uso de las mujeres del pueblo de su país, lo cual complacía mucho al fastuoso magnate, que adoraba á la que le había llevado en su seno. D. Santiago Cordero, el opulento capitalista é inteligente hombre de negocios que figuró tanto en los primeros años del reinado de doña Isabel 11, era modesto maragato, y por el Maragato se le conocía en todo Madrid. Y él estaba tan satisfecho con su modesto origen, que se complacía en vestir como sus paisanos de las montañas de León. Era un personaje importante recib: do en Palacio, adulado por los ministros de Hacienda y considerado en la alta banca, y llevaba siempre el ancho calzón plegado, el chaleco con botonadura de filigrana, la camisa bordada y el ceñido jubón cuajado de alamares. Dicen los que! c conocieron que era un buen mozo y que el traje le sentaba admirablemente. Pero no faltaba tntre su familia y entre sus amigos íntimos quien le censuraba aquella manera de vestir, impropia, decían, de un personaje áz su importancia y de su categoría. No lograban convencerle, y él lucía con mucho garbo su traje de maragato, empleando para hacerle las más ricas telas. Pero sucedió que, como término de una operación financiera que hizo con el Tesoro, le concedieron la gran cruz de Carlos III. ¿Y ahora? -le dijeron los que le censuraban el modo de vestir. ¿Llevarás las insignias con el traje de maragato? Fue necesario rendirse, y consintió en que Utrilla, el sastre elegante de la ¿poca, le hiciese frac, levita y todas ias prendas del traje de caballero, que vio con notable disgusto. Cuentan que coincidió con esto la mala suerte en sus negocios, que la suerte no le favorecía como antes en sus empresas, y él lo atribuyó en su fuero interno á la deslealtad cometida con el traje de su país. El hombre de humilde cuna que se eleva por sus méritos, no debe renegar nunca de su modesto origen. El culto á la región en que se ha nacido y en que se ha pasado la infancia y la adolescencia, los años más felices de la vida, es uno de los mis delicados á que puede consagrarse el alma. En las patriarcales costumbres de las provincias vascas se conservan las danzas primitivas que bailaron en la plaza pública los señores y señoras más encopetados con la gente del pueblo. Lo mismo sucede en Cataluña con la sardana. Cuando Lamartine habla en sus páginas de los veinte años, de ios sitios en que el alm parece convertirse en una parte á: la naturaleza, y la naturaleza en una parte del alma, recordamos en seguida aquellos, unidos á nuestros recuerdos por la figura bendita de nuestra madre. se encuentra en un grado de adelantamiento envid; ab ¡e, y también sobre la política que la Gran Bretaña debe seguir para su engrandecimiento interior y colonial. El Sr. Whitte, hombre bastante culto, pero solapado, oía con atención cuanto decía M r Brown, y de vez en cuando daba sus puntaditas con gran oportunidad para sostener la conversación; pero de su voto nada decía ni prometía. ¿Cómo reduciría yo á este individuo con quier. no he podido establecer corrientes de simpatía y nada me ofrece para mi elección? se preguntaba á sí mismo míster Brown. Felizmente, cuando se disponía á despedirse disgustado de no haber conseguido el resultado de su visita, acertó á pasar un hermoso gato negro como una mora. Esta es la mía, dijo para su capote M r Brown. ¡Qué gato más hermoso tienen ustedes! Llámele usted, señor- Whitte, que deseo verle; soy fanático por los gatos: tengo en mi castillo de Londres treinta y ocho, pero no he visto nunca un ejemplar tan hermoso como éste. Es verdaderamente notable: ¡qué ojos, qué pelo tan fino y tan lustroso, qué rabo! Este morrongo sería el primer premio en una exposición de la raza felina y el fundador de una casta que llamaría portentosamente la atención. Véndame usted el gato; yo le doy veinte libras por él. La señora Catalina, esposa de Whitte, que parecía un trozo de mojama con faldas, dirigió á su marido una sonrisa que M r Brown interpretó como el triunfo de su sagacidad. -Siento mucho no poder complacer á usted- -contestó M r Whitte, -pero el otro candidato me ha ofrecido por él cuarenta. FEDERICO H U E S C A fiscal. Por ¡o pronto, hace cuarro ó seis días que se publica, y han denunciado un número. No es mucho. Más tarde ó más temprano, creo que irán á la cárcel todos sus redactores, y más teniendo en cuenta que vivimos en el pueblo de Montjuich. No conozco más que á uno: sz llama Julio Camba, es un chiquillo; á los dieciocho años, ha estado preso varias veces, fui desterrado de la República Argentina. La carrera es corta, pero aprovechada. El resto de la redacción, según me dicen, se compone de tres individuos: el compañero Apolo, Federico Urales (que es director y no se llama Federico Urales, sino Juan Montseny) y Teresa Mané, que firma sus escritos con el nombre de Soledad Gustavo. El director ayuda á hacer paquetes de los números que se envían á provincias; allí todos son iguales, no hay jerarquías; el conserje, indultado de la Mano Negra, tutea al director. Para los aficionados á epigramas fáciles, es un dato interesante el de que las oficinas estén establecidas en la calle de Malasaña. Eso es el periódico nuzvo: una idea nueva, buena ó mala, pero cosmopolita, que quiere abrirse paso; no trae bajo la blusa ningún arma mortífera. No hay por qué hablar con repugnancia del periódico. Alguien cree que eso de la anarquía sólo puede sugestionarnos á los que no tenemos dos pesetas. Y, sin embargo, no hay un hombre honrado que, una vez en su vida, no haya sido anarquista diez minutos. ¡Se ve cada injusticia... JOAQUÍN LÓPEZ BARBADJLLO EL PAÑOLÓN ACTUALIDAD, LA ANARQUÍA EN- LETRAS DE MOLDE Diario antipolítico. Con tales palabras se califica á sí propio el periódico anarquista que habrán ustedes oído pregonar por esas calles. Sus artículos, hasta hoy, no son ni furibundos ni incendiarios; se le aplica al papel una cerilla, y ¡parece mentira! no explota. Nadie hubiera augurado á nuestros respetables abuelos que iba á llegar la época en que unos cuantos miembros de la plebe tendrían también su órgano para soltarles cuatro frescas ó cuatro atrocidades á los ricos. Y parece que el diario se sostiene. M e han dicho que de cada número se venden quince mil ejemplares. Suponiendo que la mitad de los lectores sean afines con las teorías que se defienden en dicha publicación, resultan en España varios millares de anarquistas que, al menos, deletrean. No son tan ignorantes como muchos imaginan. El hecho de que los ácratas de aquí tengan un diario, es mucho más trascendental y significativo de lo qu; parece. En una organización periodística donde se le hace un suelto, saludándolo, á cualquier papelito que publica un señor adinerado para darnos la tabarra, no sd por qué no se ha de hablar de eso, que constituye un hecho nuevo en los anales de la Prensa española. El anarquismo... literario, sin bombas, sin puñales, sin ansias de hemorragia universal, se lleva mucho hoy. Hasta los propagandistas por el hecho se envanecen llamando compañeros á Reclús, el gran geógrafo; á Hamon, el antropólogo eminente, director de L humaniténouvelle; á Descaves, á Hauptman, á Mirbeau, á Máximo Go. ki, y á la Saverine, y á Donay, y á Ibsen y aun al mismo Zola. Cuentan, con verdadero orgullo, entre sus correligionarios á Kropotkine, el príncipe, cuya familia, según ellos, podía alegar derechos al trono de los czares; al muerto Bakounine, nobilísimo también, de quien Castelar hizo un retratro genial, en uno de sus más bellos discursos, pintando la epopeya de su huida á través de la Siberia, luchando, como un Hércules, con hombres y con fieras: á Gorki, el vagabundo de la estepa, siempre errante, KASABAL siempre sombrío, siempre terrible, que hace poco estrenó un drama en San Petersburgo, en que la repugnante verdad arrojó del teatro á los espectadores... A PROPÓSITO DE ELECCIONES. UN Los anarquistas aman á sus grandes figuras. De la CUENTEC 1 TO INGLÉS (DE PURA Luisa Michel, la virgen roja, que pasea por el mundo su SANGRE) octogenaria doncellez predicando el amor á la revoluLas costumbres políticas se conservan con tanta pureza ción fecunda y á la fecunda tierra, hablan con idolatría. en Inglaterra, y la ley Electoral es tan severa, que si á Todavía escribe la anciana propagandista, casi contemun candidato á la Diputación se le probase que había com- poránea de Proudhon, el profeta. Creo que ha mandado prado un voto, no se le admitiría en la Cámara y queda- una novela inédita al nuevo periódico. ría para siempre inhabilitado para ejercer tan codiciada También tienen los ácratas su santoral y su martirorepresentación. M r Brown, propietario y agricultor logio; canonizan en vida á sus héroes. Aparte del reriquísimo de Londres, salió en su mail- coacb á recorrer cuerdo de los Caserío y de los Angiolillo, se descubren un distrito rural y conocer á los electores de los que iba al pronunciar el nombre de Laurent Tailhade, desterrado á solicitar su sufragio. en Suiza por la libre Francia, después de un proceso en M r Brown fue agasajado por todos aquellos grandes que declararon á su favor Zola, Mirbeau y Anatole señores, que viven como magnates en castillos, villas ó cha- France, entre otros; y se entusiasman al citar á Malalets con una esplendidez y un confort inimitable, y podía testa, el grandullón, á quien se ve á menudo en Lonconcebir la esperanza de que por parte de aquella alta dres componiendo los alambres del teléfono, descarclase de la sociedad tenía asegurada la elección. Pero gando en los muelles, vendiendo sorbetes en las grandes como el cuerpo electoral no le constituían exclusivamente streets, haciendo cualquier cosa, la ocupación que pueda las personas acaudaladas, aunque tienen influencia en producirle el pan de un día, después de haber quitado al aquel país délas grandes empresas, donde más que en par- sueño algunas horas para escribir en beneficio de la idea. te alguna se sabe que Dios es omnipotente y el dinero Creo que tengo derecho á llamarles fanáticos, sin que es su teniente, el candidato se dedicó á visitar y hacer el vengan mañana á fastidiar á mi casero poniéndome una conocimiento de la gente de segunda fila, que también bomba en el zaguán. Como todos los fanáticos de todas gozaba del más precioso de los derechos, como algunos las escuelas, creen ver puntos de contacto con sus teodicen. Una tarde llegó á una aldea en la que había un rías en muchos hechos de muchos grandes hombres. Hagrupo de cinco ó seis granjas de labradores de menor blando, por ejemplo, de los músicos, dicen que Wagner, cuantía. Detúvose en la más próxima al camino, y se á pesar de su estrecha amistad con el rey de Baviera, presentó al dueño del predio con exquisita cortesía y sintió grandes simpatías por el nihilismo y fue amigo incomo candidato á la Diputación por aquel distrito. separable también de Bakounine. M e parece que el periódico societario español ha de La conversación versó, naturalmente, sóbrela agricul. tura, e! cultivo intensivo, la ganadería, que en Inglaterra vivir muy poco. Si no lo mata el público, lo matará d f aso al mantón de Manila, al típico y natural corapa ñero de la clásica mantilla! ¡Callen ante esas prendas, genuinamente españolas todos los estrambóticos adornos y arrequives que el gusto transpirenaico impone al bello sexo! El mantón de Manila es la representación de una nacionalidad, de un pueblo. Por eso subsiste á toda innovación, á todos los caprichos de los modistos parisienses y de los íadyes tailors ingleses, y ni el Gobierno lo abóle, ni habrá nadie que lo abóla. Prenda á un tiempo señoril y popular, es una especie de reflejo del carácter español, impresionable, irreflexivo, superficial, desordenado. Ayún, el poeta del bordado, el inventor ó creador del original rameado de los pañolones, penetró con sagaz mirada en los senos del alma española, descubriendo el secreto de nuestros gustos, esa adoración á lo llamativo, á lo soñado, á lo ideal, á lo entrevisto. Por eso el pañuelo de Manila, sembrado de flores de anchas y rizadas corolas; recamado de tiesas figurillas de oblicuos ojos y- menudos pies; de monstruos, endriagos, pájaros, todo en revuelta confusión, y esmaltado de tonos fuertes, chillones, estridentes, que hieren violentamente la retina y excitan la imaginación, ofrece un encanto especial para la mujer española, sobre todo madrileña y andaluza, lo mismo la que habita en lóbrego tugurio que la encopetada señora de linajuda estirpe. El clásico mantón no sale á la calle más que en los momentos solemnes de la vida y en las fiestas tradicionales, donde todo es regocijo, luz, animación. En matrimonios y bautizos, en las corridas extraordinarias de toros, en las procesiones, en la visita á los sagrarios, en verbenas y romerías, es el adorno indispensable, insustituible. Es la nota de color que caracteriza una fiesta española, distinguiéndola de esas otras que son iguales en todos los pueblos. Cercado de flotante y espeso fleco que revuela e. i torno de la falda, terciado sobre los hombros de una real moza, suaviza las líneas, comunicándoles el interés que despierta lo adivinado, lo presentido. Las apiñadas masas se estrujan y aprietan para abrir paso á la hembra de rumbo, que, envuelta en pintarrajeado pañolón, avanza gallardamente por la verbena, luciendo el donaire heredado de aquellas raajas que inspiraron las excelentes obras de D Ramón de la Cruz y del inimitable Goya. Los piropos estallan como cohetes en fiestas de pueblo, y los diálogos breves y chispeantes... y agresivos, se suceden sin descanso. ¡Jlrre allá! No tire usted, hombre de Dios, que me va usted á arrancar el fleco; -dice la moza mientras procura desasir los flexibles hilillos del indiscreto botón en que se han enredado. ¿No sería mejor que fuésemos usted y yo enredados siempre? ¡Jesús, que tío! ¿No conoce, criatura, que le tomarían á usted por mi doguito, y no me gusta llevar animales por la calle? También en palacios y casas grandes halla hospitalidad el pañolón; pero siempre como elemento decorativo, secundario. Desplegado sobre el piano, cubriendo un caballete, un sillón, confundido con la porcelana de Sevres, con el tapiz flamenco, con el bibelot de gusto extranjerizo, el vistoso chai, separado de su centro, pierde la alegría, languidece como las plantas encerradas en invernadero. El mantón de Manila necesita aire libre, sol intenso; tiene su solar propio en las clases humildes de la sociedad, que le rinden verdadero culto y lo transmiten de generación en generación, como familiar recuerdo. Lo cual no obsta para que, pasada la ocasión de lucirlo, lo recluyan en el almacén de una casa de empeño, sin contemplaciones ni miramientos. Pero, amigo, el estómago tiene sus desigencias. J. BALMES Y FORADADA