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Sé había retenido la palabra, y la repitió asintiendo: -Marte, ¡Nu! Y señalando á Lá y á sí misma, dijo irguiéndose: Lá, Sé, ¡nume! ¡Nume! ¡Esa era! Esa era la palabra que la había dicho Eli: ¡Salude á los nume! ¿Conque nume se nombraban los marcianos, y Eli lo sabía? Esto le daba tanto en qué pensar, que olvidó por el momento cuanto le rodeaba. Para no ser molestado en sus reflexiones, cerró los ojos, y su cara volvió á tomar una expresión de absoluta rigidez. Sé quiso preguntarle si quería comer, pero la palabra alemana que se había hecho repetir por Saltner se le había olvidado. Como Grunthe mantuviera los ojos tenazmente cerrados, se fue al fondo de la habitación para preparar una comida. Esto se hacía en cada cuarto muy sencillamente y con rapidez suma por medio de la cocina eléctrica. Pero Lá prefirió acercar una silla y sentarse junto á la cama. Examinaba atentamente los objetos hallados con Grunthe, y jugaba con un librito que se encontraba entre los objetos. Era una Guía para conversar en idioma esquimal, y tenía como viñeta una preciosa lámina representando a un esquimal en su kajak pescando entre las encrespadas olas del mar. ¡Mira! -exclamó dirigiéndose á Sé, -un kalalek en su kajak. Las dos palabras esquimales hirieron el oído de Grunthe, sacándole del mar de sus revueltos pensamientos. ¿Habrían aprendido los marcianos el groenlandés? Y pensó que era bien fácil. El mismo había adquirido antes de emprender el viaje los conocimientos indispensables para el trato con los esquimales, y repuso por lo tanto: -Hablo algunas palabras en esquimal. ¿Me comprende usted? Sé no supo lo que decía, pero Lá hacía tiempo que estaba dedicada al estudio del idioma de los únicos hombres con los que habían tropezado los marcianos. Le comprendió en seguida, y contestó: -Entiendo un poco. ¿Dónde están mis amigos? -preguntó Saltner. ¿Como está tu bat? -preguntó. -Realmente no lo sé- -contestó Lá; -aún no ha dado señal alguna para hacerse presente, y no querrás que vaya á verle bajo esta presión. ¡Aligeremos, pues! -exclamó Sé, extendiendo la mano para alcanzar el puño del aparato abar. -Pero fíil lo tiene prohibido- -replicó Lá. -Podría causarle daño. ¡Qué daño! Yo hice lo mismo con el otro, y por poco tiempo no le hace nada al bat. ¿Le diste de comer? -No; ¿cómo quieres... -Sin embargo, es menester; Tíil opina lo mismo. Y durante ese tiempo por lo menos, tenemos que movernos con libertad. Conque, bajo mi responsabilidad. Sé puso el aparato en la gravedad normal marciana. Las señoras se levantaron y respiraron libremente. En el mismo momento quiso Grunthe ejecutar un movimiento, pero su brazo se alzó de repente á mayor altura que la intentada. En el acto repitió el movimiento, y pudo comprobar que, tanto sus miembros como la colcha de la cama, tenían menor peso que antes. Buscó algún objeto para tirarlo á lo alto y estudiar el milagroso fenómeno. Como no obstante la venda del pie le era fácil enderezar la parte superior del cuerpo, vio en una repisa por encima del lecho algunos objetos de su propiedad; evidentemente los hallarían en sus bolsillos. Tomó el cortaplumas, y alzándolo en lo posible sobre el piso, lo dejó caer. Cómodamente pudo seguir la caída con la vista: la navaja tardó medio segundo en tocar el suelo. Calculando la altura, se dijo Grunthe, la gravedad ha disminuido: importa solamente la tercera parte de la normal. Esta es la gravedad en Marte. Y tuvo que volver á pensar en Eli, que solía decir tantas veces: Librarse de la gravedad, significa dominar el Universo. Al leve ruido producido por el golpe de la navaja, empujó Sé el biombo á un lado y se acerco en compañía de Lá á Grunthe. Este, que ya no dirigía su vista al marco, se estremeció con involuntario movimiento de sorpresa al ver las dos hermosas marcianas. Apenas comprendió que dos seres femeninos de carne y hueso se le venían acercando, se recostó con un gesto glacial y fijó los ojos inmóviles en el techo. Como no se atrevía á dirigir la vista sobre Lá y Sé, no pudo ver las amables y caritativas miradas que éstas le lanzaban observándole. Solamente en la 18