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hacia los montículos y desmontes que cortan el paisaje; frente á ellos dibuja la carretera una franja ceniza. Sobre la cima de tales eminencias pone el sol la última caricia de su luz. La parte baja, envuelta en una antipática semisombra, está salpicada de boquetes obscuros que, vistos á distancias, parecen vivares de conejos; otros boquetes, tierra, como madrigueras de topos; asomando otros junto á las alturas, por encima de rampas groseras y de escalones desiguales, como nidos de buitres, brillando algunos merced á luces encendidas en su interior, á manera de ojos ciclópeos enrojecidos por la cólera. Allí estaba la población; allí también sus habitantes, ojos, en sus palabras, en sus ademanes, expresiones v iJ das de bestia, no amorosos requerimientos de racionales familias, sin otros lucros de afecto que los tejido por la carne y por las obligaciones físicas que la natura leza impone; chicuelos apiñados en torno de una baraja, de un cubilete ó de un chito, para jugarse sus perrasy V i esparcidos por las alturas, remedan nidos de alimañas rapaces; siluetas desdibujadas y confusas van y vienen por junto á aquellos agujeros, dando rostro á Madrid sumergido en una ola violácea. Según avanza uno hacia los desmontes, la imagen por ellos ofrecida se transforma; la realidad, dándoles su verdadera representación, nos brinda con un cuadro extraño que entristece y cautiva á un tiempo. los regresados á la primitiva condición humana; allí estaban, con sus cuerpos casi desnudos, ennegrecidos por la intemperie y encostrados por falta de limpieza; con sus cabellos caídos en crin sobre frentes estrechas, sobre ojos feroces, sobre orejas despegadas siniestramente; allí estaban con sus cráneos deprimidos y sus acusadas mandíbulas; allí estaban los disfrutadores de una herencia tristísima legada por el dzsamparo, por la miseria, por quedarse con las de sus compañeros, ó jugarse la vida por recobrar sus perras si se las ganaban los otros; hombres que afilaban sus cuchillos contra las piedras; mujeres que amamantaban á sus crías; niños que rodaban sobre la arena con jugueteos de cachorros felinos. Allí estaban, representando una terrible aparición, el hombre primitivo de las cavernas, el pueblo atávico... Pueblo miserable, ignorante, perdido, bárbaro, petrificada en plena lí. N o son ya desmontes apercibidos por los fragores del barreno y los gclpetazos del azadón á convertirse en barriada de la capital española; son refugio atávico, fundación prehistórica que un cataclismo sepultó bajo tierra hace muchas centurias, y una ironía geológica ha devuelt o á la superficie. Los boquetes que t u n d e a n sus entrañas, no fueron arañados p o r conejos ansiosos de const r u i r sus guaridas, por aves rapaces dispuestas á labrar sus nidos: los ensancharon criaturas humanas para hacerse una habitación. Las sombras que junto á ellos se yerguen, no son fieras que acechan á la boca de sus cubiles: son hombres y mujeres y niños que toman el fresco. Esos hombres y esas mujeres y esos niños fueron arrojados de la ciudad por la miseria. Nacidos en un centro civilizado, la civilización no quiso con ellos trat o alguno. Las grandes frases con que la sociedad se adorna para presentarse á las gentes y deslumhrar á los candidos y convencer á los necios y satisfacer á los egoístas, sonaron á hueco en los oídos de aquellas criat u r a s P r o g r e s o educación, derecho á la enseñanza, al trabajo, al pan de los cerebros y de los estómagos, resultaron para ellas palabras sin realidad ni sentido. N o aquellas criaturas no hallaron en la población civilizada, cuna que les meciera, hogar que les cubriese; instrucción hábil á su perfeccionamiento intelectual, ejemplos provechosos al ensanche de sus conciencias; trabajo útil á proporcionarles defensa contra los asaltos del hambre, apoyo y sostén en los combates de la vida; no lo hallaron, y considerándose distintos de sus prójimos, extranjeros en la ciudad cuyos progresos no gozaban, bárbaros de una civilización que ni disfrutaban ni entendían, marcharon p o r lógico impulso en busca de lugares, de habitaciones propias á su miseria física y moral, y labraron cuevas en las arenas de un desmonte y vivieron como lo que eran: hombres primitivos despetrificados, rehechos, vueltos brutalmente á su antiguo existir p o r los egoísmos é injusticias sociales. Allí, enfrente de mis ojos, á cuatro metros de distancia, aparecía la población atávica con sus viviendas sombrías, de entrada angosta, de compartimientos subterráneos cubiertos p o r la obscuridad; de rudimentario mueblaje, hecho con montones de paja que prestaba oficios de cama, como lo prestaban de cocina cuatro pedruscos calcinados, y de asientos, media docena, de peñotes; allí estaban los agujeros negros extendiéndose, unos á ras de el vicio, por las enfermedades y los crímenes, á una raza infeliz, producto, no de las combinaciones naturales, de las sociales injusticias. All! estaban todos formando grupos y parejas sombrías. M o z a s y mozos que se cortejaban poniendo en sus civilización; pueblo que el crepúsculo abocetaba siniestrámente, como una gran protesta humana, frente á la ciudad que se erguía á mi espalda convertida en monstruosa ascua de o r o p o r los últimos reflejos del sol. Fotoarafias Ascnjo JOAQUÍN D I C E N T A LOS COROS CLAVÉ EN OVIEDO L as sociedades corales que se agrupan en Cataluña, Valencia y Aragón principalmente, bajo el glorioso nombre de Clavé, han visitado la capital de Asturias, que las ha hecho un cariñoso recibimiento. El día de la llegada, el alcalde de Oviedo, los concejales, representantes del comercio é industria, de los diver- ENTRADA DE LOS COROS CLAVE EN OVIEDO Fot n. Ceñal sos círculos y de la prensa local, estrecharon su mano con los orfeonistas. Vivas á Cataluña y á Oviedo y extraordinarias muestras de entusiasmo fueron la nota culminante, durante mucho tiempo, después de la llegada del tren. Cjida sociedad armó en los andenes su respectivo estandarte, siendo de advertir que todos ellos causaron la