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ROÑICA. EL TRABAJO JNTELECTUAL Como ya hace cinco años que no estreno una mísera obra teatral, y el que no estrena no cobra, me creo con alguna autoridad para decir cuatro palabritas sobre lo que sucede en España con el trabajo intelectual y literario. Así le llamamos los que de él vivimos, porque como tenemos los calificativos en casa le denominamos todo lo pomposamente que nos viene en mientes. Pues bien; se habrá observado que si un español se dedica á explotar saltos de agua ó á vender minas á los ingleses (en España todo se les vende á los ingleses) ó á suministrar géneros comestibles ó incomestibles á los establecimientos de beneficencia, ninguna persona le ajusta la cuenta de lo que gana; si se arruina en su negocio, nadie lo sabe; si hace una fortuna, á nadie le extraña. Pero ¡ay del que trabaja en periódicos, libros ó comedias! Ya puede estar seguro de que hay una porción de señores que parece que son ellos los que le pagan, según se ocupan de sus ganancias y según el interés con que le calculan el dinero que pasa á sus bolsillos. El que vive del producto de las obras dramáticas es el principal víctima de la cariñosa sorpresa de estos señores, á quienes la remuneración del trabajo intelectual les parece, por lo visto, la mayor de las gangas de que se puede disfrutar en el planeta. ¡Y cómo varían los tiempos! Las dos terceras partes del siglo xix se las pasaron esta clase de sujetos lamentándose del precio en que los ingenios vendían sus comedias á los editores. Se acababa una comedia, y en el acto se acudía á un editor que daba por ella una cantidad mezquina y luego le producía un dineral; si lo producía, porque también se daban casos de perder el editor su dinero, y esto, que se juzgaba como el único procedimiento posible de cobrar algo por las producciones dramáticas, servía para que las gentes de orden llamasen manirrotos á los que escribían y los considerasen incapaces de sacramentos y de pesetas. Pero fue un día Camprodón (autores, hay que hacer justicia al que trajo las gallinas) fue un día Camprodón, y en vez de vender una obra la dio en administración á uno de los industriales que se dedicaban á este negocio. El descubrimiento fue maravilloso; aquella obra produjo á su autor mucho más que las vendidas y además le mantenía su propiedad eternamente, es decir durante la eternidad que las leyes han establecido para ¿I trabajo intelectual, que es una eternidad muy corta. Dado el primer paso, lo siguieron la mayoría de los autores; y después de una lucha entre el capital y el trabajo, que me río yo de las que ahora mantienen los obreros manuales, se llegó al ideal, que era, ni más ni menos, aquél á que naturalmente aspiran todos los hombres: á que la persona que trabaja reciba íntegramente el producto de su labor. Pues bien: hay una porción de gente para quien parece que esto constituye una ofensa personal. No hay autor á quien después de un éxito no le haya dicho alguna persona respetable: -He visto su obra; es muy bonita; lo menos le va á producir á usted ocho ó diez mil duros. -Dios le oiga á usted. -No lo dude usted, hombre; el teatro produce mucho. -Sí, á veces. -Ya ve usted el dineral que están dando otras tonterías. -Gracias por el elogio. -Ha tenido usted suerte. -Más gracias por la buena opinión que de mí tiene usted. -Yo no me meto en el mérito de la obra, porque de eso no entiendo una palabra; pero se hace usted rico. -Pues gracias otra vez, y adiós, -dice el autor, huyendo de todos los insultos que el interlocutor va deslizando poco á poco cada vez que le afirma que será espléndidamente remunerado. Otras veces se oye decir: Fulano es un gran músico, pero escribe para ganar dinero ó tal comedia es bonita, pero está escrita con vistas al trimestre ¿Pero para qué quieren ustedes que trabaje Fulano, para dar dinero á los que le escuchan? Y si tal comedia les parece bonita, ¿qué les importa á ustedes las vistas? Claro es que declarado sacerdocio el oficio de escribir para el público, hay que pedir conciencia al que toma la pluma en la mano, sea para trabajar en periódicos, sea para publicar libros, sea para producciones dramáticas, y sería un pecado decidirse por la ganancia cuando ésta se hallase en pugna con la conciencia. ¿Pero creen ustedes que ese caso es tan frecuente? Lo habrá, porque en este mundo hay de todo; pero contra ese vicio hay, no una virtud, sino un pecado del que difícilmente se libran los que andan en contacto con el público: el pecado de la vanidad. Por mucha codicia que tenga el que va á poner su escrito en consejo para que unos digan que es blanco y otros digan que es negro, lo primero que procura hacer es un trabajo magnífico, literario, grandioso, y ya se pueden aplicar todos los calificativos que haya inventado la crítica más severa, que ninguno estará fuera de la intención del autor al trasladar al papel su pensamiento. Esto es humano en primer término, y si el buen deseo no se realiza, es por la potísima razón de que no se hace en este mundo lo que se quiere, sino lo que se puede, en todos los órdenes de la vida. Lo de escribir en vulgo á sabiendas porque el vulgo lo paga, no lo hizo ni el mismo Lope, que lo preconizó en los versos que tantas veces se han repetido en estos tiempos. yodos estamos interesados en saber cómo envejecemos, aunque nadie quiera saberlo y trate de engañarse á sí mismo, y sobre todo á los demás, con verdores simulados y sabiamente preparados... Este desmedido afán que nos consume de buscar las causas de todas las cosas, aun de aquellas que visiblemente no alcanzaremos nunca, no es verosímil que se detenga hasta la consumación de los siglos. Sobre todo, cupido las causas que tratamos de encontrar no son remediables, la insensatez resulta todavía de mayor calibre. Fuera lo mejor, en el caso presente, limitarse á envejecer con la mayor lentitud posible, sin meterse en mayores honduras. Los antiguos trataron de poetizar la vejez como mejor les fue dable, aunque en el fondo se ve que la poes a que nos legaron es un tanto hipócrita y solapada. Es, á EMILIO S Á N C H E Z PASTOR todo tirar, el canto resignado de los vencidos. Pero lo doloroso y seguro es que envejecemos muchísimo más de lo que quisiéramos, lo mismo trabajando que holgando, así con santa como con pecaminosa vida, I A insignia característica de la dignidad pontificia de y que ni siquiera la personalidad respetable del conde de que el cardenal Sarto acaba de ser revestido, es Cheste podrá legarnos el secreto de su longevidad envila tiara de tres coronas. En este emblema se reconoce diable, que algunos tratan de explicarse por la traducel triple poder soberano del Pontífice, del rey del Esta- ción que hizo en octavas reales, siendo relativamente do romano y del colaborador de la dignidad imperial. mozo, de los poetas épicos de todas las literaturas. También se pretende que son las tres coronas cedidas Aunque los moralistas, desde que tan respetable proá los Papas por Constantino, Clovis y Carlomagno. Pero no son estas las únicas explicaciones que existen. Una fesión existe, hayan tratado de demostrarnos que lo imde las más admitidas es la de que recuerdan las tres lla- portante no es vivir mucho, sino vivir con sujeción á deves que de antiguo se suponen en manos del Santo Pa- terminados principios y máximas, casi siempre contradre: ciencia, poder y jurisdicción, por extenderse el dictorios por desgracia, la experiencia nos enseña que poder de la Iglesia, como el de Cristo, á más allá de la todos ponemos empeño desesperado en agarrarnos á la vida presente, según el texto de San Pablo: ccelestium, vida, y más fuertemente cuanto mayor es la imposibilidad de conservarla. Los Gobiernos de todas las nacior. es terrestrium et infernorum. practican también esta conducta loca. La vejez es un proceso fisiológico inevitable, cuyas manifestaciones se presentan en la vida á veces en época precocísima. Todos los fisiólogos están conformes en afirmar que la vejez existe, en que es un hecho real y no una palabra vacía de sentido. Los hombres se mueren de viejos, sin enfermedades ni lesiones, y á tal manera plácida y de sucumbir llaman los técnicos entanaria... Durante el período de la edad madura el cuerpo humano ni gana ni pierde, permaneciendo visiblemente estacionario; mas después los horrores caminan á p so dz gigante, y los destrozos que se nos extienden de la cabzza á los pies son de todos amargamente conocidos y experimentados. En los animales acontece lo propio; los monos viejos pierden los dientes; el perro ve perderse i brillo de los suyos, y mejor todavía lo ve su amo, como es natural; los colmillos del elefante acaban porrompers; ó deshacerse. Sin embargo, los animales pierden los dientes con mayor lentitud que el hombre, acaso porque nunca recurren á los dentistas. Los animales viejos y débiles, incapaces ya de atrapar su presa, resuelven ser devorados por los más fuertes y desaparecen pronto, cumpliendo religiosamente los principios políticos y sociológicos de lord Salisbury, quien á lo que se ve se atiborró de doctrina en las obras de Plinio, Buffon, Darwin y otros acreditados naturalistas. Animales cuya decrepitud inspire piedad á los circunstantes, no se ven más que en las casas de fieras y en las menageries ambulantes. Por consiguiente, las gentes que se conduelen ante semejantes ruinas malgastan su preciosa sensibilidad, á la cual pudieran dar mejor empleo. En el hombre primitivo y entre los salvajes actuales la ancianidad era y es tan poco frecuente como entre los animales en libertad. La sabia naturaleza es más altiva que nuestra civilización adulterada, la cual únicamente consiente que los ancianos vivan y perduren. El P Coloma habla en su novela más ruidosa de un ciudadano que, á la manera de los cocodrilos, vino al mundo con varias hileras de dientes, para mejor disfrutar del presupuesto de la nación, muy al alcance de los distinguidos miembros de su familia. En algunos ancianos se ha advertido hasta una tercera dentición. Los animales no van tan allá, y permanecen dentro Bismarck, con motivo del jubileo sacerdotal de del justo límite. Tampoco el hombre saca ya gran partiLeón XIII, pidió á un prelado romano muy conocido que do de las mandíbulas cuando las fuerzas le faltan para le explicase el significado de la tiara. Y al oir lo que que- moverlas. Un anciano, muerto en Abril del año actual, echó dentadura nueva á los ciento cinco años. da consignado, exclamó el célebre canciller de hierro: Las arrugas del semblante y de las manos, en las cua- -Lo de ccelestium é infernorum, pase; pero lo que es les también los monos nos acompañan, son indicio de la lo de terrestrium... Los Papas Juan XI y Benito II vieron en las tres co- pérdida de la elasticidad en la piel. Otro fenómeno constante en la vejez humana es el achicamiento de la esronas el poder del Papa sobre la triple Iglesia militante, paciente y triunfante; pero la explicación teológica más tatura, el cual se limita casi siempre á la columna verteautorizada ve en ellas el símbolo de las tre. jutoridades: bral. La estatura disminuye en cinco, seis ó siete centídoctrinal, sacramental y pastoral; magisterium, ministe- metros, á causa del peso que soportan los cuerpos de las vértebras y los discos intervertebrales. La mujer dismirium, régimen, perpetuando en el seno de la Iglesia la misión del Cristo, que aparece en el Evangelio como nuye más que el hombre. profeta, sacerdote y pastor. Pero las modificaciones externas que la edad imprime La tumba de Benito XII en Avignon es el primer mo- en la estructura general del organismo, no constituyen numento en el que aparece una efigie del Papa con tiara sino una parte levísima en las señales de nuestro próximo acabamiento. Levísimas, comparadas con los signos de tres coronas. Recordemos que en 1888, cuando se celebró el jubi- fisiológicos de la vejez, los cuales, como tantas otras leo sacerdotal de León XIII, el emperador de Alemania disciplinas, divídense en generales y especiales, y son de tuvo el pensamiento de enviar al Padre Santo una tiara; una negrura tan grande y dan una tristeza tan intensa, pero al fin de salvar los escrúpulos de su conciencia pro- que lo mejor será no apuntarlos ni comentarlos, conclutestante, optó por una mitra riquísima, y de este modo el yendo de todo que lo preferible es no llegar á viejos y saludar cortésmente al concurso cuando todavía esté no presente era al Obispo de Roma. Finalmente, los fieles de la diócesis de París ofrecie- de buen ver y soportar, aun á riesgo de vernos privados ron á S. S. una tiara, de la cual publicó oportunamente del honor de pertenecer á Gente Vieja. C. R. A B C un grabado. Aquella tiara es distinta de las que Y aunque produce menos ganancia, igual enemiga profesa una porción de gente al escritor público que vive del periódico ó del libro. A Galdós ya le han ajustado muchas veces las cuentas de sus novelas; y en cuanto la firma de un articulista aparece en dos ó tres periódicos en una semana, seguramente le hablará alguien, no del mérito de su trabajo, sino de lo que cobra. Sin duda el buen burgués que después de recrearse con una obra dramática busca en un periódico las ideas políticas que á él no se le ocurren, las noticias de todo el mundo que satisfacen su curiosidad y el escrito ameno que le divierte, cree que el autor de la obra teatral, el redactor político del periódico, el que le comunica los sucesos interesantes y el que procura distraer su ánimo con ingeniosidades diarias, deben hacer todo eso de balde y por su linda cara. Como se ve, estamos en un país donde los peones de albañil cobran más que los maestros de escuela. Y bien sabe Dios que me parece muy poco lo que ganan los peones de albañil. usan 1o s Papas, y de la cual acompaña á estas líneas una reproducción. ACHAQUES DE LA VEJEZ La tiara pontifical