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de los hornos humeantes á los obreros y obreras cuando Van á descargarlos, ó subidos sobre ellos cuando los cargan; á los pileros, sumergidos en barro hasta los muslos, echar fuera la primera materia para las tejas, una masa de tierra muy fuerte, bien trabada y suave al tacto; á los oficiales, junto á la mesilla cargada de cenizas, moldear sobre la gradilla de hierro tejas y más tejas, que el tendedor recoge sobre el galápago con rapidez y con habilidad suficiente para que no se abran, y las va colocando en hileras sobre el suelo para que el fuego del sol las seque. Otros levantan las tejas ya completamente enjugadas y las apoyan de dos en dos para que concluyan de secarse y puedan ser cocidas. La celeridad que imprimen todos á su trabajo es maravillosa. Hace poco la llanada estaba casi vacía; ahora sela ve sembrada de tejas, unas casi blancas, las primeras que salieron del molde; otras obscuras, brillantes, las recién hechas, y á las que pronto se encargará el sol de poner como aquéllas. El calor asfixiante que cae como plomo de arriba y que se desprende por todas partes como envolviéndolos en atmósfera de fuego, no les arredra. Ya están los hornos cebados con buena provisión de paja en su fondo. Los obreros ponen las tejas dentro, de pie, metidas unas en otras, cuidando de colocar la hilada de encima en dirección inversa á las de abajo, para que no se caigan y se rompan. Una vez que estén llenos los cubrirán, encenderán la paja por las bocas de los hornos, y ai siguiente día ó á las treinta horas los descargarán. Las tejas saldrán rojas y duras en disposición de recibir impunemente los rigores de la lluvia. Fot. V. M Sierra Entonces, cuando ya están concluidas, es cuando los eran plegarias; donde hoy triunfa el sol dio su sombra una bóveda, y donde hoy canta un pajaro sollozó el ór- tejeros han terminado su trabajo; entonces las entregan al dueño del tejar, y éste paga el precio convenido con gano. Créalo usted, amigo, estas ruinas no tienen alma, porque nunca se alzaron enhiestas donde hoy las mira- ellos de antemano. Y hasta que están rojas por el fuego del horno es cosa mos caídas. Parecen una vieja que nunca hubiera sido jofácil que la labor de los tejeros sea completamente inútil ven y que no pudiera recordar. para quienes tanto arrostraron la rudeza del calor, lina ¡Oh Madrid peregrino! ¡Oh ruinas trasplantadas! tormenta puede volver á convertir en masa informe como G. M A R T Í N E Z SIERRA la de que estaba hecho, todo el trabajo de uno ó de más días. Cada cuadrilla, oficial, placero, pilero y tendedor, pueden hacer desde las cuatro ó las cuatro y media de la i el más leve soplo hace moverse al aire, ni la más pe- mañana hasta las siete y media ó las ocho de la tarde, queña sombra resguarda déla lumbre del sol la pla- unas mil, mil trescientas ó mil quinientas tejas, que les valdrán dieciocho ó veinte reales á cada uno. nicie donde se tuestan al par que trabajan los tejeros. SACANDO F. L BARRO rán su trabajo fatigoso, interrumpido nada más que el poco tiempo destinado á comer, guarecidos en la casuca de ladrillos levantada probablemente con sus propias manos i Vi i. T ROBERTO DE PALACIO n sr ALAS ARTES. TIMOS NUEVOS íbs: apresuradamente por la Puerta del Sol, cerca de h calle de Correos, una niña, modesta en su vestido, llorosa, con 1 E viste anhelante, mirando al suelo y á cuantos pasaban cerca de ella, insistiendo mucho en sus miradas á los transeúntes auc con más detención veían- su afligido aspecto. POR LOS TEJARES N CORTANDO LA TFJA EL TENDIDO DE LA TE 1 A La luz reverbera en la superficie resquebrajada y azota y quema al reflejarse en el rojizo fango de las pilas. Y sin embargo, aquella grey no descansa. Desde antes de extinguirse las estrellas en el firmamento están laborando, y así continúan hasta que el sol desaparece, sin dar más paz á las manos que la precisa para comer. Hay El dueño del tejar las vende luego á veintidós, veinticuatro ó veintiséis reales el ciento, según la demanda. Como las golondrinas, al asomar las primeras lluvias precursoras del frío, levantan el campo los tejeros y no vuelven á aparecer hasta que tornan OJ días estivales, espléndidos de sol, en los que la Naturaleza está como ¿Qué te ocurre, niña? -le preguntó uno al fin. ¡Ay, caballero! que me... había dado una peseta mi madre para comprar unas cosas y se... me... ha... perdi... do... -respondió la muchacha. ¿Pero cómo se te ha perdido? -No sé, no sé... ¡Ay, Dios mío! ¡cómo me van apegar El- SECADO DE LA TEJA EL JÍCKJNO DE COCCIÓN Fotografías Alonso que aprovechar estos días serenos y trabajar para cuando venga el mal tiempo. Asi se ve hormiguear junto á las abrasadoras paredes adormecida por el fuego de la atmósfera que la envuelve, y ni el más leve soplo hace moverse al aire ni la más pequeña sombra resguarda la Uanura. Entonces reanuda- cuando lo sepan! ¡Ay, caballero! ¡haga usté el favor! á ver si tiene usté y me la da para que no me... pe... guen... -concluye glmoteznáo con acento desgarrador.