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Recuerdos de Santa Águeda qae Angioli 8 DE A G O S T O Seis años hará mañanaPresidente del DE 1897 entonces ¡Oh, qué Naturales más pródiga en promontorios y saltos de agual- -dijo el diputado arqueando las ceja -Éste, como todo orador, ha venido admirando la mat 0 a Naturaleza y diciendo cosas preciosas por el camino- -Consejo de Ministros, D. Antonio añadió la madre. -Hasta el mayoral se volvía de cuando Cánovas, en el balneario de Santa Águeda. en cuando para aplaudirle. La viuda del insigne estadista; el duque de Tetuán, que- -Yo no he sentido fatiga; antes bien, he gozado lo entonces era ministro de jornada en San Sebastián; Castelar, indecible con la contemplación de tanta glandeza, -agreque desde la misma capital se apresuró á ir al balneario; Elduayen, que era Presidente del Senado y también fue... yo gó Pellejín. ¿Se sabía aquí que veníamos nosotros? -preguntó la no sé cuántas de las figuras notables que se reunieron alrededor del lecho mortuorio, han desaparecido igualmente del mamá. mundo délos vivos. -Si, señora; lo sabía el encargado del hotel. El balneario subsiste allá en la hondonada, rodeado de ver- -No digo eso; aludo á si tenía conocimiento de nuesdes c inaccesibles montañas, por cuyas cimas vaga todavía, tro viaje la colonia balnearia. Como mi hijo es persona según los supersticiosos moradores de aquel pais, la sombra tan conocida... de Ja dama de Amboto, tal vez requerida de amores por los- -Aplopósito, Sr. Pérez- -dijo Pellejín; ¿hay aquí espectros que de la fortaleza que fundara el rey D. Sancho Abarca en el monte Arrásate trepan para cortejarla hasta su muchos compañelos? ¿Compañeros? famosa Peña ó al Urro. -Quieto decil si han venido á fontal las aguas muchos La tragedia del 8 de Agosto de 1897 acabó con el balneario, y como si la locura que hizo empuñar el arma homicida diputados á Cotíes? á Angiolillo hubiese dejado gérmenes, aquel triste sitio es- -Algunos habrá, porque veo caras muy finas; pero hoy excelente manicomio donde trescientos infelices locos ha- no los conozco personalmente. llan solicitud y cariño en los piadosos hermanos que los cuiDespués de limpiarse el polvo la mamá y el hijo, hiciedan, y alivio de su mal en los cuidados del director, el notaron su entrada solemne en el comedor del restaurant de ble médico D. Manuel Añi barro. En el sitio donde cayó mortalmente herido Cánovas se ha Madrid. El lucía un terno de lana dulce azul marino con levantado, cortando la amplia galería, una capilla donde hoy rayas amarillas, zapatos de lona con bigoteras, corbata oyen misa los locos. A no ser por los hermanos de San Juan verde mar y sombrero guajiro, con la correspondiente de Dios, la capilla conmemorativa estaría en el mayor aban- ala caída. La mamá se engalanaba con un vestido color dono, porque nadie se acuerda de ella, aunque (ay! tanta rata mustia, guarnecido de encajes crema, y una pastora gente diga que se acuerda de Cánovas. El pabellón donde salpicada de flores cordiales. vimos maniatado y con el rostro ensangrentado á Angiolillo Lo primero que hicieron al servirles la sopa fue pohoras después de cometer el crimen, pabellón que era entonces el despacho telegráfico del balneario, es hoy portería nerle toda clase de defectos. -Está fría, -dijo la madre. del manicomio. Y por los jardines donde antes formaban- ¡Sopa de macalones! ¡Qué holot! -exclamó el dipuanimadas tertulias Jos agüistas, hoy desfilan silenciosos los pobres dementes: un jesuíta, ilustre por su saber, empe- tado. ñado en demostrar que es emperador de los Estados Uni- -Pues aquí se come muy bien, -atrevióse á decir dos y Soberano Pontífice Romano; un descubridor de la na- Molinete. vegación subterránea; una bailadora de jotas que se pasa el día- -No me hable usted de las fondas. Las abolezco. danzando, y otros muchos seres á quienes su perturbada- -Nosotros, como estamos acostumbrados á comer inteligencia les hace ser felices en medio de su desgracia. Tan espléndido albergue le deben, sin duda, y no lo saben, muy bien en nuestra casa, pues tenemos una cocinera de cinco duros, no nos gusta ninguna otra comida. Ya ve á la locura de otro loco: de Angiolillo. usted: mi hijo tuvo que comer el otro día con varios diÁNGEL MARÍA CASTELL putados compañeros suyos en casa de Lhardy, y salió disgustadísimo. ¡TVatulalmente! Como que toda la comida me supo tanda. A VIDA EN BROMA. PELLEJÍN VE- á mantequillamuy delicados- -terminó diciendo la madre. -Somos RANEANTE- -Bástele á usted decir, amigo Molinillo, que en mi casa Paníicosa, 3 Agosto. cocemos las ostras. Entre las muchas personas notables que se hallan toman- ¿Hay aquí peliodistas? -preguntó Pellejín con indido aguas en este famoso establecimiento, figuran el distin- ferencia. guido diputado de la exmayoría Sr. Pellejín y su aplau- -Alguno habrá, -dijo Molinete. dida mamá. -Pues ptocule usted que no se entelen de mi llegada. Los ilustres viajeros llegaron anteayer por la tarde en- ¿Por qué? un lando de alquiler tirado por dos briosas muías y un- -Polque, plobablemente, queldn conocet mi actitud políjamelgo, é hicieron su entrada en medio de la expectación tica. Hay mucha culiosidad por sabel si sigo al lado de general. Pellejín, con la cabeza erguida, miraba al públi- Silvela ó si folmalé en las filas de Villavelde... co desdeñosamente; la mamá, á su vez, apenas si fijaba- -Pero éste no quiere que se sepa cuál es hoy su penlos ojos en los agüistas, como si quisiera decirles: He samiento político- -agregó la mamá. -Las únicas que lo llevado en mis entrañas durante nueve meses al hoy dipu- sabemos somos mi cuñada, yo y la doncella, y ésta portado por Yillamulos, y me siento orgullosa de este hecho que nos oyó la conversación. Feliz. ¿De manera que ustedes vienen á Panticosa por priA la puerta del Gran Hotel echaron pie á tierra la mera vez? -preguntó Molinete. mamá y el joven parlamentario, siendo recibidos por un- -Sí, señor, venimos á ver si se me quita esta fatiga- -tal Sánchez Molinete, catarroso de la clase de flacos ama- dijo la mamá. -Unos médicos dicen que es flato, otros rillentos y antiguo amigo de la familia Pellejín, que ve- que es bronquitis. ranea aquí todos los años. -Btonquitis blonquial- -añadió Pellejín; -pelo si hemos- ¿Qué tal el viaje? -les preguntó. de habtal con flanqueza, más que á olla cosa vengo á des- cantal de mis tahas patamenfalias. ¡Usted no sabe lo que llevo tUtbíthÁo desde que ocupo, aunque indignamente, un sitio eu eí Congtesol- -Ya sabe usted que éste estuvo en un tris que no ie hicieran director general, -dijo de pronto la madre. -No sabía nada, -exclamó Molinete. -Pues, sí señor; se había empeñado Vadillo en llevarle á su lado. -Me quiete mucho- -aseveró Pellejín. -El día de mi santo me legato una colbata y dos escapulalios. Molinete iba de sorpresa en sorpresa, y se sentía orgulloso al verse mano á mano con un joven de tanto porvenir. Los bañistas que ocupaban mesas próximas á la del joven diputado, mirábanle también con asombro. ¿Quién será este hombre? -se preguntaban. -Habla de Vadillo con una familiaridad... -Es lo que tienen estos establecimientos. Viene aquí gente muy distinguida. ¡Y tanto! A lo mejor está usted viendo todos los días á una persona, creyéndola insignificante, y luego resulta que es Abarzuza ó Rodríguez San Pedro. En fin, la llegada á Panticosa de nuestro apreciable y joven amigo Sr. Pellejín, está dando mucho que hablar, Ya tendremos al corriente á nuestros lectores de lo que vaya ocurriendo. Luis TABOADA P AISAJES DE ESPAÑA. TRASPLANTADAS RUINAS En este Madrid tan desnudo de recuerdos... MESONERO ROMANOS L ESPECTÁCULOS DE VERANO Villaverde. -Vamos, niño, entremos i er el espectáculo que se anuncia en este barracón. Garcia. AUx. -No, papá, yo no entro. Me da mucho miedo... ¿De veras? ¿Una ruina auténtica? -Completamente auténtica, señora mía. ¿En Madrid? -En Madrid. Una iglesia, señora, una iglesia que. dicen románica. En el rostro de la lindísima touriste suscítase una mueca medio intrigada, medio irónica. ¿Una iglesia románica? El Baedecker no la menciona. -Señora, el Baedecker es una guía deleznable. ¿Usted cree que una ciudad que se respeta puede vivir tranquila sin su mijita de antigüedad? Créame usted, el amor á las ruinas es el único amor actual que nos queda. ¡Triste amor! -Pero sabroso y absorbente como pocos. Y aun saturado de cierto gustillo á vanidad que le realza sobremanera. ¿Usted conoce á muchos hombres que no presuman de guardar ruinas en el intelecto ó en el corazón? ¡Oh, el desengaño, la desesperanza, el sabor amargo del vivir! Aun los más inconscientes de la vida se precian de haberlo gustado. ¿Y las mujeres? Por tener ruinas que añorar, consienten en haber tenido historia. Y es que la melancolía, jaramago de los derrumbamientos espirituales, da tal encanto de misterio á una cara bonita... -Mal anda usted de psicología femenina. Crea usted que en cuestión de ruinas, nosotras las mujeres, más qi (e de poseerlas, gustamos de hacerlas y de reedificarlas. En fin, si usted quisiera conducirme á esa... -Junto á ella estamos. Cómo! En pleno Retiro... -Precisamente. Aquí, á la siniestra mano según se entra, cabe la ría de atildadas orillas, junto al acuario. Vedla. ¡Es una ruinal- -Una hermosa ruina. ¿No la conmueve á usted? Mire con qué artístico y bien compuesto desorden yacen al pie del muro las piedras desprendidas. Mire cómo las rotas columnas brindan sus truncos fustes para asiento del visitador. Vea la vieja archivolta... -Permítame usted, amigo. Las piedras de esa vieja archivolta parécenme unidas con argamasa harto reciente. Y vea las pomposas y bien cuidadas acacias, y el césped limpio... ¡Oh ruina sorprendente sobre toda posible ponderación! Diríase que todas las mañanas alguien ía quita el polvo como á bibelot de vitrina... En fin, ya que usted es tan amable, cuénteme su historia. ¡Ay de mí! ¿La ignora usted? -Por completo. ¿Y es usted madrileño? Un poeta que desconoce la leyendas de su ciudad natal... -Perdón, mi amiga: la leyenda de aquestas ruinas se quedó en su tierra. ¡En su tierral- -Sí, mi señora. -Entonces estas... -Son ruinas trasplantadas. Ruinas- qae acá los madrileños nos hemos hecho para proporcionarnos esa suprema voluptuosidad de que antes hablábamos. -Yo creí que las ruinas nacen y no se hacen. -Ya ve usted que no: al menos en España. Una curiosidad para su libro de notas. Esta iglesia derrumbada dormía su sueño melancólico en algún castañar de tierra cantábrica; allí tenía aquellas cosas que en ella echa usted de menos: sombras y musgos y malezas... Allí los lagartos se solazaban entre las grietas, y los pájaros del cielo anidaban en las hendiduras. ¿Y por qué no dejarla donde nació? -Madrid necesitaba una ruina. -Que no es suya. -Que se ha hecho suya. -Más no puede decir: aquí se alzó la torre; aquí los fieles doblaron la rodilla. Aquí, donde hoy transciende á rosas, transcendió á incienso; aquí se alzaron voces que m m a r i m n i i n E r- -n n n r n r n UHMEr iir ni